Érase un gato negro sentado con su moño rojo

Amo el olor de las especias, la nuez moscada recién molida, el laurel de los guisos, el tomillo fresco, la menta, las ramitas de canela, el olor del café tostado, el de un buen té, esos olores que te despiertan los sentidos y te hacen viajar a lejanos países. O tal vez, no tan lejanos. Hay un negocio en Buenos Aires que te hace viajar con el olfato, sin despegar los pies del suelo. Solía ir a comprar allí, cuando aún no habíamos entrado en la era de los supermercados, cuando los empleados de “El Gato Negro” me contaban sus recetas con sus mezclas prodigiosas.

Las especias, hierbas y semillas aromáticas empleadas en la cocina, además de tener propiedades medicinales y digestivas, mejoran la asimilación de los alimentos e impiden su fermentación en el aparato digestivo, previniendo la flatulencia. La canela, el clavo de olor, la pimienta de Jamaica, la menta peperina, el orégano y el tomillo son también poderosos antisépticos.

Se las ha estado usando durante miles de años, en épocas en que no se disponía de los actuales medios de refrigeración para conservar los alimentos. Eran entonces el único recurso conocido para evitar o detener la descomposición, facilitar su digestión y hacer mas agradables sus sabores.

Fueron durante siglos, tan apreciadas por todas estas virtudes, que el valor de algunas llegó, en ocasiones, a igualar el de su peso en oro y muchas fueron consideradas sagradas.

La historia de las especias, íntimamente asociada a la historia de la cultura y de la salud de la humanidad, nos ha llegado aureolada por leyendas de aventuras, románticas o sangrientas, en países exóticos y lejanos mares.

Desde hace mas de 90 años El Gato Negro está también en la historia de las especias, trayéndolas de todas partes del mundo para enriquecer las mesas de las más refinados gourmets.

Corría el  año  1927 cuando un aventurero español llamado Victoriano López Robredo, decidió abrir su primer negocio de comestibles al que llamó  “La Martinica” en la cuadra del 1600 de la que, en aquel entonces, era la calle Corrientes angosta.

Al año  siguiente decidió trasladarlo a un local más amplio y distinguido al que llamó “El Gato Negro”, que comenzó a funcionar esta vez en el Nº 1669 de dicha calle, el mismo lugar en el que actualmente se encuentra, con el mismo mobiliario y hasta los mismos pisos (ni siquiera se reemplazaron las baldosas rotas).    

¿Qué otro negocio podría haber establecido este español que vivió durante cuarenta años en Ceylán, Singapur y las Filipinas, que como empleado de una empresa británica viajaba por Malasia y La Manchuria y realizaba aquella travesía de 11 días en el Orient Express?  

Benito Ferreiro, uno de sus primeros empleados, también español, que llegó a Buenos Aires en un barco carguero, recordaba el origen del nombre: “Don Victoriano le puso este nombre por un famoso café de Madrid que era su preferido, que quedaba en la calle de Alcalá y era frecuentado por Jacinto Benavente”. El gato negro, sentado con su moño rojo se transformó en el símbolo de su nuevo negocio y el cuadro con el gato que colocó Victoriano sigue dominando el salón.

Famosa en Buenos Aires por sus especias, cafés y tés, al cabo de los años esta casa sigue manteniendo intacto el incomparable estilo de un almacén elegante con su notable exhibición y variedad de especias, semillas aromáticas, condimentos, hierbas, cafés, tés y productos envasados de la mejor calidad. El café es tostado artesanalmente en el mismo local y con la misma tostadora de entonces.

Benito Ferreiro también recordaba algunos fieles clientes de la casa: “Hacíamos reparto  a domicilio y compraban Saavedra Lamas, los hermanos Del Castillo, el doctor Cárcano, Alfredo Palacios, Paulina Singerman, Francisco Canaro, Pedro Quartucci entre otras personalidades de la época”.

Hacia 1969 Don Victoriano ya no frecuentaba el negocio que estaba venido a menos y su único hijo tomó las riendas. Don Benigno Andrés López Robredo, abandonó su profesión de ingeniero industrial, decidió sacar todos los productos de almacén y concentrarse en las especias. 

Benigno se convirtió en un alquimista. Atrapado por la tradición, los aromas, sabores y mística del comercio que heredó de su padre, dedicó gran parte de su tiempo al estudio de las especias y al desarrollo de las diferentes combinaciones y mezclas, cuyas fórmulas aún hoy se mantienen celosamente guardadas.

El actual propietario, Jorge Crespo, pertenece también a la familia, aunque no por lazos de sangre. Tuvo un hermanastro Diego, hijo de su mamá con Benigno Andrés López Robredo y con él llevaron el local desde la muerte de Benigno hasta la muerte del propio Diego en el año 2001.

Hoy sus sucesores cumplen el desafío de mantener  intacto el lugar para que, por los mismos mosaicos que transitaron Don Victoriano y Don Benigno, pueda transitar también una clientela que día a día va perdiendo los lugares históricos y tradicionales de la bella Buenos Aires. Hoy El Gato Negro se ha reinventado, es uno de los Bares Notables de la Ciudad, en el primer piso han instalado un pequeño restaurante que funciona como sala de presentaciones de libros y de conciertos. Y desde el sótano sigue subiendo el olor de los granos de café tostados y de las especias.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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