Lo que dejamos de ver porque siempre estuvo ahí

Hay cosas que sólo existen de verdad el día que faltan. Hasta entonces, permanecen como un decorado silencioso, tan estable que dejamos de mirarlo. No pensamos en ellas. No las agradecemos. No las defendemos. Simplemente están. Y eso, paradójicamente, las vuelve frágiles.

Resultaría extraño —casi ridículo— despertarse cada mañana con una sensación de alivio profundo porque el mundo sigue en pie. Porque la tierra sigue girando, el sol sigue saliendo, las calles siguen donde estaban, porque nadie ha bombardeado nuestra ciudad durante la noche, porque la luz se enciende y el agua sale del grifo. No lo hacemos. No porque no sea importante, sino porque lo damos por descontado. La normalidad, cuando se prolonga, se vuelve invisible.

Nos hemos acostumbrado a vivir rodeados de pequeños milagros cotidianos: la posibilidad de discrepar sin miedo, de votar, de criticar, de leer lo que queramos, de salir a la calle sin preguntarnos si volveremos. 

Llevamos tantas décadas de prosperidad, pese a las periódicas crisis que nos preocupan, que dimos por hecho que los acuerdos entre las naciones occidentales, el respeto al derecho, la preponderancia de la razón sobre la fuerza, nos mantendrían en ese camino para siempre. 

Incluso la paz —esa palabra enorme— ha quedado reducida a un estado neutro, casi aburrido, que sólo llama la atención cuando se rompe. Mientras dura, no se celebra. Se consume.

El problema no es la costumbre en sí, sino la insensibilidad que genera. Aquello que siempre estuvo ahí, pierde peso emocional. Y lo que no pesa, no se cuida. Así ocurre con las relaciones, con los derechos, con las instituciones y también con las certezas políticas que sostienen nuestra vida diaria. Durante décadas asumimos que ciertos consensos eran irrompibles, que la razón acabaría imponiéndose a la fuerza, que el diálogo —con todas sus imperfecciones— era el único camino viable.

Pero algo se ha desplazado.

En el escenario político mundial actual, lo que antes parecía impensable ahora ocupa titulares cotidianos. La guerra vuelve a instalarse en el centro del mapa, no como excepción, sino como posibilidad permanente. El lenguaje se ha endurecido. La amenaza se normaliza. La mentira se vuelve estrategia. Y lo más inquietante no es sólo que todo eso ocurra, sino la rapidez con la que nos acostumbramos.

Al principio, cada nueva crisis sacude. Luego, se integra. Se comenta. Se archiva. Seguimos con nuestras vidas. No porque seamos crueles ni malvados, sino porque la repetición anestesia. El horror, cuando se hace habitual, pierde capacidad de alarma. Y ahí empieza el verdadero peligro: cuando dejamos de reaccionar no porque no nos importe, sino porque nos parece inevitable.

También damos por descontadas cosas más pequeñas, pero igual de decisivas: el tiempo compartido, la escucha atenta, la posibilidad de detenernos.

Damos por hecho que siempre habrá un después para prestar atención, para rectificar, para implicarnos. Pero la historia —la personal y la colectiva— demuestra que no siempre hay margen. Que muchas pérdidas se producen mientras mirábamos hacia otro lado, convencidos de que nada esencial estaba en juego.

Tal vez el mayor error de nuestra época sea creer que la estabilidad es un estado natural, cuando en realidad es una construcción frágil, sostenida por decisiones diarias, por renuncias incómodas y por una vigilancia constante.

Nada de lo que importa de verdad se mantiene solo. Ni la paz, ni la democracia, ni la convivencia, ni siquiera la empatía.

Por eso convendría recuperar cierta capacidad de asombro. No para vivir en el miedo, sino en la conciencia. Asombrarnos de que aún podamos disentir sin matarnos, de que todavía existan espacios comunes, de que el desacuerdo no tenga que resolverse por la fuerza.

Asombrarnos, incluso, de lo que funciona. Porque sólo lo que se reconoce como valioso se defiende cuando está en riesgo.

Quizás no se trate de vivir angustiados, sino atentos. De no confundir calma con garantía de mantenimiento. De entender que el hecho de que algo haya durado mucho tiempo, no significa que vaya a durar por siempre. Y que precisamente por eso merece cuidado.

La insensibilidad no nace de la maldad, sino de la costumbre, del hábito. Y el hábito, cuando no se revisa, acaba erosionando incluso aquello que más nos protege. Volver a mirar lo que damos por sentado —la paz, los derechos, la convivencia, la palabra— no es un gesto ingenuo, sino profundamente político y humano.

Porque sólo cuando entendemos lo que está en juego, dejamos de vivir como si nada pudiera perderse.

¡Seamos conscientes de ello!

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

4 comentarios sobre “Lo que dejamos de ver porque siempre estuvo ahí

  1. Totalmente de acuerdo, Marlen.
    No por mucho repetirlo dejará de ser una buena advertencia para que estemos alerta.
    Esta frase: «no valoramos las cosas y las personas hasta que las perdemos» suele estar demasiadas veces en mi boca, mi discurso y mi pensamiento. Como esa otra que dice: «no eres consciente de algo hasta que te pasa».
    Como ya he dicho muchas veces, somos animales de tropezar 200 veces con la misma piedra, y ni por esa aprendemos.
    Veremos qué futuro nos espera. O, mejor dicho, cuál les espera a nuestros niños.
    Abrazo Grande, amiga.

    1. Hola Jose. Sí, tal vez estoy siendo un poco repetitiva con ciertos temas. Y sí, tal vez necesito repetir mis reflexiones porque «la normalidad, cuando se prolonga, se vuelve invisible.» Y cuando ya no reflexionamos, todo deja de tener sentido. Por eso insisto, porque tal vez, a la 201 nos detenemos a pensar.
      ¿El futuro que les espera a nuestros niños? Últimamente, recuerdo bastante la niñez feliz, divertida y con pocos sustos que vivimos nosotros. Creo que yo valoré y valoro mucho a las personas amadas, aún antes de perderlas. Y valoré y valoro las cosas materiales logradas porque no era fácil conseguirlas. Tal vez herencia de haber vivido pérdidas ajenas, con las que empaticé. Y tal vez, nuestras generaciones no hemos sabido concienciar a nuestros niños y adolescentes sobre la importancia de no menospreciar lo logrado. En nuestro privilegiado primer mundo, ¿ellos saben lo que significa ahorrar durante meses para conseguir la última tecnología deseada? ¿O si lo quiero, lo tengo fácilmente?
      Muchas gracias por reflexionar juntos y por comentar. Un abrazo grande.

  2. Hola, Marlen. Un post muy luminoso. Nos muestra como la luz de un faro zonas que dejamos de mirar. Me quedo con esta frase: «La insensibilidad no nace de la maldad, sino de la costumbre, del hábito. Y el hábito, cuando no se revisa, acaba erosionando incluso aquello que más nos protege.» Porque como dices, la paz no es «natural», surge de un consenso, de un acuerdo. Y cuando eso se rompe, se pierde. No debemos darla por descontada, como ocurre con la libertad.
    Un abrazo

    1. Hola Mirna. Me da la impresión que damos por sentadas muchas cosas esenciales que deberíamos de cuidar con mas atención, hablar con nuestros niños y adolescentes, comentar en casa, en el trabajo. No podemos permitir que los bulos y los comentarios maliciosos nos perturben y pasar de ellos con un «Son todos iguales».
      Gracias por pasarte y por tus palabras. Un abrazo.

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