Aprender como forma de vida

El timbre sonó con ese estruendo metálico que siempre parecía anunciar el final del mundo o, al menos, el final del recreo. Por el pasillo del segundo piso avanzaba el profesor Patxi con una carpeta azul bajo el brazo, una taza de café que ya no estaba caliente y una expresión optimista que, en un instituto, era casi un acto de valentía. Tenía veintiocho años, zapatillas blancas siempre algo manchadas de tiza, una colección sospechosa de camisetas con frases absurdas y una habilidad casi mágica para conseguir que una clase de adolescentes dejara de mirar el móvil durante más de cuatro minutos seguidos.

Aquel día llevaba preparada una sesión sobre el texto argumentativo. Incluso había hecho unas diapositivas. Con colores. Y una viñeta de un gato filósofo.

No sabía aún que no iba a usar nada de eso.

Cuando abrió la puerta de 3ºB, lo primero que escuchó fue:

.- ¡Pues entonces para qué venimos al instituto! —gritó Raúl, de pie junto a la tercera fila.

.- ¡Porque nos obligan! —respondió Lucía, con los brazos cruzados y el gesto encendido.

.- ¡No es lo mismo aprender que memorizar tonterías! —saltó Ahmed desde el fondo.

.- ¡Pero si de todo se aprende algo! —dijo Inés, casi subiéndose a la mesa.

.- ¡Eso lo dices porque tú sacas dieces! —protestó Javi.

.- ¡Silencio! —intentó ordenar Carla, sin éxito, aunque nadie le había dado autoridad oficial.

Patxi se quedó en el marco de la puerta, observando la escena.

Sillas algo torcidas. Mochilas abiertas como animales dormidos. Cuadernos sin cerrar. Dos alumnos hablando a la vez. Uno golpeando la mesa con un bolígrafo. Otro haciendo aspavientos como si estuviera defendiendo su tesis doctoral en un parlamento internacional.

Era, en resumen, un caos. Un caos interesantísimo.

Patxi dejó la taza sobre su mesa, levantó una ceja y dijo con voz tranquila:

.- Vaya… o me he equivocado de aula y he entrado en un programa de tertulia, o aquí ha pasado algo muy gordo.

Algunos se rieron. Otros siguieron alterados.

.- Profe, es que en Religión ha habido una movida —dijo Inés.

.- Una movida filosófica —añadió Nerea, teatral, llevándose una mano al pecho.

.- Eso suena peligrosísimo —dijo Patxi, cerrando la puerta despacio—. Contadme. Pero de uno en uno. Y, si puede ser, sin que nadie se suba a ninguna mesa. Hoy no me veo rellenando partes por “exceso de entusiasmo intelectual”.

Hubo algunas risas más. El ambiente se aflojó apenas un poco. Tras varios intentos atropellados, Patxi reconstruyó la historia.

La profesora de Religión había planteado una reflexión sobre si, en la vida, siempre merecía la pena seguir aprendiendo. Algunos habían dicho que sí, que aprender era crecer, cambiar, entender mejor el mundo. Otros, cansados, frustrados o simplemente hartos de exámenes, habían contestado que no, que muchas veces aprender sólo servía para estresarse, para que te evaluaran o para olvidar muy pronto la mitad.

La discusión había subido de tono. Al parecer, alguien había dicho que “aprender latín en 2025 era como entrenar para luchar contra dragones”. Otro había respondido que “pensar así era de cavernícolas”. Y en algún momento, según la versión de tres testigos y un cuaderno que casi sale volando, todo se había convertido en un pequeño terremoto verbal.

Patxi asintió despacio.

.- Entiendo. O sea… lo que tengo delante no es desorden. Es una crisis existencial adolescente.

.- Exacto —dijo Sofía.

.- Fantástico —respondió él—. Mucho mejor que el análisis sintáctico que os traía preparado.

Hubo una ovación espontánea.

Patxi levantó la carpeta azul, la miró con solemnidad y dijo:

.- Querida clase sobre el texto argumentativo… tu sacrificio no será olvidado.

La dejó en la mesa. Luego se apoyó en el borde y sonrió.

.- Bien. Cambio de planes. Si este tema os ha entusiasmado así, entonces merece una clase de verdad. Hoy no vamos a dar la clase prevista. Hoy vamos a hacer algo más importante: un foro de discusión.

Varias cabezas se levantaron con interés.

.- ¿Un debate? —preguntó Paula.

.- No exactamente —respondió Patxi—. Un debate suele acabar en: “yo tengo razón y tú no”. Un foro bien hecho intenta algo más difícil: pensar, escuchar, argumentar, cambiar matices… y, si hace falta, cambiar de opinión sin sentir que has perdido una guerra.

.- Eso suena muy adulto —murmuró Hugo.

.- Lo sé —dijo Patxi—. Confío en que sobreviváis.

Cogió una tiza y escribió en la pizarra, en letras grandes:

¿MERECE LA PENA SEGUIR APRENDIENDO?

Debajo, trazó dos columnas.

GRUPO A: SÍ

GRUPO B: NO (O NO SIEMPRE)

.- Os vais a colocar según lo que pensáis ahora —explicó—. No según lo que creéis que “queda bien”. No según lo que diría vuestra madre. No según lo que os conviene para parecer profundos. Según lo que de verdad pensáis. A la izquierda, los del “sí”. A la derecha, los del “no” o “no siempre”.

Se levantaron entre murmullos, arrastrando sillas.

A la izquierda se colocaron Inés, Ahmed, Sofía, Carla, Raúl, Elena y dos más.

A la derecha, Lucía, Marcos, Javi, Hugo, Nerea y otros tantos.

Patxi observó la división.

.- Muy bien. Dos equipos bastante equilibrados. Me gusta. Esto parece un partido importante, pero sin árbitro comprado.

.- ¿Y usted con quién va? —preguntó Marcos, cruzándose de brazos.

Patxi sonrió y luego los miró serio.

.- Yo no debería decíroslo tan pronto… porque soy el moderador. Pero como me conocéis y sé que me vais a sacar el tema en dos minutos, lo diré: yo creo que sí, que merece muchísimo la pena seguir aprendiendo. Así que, sí, hoy voy a tener debilidad por el grupo del “sí”. Pero eso no significa que el grupo del “no” esté equivocado. Significa que va a tener el privilegio de intentar desmontarme. Y eso es divertidísimo.

.- Aceptamos el reto —dijo Lucía.

.- Eso quería oír.

Patxi levantó un dedo.

.- Primera norma del foro: no interrumpir. Segunda: no ridiculizar. Tercera: no convertir una idea en un ataque personal. Cuarta: si alguien habla, el resto escucha aunque no esté de acuerdo. Y quinta, que es mi favorita: si cambias de opinión en algo, no pasa nada. No es una derrota. Es una señal de que tu cerebro sigue funcionando.

.- ¿Y si alguien dice una tontería? —preguntó Inés.

Patxi se encogió de hombros.

.- Entonces la discutimos con argumentos, no con burlas. Porque, atención, revelación histórica: a veces una tontería aparente es una gran pregunta mal formulada.

.- Eso ha sonado mucho a frase de taza —dijo Nerea.

.- Me la apunto —contestó Patxi.

Se hizo un silencio expectante.

El profesor dio un paso al centro del aula.

.- Empieza el grupo del “no”. Quiero oír los argumentos más fuertes. No versiones flojas. Dadme lo mejor que tengáis.

Lucía fue la primera.

.- Vale. Yo digo que no siempre merece la pena seguir aprendiendo, porque muchas veces no aprendemos de verdad. Sólo memorizamos para un examen, soltamos todo en una hora y a la semana se nos ha olvidado. Eso no te hace mejor ni más listo. Sólo estás más cansado.

Patxi asintió.

.- Buen argumento. Diferencia entre aprender y acumular información. Importante. ¿Quién más?

Marcos levantó la mano.

.- Yo digo que hay cosas que no nos van a servir nunca. Y si no sirven, ¿para qué aprenderlas? O sea, está bien aprender cosas útiles, pero… ¿de verdad necesito saber cosas de hace dos mil años o ecuaciones rarísimas?

Ahmed, del otro grupo, abrió la boca para replicar, pero Patxi levantó la mano.

.- Después tendrá el turno el otro equipo. Dejad que construyan su postura.

Hugo intervino:

.- Además, aprender a veces frustra. Te esfuerzas, no te sale, suspendes, te comparan con otros… y acabas pensando que eres malo para todo. Entonces, ¿merece la pena? Depende.

Patxi escribió en la pizarra, bajo el grupo B:

Memorizar no es aprender

No todo parece útil

Aprender puede frustrar

.- Muy buenos puntos —dijo—. Sinceros y reales. Ahora, grupo del “sí”. Dadme razones, no eslóganes motivacionales de calendario.

Inés respiró hondo.

.- Aprender sí merece la pena porque no sólo es para sacar notas. Aprender te cambia. Entiendes mejor a la gente, el mundo, incluso a ti mismo. Hay cosas que al principio parecen inútiles y luego te sirven para pensar mejor.

.- Excelente —dijo Patxi.

Sofía añadió:

.- Y aunque no uses exactamente un contenido que has aprendido, aprender te entrena. Como cuando haces deporte. Igual no vas a ir corriendo detrás de un ladrón, pero correr te fortalece. Pues aprender también. Te entrena la cabeza.

.- Muy buena comparación —dijo Patxi, señalándola con la tiza como si fuera una espada láser.

Ahmed tomó la palabra:

.- Y otra cosa: si dejas de aprender, te quedas atrapado. Te crees que ya sabes suficiente y entonces te vuelves cerrado. A veces el problema no es estudiar mucho. Es dejar de preguntarte cosas.

Patxi escribió en la otra columna:

Aprender transforma

Entrena la mente

Evita quedarse estancado.

Se apartó un paso, miró la pizarra y dijo:

.- Vale. Ya tenemos algo serio. Ahora empieza lo interesante.

Se paseó despacio entre las filas, con las manos en los bolsillos.

.- Voy a hacer preguntas. No para pillaros. Para profundizar. Porque debatir no es disparar opiniones como si fueran confeti. Debatir es construir pensamiento.

Se giró hacia el grupo B.

.- Lucía, has dicho que memorizar no es aprender. Estoy bastante de acuerdo. Entonces la pregunta no sería “¿merece la pena aprender?”, sino “¿merece la pena aprender mal?”. ¿Qué opinas?

Lucía parpadeó.

.- Bueno, pues sí… claro. Si aprender es de verdad, supongo que sí. Lo que no merece la pena es estudiar como máquinas.

.- Interesante —dijo Patxi—. O sea, quizás no estás en contra de aprender. Estás en contra de una forma mala o pobre de enseñar o estudiar.

Varios del grupo B se miraron.

.- Puede ser —admitió Hugo.

Patxi sonrió.

.- Fijaos. Primer descubrimiento del día. A veces creemos que discutimos una cosa, pero en realidad discutimos otra.

Luego se volvió al grupo A.

.- Ahora os aprieto a vosotros. Si aprender merece siempre la pena… ¿qué pasa con aprender cosas dolorosas? ¿Errores? ¿Fracasos? ¿Desilusiones? ¿Eso también cuenta?

Elena respondió despacio:

.- Supongo que sí… aunque no guste. Porque hay cosas que no eliges aprender, pero cuando pasan te enseñan.

.- Exacto —dijo Patxi, más serio por un instante—. A veces aprender no llega en un libro. Llega en forma de golpe, de decepción o de vergüenza. Y aun así, nos cambia.

Se hizo un silencio breve. De esos silencios buenos, que no incomodan, que sirven para reflexionar.

Patxi guiaba, ordenaba, preguntaba. No imponía, pero sí empujaba. Como quien no da respuestas, pero sí abre puertas.

Entonces algo cambió. Había empezado a hablar Elena, una de las alumnas más discretas de la clase. No era tímida exactamente, pero hablaba poco. Cuando lo hacía, todos escuchaban porque casi siempre decía algo importante.

Tenía el cuaderno abierto, pero no lo miraba.

.- Yo… —empezó, y se quedó un segundo callada—. Yo creo que sí merece la pena seguir aprendiendo. Muchísimo. Aunque a veces no nos demos cuenta.

La clase bajó un poco el ruido.

.- Porque… mi abuela siempre decía que ella habría dado cualquier cosa por aprender.

El silencio cayó casi de golpe. Patxi no dijo nada. Sólo la miró con atención, dándole espacio. Elena siguió, con voz baja, pero firme.

.- Mi abuela nació en un pueblo muy pequeño. Cuando era niña, empezó la guerra civil. Y luego, con todo lo que vino después… dejó de ir a la escuela. Tenía que ayudar en casa, cuidar a sus hermanos, trabajar desde pequeña… y nunca pudo aprender como quería. Sabía leer un poco, pero muy justo. Y cuando yo era pequeña me pedía que le leyera cosas.

Nadie se movió. Ni siquiera Javi, que normalmente era incapaz de estar quieto más de veinte segundos.

.- A veces —continuó Elena— me pedía que le leyera cartas, o los ingredientes de una caja, o el cartel del centro de salud. Y yo no entendía por qué me lo pedía a mí, si eran cosas pequeñas. Pero luego me di cuenta de que le daba vergüenza. Una vez me dijo… —tragó saliva— …me dijo que lo que más pena le daba de su vida no era haber tenido poco dinero. Era no haber podido aprender. Decía que sentía que el mundo siempre estaba un poco cerrado para ella.

La frase quedó suspendida en el aire. Patxi sintió algo apretándole el pecho. Al fondo, Marcos bajó la mirada.

Elena continuó, ahora más despacio, como si estuviera recordando cada palabra:

.- Y cuando yo me quejaba por estudiar, ella nunca me regañaba. Nunca. Sólo me decía: “Ojalá yo hubiera podido cansarme de estudiar”. Y se reía un poco, pero… se le notaba en la cara que le dolía de verdad.

Nadie hizo ninguna broma. Nadie.

Aquello ya no era sólo un debate. Era otra cosa.

Patxi dejó la tiza sobre la mesa y se acercó un poco, sin invadir el momento.

.- Gracias por contar eso, Elena.

Ella asintió, con los ojos algo brillantes, aunque sin llorar.

Entonces habló Lucía, que estaba en el grupo del “no”, con una voz completamente distinta a la de antes:

.- Mi bisabuelo también dejó la escuela muy pronto. No por la guerra, pero sí por la pobreza. Empezó a trabajar con once años. Mi madre siempre dice que firmaba fatal y que por eso odiaba tener que hacer papeles.

Ahmed levantó la mano despacio.

.- En mi familia pasó algo parecido, pero en otro país. Mi abuelo no pudo estudiar casi nada porque tuvo que ponerse a trabajar muy pequeño. Y ahora siempre me dice que aproveche, aunque me vea agobiado.

Nerea, que hasta entonces había ironizado con casi todo, habló sin sarcasmo por primera vez en toda la mañana.

.- Mi abuela aprendió a leer ya de mayor. En un curso para adultos. Dice que fue uno de los días más felices de su vida, porque pudo leer sola una carta de su hermana.

Hubo un murmullo muy leve, no de ruido, sino de reconocimiento. Como si de pronto la clase hubiera descubierto que debajo de las bromas, de las quejas y de las mochilas tiradas en el suelo, todos llevaban dentro historias que se parecían más de lo que imaginaban.

Patxi se volvió hacia la pizarra. Bajo la gran pregunta escribió otra frase:

LO QUE PARA UNOS ES RUTINA, PARA OTROS FUE UN SUEÑO

La clase la leyó en silencio. Luego se giró hacia ellos.

.- Esto que acaba de pasar —dijo, con voz serena— es importantísimo. Porque acabáis de descubrir algo fundamental: aprender no es sólo un asunto individual. No es sólo “me gusta” o “no me gusta”, “me sirve” o “no me sirve”. También es una oportunidad histórica. Un privilegio que muchísima gente antes no tuvo y que tampoco tiene mucha gente, hoy en día, en otros lugares del mundo. Durante generaciones, muchas personas no pudieron estudiar por la guerra, por la pobreza, por tener que trabajar desde niños, por ser mujeres en una época en la que no se les daba esa oportunidad, por vivir lejos, por injusticias que hoy nos parecen increíbles. Y aun así, muchos siguieron queriendo aprender. Aprendían tarde, como podían, a escondidas a veces. Porque aprender no era para ellos una obligación aburrida. Era una puerta. Una forma de dignidad.

El aula estaba tan callada que se escuchaba el zumbido del fluorescente.

Se acercó a la pizarra y escribió una tercera frase, debajo de las otras dos:

APRENDER TAMBIÉN ES HONRAR A QUIENES NO PUDIERON

.- Eso no significa —añadió Patxi— que no podáis quejaros. Claro que podéis. Hay clases malas, exámenes injustos, días agotadores. Ser estudiante también cansa. Y mucho. Pero quizás conviene recordar algo: a veces protestamos por el peso de una mochila sin pensar que hay quienes habrían dado media vida por llevarla.

Patxi retomó el foro, pero ya no era el mismo foro. Ahora las voces salían más despacio. Más pensadas. Más humanas.

Ya no se trataba sólo de si estudiar cansa o si algunos temas aburren. Eso seguía ahí, claro. Pero se había abierto otra dimensión: la del valor profundo del aprendizaje.

Hablaron entonces de las conversaciones con los abuelos. De cómo muchas veces los mayores repiten “aprovecha” y los jóvenes lo oyen como sermón, cuando en realidad puede ser una especie de súplica disfrazada. Hablaron de lo poco que a veces preguntan en casa sobre la infancia de sus mayores. De lo mucho que se descubre cuando alguien se sienta a escuchar.

.- Mi abuela me cuenta historias todo el rato —dijo Javi—, pero yo muchas veces la corto porque me aburre.

.- Javi —dijo Patxi, con tono solemne—, acabas de describir a media humanidad.

La clase rió.

.- Pero en serio —continuó Javi—… creo que hoy le voy a preguntar más. Porque nunca le he preguntado cómo era su escuela.

.- Hazlo —respondió Patxi—. Y hacedlo todos, si podéis. Preguntad en casa: ¿Qué pudisteis estudiar? ¿Qué no pudisteis? ¿Qué os habría gustado aprender? Os sorprendería la cantidad de historias que están esperando en una cocina, en un salón o en una sobremesa.

Marcos levantó la mano lentamente.

.- Profe…

.- Sí.

.- Yo… antes he dicho lo de que muchas cosas son inútiles.

.- Lo has dicho con bastante energía, sí.

Algunos sonrieron, pero con suavidad.

.- Ya. Pero… no sé. Mi abuelo siempre dice que a él le habría gustado estudiar mecánica de verdad, no aprender sólo mirando. Y ahora me siento un poco idiota por quejarme todo el rato.

Patxi negó con la cabeza.

.- No eres idiota. Sólo estás viendo el tema de una forma más completa. Y eso es exactamente lo que debería hacer un debate: ensanchar la mirada.

Entonces Patxi fue a la mesa, abrió un cajón y sacó un libro pequeño, lleno de papeles asomando por todos lados.

.- Os voy a presentar a un señor muy pesado e increíblemente útil: Aristóteles.

.- ¿El de filosofía? —preguntó Javi.

.- El mismo. Griego, barba respetable, cero WiFi, muchas ideas. Vivió hace más de dos mil años y, aun así, sigue metiéndose en aulas como esta.

Apoyó el libro y habló con entusiasmo.

.- Aristóteles decía algo precioso: que nunca alcanzamos toda la verdad, pero tampoco estamos completamente lejos de ella. Es decir, aprender no es llegar a una meta final donde ya sabes todo. Aprender es acercarte poco a poco, corregirte, mirar mejor, entender mejor. Es un camino, no un trofeo. 

La clase escuchaba.

.- Además —continuó Patxi—, Aristóteles no pensaba que aprender fuera sólo para jóvenes o estudiantes. Para él, aprender era parte de vivir bien. De desarrollar lo mejor de ti. No se trataba de acumular datos como si fueras un disco duro con patas. Se trataba de crecer como persona. De pensar mejor. De actuar mejor. De entender mejor el mundo y a los demás. 

.- Eso suena bastante mejor que estudiar verbos irregulares —murmuró Nerea.

.- Los verbos irregulares tienen sentimientos, Nerea.

La clase estalló en risas. Patxi aprovechó la risa para lanzar otra pregunta:

.- Imaginad a dos personas de cuarenta años. Una cree que ya lo sabe todo. La otra sigue leyendo, preguntando, escuchando, equivocándose y aprendiendo. ¿Cuál os parece más libre?

.- La segunda —dijo Sofía enseguida.

.- ¿Por qué?

.- Porque si crees que ya lo sabes todo, te quedas encerrado en tus fronteras.

.- Exacto. El que deja de aprender no siempre descansa… a veces simplemente se endurece.

Marcos levantó la mano.

.- Pero profe, también hay gente que sabe muchísimo y luego es insoportable.

.- Brillante objeción —respondió Patxi—. Saber cosas no garantiza ser sabio. Aristóteles también hablaba de eso: no basta con la teoría. Hay que practicar, vivir, convertir lo aprendido en hábitos. Como decía él, se aprende a hacer haciendo. No aprendes a tocar un instrumento sólo leyendo sobre música. Ni aprendes a ser justo memorizando la palabra “justicia”. Tienes que ejercerlo. 

.- O sea —dijo Carla—, que aprender no es sólo estudiar… también es cómo vives.

Patxi dio una palmada entusiasta.

.- ¡Eso! Ahí está la joya.

Se acercó a la pizarra y escribió una frase nueva, en grande:

APRENDER NO ES LLENARSE. ES TRANSFORMARSE

Algunos la copiaron. Otros la miraron como si, por primera vez en la mañana, el tema hubiera dejado de ser una pelea y se hubiera convertido en algo más personal.

Patxi retomó el foro.

.- Vamos a hacer una segunda ronda. Pero esta vez no vais a repetir vuestro argumento. Vais a hacer algo más difícil: cada grupo debe decir qué parte del otro grupo le parece razonable.

Hubo protestas inmediatas.

.- ¡Eso es trampa!

.- ¡Nooo!

.- ¡Eso es muy complicado!

.- Precisamente —dijo Patxi, divertido—. Por eso lo hacemos. Porque debatir bien no es aplastar al otro. Es reconocer dónde tiene razón.

Se miraron entre sí. Finalmente, habló Lucía, del grupo B:

.- Vale. Reconozco que… aunque muchas cosas del instituto sean pesadas, aprender sí te hace ver el mundo de otra forma. Y eso sí me parece importante.

Patxi asintió.

.- Muy bien.

Inés, desde el grupo A, respondió:

.- Y yo reconozco que muchas veces el problema es cómo se enseña. Hay veces que nos hacen odiar cosas que podrían gustarnos.

Un murmullo de aprobación recorrió la clase.

.- Magnífico —dijo Patxi—. Acabáis de hacer algo que muchos adultos no saben hacer en internet.

La risa volvió.

Pero esta vez la risa ya no era nerviosa. Era cómplice. La discusión siguió. Hablaron de aprender idiomas “por si acaso”. De aprender historia para no repetir errores. De aprender matemáticas no sólo por las cuentas, sino por la lógica. De aprender a pedir perdón. De aprender a detectar mentiras. De aprender a escuchar. De aprender a perder.

En un momento dado, Ahmed dijo:

.- Yo creo que una de las cosas más importantes que aprendimos aquí, no sale en los exámenes.

.- ¿Por ejemplo? —preguntó Patxi.

Ahmed miró alrededor.

.- Esto. Hablar sin gritarnos.

Hubo un silencio muy corto. Pero poderoso.

Patxi sonrió con una mezcla rara de orgullo y ternura.

.- Exactamente. Hoy habéis aprendido más de lo que creéis.

El timbre estaba a punto de sonar. Todos lo sabían. Esa especie de sexto sentido estudiantil nunca falla.

Patxi se apoyó de nuevo en la mesa.

.- Antes de iros, quiero cerrar con una última idea.

Cogió la tiza, la hizo girar entre los dedos y dijo:

.- Puede que no todo lo que estudiáis os apasione. Puede que algunas cosas os parezcan inútiles. Puede que a veces el sistema se equivoque, que un examen no mida lo que sabéis, que un tema os aburra o que una clase salga mal. Todo eso puede pasar. Y tenéis derecho a decirlo. Pero no confundáis eso con pensar que aprender no merece la pena.

Miró a cada uno de los grupos.

.- Porque aprender no es sólo sacar buenas notas. Aprender es que un día entendáis algo que antes no entendíais. Es descubrir que estabais equivocados y no pasa nada. Es hacer una pregunta mejor. Es escuchar una idea contraria sin insultar. Es leer a alguien que vivió hace dos mil años y darte cuenta de que todavía puede ayudarte hoy. Es convertirte, poco a poco, en alguien más libre, más profundo y más humano.

Ya nadie se movía.

.- Aristóteles pensaba que vivir bien no consistía en saberlo todo, sino en seguir acercándose a la verdad con humildad, práctica y constancia. Y yo, sinceramente, creo que tenía razón. No aprendemos para tener todas las respuestas. Aprendemos para hacer mejores preguntas.

El timbre sonó. Nadie se levantó enseguida. Eso, en un aula, era casi un milagro. Patxi alzó las manos.

.- Bueno, ya podéis hacer lo que hacen los adolescentes al sonar el timbre: desaparecer en tres segundos.

Las sillas se movieron, las mochilas se cerraron, los bolígrafos reaparecieron de lugares imposibles.

Pero antes de salir, Marcos se acercó a la mesa.

.- Profe.

.- Dime.

.- Yo estaba en el grupo del “no”.

.- Lo sé. Eras bastante ruidoso al respecto.

Marcos sonrió.

.- Sigo pensando que muchas cosas se enseñan fatal.

.- Comparto parte de esa opinión.

.- Pero… creo que ya no estoy en contra de aprender.

Patxi lo miró un segundo.

.- Eso, Marcos, es una de las mejores reflexiones que puedes sacar de todo esto.

Marcos se encogió de hombros, intentando disimular que le había gustado oírlo.

.- No se acostumbre.

.- Ni tú a darme alegrías sin avisar.

Marcos salió.

Lucía, que pasaba por la puerta, se volvió un momento.

.- Profe.

.- ¿Sí?

.- Lo del foro… mola más que discutir gritando.

Patxi fingió sorpresa.

.- ¿En serio? ¿La civilización funciona?

.- No exagere —dijo ella, y se fue riendo.

Cuando el aula quedó vacía, Patxi miró la pizarra.

Los dos grupos. Las ideas. Las frases. La pregunta enorme en el centro.

¿MERECE LA PENA SEGUIR APRENDIENDO?

Sonrió.

Cogió la carpeta azul con la clase prevista, la guardó en la mochila y murmuró para sí:

.- Hoy no tocaba esto, pero tocaba aprender.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

Deja un comentario

error: Content is protected !!

Descubre más desde El blog del Trujamán

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo