¿Humanitarismo? ¿en serio?

El salón estaba lleno de hombres preocupados por el destino de la humanidad, por el noble arte de salvar el mundo. Eso, al menos, decía el cartel a la entrada.

Bajo la luz cálida de una lámpara de araña, de esas que parecen diseñadas para que las decisiones importantes se tomen con elegancia, un grupo de señores discutía sobre el futuro del planeta. Vestían trajes impecables, relojes con cuyo precio se podía pagar la educación de una ciudad pequeña y una seriedad conmovedora.

Había mapas sobre la mesa.

Mapas de tierras lejanas.
Mapas de minerales.
Mapas de rutas comerciales.

Y, por supuesto, mapas de buenas intenciones.

.- El mundo necesita liderazgo —dijo uno, con tono grave—. Necesita orden. Necesita estabilidad.

Todos asintieron.

.- No podemos permanecer indiferentes ante el sufrimiento —dijo con voz circunspecta el presidente.

En la tercera fila, un asesor tosió discretamente. Sabía que aquella frase estaba escrita exactamente igual en el discurso que se había usado en la guerra anterior.

Pero funcionaba. Siempre funcionaba.

Era una escena bastante familiar en la historia. Tan familiar, de hecho, que parecía repetirse con la misma naturalidad con la que cambian las estaciones.

Hace más de un siglo, otro grupo de hombres igualmente respetables se reunió en salones similares para hablar del Congo. No hablaban de marfil ni de caucho, por supuesto. Hablaban de civilización, de progreso, de misión moral.

El rey Leopoldo II, rey de los belgas, decidió que el Congo sería suyo. Reunió a los grandes emprendedores de la época y comenzó a hablarse de llevar el “humanitarismo” a aquel territorio.

¡Qué palabra tan elegante para describir la amputación de manos! La amputación de manos fue una de las atrocidades más notorias cometidas en el Congo durante el régimen del Rey Leopoldo II de Bélgica en el Estado Libre del Congo (1885-1908). Esta práctica no se limitaba a un castigo, sino que funcionaba como un macabro sistema de control y rendición de cuentas para la extracción de caucho (los soldados de la Force Publique, la fuerza mercenaria de Leopoldo, debían presentar la mano derecha cortada de cada rebelde asesinado para demostrar que no habían desperdiciado las balas en caza o en motines, pero cuando los soldados fallaban tiros o usaban munición para otros fines, amputaban las manos de personas vivas, incluidos niños, para completar su «cuota»).

La historia hablaría posteriormente de uno de los “colonialismos” más salvajes. Pero la historia tiene un curioso sentido del humor. Cuando se repite, rara vez lo hace con las mismas palabras, aunque casi siempre lo hace con las mismas motivaciones.

Hoy ya no se habla tanto de civilizar. Ahora se habla de seguridad, innovaciónestabilidad energéticalucha contra el narcotráficoprotección de la democracia.

Es fascinante observar cómo las palabras cambian mientras los balances contables permanecen obstinadamente iguales.

Tenemos “New Rules”, se han apagado los discursos que hablaban del imperativo moral de extender el progreso, e ilumina un gigantesco semáforo verde en la carrera por amasar mayores fortunas.

En otra sala, en otro edificio, un grupo de tecnólogos multimillonarios ve gráficos con palabras como: petróleo, litio, cobalto, tierras raras, corredores logísticos… y escucha a un jerarca explicar la importancia estratégica de ciertos minerales. Minerales raros. Minerales esenciales. Minerales necesarios para fabricar chips, baterías, inteligencia artificial.

El futuro.

.- No podemos permitir que estos recursos caigan en las manos equivocadas —dice alguien.

Nunca queda del todo claro cuáles son exactamente esas manos equivocadas. Pero, curiosamente, nunca son las suyas.

El discurso siempre incluye algo sobre salvar el mundo.

Salvarlo del atraso, estabilizar regiones.
Salvarlo del caos, proteger democracias.
Salvarlo de otros, defender el orden internacional.

El mundo, al parecer, necesita ser salvado con bastante frecuencia.

Y salvarlo suele requerir bases militares, acuerdos comerciales, gobiernos dóciles y, ocasionalmente, alguna guerra inevitable con una cantidad de muertos que sólo tarda un noticiero en convertirse en un número, un estúpido y olvidable número.

Nada personal. Sólo geopolítica.

Mientras tanto, los ciudadanos de los países ricos discuten sobre impuestos a los multimillonarios. Algunos proponen gravar su riqueza. Otros advierten que eso podría frenar la innovación o provocar una huida de capitales. La riqueza se concentra cada vez más, y los debates sobre cómo repartirla se vuelven cada vez más delicados.

El discurso oficial sigue hablando de sacrificios compartidos.

Los ciudadanos financian guerras.

Las empresas financian campañas.

Los gobiernos financian rescates.

Y los beneficios… bueno, los beneficios tienen un sistema logístico mucho más eficiente. Siempre encuentran el camino hacia arriba.

¿Humanitarismo? ¿en serio?

¿Humanitarismo?

En cualquier caso, el sistema tiene una lógica impecable.

Los mismos actores que acumulan fortunas capaces de rivalizar con economías de países enteros, participan en las conversaciones sobre el futuro del planeta. Es “tranquilizador” saber que quienes más se benefician del tablero, también ayudan a diseñarlo.

Sería irresponsable dejar algo tan serio como el destino del mundo en manos de quienes no tienen acciones en él.

Y así seguimos.

Las guerras se explican con mapas morales mientras se financian con mapas geológicos.

Las intervenciones se justifican con discursos humanitarios mientras los contratos se negocian en salas contiguas.

Y los ciudadanos —los de todos los países— observan la escena desde fuera, intentando entender por qué la paz siempre parece estar a una firma de distancia… justo detrás de un nuevo acuerdo sobre recursos.

Quizás el problema no sea que los gobernantes hablen de humanitarismo o que existan gobernantes o élites económicas egoístas. Eso ha ocurrido siempre.

Quizás el problema es que lo hacen con una aparente sinceridad extraordinaria y que la humanidad sigue creyendo con pasmosa facilidad en las historias que justifican su propio beneficio.

Porque las guerras no se sostienen sólo con armas. Se sostienen con relatos. Relatos que nos tragamos para tener la conciencia un poco más tranquila.

Porque, al fin y al cabo, merece la pena luchar por el humanitarismo.

Yo considero que es un compromiso ético, que la ayuda humanitaria es un imperativo moral y un pilar necesario para mitigar el sufrimiento humano. Su objetivo de salvar vidas, aliviar el sufrimiento y mantener la dignidad humana en situaciones de crisis sigue siendo crucial.

Promover la dignidad, la racionalidad, la libertad y la capacidad de evolución del ser humano implica un esfuerzo por situar al ser humano, sus derechos y su bienestar por encima de la tecnología desmedida, el consumismo o los fundamentalismos.

Sólo que, a lo largo de la historia, la humanidad que se intenta salvar suele coincidir sospechosamente con quienes ya están sentados en la mesa del poder.

Y tal vez esa sea la lección más incómoda.

Que las guerras raramente comienzan por odio entre pueblos.
Comienzan por decisiones tomadas en salas silenciosas.

Salas donde nadie grita.
Salas donde nadie sangra.
Salas donde se habla con gran preocupación por el destino del mundo.

Mientras, fuera, la historia vuelve a ponerse en marcha.

Como siempre.

Impulsada por la misma fuerza que mueve el planeta desde hace siglos.

No la libertad.
No la democracia.
No la civilización.

El dinero.

En épocas de una flagrante desinformación, hay una verdad que brilla resplandeciente: el dinero sigue siendo la fuerza que mueve el mundo. Es el que manda. La historia se repite. Y las víctimas siempre son las mismas, hablen el idioma que hablen.

Los gobernantes pueden mentir, pero las sociedades eligen creer. Tal vez la pregunta importante no sea por qué los líderes hacen guerras. La pregunta verdaderamente incómoda es: ¿por qué seguimos necesitando creer que las hacen por nosotros?

Y quizás el verdadero progreso de la humanidad empiece el día El salón estaba lleno de hombres preocupados por el destino de la humanidad, por el noble arte de salvar el mundo. Eso, al menos, decía el cartel a la entrada.

Bajo la luz cálida de una lámpara de araña, de esas que parecen diseñadas para que las decisiones importantes se tomen con elegancia, un grupo de señores discutía sobre el futuro del planeta. Vestían trajes impecables, relojes con cuyo precio se podía pagar la educación de una ciudad pequeña y una seriedad conmovedora.

Había mapas sobre la mesa.

Mapas de tierras lejanas.
Mapas de minerales.
Mapas de rutas comerciales.

Y, por supuesto, mapas de buenas intenciones.

.- El mundo necesita liderazgo —dijo uno, con tono grave—. Necesita orden. Necesita estabilidad.

Todos asintieron.

.- No podemos permanecer indiferentes ante el sufrimiento —dijo con voz circunspecta el presidente.

En la tercera fila, un asesor tosió discretamente. Sabía que aquella frase estaba escrita exactamente igual en el discurso que se había usado en la guerra anterior.

Pero funcionaba. Siempre funcionaba.

Era una escena bastante familiar en la historia. Tan familiar, de hecho, que parecía repetirse con la misma naturalidad con la que cambian las estaciones.

Hace más de un siglo, otro grupo de hombres igualmente respetables se reunió en salones similares para hablar del Congo. No hablaban de marfil ni de caucho, por supuesto. Hablaban de civilización, de progreso, de misión moral.

El rey Leopoldo II, rey de los belgas, decidió que el Congo sería suyo. Reunió a los grandes emprendedores de la época y comenzó a hablarse de llevar el “humanitarismo” a aquel territorio.

¡Qué palabra tan elegante para describir la amputación de manos! La amputación de manos fue una de las atrocidades más notorias cometidas en el Congo durante el régimen del Rey Leopoldo II de Bélgica en el Estado Libre del Congo (1885-1908). Esta práctica no se limitaba a un castigo, sino que funcionaba como un macabro sistema de control y rendición de cuentas para la extracción de caucho (los soldados de la Force Publique, la fuerza mercenaria de Leopoldo, debían presentar la mano derecha cortada de cada rebelde asesinado para demostrar que no habían desperdiciado las balas en caza o en motines, pero cuando los soldados fallaban tiros o usaban munición para otros fines, amputaban las manos de personas vivas, incluidos niños, para completar su «cuota»).

La historia hablaría posteriormente de uno de los “colonialismos” más salvajes. Pero la historia tiene un curioso sentido del humor. Cuando se repite, rara vez lo hace con las mismas palabras, aunque casi siempre lo hace con las mismas motivaciones.

Hoy ya no se habla tanto de civilizar. Ahora se habla de seguridadinnovaciónestabilidad energéticalucha contra el narcotráficoprotección de la democracia.

Es fascinante observar cómo las palabras cambian mientras los balances contables permanecen obstinadamente iguales.

Tenemos “New Rules”, se han apagado los discursos que hablaban del imperativo moral de extender el progreso, e ilumina un gigantesco semáforo verde en la carrera por amasar mayores fortunas.

En otra sala, en otro edificio, un grupo de tecnólogos multimillonarios ve gráficos con palabras como: petróleo, litio, cobalto, tierras raras, corredores logísticos… y escucha a un jerarca explicar la importancia estratégica de ciertos minerales. Minerales raros. Minerales esenciales. Minerales necesarios para fabricar chips, baterías, inteligencia artificial.

El futuro.

.- No podemos permitir que estos recursos caigan en las manos equivocadas —dice alguien.

Nunca queda del todo claro cuáles son exactamente esas manos equivocadas. Pero, curiosamente, nunca son las suyas.

El discurso siempre incluye algo sobre salvar el mundo.

Salvarlo del atraso, estabilizar regiones.
Salvarlo del caos, proteger democracias.
Salvarlo de otros, defender el orden internacional.

El mundo, al parecer, necesita ser salvado con bastante frecuencia.

Y salvarlo suele requerir bases militares, acuerdos comerciales, gobiernos dóciles y, ocasionalmente, alguna guerra inevitable con una cantidad de muertos que sólo tarda un noticiero en convertirse en un número, un estúpido y olvidable número.

Nada personal. Sólo geopolítica.

Mientras tanto, los ciudadanos de los países ricos discuten sobre impuestos a los multimillonarios. Algunos proponen gravar su riqueza. Otros advierten que eso podría frenar la innovación o provocar una huida de capitales. La riqueza se concentra cada vez más, y los debates sobre cómo repartirla se vuelven cada vez más delicados.

El discurso oficial sigue hablando de sacrificios compartidos.

Los ciudadanos financian guerras.

Las empresas financian campañas.

Los gobiernos financian rescates.

Y los beneficios… bueno, los beneficios tienen un sistema logístico mucho más eficiente. Siempre encuentran el camino hacia arriba.

¿Humanitarismo? ¿en serio?

En cualquier caso, el sistema tiene una lógica impecable.

Los mismos actores que acumulan fortunas capaces de rivalizar con economías de países enteros, participan en las conversaciones sobre el futuro del planeta. Es “tranquilizador” saber que quienes más se benefician del tablero, también ayudan a diseñarlo.

Sería irresponsable dejar algo tan serio como el destino del mundo en manos de quienes no tienen acciones en él.

Y así seguimos.

Las guerras se explican con mapas morales mientras se financian con mapas geológicos.

Las intervenciones se justifican con discursos humanitarios mientras los contratos se negocian en salas contiguas.

Y los ciudadanos —los de todos los países— observan la escena desde fuera, intentando entender por qué la paz siempre parece estar a una firma de distancia… justo detrás de un nuevo acuerdo sobre recursos.

Quizás el problema no sea que los gobernantes hablen de humanitarismo o que existan gobernantes o élites económicas egoístas. Eso ha ocurrido siempre.

Quizás el problema es que lo hacen con una aparente sinceridad extraordinaria y que la humanidad sigue creyendo con pasmosa facilidad en las historias que justifican su propio beneficio.

Porque las guerras no se sostienen sólo con armas. Se sostienen con relatos. Relatos que nos tragamos para tener la conciencia un poco más tranquila.

Porque, al fin y al cabo, merece la pena luchar por el humanitarismo.

Yo considero que es un compromiso ético, que la ayuda humanitaria es un imperativo moral y un pilar necesario para mitigar el sufrimiento humano. Su objetivo de salvar vidas, aliviar el sufrimiento y mantener la dignidad humana en situaciones de crisis sigue siendo crucial.

Promover la dignidad, la racionalidad, la libertad y la capacidad de evolución del ser humano implica un esfuerzo por situar al ser humano, sus derechos y su bienestar por encima de la tecnología desmedida, el consumismo o los fundamentalismos.

Sólo que, a lo largo de la historia, la humanidad que se intenta salvar suele coincidir sospechosamente con quienes ya están sentados en la mesa del poder.

Y tal vez esa sea la lección más incómoda.

Que las guerras raramente comienzan por odio entre pueblos.
Comienzan por decisiones tomadas en salas silenciosas.

Salas donde nadie grita.
Salas donde nadie sangra.
Salas donde se habla con gran preocupación por el destino del mundo.

Mientras, fuera, la historia vuelve a ponerse en marcha.

Como siempre.

Impulsada por la misma fuerza que mueve el planeta desde hace siglos.

No la libertad.
No la democracia.
No la civilización.

El dinero.

En épocas de una flagrante desinformación, hay una verdad que brilla resplandeciente: el dinero sigue siendo la fuerza que mueve el mundo. Es el que manda. La historia se repite. Y las víctimas siempre son las mismas, hablen el idioma que hablen.

Los gobernantes pueden mentir, pero las sociedades eligen creer. Tal vez la pregunta importante no sea por qué los líderes hacen guerras. La pregunta verdaderamente incómoda es: ¿por qué seguimos necesitando creer que las hacen por nosotros?

Y quizás el verdadero progreso de la humanidad empiece el día que dejemos de escuchar los discursos… y empecemos a mirarlas por las razones que aparecen en los balances.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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