No suele pasar gran cosa en esos encuentros donde lo previsible manda. Desde los más ceremoniosos hasta los más desprejuiciados, casi todos llevamos una vida encasillada en rutinas bien establecidas… hasta que, por un instante, algo mínimo las sacude, nos empuja un poco hacia otro lado, nos obliga a salir de la comodidad de siempre.
Aquel día, la presentación de un libro prometía ser exactamente eso: un trámite habitual, un rato amable frente a un pequeño grupo de periodistas y allegados –más allegados que de los otros–, para otro momento queda la pregunta sobre qué es hoy un periodista.
Nadie esperaba sorpresas. Ni mucho menos rarezas.Sin embargo, a mitad de su discurso, la autora frenó en seco. Nos miró uno por uno —éramos diez, quizá doce— y lanzó un pedido que sonó más a desafío que a cortesía: que habláramos de nosotros. Que contáramos nuestras vidas.
Así, en un segundo, quienes habíamos ido a preguntar nos convertimos en los interrogados. Los que solemos hurgar en las biografías ajenas, buscar matices entre líneas, iluminar zonas oscuras o, por qué no, exagerar un poco la leyenda… de pronto teníamos que decidir qué decir sobre nuestra propia existencia. Y rápido.
¿Bastaba con mencionar el nombre, el oficio y el lugar donde dormimos?
¿Podía una vida resumirse en la edad, el color favorito o el título del libro que llevábamos en la cartera?
¿O nos describe mejor hablar de ese miedo que no confesamos, de esa inquietud que nos come por dentro, de un dolor que llevamos a cuestas?
¿Debíamos mostrarnos ingeniosos? ¿Seductores? ¿Provocadores?¿O era preferible el desparpajo? ¿La franqueza? ¿Alguna pequeña impostura elegante?¿Mirarnos desde afuera? ¿O dejarnos ver desde adentro?
Y al final, inevitablemente, la pregunta: ¿Cómo se cuenta una vida?
A veces me lo pregunto mientras espero pacientemente que el sueño acuda a la cita o cuando el agua tarda en hervir para el té matinal. Si alguien me pidiera que la resumiera, no sabría por dónde empezar. ¿Con el nombre? Demasiado simple. “Me llamo Marlen” —diría—, y del otro lado vería una sonrisa educada, de esas que no dicen nada. Un nombre no cuenta una vida, apenas la etiqueta.
Podría hablar del trabajo: “Soy maestra, profesora, analista y programadora de ordenadores, y últimamente, Cuentacuentos”. Suena respetable, heterogéneo, pero tampoco dice gran cosa. No explica las ojeras del lunes ni las risas de los viernes, ni los silencios incómodos de algunos a los que intento explicar un tiempo de inicios que cambiaron el mundo. No cuenta cómo me tiembla el corazón cuando releo un cuento en el que dejo atisbar mis sentimientos más profundos o la ternura de momentos compartidos con quienes ya no están cerca.

También podría hablar de mi edad. Tengo setenta y cinco, una edad que no está en ninguna lista de “Los más…” y de la que sólo se acuerdan los vendedores de alarmas para ancianos y de seguros de sepelios. Demasiado joven para rendirse, demasiado vieja para creer que el gimnasio salvará mis piernas. Pero, ¿qué dice eso de mí? La edad no cuenta lo que aprendí llorando o gritando, ni las veces que dije “se acabó” sabiendo que aún no se había acabado.
A veces pienso que una vida se cuenta por los objetos que uno guarda. Y esto es terrible porque yo guardo muchos… demasiados. En mi bolso, por ejemplo, hay un boleto capicúa de un colectivo porteño, una llave que ya no abre nada, un boli que ya no funciona pero me niego a tirar y un pendiente sin par que me recuerda a alguien a quien amé y que un día simplemente… dejó de estar. También hay una cajita de caramelos de limón, porque uno nunca sabe cuándo va a necesitar endulzar esa palabra que te niegas a decir en una conversación difícil.
¿Será la casa la que cuenta la vida? La mía habla bastante: en mi biblioteca, los libros apilados se pelean entre ellos por seguir estando a la altura de la mano. Recuerdos de viajes vividos por medio mundo invaden encimeras de muebles antiguos y en el dormitorio los anillos y colgantes hindús se empeñan en hablar con los aztecas, los cubanos y los franceses, aunque los idiomas se les resisten.
Las acuarelas y sepias de mi amado Kurt fueron las primeras que ocuparon las paredes cuando mi casa aún no era “Mi Casa”. Velas, candelabros y posavelas de mil formas y colores y un acuario con piedras en lugar de peces, esperan pacientes el recambio de verano a invierno. ¡Es que hay tantos, que se han resignado a turnarse!
Plantas medio vivas, un reproductor de CD que nadie repara por olvido, aunque yo extraño que el estante de la música acumule más polvo que manos deseosas de escuchar. ¡Las listas de Deezer han hecho tanto bien y tanto olvido!
En el frigorífico hay más imanes y dibujos de los niños que comida, y en el escritorio, un calendario con los días marcados en los que publico, porque a veces se me olvida (lo de que he publicado, lo de escribir, no).
He intentado contarme por capítulos: “Infancia feliz, adolescencia desbordada, adultez razonable con dosis equilibradas de alegrías y tristezas, todavía lúcida”. Pero ni yo me creo ese orden. La vida no es lineal, es más bien un guiso donde se mezclan risas, instantes, errores, pérdidas y canciones olvidadas. Y a veces, cuando creo tener todo bajo control, alguien remueve la cazuela y cambia el sabor del plato.
Mi abuela decía que la vida se cuenta por los amores. En su caso, fueron tres: mi abuelo, sus dos hijos y sus dos nietos, el jardín de geranios, y el placer de cocinar.
En el mío… mejor no llevo la cuenta. Algunos amores se fueron sin despedirse, otros se quedaron a tomar el té y hubo uno que nunca más se marchó y que todavía me visita en sueños y sigue dejando huellas de tierra y susurros en el corazón.
En cuanto a los amores familiares, me considero una grandísima privilegiada. Hija deseada por padres y abuelos que soñaban con completar el clan, al que vino a integrarse unos años después el niño que nos faltaba, la familia siempre fue la base de todo lo que nos rodeaba y nos rodea. Educación, virtudes esenciales, sentimientos, alegrías, dolores, todo se disfruta y comparte. Los sobrinos verdaderos y del corazón se fueron integrando a lo largo de los años. Con ellos, tíos y primos sigo gozando de cada instante.
También están los amigos, claro. Esos que saben cuándo llamarte y cuándo dejarte en paz. Con ellos aprendí que una vida se mide en anécdotas tontas y en risas y llantos compartidos. ¡Qué bien lo pasábamos y lo pasamos cuando alguna vez nos volvemos a abrazar o hablar! Esas son las páginas verdaderas de cualquier biografía.
Si alguien me preguntara qué define mi vida, quizás diría: la curiosidad. Me sumerjo en las nuevas tecnologías y me doy de bruces contra los obstáculos hasta que entiendo o entiendo. Nunca me conformo.
Me intriga la gente que se esconde en el móvil pudiendo mirar por la ventanilla, los que cantan bajito en el tren, los que lloran en algún bar. Me pregunto qué historia los trajo hasta ahí. Y tal vez eso me salva: saber que todos somos relatos en borrador, nunca terminados.
A veces pienso que mi vida podría contarse por mis tés. Los tranquilos y reflexivos de las mañanas, con meditación y agradecimiento incluidos, los fríos y apurados de cuando me pongo a escribir, los relajados del domingo con música esmeradamente seleccionada, los de reconciliación, los de “no sé si te quiero, pero me gusta tu risa”. Cada taza tiene su capítulo.
Y si no alcanza con eso, podría hablar de mis risas. No de todas porque no me alcanzarían las hojas recicladas de mis facturas y propagandas, sólo de las que salieron a destiempo, las que me avergonzaron, las que me rescataron de un día gris. Porque una vida sin risas no se cuenta, se archiva.

Podría intentar resumirme en frases:
Soy la que pierde cualquier cosa en mi orden desordenado, pero nunca el optimismo… Bueno… casi nunca.
La que guarda entradas de cine aunque olvide los nombres de las películas o los actores.
La que puede recordar una música entera, aunque nunca una letra y por eso escribí mi libro “Canciones bajo el cielo de San Telmo”.
Soy la que olvida la fecha de cumpleaños aún de los más queridos, aunque la tenga apuntada en mi laptop, porque los años y las edades son muy relativos, pero recuerda perfectamente la fecha en que nos conocimos y la de casamiento porque esas sí que son importantes.
La que llora con películas antiguas que tocan la fibra sensible y se ríe en los funerales porque alguien dijo algo fuera de lugar.
La que baila y hace el payaso cuando mis sobrinos vienen a jugar.
La verdad es que no sé cómo se cuenta una vida. Tal vez no se cuenta, simplemente se comparte. Se deja ver en los gestos, en las palabras que repetimos, en las veces que nos caemos y aun así decimos “Bueno, una más. ¡A por la siguiente!”.
Tal vez se cuenta como se vive: a tropezones, con humor y con ganas de aprender, aunque duela.
Y cuando llegue el final —que espero tarde un tiempo—, ojalá alguien pueda decir de mí algo más que mi nombre o mi trabajo.
Ojalá digan: “Era de esas personas que siempre buscaban la luz, incluso cuando sólo había bombillas quemadas.” Y si no lo dicen, bueno… al menos que alguien recuerde que se lo pasó genial aquel día que….

Soy de los que piensa que mejor que contar una vida es vivirla. Como dice aquella canción: «Sólo se trata de vivir». Un fuerte abrazo. Felices Fiestas y un gran 2026.
Hola Daniel
Sí, es cierto, de esa reflexión partió esta entrada. Suelo repetir mucho aquello de «Lindo haberlo vivido para poderlo contar», el álbum de Jorge Cafrune.
Gracias por el comentario. Mis mejores deseos para el 2026 que estrenamos. ¡Felicidades!
Casi somos quintos yo también tengo setenta y dos una edad magnífica para pasar de todo😂. En fin pienso que una vida se cuenta con los sentimientos que hemos trasmitido a nuestro alrededor y las consecuencias de ellos, y seamos misericordiosos con nosotros mismos por qué por supuesto casi nunca acerté🙏
Hola Manuel,
Tienes razón, una edad magnífica para pasar de «casi» todo. Porque aún hay muchas cosas que me duelen y por las que sigo luchando a mi manera. Pero hay muchas, muchas a las que simplemente ni me molesto en comentar.
Es una muy buena idea la de contar la vida por los sentimientos que hemos transmitido a nuestro alrededor y las consecuencias que eso ha generado. Pero creo que soy más generosa que tú porque pienso que, aunque cometí muuuuchos errores, eso de que «casi nunca acerté» no me lo creo.
Un abrazo fuerte y mis mejores deseos para el 2026 que estamos a punto de estrenar.
Gracias 🫂 y mis mejores deseos para ti y tú familia para este año nuevo🙏
Qué bonito. Creo que reflexionando sobre cómo contar cómo eres, ya lo estás haciendo bastante.
Por cierto, eres quinta de mi madre.
Eguberri on, Marlen
Sí, me pareció una reflexión interesante para estos días en los que solemos hacer cuentas con lo que hemos logrado y lo que no en estos días y meses que hemos vivido.
Pues un saludo a tu madre y que sepas que somos una magnífica generación, la de los «baby boomers». Testigos de transformaciones políticas y sociales globales, que aunque nacimos en una era analógica, hoy nos conectamos a las redes y estamos empoderados frente al edadismo digital. 😂🤣😂
Urte Berri On 2026! Zorte on eta osasun ona!
¡Tal cual!
Berdin, Marlen. 🙂