Caballero de Paris

“Vago o mal entretenido es diferente que pobre de solemnidad.” Esto me lo explica Yolanda, una cubana con la que converso en la plaza San Francisco de Asís, en La Habana, y que me cuenta la triste historia de un personaje de la ciudad.

Érase una vez un caballero español, de mucha instrucción y pocos cuartos, que llegó a La Habana a labrarse un futuro. Se empleó en una casa de señores adinerados y ejercía en ella las labores de contable.

Pero un día faltó una joya de la señora y la culpa se la llevó él.

Él que nunca había tocado ni una moneda que no fuera suya, de pronto se vio preso, y mientras se demostró que no era culpable, pasaron dos o tres años en los que el caballero fue perdiendo la razón.

Verse preso sin tener culpa, encerrado en la cárcel sin poder pisar la calle, pero, sobre todo, con el dolor de que sus patrones dudaran de su honradez, lo volvió loco.

Cuando por fin salió a la calle, libre de toda culpa, ya no era capaz de reinsertarse en la sociedad y empezó a deambular por la ciudad, sin rumbo y sin casa.

Solía dormir en los bancos de las plazas y comía lo que la gente le daba.

Lo que nunca perdió fueron las buenas maneras. Halagaba el paso de las mujeres con poemas que inventaba y siempre se mostraba amable y educado.

Tenía unos cuadernos donde escribía sus poemas y narraciones y siempre los llevaba bajo el brazo, como un abogado o un escribiente.

Su impecable capa negra se fue llenando de mugre, su barba creció y su cuerpo empezó a mostrar el desgaste de una vida de vagabundo.

El gobierno de la ciudad, compadecido de su vida azarosa, firmó un decreto por el que se le compensaba por el sufrimiento que la sociedad le había infligido con sus errores legales y su lenta burocracia, ordenando darle cobijo y comida.

Lo llevaron a un hospital, lo bañaron, curaron sus heridas, recortaron su barba y su larga cabellera y lo adecentaron.

Pero se ve que la mugre que por años llevaba encima, lo resguardaba de las enfermedades y de la muerte. Porque a los tres meses de recuperar su figura y su limpieza, murió de causa desconocida.

Desde entonces el “Caballero de Paris” como se le conocía, sigue vivo en el recuerdo de los habaneros y en la estatua a tamaño natural que camina sin dar un paso, frente a la iglesia de San Francisco de Asís, con sus cuadernos bajo el brazo, su barba y su larga melena.

La gente le toca la barba o la mano que ya han adquirido el bonito brillo del metal. Aseguran que trae buena suerte. Si es la misma que acompañó al infortunado, no sé si me conviene.

Pero los ritos son los ritos. Toco su mano y le saludo cariñosamente. Aún conserva su gentileza.

Este texto pertenece a mi libro de viaje ” La Habana de mi corazón”

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

4 comentarios sobre “Caballero de Paris

  1. Gracias, como siempre, por tu comentario Ana. Cuando me contaron la historia, allí, en La Habana, me dejó pasmada. Perder la razón porque dudaran de él, perder la razón por una injusticia, me pareció increíble y digno de ser contado. Hay gente que pone su honor en un nivel muy alto. Me pregunto si aún quedan personas así.
    Saludos a ti también.

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  2. Güenos días sean, Marlen.
    Bonita entrada que ilustra perfectamente lo que pude depararle el destino a cualquiera.
    Me ha sorprendido muchísimo que «mientras se demostró que no era culpable, pasaron dos o tres años».
    ¡Cuánto tiempo para descubrir la verdad, Madremía! Qué lenta es la justicia, para los pobres, claro.
    Se cargaron su vida y luego lo quisieron arreglar. Claro, claro. Como si eso fuera posible. ¡Ay, mundito asquerosete!
    En Cádiz también hay un par de estatuas de este tipo, de tamaño completo e insertada en la vía pública, te la encuentras pensando que es alguien que va a tropezar contigo, si vas descuidado. A mí me dan un poco de yuyu. Parece que en cualquier momento se van a poner a hablar contigo. Cosas de las mentes majaronas e imaginativas, como la mía. 😂😝
    Artículo bello e instructivo, como siempre, Maestra Trujaman.
    Un abrazo. 🤗😊👍🏼

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  3. Buen día sábado, Jose. Como siempre, gracias por tu comentario.
    A mí, acostumbrada a los burocráticos trámites interminables, no me extraña que pasaran uno o dos años hasta que descubrieron que el pobre (nunca mejor dicho) Caballero de Paris no era culpable. Estamos hablando de la justicia para gente normal, la otra, la de privilegiados o acomodados, no tarda tanto. A veces, hasta se olvidan en algún cajón perdido el expediente y entonces: «Aquí no ha pasado nada». Pero eso no es una aventura del pasado. En los tiempos de hoy…
    En cuanto a las estatuas en medio de la calle, ¡me encantan! Yo me suelo sentar con Mafalda, cuando voy a Buenos Aires. Tenemos unas charlas de lo más interesantes. ¡Y ni te cuento las barbaridades que dice del mundo actual!
    Un abrazote Jose. Que conste que lo de Maestra, lo acepto orgullosa porque soy maestra de niños, que por lo demás… Ja Ja!! 😂😂😘😘

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