A menos que seas joven, probablemente recuerdes exactamente dónde estabas el martes 11 de septiembre de 2001, el día en que te diste cuenta de que el mundo nunca volvería a ser el mismo.
Acababa de comer con mis padres en el caserío en Getaria y estaba de sobremesa con mi madre, mientras mi padre había ido a ver si se estaba regando bien el huerto. No recuerdo qué habíamos comido, pero sí que era un hermoso día de sol y, cuando se cortó la emisión de televisión para dar la noticia de que un avión se había estrellado contra las Torres Gemelas de Nueva York (aún se hablaba de accidente), yo que había estado en lo alto de las torres me imaginaba cuántos visitantes estarían a esa hora disfrutando de las magníficas vistas y cuántos cientos de personas estarían, con el cambio horario, trabajando ya en las oficinas.
Faltaban unos minutos para las 15 horas, un poco antes del inicio del telediario de la 1 de TVE. La señal procedente de las televisiones estadounidenses mostraba una de las Torres Gemelas, que aparecía con un enorme agujero en la parte superior y una densa columna de humo negro salía del edificio.
Todavía no existían imágenes del impacto del primer avión, porque ninguna cámara de televisión lo había captado en directo.
Las primeras imágenes de televisión no mostraban mucho. La Torre Norte ya estaba ardiendo, con un gran boquete en la fachada y humo saliendo de los pisos superiores. Había planos generales del World Trade Center desde distintos puntos de Manhattan. Y comentaristas y presentadores especulaban con que quizás se tratara de un accidente aéreo. En esos primeros minutos se hablaba de «una avioneta» o de «un pequeño avión». Nadie imaginaba todavía un atentado.
Mientras Ana Blanco comenzaba el telediario, las imágenes permanecían prácticamente estáticas. El gran impacto llegó pocos minutos después.
A las 15:03, cuando millones de espectadores ya estábamos viendo los informativos, las cámaras captaron en directo el impacto del segundo avión contra la Torre Sur. Ese instante fue el que nos hizo comprender inmediatamente que no se trataba de un accidente. Fue la certeza de que el mundo acababa de cambiar para siempre.
Es probablemente, una de las imágenes más vistas de la historia de la televisión.
Después llegaron, también en directo: el incendio de ambas torres, los cuerpos cayendo desde las ventanas, el ataque contra el Pentágono, el derrumbe de la Torre Sur, el derrumbe de la Torre Norte.
Todo ello fue retransmitido prácticamente sin interrupción. TVE convirtió aquel informativo en el telediario más largo de su historia, con unas 7 horas continuadas de emisión. Lo mismo hicieron Antena 3 y Telecinco, que abandonaron su programación habitual para enlazar con las imágenes procedentes de Nueva York.
El mundo entero intentando averiguar qué demonios acababa de ocurrir. El 11 de septiembre de 2001 no sólo cambió la política internacional, fue el comienzo simbólico de un mundo completamente distinto. Quienes vivíamos entonces, apenas éramos conscientes de que estábamos asistiendo al final de una época iniciada tras la caída del Muro de Berlín y al nacimiento de otra en la que aún vivimos.

¿Podrías recordar cómo era el mundo entonces? La mañana del 11 de septiembre de 2001 el mundo todavía era, en muchos aspectos, un lugar sorprendentemente analógico.
Internet existía, pero era un lugar al que uno «entraba». Había que sentarse delante de un ordenador, escuchar el chirrido del módem y esperar pacientemente mientras se cargaban las páginas. Google era apenas una empresa prometedora. Wikipedia tenía pocos meses de vida. Facebook, YouTube, Twitter, Instagram, WhatsApp, TikTok o ChatGPT ni siquiera eran una idea sobre el papel.
Llevábamos teléfonos móviles, sí, pero servían para llamar y enviar mensajes de texto escritos con paciencia franciscana sobre un teclado numérico. Si alguien quería hacer una fotografía llevaba una cámara; si quería escuchar música llevaba un reproductor; si necesitaba consultar un mapa compraba uno de papel o preguntaba a un desconocido.
Aquel mundo todavía creía en los periódicos impresos, en las agencias de viajes, en los videoclubs, en los bancos con largas colas y en las cartas certificadas. Yo mandaba cada Navidad, más de 100 cartas con mi felicitación personificada con una acuarela de Kurt por correo. Algunos amigos aún conservan aquellas tarjetas en alguna pared de su casa.
Amazon vendía libros. Netflix enviaba DVD por correo. Apple era un fabricante de ordenadores para una minoría creativa, que yo había tenido la suerte de disfrutar trabajando con los Apple II, un microcomputador con gráficos a color y disquetera externa, los primeros Lisa que llegaron a Argentina en 1983 con ratón y aspecto de juguete caro y el primer ordenador personal exitoso con interfaz gráfica basada en ventanas e iconos: el Macintosh. Sí, participé en el nacimiento de mi amor tecnológico y creé un sistema de control para la empresa, ante los ingenieros estupefactos.
Microsoft parecía destinada a gobernar el futuro durante siglos. Nadie sospechaba que llevaba un ordenador infinitamente más potente que los utilizados para llegar a la Luna… en el bolsillo. Pero tampoco sospechábamos otra cosa mucho más importante.
Tras la desaparición de la Unión Soviética, Occidente vivía convencido de haber encontrado la fórmula definitiva del progreso: democracia liberal, libre mercado, globalización y crecimiento económico. El politólogo y escritor norteamericano Francis Fukuyama había hablado del «fin de la Historia» argumentando: “la democracia liberal occidental y el capitalismo de mercado representan el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y, por lo tanto, la forma final de gobierno humano.”
Y, aunque muchos discutían su tesis, existía una sensación compartida de que las grandes guerras ideológicas pertenecían al pasado.
El 11 de septiembre hizo añicos aquella ilusión. No sólo derribó dos edificios. Derribó una manera de entender el mundo.
Durante los siguientes veinticinco años viviríamos una aceleración tan extraordinaria que quizás ningún otro cuarto de siglo de la historia moderna concentre tantos cambios simultáneos.
Mientras aprendíamos a quitarnos los zapatos en los aeropuertos, China se convertía silenciosamente en la fábrica del planeta.
Mientras hablábamos del terrorismo islamista, internet abandonaba los ordenadores y se instalaba en nuestros bolsillos.
Mientras discutíamos sobre Irak, nacían las redes sociales que transformarían la política, el periodismo, las amistades, la publicidad y hasta la forma de enamorarnos.
Mientras los periódicos seguían preguntándose cómo sobrevivir al mundo digital, aparecía una generación que nunca conocería un teléfono fijo.
La revolución tecnológica ha sido tan rápida que cuesta encontrar comparaciones históricas. Entre 2001 y hoy hemos visto nacer el smartphone, la computación en la nube, el GPS cotidiano, el comercio electrónico masivo, las plataformas de vídeo, la economía colaborativa, las criptomonedas, la edición genética CRISPR para corregir enfermedades genéticas hereditarias, tratar el cáncer y crear cultivos más resistentes a plagas, sequías o enfermedades, los coches eléctricos, los cohetes reutilizables, la secuenciación ultrarrápida del ADN, las vacunas de ARN mensajero y la inteligencia artificial generativa.
Cada una de esas innovaciones habría bastado para definir una generación. Nosotros las hemos vivido todas a la vez.





Pero la tecnología no ha sido la única revolución. También ha cambiado la geografía del poder. Estados Unidos continúa siendo la principal potencia militar, pero ya no es el árbitro indiscutible del planeta. China ha pasado de ser el gran taller del mundo a disputar el liderazgo científico, económico y tecnológico. India se ha convertido en una potencia demográfica e industrial. Rusia ha regresado al escenario internacional mediante la fuerza militar. Europa sigue siendo una potencia económica, aunque busca con dificultad su lugar entre gigantes.
Las certezas de la globalización también comenzaron a resquebrajarse. La crisis financiera de 2008 nos recordó que el crecimiento infinito podía detenerse de golpe. Después llegaron las crisis de deuda, el Brexit, el auge de los populismos, las guerras comerciales, la invasión rusa de Ucrania y una nueva carrera por asegurar materias primas, microchips y energía.
La palabra de moda dejó de ser «globalización». Pasó a ser «resiliencia».
Y cuando parecía que el planeta ya no podía sorprendernos más, un virus microscópico encerró a media humanidad en casa. Millones de personas trabajaron desde el salón de su casa. Las escuelas cerraron. Los abuelos saludaban a sus nietos a través de una pantalla. Las ciudades quedaron vacías como escenarios abandonados después del rodaje de una película.
Aquello también cambió nuestra relación con la tecnología. Dejó de ser un lujo para convertirse en una infraestructura esencial. Sin internet, el confinamiento habría sido mucho más parecido al de una epidemia medieval que al que realmente vivimos.
Y apenas nos estábamos recuperando cuando apareció otra revolución que, quizás, sea comparable a la imprenta o a la máquina de vapor: la inteligencia artificial. Por primera vez convivimos con máquinas capaces de escribir, traducir, programar, diseñar, diagnosticar enfermedades, crear música, generar imágenes y mantener conversaciones razonablemente inteligentes.
No sabemos todavía si estamos ante una herramienta extraordinaria o ante un cambio de civilización. Probablemente ambas cosas. Pero quizás el cambio más profundo no sea tecnológico, sino psicológico. En 2001 todavía existía la sensación de que el futuro avanzaba lentamente. Hoy vivimos instalados en la impresión contraria.
Cada pocos meses aparece una innovación que amenaza con dejar obsoleta la anterior. Los conocimientos envejecen. Las profesiones cambian. Las certezas duran muy poco. Vivimos rodeados de una sensación permanente de actualización, como si la humanidad hubiera aceptado instalar una versión beta de sí misma.
Paradójicamente, nunca habíamos dispuesto de tanta información y nunca había resultado tan difícil distinguir el conocimiento del ruido. Nunca habíamos estado tan conectados y, sin embargo, tantos ciudadanos confiesan sentirse solos. Nunca habíamos vivido más años y nunca había existido tanta ansiedad por el paso del tiempo. Nunca habíamos tenido tanto acceso al mundo y, al mismo tiempo, tantas dificultades para comprenderlo.
Quizás ésa sea la gran paradoja de estos veinticinco años. No han sido únicamente los años de internet, del terrorismo, de las pandemias o de la inteligencia artificial. Han sido los años en los que descubrimos que el progreso no elimina la incertidumbre. Simplemente cambia su forma.
El 11 de septiembre de 2001 muchos pensamos que asistíamos al acontecimiento que definiría nuestra época. Hoy sabemos que sólo era el primer capítulo.
Porque, visto desde la distancia, aquel día no fue únicamente el ataque que cambió el mundo. Fue el umbral de un tiempo nuevo. Un tiempo en el que la velocidad de la historia empezó a parecerse menos a un río y más a un torrente de montaña: hermoso, imprevisible y tan rápido que, a veces, apenas tenemos tiempo de reconocer el paisaje antes de que vuelva a cambiar.
¿Recuerdas dónde estabas aquel 11 de septiembre de 2001? ¿Recuerdas que llevabas pesetas en el bolsillo porque aún no existían los euros?
Para los historiadores, ese famoso día es la fecha clave que, con algunos meses de retraso, marca el comienzo del siglo XXI. Fue hace mucho tiempo. Veinticinco años, una buena brecha temporal para una primera evaluación.
Hola, Marlen, yo lo recuerdo, estaba en casa con mis hijos, que eran niños aún Recuerdo esa sensación de «esto no puede estar pasando». Muy buena entrada. Pareciera que a partir de ese momento el mundo se aceleró. Muy buena recopilación de las cosas que han cambiado desde ese momento y los nuevos peligros que se enfrentan hoy.
Curiosamente ayer escuchaba un podcast en youtube, en el «Canal del coronel» (un coronel de infantería retirado del Ejército de Tierra de España, escritor y experto en geoestrategia, defensa, seguridad e inteligencia). Retransmitía una entrevista en donde Tucker Carlson (comentarista político y presentador de tv) habló con Curt Weldon, un excongresista estadounidense (persona que en el tiempo de los ataques a las torres gemelas tenía un altísimo nivel y tenía acceso a información privilegiada), además ampliamente reconocido por su fuerte vinculación histórica, defensa y liderazgo dentro del servicio de bomberos de los Estados Unidos. Él habla de que tenían información, inteligencia previa que pudo haber EVITADO los ataques, pero que eligieron, por razones oscuras, no hacerlo. Imagina eso, ¿preferir que mueran cerca de 3000 personas de tu propio país?
Lo que va revelando sobre esto y sobre otros aspectos de cómo operan las agencias de inteligencia en usa es muy revelador. El coronel dividió el contenido en dos videos, si tienes oportunidad de escucharlos es muy interesante.
Muchas de las cosas que eligieron difundir sobre ese hecho son mentiras y no se investigó a fondo. Curt Weldon pide que se vuelva a investigar ( que se forme una comisión especial presidencial para ello)y que él estaría dispuesto a aportar evidencias, incluso a riesgo de su propia vida. En el pasado cayó en desgracia por pedir explicaciones y también arruinaron la vida de su familia.
En fin, muchas cosas se sospechan, pero ya que lo diga alguien como Curt Weldon es muy fuerte.
Te dejo abrazos, ya te solté todo un rollo jajaja.
Hola Ana. De rollo, nada. Interesante lo que cuentas.
Esa sensación de «Esto no puede estar pasando» la sentimos muchos. Por eso nos conmovió, porque intuíamos que estábamos frente al acontecimiento que definiría una nueva época en nuestra civilización. No conocía a Curt Weldon, pero sí me llamó la atención desde el primer momento, la sensación de que algo se nos estaba ocultando. Bastante lógico en un primer momento, ya que tenían que coordinar la información con la que contaban y las medidas a tomar a partir de ese instante.
Pero los días, los meses, fueron pasando y las informaciones se centraban en los casos humanos, que no digo que no fueran importantes, sino que confirmaban que algo mucho mayor estaba tras la cortina de humo.
Yo sí que había escuchado que los servicios de inteligencia de USA estaban enterados de lo que podía suceder y prefirieron no tomar medidas al respecto. Pero… estamos hablando de las «grandes decisiones» de los «grandes países» y nos tienen acostumbrados a no enterarnos de lo verdaderamente importante. ¿Error humano? ¿Cinismo? ¿Intenciones ocultas que es preferible no dar a conocer al gran público? ¿Es verdad que no se investigó a fondo? ¿Convenía un hecho de esa magnitud que horrorizara al mundo entero para poder tomar medidas especiales a nivel mundial? Nunca lo sabremos, aunque escuchemos a quien escuchemos.
Buscaré los vídeos para verlos, pero no creo que cambie mi forma de pensar y de sentir.
Aunque Jose JascNet me crea muy optimista, hay temas en los que mi optimismo y mi esperanza se refugian en un lugar inalcanzable.
Muchas muchas gracias por tu comentario. Un abrazo fuerte.
Hola, Marlen, sí. era evidente que ocultaban y siguen ocultando cosas. Dentro de USA hay una especie de gobierno paralelo. Muchas cosas no son informadas a congresistas o senadores, limitan la información que reciben, incluso el mismo presidente puede estar a «obscuras» respecto a algo. Hay gente poderosa con intereses fuertes como provocar guerras, solo porque ellos hacen $ con eso. Y bueno, oyendo a este ex senador te quedas con la boca abierta de todo lo que hacen x allá. Yo tampoco estoy optimista ya respecto a nada, en lo personal creo que el futuro viene muy feo. La humanidad erró el camino. Es cierto que la teoría del caos dice que hay elementos estabilizadores, pues que aparezcan pronto. Que tengas una buena semana. Abrazo fuerte.
Sí Ana. Es el mundo del materialismo llevado al extremo. Yo hago lo que me conviene y me favorece. Los demás ya se arreglarán. Todo se compra y se vende, todo tiene un precio, incluso y sobre todo, la información. Y en ese mundo se mueve gente muy poderosa que no tiene límites. Yo aún sigo siendo optimista. En todas las civilizaciones lo que subió, luego bajó y a la inversa. Y a pesar de que en este momento, pareciera que el odio, la confrontación, la violencia campan a sus anchas y es el reino del más fuerte, yo no lo veré, pero confío en que esto cambiará y las generaciones siguientes volverán a valores tradicionales.
Una buena semana para ti también. Abrazos!
Gracias Ana. ¡Excelente entrevista!
Refiriéndose a los miles de jóvenes que fueron enviados a la guerra, a los policías y bomberos que actuaron el 11/9/2001, a los 3.000 seres que murieron : “Enfoquémonos en el veterano antes de que se vuelva un discapacitado. Atendamos al bombero antes de que fallezca. Los medios y el estado profundo de inteligencia hacen que parezca que tenemos todas estas caridades. Y estas caridades nos permiten dar dinero como si realmente nos importaran. Preocuparse por ellos después de que ya están muertos, no es lo mismo que prevenir que mueran. De eso se trata, de prevenir que mueran.”
Una crónica para guion de una serie. ¡Excelente! Gracias, saludo enorme.
Hola Marta. Muchas gracias por tu comentario. Me alegro que te haya gustado la crónica.
Un abrazo fuerte.