Dicen que vivimos en la era de los logros. Y Mariano Luque, pobre, es la víctima perfecta de esa época gloriosa en la que hacer algo bien, dura lo mismo que una historia de Instagram: diez segundos y ya está.
Mariano tiene treinta y cuatro años, gafas que siempre están a punto de caerse, una agenda llena de frases motivacionales subrayadas —dos veces— y un currículum tan largo que podría matar a un mosquito de un golpe.
Mariano, para colmo, es un tipo aplicado. Tan aplicado que de niño sacaba diez incluso en Educación Física, algo que los médicos todavía estudian.
Cuando por fin consiguió el puesto de arquitecto fijo en el prestigioso estudio Rodas & Martínez, su madre lloró de emoción y su padre descorchó un vino que llevaba guardado “para cuando pasara algo importante”, cosa que no ocurría desde 1987.
Lo consiguió, sí. Pero “conseguir” ya casi no significa nada en los tiempos que corren.
La mañana en que le confirmaron su contratación, salió del edificio como si flotara. ¡Había logrado entrar en Rodas & Martínez!, la firma donde sólo aceptan gente brillante, ambiciosa y con un índice de tolerancia al café por encima del promedio humano. Caminó por la calle Serrano sonriendo, respirando con un orgullo que no le cabía en el pecho.
.- ¡Lo lograste, Mariano! —se dijo a sí mismo, apretando los puños como en un anuncio de cereales.
Hasta que… abrió Instagram.
Mariano ese día era feliz. Se sentía ganador. Se pavoneaba por la calle como si el mundo fuera suyo y él fuera el protagonista de una serie de Netflix… hasta que abrió la maldita APP. Ahí empezó la tragedia.
Su compañero del máster estaba de beca en Japón.
Su ex era ahora CEO de una startup de tazas inteligentes (que nadie pidió, pero triunfó igual).
Su profesor favorito aparecía recibiendo un premio internacional.
Y una antigua amiga presumía de su nueva casa “humilde” con piscina climatizada y rottweiler vegano.
En un minuto y medio, su felicidad pasó de “logré mi sueño” a “estoy atrasado, soy mediocre y mi vida es un pequeño electrodoméstico defectuoso”.
Así de rápido. Así de absurdo.
Porque, en el fondo, esa es la pandemia silenciosa del siglo XXI: la incapacidad de sentir que algo es suficiente, que un logro vale por sí mismo, que alcanzar una meta merece al menos un par de horas de celebración sincera.
Mariano miró todo eso y pensó: “Tal vez soy un fracaso con contrato.”
Porque así funcionan las cosas hoy: te rompes el alma, logras algo muy difícil, lo celebras treinta segundos… y después viene internet a recordarte que siempre hay alguien más joven, más brillante y con más seguidores reciclando su basura emocional en historias motivacionales.
Por la noche, Mariano fue a casa de sus padres para dar la noticia. Lo recibieron emocionados, orgullosos, con abrazos y abundante comida como manda la tradición española. Y llamaron a la tía del pueblo, a quien le costaba entender qué hacía exactamente un arquitecto, pero estaba orgullosa igual. Y ahí, entre torrijas y vino, Mariano pensó: “Bueno, al menos aquí me valoran”.
Hasta que su primo —ese que nunca estudió, pero ahora vive de vender cursos de “Cómo ser millonario meditando”— le dijo:
.- ¿Arquitecto fijo? ¿Eso todavía existe? Yo gano más desde casa, bro.
Bro. La palabra que convierte cualquier logro en polvo.
Mariano sonrió con el mismo gesto que uno pone cuando el dentista dice “relájate”.
Los días siguientes, Mariano descubrió que sus compañeros de oficina, ese templo moderno de la insatisfacción, tampoco estaban mucho mejor que él.
A un becario, Pablo, lo escuchó decir:
.- Saqué matrícula, hablo cuatro idiomas, hice voluntariado y sigo sintiendo que no hago lo suficiente.
Mariano quiso abrazarlo, pero no lo hizo porque recursos humanos siempre vigila. En cambio, le ofreció café, que es lo más parecido a un abrazo permitido en horario laboral.
En la pausa del mediodía, leyó un artículo que decía que la gente hoy en día tiene “la autoestima agujereada por la comparación permanente”. Y pensó: “Bueno, al menos no estoy solo”.
Pero al llegar a casa, se topó con la sabiduría paterna.
Esa noche, su padre, carpintero de profesión y filósofo por necesidad, su padre, que lo conocía desde antes de que aprendiera a caminar, lo miró fijo y le dijo:
.- Hijo, ¿sabes cuál fue mi mayor logro?
Mariano imaginó algo grande, quizás una hazaña épica como montar un mueble de Ikea sin insultar.
.- ¿Tu carpintería? —aventuró él.
.- No. —El padre sonrió—. Haber sobrevivido cuarenta años sin que me importara lo que hacen los demás. ¿Para qué? Si al final, todos morimos igual: con más o menos arrugas, pero igual.
Y se rio de buena gana, como quien suelta un secreto. Mariano rio también. Un poco por la frase, un poco por desesperación.
Esa noche decidió hacer algo ridículo pero necesario: escribió en un papel los logros que recordaba desde la infancia: Ganó un concurso de dibujo a los seis años. Aprendió a montar en bici sin manos. Aprobó cálculo en la universidad, después de tres semanas sin dormir.
Y ahí estaba también lo de siempre: todas esas pequeñas victorias que había olvidado porque hoy, simplemente, nadie presume de lo cotidiano.
Miró la lista y sonrió. No porque fuera espectacular, sino porque era suya. Y porque le recordó una verdad sencilla: el esfuerzo —el verdadero— no siempre genera fuegos artificiales.
Al día siguiente, uno de los socios del estudio elogió su trabajo. “Mariano, tu nuevo proyecto está muy bien. Buen trabajo”, dijo con la sinceridad de un hombre que no sabe mentir ni a los bancos.
Mariano sintió una extraña paz.
Quizás porque entendió que tener un logro notable —aunque no fuera trending topic— no estaba tan mal. Por primera vez entendió que no necesitaba que nadie le dijera “bravo”, ni que Instagram le aplaudiera, ni que sus compañeros lo envidiaran.
Había dejado de correr esa carrera donde todos compiten por lograr más —aunque nadie sabe muy bien por qué.
Miró por la ventana. Madrid brillaba con su ruido habitual, ese ruido que te recuerda que la ciudad nunca se detiene… pero tú sí puedes hacerlo.
Suspiró. Sonrió. Y pensó: “Quizás el problema nunca fue que yo lograra poco… sino que nunca me permití disfrutar lo suficiente de lo logrado.”
Y ese pensamiento, esa epifanía a media tarde, es más revolucionario que aprender a hacer pan casero en pandemia.
Saquemos una conclusión de todo esto. La gran verdad es que vivimos en la cultura del “más, más, más”. Más productividad, más talento, más abdominales, más inglés, más multitasking, más éxito antes de los 30.
Si no tienes todo eso, eres un ciudadano de segunda en la república del rendimiento.
Pero la realidad es otra: la mayoría hacemos lo que podemos como mejor podemos. A veces bien. A veces regular. A veces espectacular, sólo para nosotros mismos.
Y eso es suficiente. O debería serlo.
Porque si uno no aprende a celebrar sus pequeños logros, la vida se convierte en un catálogo infinito de decepciones.
En tiempos de métricas, seguidores, ascensos y vidas perfectas en pantallas, no es que logremos menos que antes. Es que nos damos menos tiempo para celebrarlo. Como si la alegría también necesitara ser “productiva”.
Mariano no se volvió sabio de un día para otro, pero sí entendió algo: “Lo que hago con mi mayor esfuerzo es suficiente… cuando dejo de compararlo con lo que hacen los demás.”
Y esa frase, créanme, vale más que mil likes.
Un tema muy de actualidad, me gusta cómo lo has expuesto. Y estoy de acuerdo con la conclusión de Mariano.
Un abrazo
Hola Uxue. La conclusión de Mariano es exactamente lo que pienso: Lo que hago con mi mayor esfuerzo es suficiente cuando dejo de compararlo con lo que hacen los demás. Y me alegro que te veas reflejada en ella. Porque me harta ver tanta gente frustrada por haberlo intentado con toda su voluntad y su esfuerzo y no haber logrado llegar a la meta que se le había impuesto. No somos robots, no todos somos iguales ni tenemos los mismos tiempos. Lo importante es dar lo mejor de uno y, si no se logra, preguntar, reflexionar, investigar… y volver a intentarlo.
Gracias por tu comentario. Un abrazo.
Eso es. También te digo que, aparte del compararnos y de la trampa de las redes sociales, tanta frase de Mr. Wonderful y filosofía barata también está haciendo mucho daño.
¡Abrazote!