Una estela blanca sobre el Cantábrico

Se jugaba la primera jornada de la “Bandera de la Concha”. Y en la “Enbata” estaban dando todo su esfuerzo Nahia y Maddi, las dos hijas de mi sobrina Abene. ¿Y eso qué significa? En el mundo del remo de traineras, que es de lo que se trata, las dos jóvenes participan en el equipo de Zarautz con la trainera “Enbata”, entrenando durante todo el año, tanto en banco fijo como en el río y el mar, para ir ascendiendo en las diferentes categorías femeninas, hasta llegar a disputar el trofeo de la “Bandera de la Concha”, cada septiembre en las aguas de la bahía de Donostia-San Sebastián.

Desde tierra parece una fiesta de verano, pero para quienes están dentro de la trainera, el verano llega después de meses de frío, madrugones, agujetas y renuncias. Y en los dos domingos grandes de la ciudad, la “Bandera de La Concha” se convierte en el horizonte que las dos hermanas persiguen durante todo el año.

La primera Bandera femenina de La Concha se disputó en 2008. Participaron ocho embarcaciones y la regata clasificatoria dejó cuatro finalistas, la tripulación gallega de Rías Baixas ganó aquella primera edición. La incorporación femenina fue presentada entonces como un paso histórico en una competición que, desde su origen, había sido esencialmente masculina. Desde entonces, la prueba femenina se celebra anualmente, junto a la masculina.

La trainera, además, no es precisamente una embarcación dócil: ronda los doce metros y pesa unos 200 kilos, y una tripulación está formada por trece remeras y una patrona. En las regatas femeninas el recorrido tradicionalmente ha sido de dos largos y una ciaboga, alrededor de 2,7 kilómetros.

En Zarautz, o en Orio donde entrenan en el río, hay mañanas en las que el mar parece estar hecho de plomo. No es azul todavía. Antes de que salga el sol, cuando el puerto permanece sumido en una penumbra húmeda y las primeras gaviotas cruzan el cielo como manchas blancas, el Cantábrico tiene el color de las cosas que todavía no han decidido si quieren despertar.

A esa hora llegan Nahia y Maddi. Las dos hermanas caminan deprisa hacia el club con las mochilas al hombro. Han aprendido a no hablar demasiado antes de entrenar. No porque estén enfadadas, sino porque el sueño todavía les pesa detrás de los ojos y porque saben que, dentro de unos minutos, necesitarán toda la respiración que puedan guardar.

Nahia tiene dieciocho años. Maddi, diecisiete. Desde lejos podrían parecer dos chicas cualquiera de Zarautz, dos jóvenes que deberían estar pensando en qué harán el viernes por la noche, en dónde cenarán el sábado, en quién ha dicho qué en el grupo de WhatsApp. Podrían estar durmiendo hasta media mañana durante las vacaciones de verano. Podrían haber aprendido a bailar hasta el amanecer sin que al día siguiente les dolieran los brazos.

Pero ellas reman. Y remar no consiste únicamente en sentarse en una trainera y mover un remo. Remar empieza mucho antes. Empieza cuando suena el despertador y afuera todavía es de noche. Empieza cuando se mira por la ventana y llueve. Empieza cuando una amiga manda una fotografía desde una terraza abarrotada y escribe: ¿Dónde estás? Empieza cuando la respuesta es siempre la misma: Entrenando.

Porque la temporada de una remera no comienza cuando llega el verano. Para entonces, el cuerpo ya debería haber aprendido lo que la cabeza todavía está intentando aceptar: que la fiesta de las traineras se construye durante meses de silencio.

En invierno no hay banderas al viento ni multitudes en los paseos marítimos. Hay gimnasio, bicicleta, carrera, ergómetro, series, pesas, frío. Y otra vez series.

Hay días en los que las piernas parecen pertenecerle a otra persona. Días en que los hombros están duros como madera y cuesta levantar los brazos para lavarse el pelo. Días en los que las manos amanecen con la memoria de la víspera, llenas de pequeñas heridas y callos.

Y hay mañanas en las que Nahia piensa que no puede más. Maddi también. Pero ninguna lo dice. Porque las dos saben que la otra está pensando exactamente lo mismo.

Abene, su madre, las mira sin aparentar preocupación y les regaña por haber dejado la ropa sin recoger, pero no es del todo una broma.

Ella soporta madrugones, viajes, comidas preparadas a toda prisa, fines de semana, cambios de planes, nervios ante el televisor, vacaciones, indecisiones, gasolina, tiempo. Y, sobre todo, apechuga con una parte de la vida que a los diecisiete, dieciocho años parece enorme.

Conoce de memoria las carreteras que conducen a los campos de regatas. Sabe dónde aparcar, a qué hora conviene salir, cuánto puede durar un atasco cuando hay competición. 

Hay ropa de entrenamiento en las sillas. Zapatillas en la entrada. Botellas de agua sobre la encimera. Cintas para el pelo en lugares imposibles. Y siempre, en la terraza, dos pares de zapatillas secándose.

El problema es que mientras ellas entrenan, el mundo continúa. Sus amigas salen. Los chicos salen. Las fiestas llegan. Los bares se llenan.

En agosto, Zarautz parece vivir bajo una campana de música, conversaciones, bicicletas, turistas, tablas de surf y olor a sal.

Nahia a veces contempla desde lejos a sus amigos sentados en una terraza. Y durante unos segundos imagina que podría acercarse. Sólo una noche, sólo un rato. 

Después piensa en el entrenamiento del día siguiente. Y no va.

No es que odien entrenar. Es algo más complicado. Quieren, de vez en cuando, tener diecisiete, dieciocho años.

Bandera de la Concha Primera tanda, Zarautz en segunda calle

En la primavera llegan los bateles y las trainerillas. El invierno ha construido el cuerpo, la primavera empieza a construir el equipo.

Ya no se trata únicamente de cuánto puede aguantar cada una. Ahora tienen que aprender a moverse como si fueran una sola criatura.

Una trainera no perdona los errores individuales. Si una remera se adelanta una fracción de segundo, el ritmo se altera. Si otra entra demasiado tarde, el agua cambia. Si una pierde el compás, la embarcación entera lo siente.

El remo es un deporte extraño porque obliga a muchas personas a renunciar al protagonismo. Nadie gana sola. Nadie puede remar por encima de las demás. Cada una tiene que desaparecer un poco dentro del conjunto.

El sonido de los remos entrando en el agua tiene algo hipnótico. Cuando el bote encuentra el ritmo, parece que no avanzan ellas, sino el mar entero bajo la embarcación.

Pero cuando llega la fatiga, el encanto desaparece. Los brazos empiezan a arder, la espalda protesta, los pulmones buscan aire, el corazón golpea contra las costillas.

Y la cabeza empieza a negociar: «Sólo quedan unos minutos», «Sólo cien metros», «Sólo diez paladas»… Y entonces la voz de la patrona corta el aire: Otra palada. Otra. Otra. No mires. No pienses. Sigue.

En verano aparecen las competiciones. Para eso han entrenado el resto del año. Y con ellas aparece algo que no se puede entrenar en un gimnasio: la mirada de los demás.

Los aficionados conocen los nombres de las embarcaciones, siguen los tiempos, calculan diferencias, discuten sobre el estado del mar, hablan de las ciabogas, de las calles, de las olas.

Para quien observa desde tierra, una regata puede durar apenas unos minutos.Para quien está dentro de la trainera, esos minutos pueden contener un año entero.

2026_09_06 Bandera de la Concha. Aficionados en Monte Igueldo

La “Bandera de La Concha” es la regata más emblemática del remo de traineras en San Sebastián, una competición nacida en el siglo XIX y convertida con el tiempo en uno de los grandes acontecimientos deportivos del Cantábrico. Durante décadas fue un territorio masculino. 

Desde 2008, para muchas remeras, septiembre no es solamente el final del verano. Es una frontera.

Llegar a La Concha significa haber sobrevivido a todo lo anterior. Pero no basta con querer. Hay que clasificarse.

En la clasificatoria femenina de La Concha de 2026, Zarautz consiguió, por primera vez en su historia, meterse entre las clasificadas y protagonizó una de las grandes sorpresas de la jornada, logrando el último billete disponible.

Y ahí comienza otro tipo de sufrimiento.

La víspera de la Bandera, Nahia no consigue dormir. Se gira hacia un lado. Después hacia el otro. Escucha el viento. Piensa en la mañana siguiente. Intenta imaginar la salida. No puede. Cierra los ojos. Ve el agua. Los vuelve a abrir. Mira el techo.

Maddi duerme en la otra cama. O eso parece.

.- ¿Estás despierta?

Silencio. Las dos se ríen. Una risa diminuta, casi clandestina.

Maddi tarda unos segundos en contestar.

.- Sí. Me duele el estómago.

Nahia respira en la oscuridad.

.- A mí también.Y decirlo hace que la responsabilidad, el miedo disminuya un poco.

Bandera de la Concha, hacia la ciaboga

La mañana de la regata, Donostia parece otra ciudad. La bahía de La Concha está llena. En las playas, en el paseo, en las laderas del monte Urgull, en las embarcaciones que se acercan desde el mar, miles de personas esperan.

La ciudad se asoma al agua. Las traineras esperan. El viento mueve las banderas. Las voces llegan desde tierra como un murmullo enorme.

Hay banderas, gritos, camisetas, bocinas de aire comprimido, móviles al aire, niños subidos a los hombros de sus padres, ancianos que llevan décadas siguiendo las regatas.

Y, en medio de todo aquello, las remeras esperan.

Desde fuera parece una fiesta. Desde dentro, nadie está de fiesta.

Maddi tiene las manos frías. Nahia aprieta y afloja los dedos. Una vez, otra.

El mar parece tranquilo, viento de frente, pero saben que el mar nunca está realmente tranquilo.

El entrenador da las últimas instrucciones. Nadie habla. Entonces llega la llamada. A los puestos.

Suben. La trainera se balancea. El mundo cambia de altura.

De pronto, la playa queda más lejos, los espectadores se convierten en manchas, la Perla se desdibuja, sólo existe el agua, el remo, las compañeras, la voz de la patrona. Y el corazón. Ese corazón que lleva meses entrenándose también.

Después de tanto esfuerzo, hay algo que nadie podrá quitarles. Ya están allí. En la bahía. Dentro de su trainera. Con el Cantábrico delante. Y detrás, invisible, está todo lo que las ha llevado hasta ese lugar en ese instante.

La salida es brutal. Durante los primeros segundos no existe el cansancio. Sólo velocidad. Las paladas caen una detrás de otra. El bote salta. Las olas golpean los costados.

Nahia siente que los pulmones no alcanzan. Maddi escucha el sonido de las compañeras respirando.

Un jadeo colectivo. Una máquina humana. La trainera avanza. En la ida, todo parece posible.

Los músculos empiezan a quemar. Los brazos pesan. La respiración se rompe. El cuello duele. El pensamiento se vuelve extraño, reducido a pequeñas órdenes: Sigue. Sigue. No mires. Sigue.

Nahia siente que los dedos han dejado de pertenecerle. Durante una fracción de segundo piensa en abandonar. No abandonar la regata. Abandonar la idea de ser una máquina. Ser simplemente una chica cansada.

Pero entonces escucha a Maddi. No sabe si realmente la ha oído o si la ha imaginado: ¡Vamos!

Una palada. Otra. Otra. El bote se inclina. La patrona grita.

La ciaboga se acerca. Durante unos segundos, el mundo entero se convierte en una curva.

Hay que girar. El giro es precisión. Equilibrio. Fuerza. Instinto. La trainera responde. Y entonces vuelve a lanzarse hacia delante.

En la vuelta, después de la ciaboga, llega la verdad.

Cuando cruzan la meta, ellas no saben qué ha ocurrido. Durante un instante no sienten alegría ni tristeza. Ni siquiera saben si han ganado o perdido. Sólo sienten que necesitan aire.

Se inclinan hacia delante. La emoción se convierte en llanto. Alguien grita.

Las dos se miran, se entienden, se abrazan.

Por primera vez, la Enbata, la trainera femenina de Zarautz está en “La Bandera de la Concha”. ¡Ha hecho historia!

Al llegar a la Rampa, la afición arraunlari zarautztarra les espera emocionada. Gritos, bocinas, cantos, las chicas se unen a ellos. Familiares, amigos, no se resisten a los abrazos. Aún falta sacar del agua la trainera a hombros y… seguir festejando.

En el viaje de vuelta a casa y en la cena se repiten los mismos comentarios:

.- ¿Visteis aquella ola?.

.- Pensé que no llegábamos.

.- La ciaboga fue increíble.

.- Cuando salisteis de la curva…

.- Pues les hemos ganado a las de Orio. ¡Ni tan mal!

.- ¡A ver el próximo domingo!

Los móviles no dejan de sonar, los WhatsApp se suceden. Aitona, tíos, primos, amigos. Un sueño compartido en familia.

.- Harro sentitzen naiz! Zorionak! (¡Me siento orgulloso! ¡Felicidades!)

Tal vez esa sea la verdadera naturaleza de una regata: no reman únicamente hacia una bandera, reman hacia todos aquellos días en los que nadie las vio.

Durante unos minutos, cuando el bote cruza el agua y el público se levanta y las voces se mezclan con el viento, todo el esfuerzo invisible adquiere una forma: una embarcación, una estela blanca sobre el Cantábrico, un equipo.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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