María del Carmen Aristeguieta Urgoiti, mi madre

El 1ero. de setiembre de 1936 a las 7 y media de la mañana, Venancio llegó a casa muy nervioso. Había pasado toda la noche entre la cárcel de Ondarreta y las reuniones con los compañeros del partido. La situación se volvía insostenible, era probable que los moros entraran esa misma mañana en San Sebastián, y la decisión que tomó marcaría la vida de los miembros de la familia para el resto de sus días.

Era temprano y los críos aún dormían.

-. Vamos Txiki, levántate que van a ser las ocho. ¿No os había dicho que estuvierais preparados temprano? Esta cría siempre durmiendo, claro se queda leyendo por las noches y luego …

Ella no entendía lo que estaba pasando. Estaba demasiado dormida y, aunque conocía perfectamente la situación que estaban viviendo, no sabía adónde tenían que irse y lo que les tocaría vivir.

-. ¡Rápido, coge algo de ropa y vamos! El coche está abajo esperando. ¡Ayuda a tu hermano!

Su madre estaba demasiado nerviosa para que ella le replicara.

Mientras María del Pilar ponía en un bolso unas mudas y las cosas de tocador, Venancio les decía que se iban de casa y que sólo llevaran el camisón y una ropa para cambiarse.

-. Será por poco tiempo, ¡no llevéis demasiadas cosas!

Y a su padre no podía decirle nada tampoco, su cara decía mas que todas sus palabras.

A sus 16 años, la guerra no le era desconocida. Y aunque en casa no se hablaba mucho de lo que estaba pasando, los periódicos, la radio daban las noticias y contaban los avances y las batallas. Con los amigos se comentaba todo, aunque ellos no entendían que su padre, estando en el gobierno, no le contara más cosas y que tuvieran mas novedades de la gente de la calle que de su propio padre.

Subir al coche y partir. ¿Pero adónde?

-. A Hendaye, a casa de unos conocidos. No te preocupes, será por unos días nada más.

Atrás quedó la ciudad, su casa, sus cosas, sus amigas. ¿Quién les avisaría que no podían juntarse el sábado a dar una vuelta por la Plaza Guipúzcoa? ¿Quién les diría adónde se habían ido? ¿Cuándo podrían volver? ¿Cuándo acabaría todo esto? Demasiadas preguntas para no poder contestar ninguna, se dijo Maricarmen.

Con lo puesto, apenas con el dinero de la caja del día anterior del negocio, con la ilusión de volver en unos días, el tiempo suficiente para que se acabara la sublevación, 15 días a lo sumo, la familia Aristeguieta Urgoiti salió del piso para no regresar nunca más.

Allí quedaron muebles, vajillas, los valiosos cuadros que Don Nicolás había traído de sus viajes por el extranjero y que había regalado a su hija Pilartxo, como prenda de su cariño. Sábanas y manteles bordados, ajuar e ilusiones, ropa y zapatos, joyas y libros, juegos, fotos y recuerdos.

Todo se perdió para siempre. ¿Quién habrá vestido aquellos trajes? ¿Quién habrá bebido en aquellas copas y habrá usado las bandejas de plata? ¿Quién se habrá mirado en aquellos espejos? ¿En qué manos se habrán lucido los anillos y las joyas que allí quedaron? ¿Quién se habrá aprovechado de la necesidad de escapar?

Allí quedó también la feliz niñez de Maricarmen, con sus abuelos y su amado tío Paco, correteando por el piso de la calle San Marcial,26, escuchando música, haciendo helados, riendo y jugando. El día 8 de marzo de ese año había muerto su abuela Josefa Antonia de Azpiroz y Orbegozo. Su abuelo, José Juan Aristeguieta Ubarrechena, los había dejado tres años antes.

Cuando los republicanos pasaban a Francia, se producían las separaciones familiares. La mayoría de las mujeres y niños eran conducidos en camiones o trenes hacia distintos pueblos del interior de Francia donde eran alojados en improvisados refugios. Una parte acabaron en los campos de concentración. Muchos, desesperados por las condiciones en las que se encontraban, claudicaron ante las presiones que ejercía el gobierno francés para que retornaran a España.

Ellos tuvieron suerte. Venancio les acompañó hasta la estación de tren de Hendaye, les dio la dirección de unos conocidos y se volvió a San Sebastián. Madre e hijos se encaminaron a la casa donde les estaban esperando. Pero una vez allí, y aunque fueron atendidos con mucha cortesía, pronto se dieron cuenta que la situación les resultaba embarazosa.

Ante un comentario de María del Pilar, de que su hermano tenía un chalet en Biarritz, la solución a la situación de los exiliados se vio más clara. Así que esa misma tarde, primero tomaron el tranvía hasta Biarritz, luego y con la caída del sol que ya oscurecía las calles, buscaron la villa, encontraron un papelito en la puerta donde se daba la dirección de la encargada de la finca, se dirigieron a pedir las llaves del chalet a la concierge Mme. Hall. Y finalmente se instalaron en la villa “Eguzki” que su hermano Nicolás tenía para las vacaciones.

La idea era pasar esos días, como si ellos también estuvieran de vacaciones, hasta que la situación en España se arreglara y pudieran volver a su casa y a su vida normal. Cuestión de una o dos semanas nada más.

Subieron las enormes escaleras de la villa como grandes señores y el interior les pareció aún más hermoso que la espléndida fachada.

En la planta noble a la derecha el bufete de Nicolás con su biblioteca y su escritorio de madera oscura, y a la izquierda el gran salón con un piano de cola, que más parecía una sala de conciertos que un salón.

Un poco más adelante el comedor con algo inusual para la época, un ascensor para subir las comidas desde las cocinas que estaban en el subsuelo, junto a las habitaciones de la servidumbre, en ese momento deshabitadas.

En el primer piso pudieron elegir uno de los dormitorios, y escogieron uno sencillo con tres camas, como para sentirse más acompañados en esa inmensa casa. Con el miedo en el cuerpo por semejante caserón, esa noche atrancaron la puerta de la habitación con el armario.

El segundo piso con más aposentos ni siquiera lo recorrieron, prefirieron no abrir más puertas ni despertar más fantasmas.

Al día siguiente Mme. Hall había hablado por teléfono con el dueño de casa y Nicolás había ordenado que se les facilitara todo a su hermana y sobrinos, llegando incluso a disponer de una suma bastante importante de francos para que María del Pilar pudiera vivir tranquila, suma que, por supuesto, el orgullo les impidió aceptar.

Pero la voz de que la villa estaba ocupada había corrido por Biarritz y además de la visita de la encantadora concierge, empezaron a tocar el timbre los proveedores de carne, pescado, verduras, quesos y embutidos, y hasta los floristas para adornar la casa.

¡Como para adornar la casa estaban! Si con el dinero que habían traído apenas tenían para comer.

Por supuesto también se enteraron de la llegada, los dueños de las otras villas, familias de Luca de Tena, Beorlegui y otros personajes del bando rebelde español, quienes enseguida averiguaron la identidad política de los nuevos vecinos, y al comprobar que eran rojos y no de los “suyos” comenzaron a hacerles la vida difícil.

Piedras contra el tejado o contra las ventanas, interpretación al piano de marchas rebeldes como el Cara al Sol, papeles con mensajes amenazadores, paquetes de periódicos con las noticias nacionales, gritos por la noche o ruidos extraños, todo método era bueno para asustar a los recién llegados.

Una noche y después que la luz se cortara y les dejara sumidos en la oscuridad y el miedo, pusieron las camas contra la puerta y esperaron impacientes la llegada del sereno que hacía todas las noches su ronda.

Y aunque éste, cuando llegó, revisó toda la casa sin encontrar a nadie y trató de tranquilizarles, el miedo que pasaron fue tan grande que al día siguiente decidieron abandonar la villa y aceptar el ofrecimiento de Mme. Hall para ir a vivir con ella y sus tres perros en su pequeña casa.

Desde allí solían ir a leer las noticias que escribían en las pizarras de la agencia de noticias de Biarritz, y así se enteraron de la concesión del Estatuto de Autonomía para el País Vasco, de la sangrienta defensa de Madrid y el descalabro insurgente en la batalla de Guadalajara.

La incertidumbre les atenazaba, no sabían nada de Venancio, no recibían respuesta a sus cartas y las noticias que se tenían de la guerra eran desastrosas. San Sebastián había caído el 13 de setiembre, y ni se imaginaban cómo lo estaría pasando para preservar la vida de los presos y la suya propia. ¡Cuántas cosas no podían imaginar! ¡Cuánto tendrían que vivir y sufrir antes de llegar a un país seguro donde podrían por fin recomponer la familia!

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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