Cuando a la naturaleza le da por sentirse Van Gogh y pinta todo el bosque de una paleta de colores infinita, cuando las hojas de los árboles caen como plumas y dejan un suelo crujiente bajo el que se ocultan ratones de campo, musarañas y salamandras, entonces el otoño se llena de senderistas.
La Unesco decidió proteger la hermosa Selva de Irati en Navarra y declararla “Patrimonio de la Humanidad.” Con toda la razón y la lógica, ya que es el bosque mejor conservado de Europa en lo que se refiere a especies arbóreas.




Los cauces fluviales que discurren en sentido norte-sur se convierten en la columna vertebral del valle más afamado y promocionado del Pirineo navarro. Lo es porque contiene un bosque de 17.000 hectáreas que ignora la frontera entre España y Francia y se convierte en una masa forestal paradisíaca donde las hayas alargan sus ramas en capas de hojaldre para convertir el día en la noche.
En sus profundidades, que cuando luce el sol se transforman en paisajes filtrados por una cúpula esmeralda, no sólo están los ricos hongos que acaban en la mesa para satisfacer a los glotones de sabores selváticos. También se ocultan ciervos, corzos, jabalís, nutrias y rarezas como el desmán de los Pirineos o el gallipato. Y especies más escasas y menos visibles aún, como el Basajaun (el peludo mito de la mitología local, un yeti a la vasca) o las lamiak, sirenas de agua dulce que se afincan al borde de ríos y fuentes para peinarse las largas cabelleras con peines de oro.
Difícilmente podrán topar con alguna de las especies mencionadas los miles de senderistas y montañeros que cada año acuden a la selva para recorrer sus senderos y, tal vez, atacar la cima del Ori, el primer pico que supera los dos mil metros avanzando por la cordillera desde el mar Cantábrico.




No se puede estar en Irati y no caminar por su interior. Es la única forma de acercarse al pálpito de su fuerza antigua y salvaje. Así, rodeados de las sensaciones que embrujan nuestra alma con sus juegos de luces y sombras, se puede navegar en la fascinación de los colores.
En Irati se toma como referencia la ermita de las Nieves o la presa de Irabia y, a partir de allí, uno puede perderse –literalmente, si pone un poco de empeño, por el hayedo-abetal en su red infinita de caminos y senderos que van desde el paseo inofensivo a la más dura de las travesías.
El corazón de Irati se llama Irabia, aguas remolonas circundadas de bosque que reflejan en su espejo traslucido los perfiles de hojas caducas cuya cercana caída es renacer futuro.
El embalse fue construido en 1921-22 y ampliado en 1942-44 con un muro de 40 metros de altura, una infraestructura hidráulica ubicada en el corazón de la selva, entre Orbaizeta y Ochagavía. Regula el caudal del río Irati y alimenta ocho centrales hidroeléctricas. Su capacidad relativa es suficiente para controlar en verano la corriente del río Irati, uno de los más aprovechados de Navarra.
Es alimentado, además, por numerosas regatas entre las que destacan el Urbeltz, Urtxuria y Egurgio, y es un lugar de gran predilección entre los amantes de la naturaleza.
Es posible caminar todo el perímetro del embalse partiendo de la presa que aquietó la corriente del río desde los años 20 del pasado siglo. Desde aquí es posible seguir uno de los circuitos que recorren los senderos. Seguir las indicaciones y no os perderéis, aunque si tenéis alma de aventureros ¡adelante, la experiencia es muy bella!




La ruta “S.L.NA-54C ERLAN-IRABIA” es un recorrido circular con un desnivel de 110m y una distancia de 4,6Km. Se estima que se puede hacer en 1hora 15minutos, pero eso depende de las ganas que tengáis de deteneros, sacar fotos, disfrutar de las vistas, comeros un tentempié…
La ruta se inicia en el parking izquierdo del pantano de Irabia, cerca de la mesa panorámica, y se adentra en el espesor del espectacular bosque de hayas de Irati a través de la pista que bordea el embalse.
Un kilómetro más adelante, el camino se desvía por un sendero que discurre paralelo al embalse hasta llegar al paraje de “Onborduia”, lugar con vistas panorámicas del entorno del pantano y que dispone de un panel interpretativo sobre las hayas.
Siguiendo por el sendero, se cruza una pasarela para salvar la regata y se llega al mirador de Irabia, en el que se ubica una maqueta de almadía bajo una estructura cubierta, y desde donde se puede contemplar el embalse y la inmensidad de la Selva de Irati.
De las almadías (una balsa construida con troncos de madera unidos, que se utilizaba en los Pirineos para transportar madera flotando río abajo desde los bosques) ya hablaremos en otro momento. ¡Prometido!A partir de este punto, el sendero continúa en ascenso hasta un panel interpretativo dedicado al aprovechamiento forestal sostenible. Prosigue descendiendo suavemente hasta la pista hormigonada de acceso al embalse, desde donde se retorna al lugar de inicio.




La ruta “S.L.NA-53C VUELTA AL EMBALSE” es una ruta de senderismo muy popular, plana y de baja dificultad que rodea el embalse. Tenerla en cuenta si vais con niños pequeños o personas con problemas de movilidad.
Un recorrido circular con un desnivel de 80m y una distancia de 10,9Km. Se estima que se puede hacer en 3horas 10minutos, pero… ya sabéis.
Este es un recorrido clásico que rodea el embalse, con acceso desde los dos Valles. En Aezkoa el panel de inicio se encuentra en el aparcamiento cercano a la pared del embalse, siendo el primer tramo común con el “Camino de Plaza Beunza”, hasta llegar al claro donde encontramos las ruinas de casa Antxorena. Continuamos bordeando el embalse por una senda que desemboca en un puente de cemento que nos lleva al otro margen, donde se sitúa la Casa Forestal, hoy en desuso.
En una centena de metros desembocamos en la pista que procede de la ermita “Nuestra Señora de las Nieves” en dirección al dique. Sólo nos queda seguir bordeando el embalse para volver al inicio.




La ruta “S.L.NA-52C CAMINO DE PLAZA BEUNZA” también es un recorrido circular con un desnivel de 90m y una distancia de 5,2Km. Se estima que se puede hacer en 1hora 50minutos… ya sabéis.
Este es un corto y agradable paseo que comienza en el aparcamiento junto al acceso al dique (inicio común con “VUELTA AL EMBALSE”). La ruta atraviesa la pared de la presa y sigue un precioso sendero sin desnivel, que bordea el embalse, que nos lleva hasta el claro en el bosque donde observamos ruinas de la antigua Casa Antxorena. En este punto nos separamos del itinerario de la Vuelta, y en leve ascenso hacia el sur alcanzamos un sendero, por el que descendemos suavemente hasta las cercanías del dique, donde dejamos la pista y por unos 200 metros de senda bajamos a la pared del dique.




Despertar y disfrutar de los 5 sentidos es vital en la vida. Cada sentido cumple una función única que la enriquece y nos permite vivir el presente plenamente. En este entorno, la vista tiene mucho para regocijarse.
Sólido y líquido funden sus ondas cuando la brisa acaricia el follaje de las hayas y roza la superficie del embalse. Al rodear el contorno caprichoso e irregular del pantano, caminamos sobre una especie de inmensa corona enjoyada. ¡Diviértete, la naturaleza te está seduciendo!
Las hayas son catedrales vivas del viento, columnas grises que sostienen cúpulas de luz esmeralda y cobre. Su madera es un suspiro firme de la tierra y sus cortezas, una caricia del tiempo.
Tocar un haya es sentir un puente entre el mundo terrenal y la magia del bosque.
Su corteza, su piel es lisa como el mármol, fresca y suave al tacto. Transmite una sensación de calma inalterable, un latido pausado y eterno. Deléitate tocando los troncos de estos árboles.
Humedad fresca, hojarasca mojada, madera vieja y tierra rica en humus. Tu olfato despierta. Esta mezcla se funde con el característico aroma balsámico y penetrante de los abetos y el musgo húmedo, creando una fragancia a bosque antiguo, profundo y en plena naturaleza viva. ¿Lo sientes?
En los senderos de la Selva de Irati durante el otoño, destaca el sonido de las hojas secas crujiendo bajo los pasos, el murmullo continuo del agua en el río Irati y los arroyos cercanos, y el característico viento meciendo las copas de hayas y abetos.
Es especialmente bello cuando, tras la lluvia, renace el sol otoñal. En ese momento, se produce el sordo restallido de las pequeñas joyas líquidas depositadas en el follaje.
El paisaje sonoro se enriquece además con la berrea. Entre finales de septiembre y octubre, es posible escuchar el potente bramido de los ciervos en época de celo. Y del viento, ráfagas que provocan una «lluvia» constante de hojas al caer.




Sí, lo sé, la caminata te ha abierto el apetito. Pues siéntate en esa piedra, saca tu cuchillo y come un trozo de pan con ese queso de Roncal o Idiazábal que compraste en Ochagavía.
Pero si ya es hora de relamerse pensando en los gozos gastronómicos, la gastronomía de montaña de los pueblos de la zona destaca por sus contundentes sabores tradicionales: de entrada una menestra de verduras, una trucha a la navarra (rellena de jamón) o, siendo otoño, no puedes perderte un plato de setas locales. De plato principal cordero al chilindrón o carnes de caza como jabalí o ciervo. Y de postre: una mamia (cuajada con leche de oveja) con miel o unos canutillos fritos.
Estos recorridos discurren cercanos a la orilla del embalse de Irabia, entrando de cuando en cuando a la fogosidad del bosque, sin grandes desniveles y llegando al mismo punto en el que se inició.
Una forma sencilla y muy agradable de disfrutar de los senderos del otoño en nuestro maravilloso planeta.