En la obra póstuma de Pablo Neruda “El libro de las preguntas” hay un poema titulado “¿Dónde está el niño que yo fui?”. La pregunta se la ha hecho todo escritor, aunque no todos lo verbalizaran de ese modo tan radical en que lo hizo el chileno:
"Dónde está el niño que yo fui,
sigue adentro de mí o se fue?
Sabe que no lo quise nunca
y que tampoco me quería?
Por qué anduvimos tanto tiempo
creciendo para separarnos?
Por qué no morimos los dos
cuando mi infancia se murió?
Y si el alma se me cayó
Por qué me sigue el esqueleto?"
¡Y sí, este pensamiento de literatos es muy recurrente…!
Pablo Neruda lanzó la pregunta como quien abre una herida antigua y mira dentro sin apartar la vista. No pregunta con nostalgia amable, sino con una crudeza que duele: ¿Dónde está el niño que yo fui?
No se trata sólo de recordar la infancia, sino de interrogar una ausencia, una pérdida, quizás una traición.
Porque la pregunta no es inocente. No pregunta: ¿Qué recuerdos guardo?, sino algo mucho más inquietante: ¿Sigue adentro de mí o se fue? ¿Nos separamos para siempre?
Y aunque Neruda la formuló con su voz inconfundible, esa pregunta recorre la literatura como un murmullo constante. Casi todos los escritores, en algún momento, se han vuelto hacia atrás para buscar al niño que fueron. Algunos lo hicieron con ternura; otros, con culpa; otros, con ironía; otros, con un dolor que nunca terminó de cicatrizar.

Si hay un escritor que convirtió esa búsqueda en un sistema casi científico, fue Marcel Proust. En su obra “En busca del tiempo perdido”, el niño no aparece como una figura clara que se pueda señalar con el dedo, sino como una presencia que despierta a través de los sentidos, está escondido en la memoria.
El famoso episodio de la magdalena no es sólo un recuerdo gastronómico: es el instante en que el niño irrumpe sin pedir permiso. El sabor abre una puerta que el adulto creía cerrada.
“Y de pronto el recuerdo apareció. El sabor era el del pequeño trozo de magdalena que los domingos por la mañana en Combray me daba mi tía Léonie.”
Proust parece decirnos que el niño no se fue del todo. Está ahí, esperando una señal, un olor, una luz, una palabra que lo convoque.
Pero también deja claro que ese reencuentro es frágil, efímero. El niño aparece… y vuelve a esconderse. Nunca se deja atrapar del todo.
En “Le petit prince”, Antoine de Saint-Exupéry no se pregunta dónde está el niño que fue. Hace algo más audaz: lo pone a hablar.
El niño es quien formula las preguntas esenciales. El adulto, quien ya no sabe responderlas.
“Todas las personas mayores fueron primero niños. (Pero pocas lo recuerdan)”, escribe al comienzo del libro, casi como una advertencia.
Aquí el niño no está muerto, pero sí ignorado.
No se fue: lo dejamos de escuchar. Por eso el principito mira con desconcierto a los mayores, incapaces de comprender un dibujo si no se les explica con números.
El niño no se fue, el adulto dejó de mirarlo en serio.
El aviador adulto necesita perderse en el desierto para reencontrarse con esa voz infantil que le recuerda que lo importante no se ve con los ojos. El niño, en Saint-Exupéry, no es pasado: es criterio de verdad.
Para Rainer Maria Rilke, la infancia es una patria interior perdida. Algo que se abandona para vivir, pero que nunca deja de doler.
En sus “Cartas a un joven poeta”, aconseja mirar hacia dentro, hacia ese territorio primitivo donde la sensibilidad todavía no estaba endurecida.
“La infancia es el tiempo en que se vive sin saber todavía nada de las explicaciones.”
Rilke no idealiza al niño. No lo presenta como feliz, sino como intensamente vivo.
El niño siente antes de entender. Vive antes de analizar, siente todo sin defensas. Y quizás por eso, al crecer, necesitamos alejarnos de él para sobrevivir.
La pregunta de Neruda: ¿Por qué crecimos para separarnos? podría haber sido escrita por Rilke sin cambiar una coma.
En la obra de Fernando Pessoa, especialmente en «O Guardador de Rebanhos» de su heterónimo Alberto Caeiro, el niño aparece como aquel que mira el mundo sin interpretarlo, sin pensar.
“El niño que fui no creía que el mundo fuera misterioso. El mundo no era misterioso para mí: yo lo miraba.” dice Pessoa, pero no como recuerdo sentimental, sino como una forma de estar en el mundo.
Aquí el niño no se pregunta por el sentido último de las cosas, no analiza, no busca metáforas. Simplemente las ve. El adulto, en cambio, complica, interpreta, se pierde en laberintos mentales necesita interpretarlo todo, y en ese exceso de pensamiento pierde algo esencial.
Por eso Pessoa siente que escribir es, en el fondo, desaprender, volver a una mirada anterior al pensamiento. Él no busca volver a la infancia: busca recuperar su mirada.
Gabriel García Márquez dijo, en referencia al origen verdadero de todas sus historias, que, después de los nueve años, no le ocurrió nada extraordinario en su vida, y que por tanto fue hasta ese momento, en casa de sus abuelos, donde aglutinó todo el realismo mágico que luego pudo hacerse palabra escrita en su obra.
Esa infancia como fuente de inspiración para sus obras la selló, tal vez más poéticamente que nadie, Antonio Machado al comenzar así su libro capital: “Campos de Castilla”, con verbos en presente: “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, / y un huerto claro donde madura el limonero”.
El poeta Luis Cernuda escribirá sobre el tiempo en su obra “Ocnos”: “Llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza. (No sé si expreso esto bien). Quiero decir que a partir de tal edad nos vemos sujetos al tiempo y obligados a contar con él, como si alguna colérica visión con espada centelleante nos arrojara del paraíso primero, donde todo hombre una vez ha vivido libre del aguijón de la muerte. ¡Años de niñez en que el tiempo no existe! Un día, unas horas son entonces cifra de la eternidad. ¿Cuántos siglos caben en las horas de un niño?”.
No todos los escritores se acercan a la infancia con dulzura. Cesare Pavese lo hace con una mezcla de melancolía y desgarro, como un niño herido. En sus diarios y novelas, la infancia es un lugar donde se aprendió la soledad demasiado pronto.
“La infancia es una fuente de recuerdos, pero también de dolores que nunca se apagan.”
El niño de Pavese no fue protegido. Fue un niño que miró el mundo con una lucidez precoz. Por eso, al crecer, el adulto no puede reconciliarse fácilmente con él.
Aquí la pregunta de Neruda se vuelve especialmente amarga: ¿Por qué no morimos los dos cuando mi infancia se murió?
En Pavese, esa muerte simbólica nunca termina de resolverse.
Para Julio Cortázar, el niño no es sólo memoria: es una actitud frente a la realidad. En una entrevista afirmó: “La seriedad es una postura, no un valor.”
En “Rayuela” y en muchos de sus cuentos, el juego aparece como forma de resistencia, de rebeldía frente a un mundo excesivamente serio, ordenado, adulto.
Cortázar defendía la imaginación, el absurdo, el humor, el desorden creativo, como maneras de no traicionar del todo al niño que había sido.
Para Cortázar, crecer no debería significar volverse solemne.
El niño sigue ahí… cuando todavía somos capaces de jugar.
El niño cortazariano no se fue, se esconde en el juego, en el lenguaje que se retuerce, en la negativa a aceptar que todo tenga que ser útil.
En Miguel de Unamuno, la infancia aparece atravesada por una obsesión: la conciencia del paso del tiempo y la muerte. El niño es aquel que todavía no sabe que va a morir. El adulto, en cambio, vive con esa certeza clavada en la conciencia.
En “Del sentimiento trágico de la vida” escribe: “El niño vive sin conciencia de la muerte; el hombre vive con ella.”
Por eso, al recordar al niño, Unamuno no puede evitar una sensación de vértigo. Ese es el punto de no retorno, ese niño vivía sin saber lo que el adulto ya sabe. Y una vez sabido, ya no hay regreso posible.
El niño no desapareció: fue expulsado por el conocimiento.
Cuando volvemos al poema de Neruda después de recorrer estas voces, la pregunta resuena con más fuerza. Y no hay una sola respuesta. Cada escritor responde de un modo distinto, pero todos coinciden en algo: el niño no desaparece sin dejar rastro.
A veces, el niño se esconde en la memoria (Proust), a veces habla en forma de fábula (Saint-Exupéry), duele como una patria perdida (Rilke), mira sin pensar (Pessoa), sangra (Pavese), juega (Cortázar) o se pierde en la conciencia del tiempo (Unamuno).
Quizás el niño no se fue del todo.
Quizás somos nosotros los que, al crecer, dejamos de mirarlo a los ojos.
Y quizás escribir —como intuyeron todos estos autores y muchos más— no sea otra cosa más que intentar responder, una y otra vez, esa pregunta imposible:
¿Dónde está el niño que yo fui?
Qué maravilloso recorrido, Marlen! Adhiero al pensamiento de Cortázar, mientras seamos capaces de jugar, podremos recuperar esa mirada de niño! Y escribir puede darnos ese espacio de juego, un lugar mágico al que ingresamos cuando la página está en blanco, como si estuviéramos abriendo una ventanita que nos transporta. Y como con los recuerdos de la niñez, a veces, al terminar un escrito, pensamos ¿de dónde salió esto que escribí? ¿Fui yo la que escribió esto? Sentimos esa especie de extrañamiento, esa sensación de impostor. Quizás sea que ese niño escribió cual principito y nuestro yo adulto lo «olvida»…
Un abrazo
Hola Mirna. Yo también adhiero a la postura de Cortázar: el juego del niño que mantiene el adulto, con su imaginación, su absurdo, su desorden creativo, es una forma de resistencia contra el mundo serio, ordenado y cuadriculado de los adultos.
Y, desde luego, escribir forma parte del juego en el que nos sumergimos. La sensación de «impostora», de autoadjudicarme algo que no escribí yo sino mi «yo» de mi niñez o juventud, casi siempre aparece. Y no me resulta desagradable, sino todo lo contrario.
Gracias por tu comentario. Un abrazo. Marlen
Hola Marlen, ¡qué interesantes las diferentes visiones sobre la infancia de estos escritores! Gracias por compartirlas. Es verdad que los niños que fuimos no tenían la certeza de la muerte y de que el tiempo se acaba. Que como niños, sentíamos antes de entender. Yo creo que aunque en muchos aspectos éramos libres, a la vez éramos vasallos de los adultos y ahí, en esas interacciones se va apagando esa niñez, porque nos vamos dando cuenta de las realidades de la vida. Coincido en que nuestros niños interiores están ahí. Me ha encantado tu entrada sobre este tema. Abrazos.
Hola Ana. Hace tiempo que pensaba en esa reiteración de escribir sobre o desde la niñez que tienen muchos autores literarios. Y «The Fabelmans», la película autobiográfica dirigida por Steven Spielberg y que aún no he visto, me dio la idea de escribir al respecto. Me pareció interesante reflexionar sobre el tema. Claro que como niños sentíamos antes de entender, pero a la vez sentíamos sentimientos ajenos a nuestras vivencias (léase padres, abuelos… seres amados). Yo viví y sufrí durante mi infancia, los sentimientos de aquellos que se vieron expulsados de su paraíso, de su casa, su lugar en el mundo. Y hoy sigo pensando que en esa interacción no se fue apagando mi niñez. Por el contrario, me sentí enriquecida por visiones, sabores, olores que, mucho más intensamente que si lo estuviera leyendo en un libro, sentí y viví como propios sin haberlos vivido.
Me alegro mucho de que te haya gustado la entrada. Gracias por tu comentario. Un abrazo fuerte.