La magia de la casa de la torre

La familia no entendía la decisión que habían tomado de mudarse tan repentinamente a la Capital. Lo cierto es que no sabían la verdadera razón. Los únicos a los que les habían contado la verdad eran los padres de Olivia. No querían que la niña sintiera la compasión de los demás, sino que viviera feliz el tiempo que fuera.

Cuando se enteró de la enfermedad que le arrebataría a su adorada hijita, Arturo creyó que se volvería loco. Primero sus padres, luego sus abuelos que lo habían criado y ahora su amor más preciado, su niñita. Estaba convencido que la muerte se cebaba con algunas familias y a él le había dejado solo y triste hasta que tuvo en sus brazos ese pedacito de amor que le hacía sonreír en todo momento.

Y no es que no quisiera a su mujer, pero era otra cosa, otro tipo de amor. Con Olivia tenía como un pacto de acompañarse, apoyarse y pasar la vida compartiendo días y rutinas. Se había dado cuenta muy pronto que el amor no es eso que sale en las películas, tan pronto como las fotos de la boda quedaron pegadas en el álbum, la casa tuvo la última alfombra indispensable y se instalaron en la comodidad de sábados de fútbol con los amigos y domingos de asado con la familia de su mujer.

El embarazo tampoco cambió mucho la cosa. Los amigos, los conocidos le felicitaban y él se alegraba porque era normal que sintiera alegría, pero sin advertir lo que estaba a punto de descubrir.

Cuando María Antonia irrumpió en su vida, redescubrió algo que parecía haber olvidado, el amor profundo e incondicional por otro ser humano, el loco deseo de volver pronto a casa sólo por ver su carita y sus diminutas manos que le tocaban a él, a su papá.

¡Nunca se había percatado del vacío que lo inundaba, hasta que ese pequeño ser adorable vino a llenarlo como por arte de magia!

La rebautizó “Joujou” (“pequeño juguete” en francés), sin darse cuenta le entregó su corazón y se vistió con su mejor sonrisa para jugar y aprender una nueva vida con ella.

Hasta el maldito día en que un rayo maléfico le atravesó. Su niña estaba enferma sin cura posible y le abandonaría antes de disfrutar todo lo que Arturo soñaba para ella.

Su corazón se partió en mil pedazos. Consultó a todos los médicos que logró encontrar. Todos coincidían en el pronóstico. Hasta visitó curanderas y rufianes que prometían curas milagrosas.

Pidió una licencia en el trabajo y pasaba las horas jugando con la niña, contándole cuentos, inventando historias, maquillando tristezas, mientras las lágrimas de una supuesta alergia corrían por su cara.

Ni Olivia ni sus padres lograban darle consuelo. No soportaba esa actitud sumisa de católicos ortodoxos cuyo Dios sabe lo que hace y en su omnipotencia es incapaz de salvar una vida inocente y hermosa.

Sus amigos le llamaban e intentaban sacarlo de casa para darle un respiro, pero todo era en vano. Bueno, ¡todo no! Uno de ellos le citó en el bar de siempre, con la promesa de una noticia que podía ayudar a María Antonia. Cuando llegó, toda la cuadrilla estaba allí, como una piña. Le contaron de un médico en Buenos Aires que había estudiado en Norteamérica y en Israel y se había especializado en esa enfermedad tan rara. Ellos habían hablado por teléfono con el instituto de Israel y le habían organizado una cita para que viajaran con la niña a la consulta en Buenos Aires. Si había alguna posibilidad de curación, les pagarían el viaje a Jerusalem, el tratamiento y todo lo que hiciera falta para salvarle la vida.

Sin apenas pensarlo, ya estaban en la Capital. Todo se sucedía como en una película que miras con avance rápido. La consulta, los estudios, las conversaciones con el médico, las esperanzas. El tratamiento se podía realizar en Buenos Aires, sería largo y costoso, pero por suerte ese no era un inconveniente para ellos. Estaban en buena posición económica y la familia de Olivia podía ayudarles.

En cuanto al tiempo, María Antonia debía seguir de por vida las indicaciones y controles, pero a cambio, les aseguraba una vida normal con muy pocas secuelas.

Arturo no podía creerlo, una pequeña luz de esperanza se encendía en su futuro y, ansioso por empezar cuanto antes, decidió que Olivia y su hija volvieran al pueblo para vender la casa y arreglar todo, mientras él se quedaba en Buenos Aires para comprar un departamento y conseguir un trabajo que les permitiera pagar el tratamiento y vivir.

Olivia, aunque no muy convencida de mudarse lejos de su familia, accedió al cambio de vida y partió con su hija, como habían convenido.

Arturo se movió muy rápido para conseguir un nuevo empleo y aunque le resultó muy fácil, después de hablar con su jefe, que le dieran un puesto similar en la central, no le estaba siendo tan fácil comprar un departamento que le gustara a su mujer.

El que no tenía una cocina pequeña, tenía un solo baño y el que era perfecto no estaba en un barrio adecuado. Las fotos de los pisos que visitaba Arturo viajaban por WhatsApp por decenas hasta las manos de una Olivia nerviosa que no terminaba de estar convencida del cambio tan drástico.

El día que Arturo descubrió el piso con la torre, estuvo seguro que era el elegido. La cantidad de dormitorios, la amplitud del salón y de los baños, la disposición de las habitaciones, los detalles de decoración, las plantas de los balcones, los hermosos muebles y cuadros, la bellísima torre que parecía una pieza de ajedrez y que podían acondicionar para Joujou, todo era perfecto.

Estaba seguro que ese aire señorial con su estilo catalán moderno le encantaría a su mujer, el único defecto era que estaba en el barrio de La Boca, un barrio de inmigrantes, de fútbol y clase media. Pero el edificio en una esquina de la Avenida Almirante Brown, la principal de la zona, con un cierto aire de palacete, llamaba la atención.

Olivia se quedó encantada por la original vivienda, así que compraron el piso, se instalaron en ese ambiente señorial de muebles antiguos y cuadros magníficos, comenzaron a disfrutar de su nueva vida y María Antonia comenzó su tratamiento.

Nueve meses duró la experiencia, nueve meses como un parto, del que no salieron con un bebé en brazos sino con una niña muerta que, a pesar de que el tratamiento era infalible, no pudo salvarle.

El mundo se derrumbó para Arturo. A la terrible pérdida de su niñita, tuvo que agregar los reproches de su mujer que no hubiera querido vender su antigua casa en el pueblo y acabó abandonándolo para volver con su familia.

Él decidió quedarse en su pequeño castillo, rodeado de los vestidos y juguetes de Joujou, vagando por sus ambientes amplios y majestuosos, trabajando sin ambición, haciendo amistades con la gente del barrio.

Y aquí hubiera acabado mi historia si no fuera por la serie de hechos extraños que le empezaron a suceder.

Primero fue una camisa limpia y planchada que apareció en la puerta del vestidor, cuando él la había dejado dentro del cesto de la ropa sucia para lavar el fin de semana.

Luego fue un guiso catalán con legumbres, hortalizas y hasta unas exquisitas butifarras que llenaba el ambiente de un apetecible aroma, mientras humeaba sobre la mesa de la cocina, al llegar del trabajo.

A pesar de que pensaba y pensaba, no podía entender quién había entrado en la casa mientras él no estaba y le había preparado esa riquísima comida. Era muy improbable que Olivia hubiera venido desde el pueblo sin avisarle y le hubiera cocinado. Tampoco era su estilo. A ella le gustaban los platos livianos y sin muchas calorías, ensaladitas y así. ¿Pero un guiso de cuchara, que apetecía tanto en un invierno frío como ese? ¡Ni hablar!

Un día fue el ruido de unos pasos al despertar y comprobar que estaba solo, como siempre. Otro día vio (y lo podría jurar) una mujer bellísima de larga cabellera, con vestido largo y pinceles y una paleta de pintor que entraba en la torre.

Los cuchicheos, risitas y apariciones o desapariciones extrañas comenzaron a ser frecuentes. Arturo pensó que se estaba volviendo loco, pero no contó a nadie lo que le pasaba, primero porque nadie le iba a creer y luego porque pensó que, si le declaraban insano, le encerrarían en el manicomio.

Así que sin contar nada, empezó a investigar sobre el pasado de la casa y sentado en la pizzería de enfrente, se fue enterando de la señora Auvert, quien hizo construir todo el edificio y lo amuebló con un gusto exquisito, trayendo de su Cataluña natal, hasta las plantas entre las cuales parece que había unas setas muy peculiares.

También le hablaron de Clementina, la pintora, que tenía su atelier y todos sus cuadros en la torre y que un día se suicidó tirándose desde el balcón.

Pero lo que le dio la clave de todo, fue su amigo Natalio que le contó algo que muy pocas veces contaba. Según parece, existe una antiquísima leyenda de Cataluña, la cual dice que en los bosques de los Pirineos viven los “follets”, unos pequeños espíritus traviesos que siempre duermen en los hongos de las setas.

En las setas que hizo traer la señora María Luisa Auvert vinieron tres follets que por lo visto, pueden ser muy colaboradores, pueden ayudar a las personas en sus trabajos o quehaceres, pero si se los altera pueden ser de lo más traviesos y no tienen límites.

La señora Auvert le confesó a él mismo, que vivía con los geniecillos y que estos personajes colaboraban con los sirvientes. Pero un día, uno de ellos quiso propasarse con una sirvienta y cuando uno de los mucamos tomó de él y lo arrojó contra la pared para apartarlo de ella, el duende enfureció tanto que la casa comenzó a ser un infierno. No sólo estaba siempre desordenada, los muebles se caían, las patas de las sillas y las mesas aparecían cortadas, sino que también los cuchillos volaban y se incrustaban en la pared, poniendo en peligro la vida de sus habitantes.

Así que la señora Auvert decidió irse a su estancia de Rauch y no volver nunca. Vendió la casa y nunca le contó esto a nadie, pidiéndole a su amigo que no desvelase su secreto por miedo a ser tomada por loca.

La siguiente dueña del piso fue la pintora Clementina, que solía armar encuentros de artistas en la casa y que un día fue entrevistada por una periodista de nombre Eleonora que quería hacerle un reportaje y sacó fotos de la última pintura que estaba terminando la pintora.

A los pocos días Clementina se arrojó al vacío y murió. Entre sus cosas, sobre uno de sus atriles, encontraron las fotos de Eleonora y en ellas unos hombrecitos ponían cara de espanto, como si hubieran sido pescados in fraganti, frente a la pintura sin terminar.

La teoría de Natalio, reforzada por algunos comentarios que había escuchado en aquellos tiempos, era que los follets, al ser fotografiados, se enojaron tanto, que no dejaron que la pintora terminara su obra magistral, que le escondían los elementos de pintura, que a veces encontraba manchas sobre la tela del futuro cuadro y que la frustración fue tan grande, que finalmente ella se arrojó al vacío y así terminó con su vida.

Arturo, advertido por su amigo de tratar de no alterar a los geniecillos, averiguó por internet sobre los pequeños personajes y comenzó a comportarse de acuerdo a lo que se había enterado y así, dejándoles como ofrendas pequeñas piedras de cuarzo, caramelos o miel, alguna moneda y hasta alguna copa de vino, consiguió que se hicieran visibles y que le hicieran tareas de la casa y ciertas sorpresas también. Nunca les pedía nada, pero a cambio de sus regalos solía desayunar pan con tomate, comía butifarras con alubias (judías blancas), un exquisito estofado de filetes de ternera con setas y verduras al que llamaban fricandó, ricas escudellas que son unos guisos de pasta y albóndigas y otras especialidades que aparecían por arte de magia.

En las conversaciones que empezó a tener con los tres duendes y con el fantasma de Clementina que algunas veces aparecía también, les contó su historia y el drama de la muerte de Joujou.

Ante su asombro mayúsculo, los follets le dijeron que podían conseguir que el fantasma de la niña viniera a visitarle alguna vez. Y desde ese momento, Arturo volvió a sonreír.

Acompañado por sus duendes, su fantasma y su amada Joujou, con una expresión de inmensa felicidad, vivió muchos, muchos años en esa casa, jugando, pintando, contando y escuchando cuentos, disfrutando del privilegio de creer en la magia y en sus seres de luz. Pero sin poder hablar con nadie de lo que hacía en sus tardes. 

Los cuentos de fantasmas en la ciudad de Buenos Aires son diversos y forman parte del encanto de la ciudad. La leyenda de la Torre del Fantasma es una más, habla de una pintora y su cuadro eternamente inconcluso. El resto, el resto es otra historia.

Este relato surgió gracias a la propuesta MICRORRETOS: ¡BIENVENIDOS AL CLUB DE LAS LEYENDAS URBANAS! del blog “El tintero de oro” de JM Vanjab. Y aunque no participo de la divertida iniciativa ya que la propuesta es de un microrreto e indica un máximo de 250 palabras y esta entrada se pasa por… unas cuantas, quería agradecer a JM la idea de escribir sobre alguna leyenda urbana que podrá ser totalmente inédita, o también es válido versionar alguna de los cientos de miles de leyendas urbanas que circulan por ahí.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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