Soy atea, pero celebro la Navidad

El caserío Eguzki-argia se veía desde la carretera como una postal: techo nevado, un Olentzero colgando del balcón, luces doradas en las ventanas, un abeto enorme junto al portal y un olor irresistible a bacalao al pil-pil y castañas asadas escapando por la chimenea. En Otsagabia, en el centro de la Selva de Irati, el invierno siempre olía a leña y a risas. Pero esa Navidad prometía más chispas que las del fuego: la familia Azpiroz estaba reunida y ya habían empezado las discusiones.

Eran muchos. Los abuelos, Malen y Urtzi, sentados frente a la chimenea de leña, observaban con paciencia a su descendencia: tres hijos (dos casados y uno soltero) y cinco nietos. Eneko y Abene, los más pequeños, jugaban con la perra Txuri, una Golden retriever muy mimosa. Los adolescentes se batían en un torneo de memes navideños en sus móviles, e Izotz, el hijo soltero, caminaba por la cocina refunfuñando con una copa de vino en la mano.

.- No sé para qué tanta decoración y tanta tontería —murmuró—. Si todos sabemos que esto es puro marketing.

.- ¡Ay, hijo! —respondió Malen desde su sillón—. Lo dices todos los años, y sin embargo eres el primero en venir.

.- Porque me obligan —replicó él con media sonrisa—. Además, no entiendo por qué tanto entusiasmo… ¡si la mitad de vosotros no soy católicos practicantes y ni siquiera creeis en Dios!

Ahí empezó todo.

Katalin, la nieta mayor —dieciocho años, coleta despeinada, camiseta con la cara de Darwin—, levantó la vista de su móvil con una expresión teatral.

.- ¡Perdona! ¿Por qué no podría yo celebrar la Navidad, aunque sea atea?

.- Porque no tiene sentido —saltó Izotz, encantado de tener público—. Es como que un vegetariano monte una parrillada.

.- En cierta forma, es lo mismo —intervino Koldo, su hermano mayor, desde la mesa del comedor, donde envolvía regalos—. Los vegetarianos no comen carne, pero sí pueden olerla.

Las risas fueron generales. Katalin hizo un gesto de fastidio.

.- Escucha, tío —dijo, usando ese tono adolescente que mezcla desafío y cariño—. A mí me encanta la Navidad. Las luces, las canciones, los escaparates, las pelis. Y no tiene nada que ver con la religión. Es una fiesta para celebrar que todavía podemos estar juntos… y reírnos sin mirar el reloj.

Alaia asintió mientras colocaba guirnaldas sobre la chimenea.

.- Tiene razón. Además, ¿sabías que el 25 de diciembre ni siquiera nació Jesús? Fue Constantino el Grande quien decidió esa fecha, y coincidía con las Saturnales, la fiesta del dios Saturno. Era una celebración pagana.

.- Exacto —añadió Katalin, encantada de tener a su madre como aliada—. Así que, técnicamente, ¡los ateos tenemos tanto derecho como cualquiera!

Izotz bufó, pero sin maldad.

.- Entonces, ¿celebramos a Saturno? ¿Tengo que traer una hoz?

.- Podrías traer una sonrisa —bromeó Koldo—. Eso sí sería un milagro de Navidad.

Las carcajadas resonaron por toda la cocina, y Txuri ladró como si quisiera sumarse al debate. En el salón, los abuelos se miraron y rieron también, sabiendo que las Navidades, con o sin fe, siempre habían sido así: una excusa para discutir con cariño.

Fuera, la nieve seguía cayendo. Dentro, la mesa de los postres estaba lista: velas rojas, copas de cristal, el goxua, el pastel vasco y la intxaursalsa, además de la compota de frutas con ciruelas, albaricoques e higos de los árboles del caserío, Y por supuesto, vino de La Rioja y champagne.

En el equipo de música manejado por Odei, el nieto músico de la familia, un villancico en versión rock se mezclaba con el zumbido de los móviles. La abuela Malen observaba a todos con una mezcla de orgullo y ternura. Cada uno tenía su propio concepto de “espíritu navideño”: para algunos era un recuerdo, para otros una excusa para comer y beber bien y para los más jóvenes, simplemente música, un filtro de Instagram con luces y la posibilidad de estar con los primos.

Pero cuando empezó a sonar “Campana sobre campana”, todos —incluso Izotz— se callaron por un instante. Iker, el nieto manitas y experto en electrónica, se acercó al árbol y encendió la guirnalda. La habitación se llenó de destellos multicolores.

.- ¡Mira qué bonito! —dijo Katalin —. Uno tendría que estar terriblemente deprimido para resistir la alegría de este espectáculo.

Izotz sonrió, resignado.

.- Está bien, lo admito. Es bonito. Pero sigo pensando que todo esto es puro artificio.

.- Y yo sigo pensando que tú necesitas más purpurina en tu vida —replicó Alaia, lanzándole un adorno brillante.

El abuelo Urtzi, que había estado en silencio, carraspeó.

.- A ver, a ver… Antes de que lancéis más bolas, permitidme decir algo.

Se hizo un silencio expectante.

.- Yo creo —continuó— que cada uno celebra lo que quiere celebrar. Para unos es el nacimiento de Cristo, para otros, el fin del año o el principio de una nueva época. Y para los que no creen en nada… es el milagro de seguir aquí juntos.

.- Amén —dijo Koldo, alzando la copa.

Durante la cena, las conversaciones se cruzaron entre risas. Los niños hablaban de videojuegos; los adultos, del precio del gas; Katalin, del cambio climático e Izotz, del capitalismo. Entre plato y plato, se lanzaban chistes y pullas, hasta que el tema de la “mercadotecnia navideña” volvió a la mesa.

.- ¡Pues, sí! —admitió Alaia—. Los centros comerciales convierten los sentimientos en negocio.

.- Sí —añadió Katalin—. Pero también iluminan la ciudad. ¿No te parece precioso, cuando vas por Pamplona y todo brilla?

.- Precioso, sí —contestó Izotz—. Hasta que llega la factura de la luz.

Rieron todos otra vez. Era imposible tomarse en serio por mucho tiempo.

Pasadas las doce y media, después de los postres, el salón parecía un cuadro: copas medio vacías, envoltorios de regalo por el suelo, y el fuego reflejándose en los rostros felices.

Entonces la abuela Malen se levantó despacio.

.- ¿Sabéis qué echo de menos? —preguntó.

Todos callaron.

.- Vuestro abuelo y yo, cuando éramos jóvenes, pasábamos las Navidades en casa de mis padres, en un caserío más pequeño que este. No había luces, ni árbol, ni siquiera electricidad. Pero había canciones.

Hizo una pausa y sonrió.

.- Una vez, vuestro padre —miró a Koldo— quiso probar un trozo del Pastel Vasco que hacía mi madre antes de tiempo, y mi padre le pilló. Así que, para darle una lección, lo puso a cantar villancicos toda la noche… ¡solo, en el granero!

Las risas estallaron.

.- Y lo peor —añadió Alaia, riendo— es que cantaba fatal.

.- ¡Mentira! —protestó Koldo—. Lo hacía con sentimiento.

El ambiente se llenó de risas, pero también de algo más: ese silencio dulce que deja la nostalgia cuando se cuela por las rendijas de la memoria.

.- Los que ya no están también celebran —dijo Malen con voz suave—. Lo hacen en el recuerdo, en las anécdotas y risas que todavía suenan. La Navidad no es una fecha, ni una religión. Es una costumbre del corazón.

A las puertas del caserío Eguzki-argia, la nieve seguía cayendo. Las luces parpadeaban sobre los cristales. Adentro, Iker sacó su móvil y dijo:

.- Vamos a hacer una foto, pero sin filtros.

.- ¡Eso sí que es un milagro! —bromeó Izotz.

El disparo del flash los congeló por un segundo, con sonrisas desiguales, copas en alto y un árbol que brillaba detrás.

Nadie habló durante unos instantes. Sólo el crujido del fuego y el viento afuera.

La abuela Malen miró a su familia, a los nietos discutiendo de memes, a sus hijos cantando medio desafinados, y murmuró para sí:

.- Al final, la Navidad es esto: saber que el tiempo pasa, pero el cariño no se apaga.

Y mientras todos empezaban a cantar, desafinados y felices, el caserío Eguzki-argia parecía brillar con luz propia.

Porque algunos creen en Dios. Y otros, en el amor, la memoria, los regalos o las luces del árbol. Pero todos, absolutamente todos, sienten la inmensa dicha de volver a estar juntos.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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