¿Cuántas otras cosas nos estamos perdiendo?

En la fría mañana del día 12 de enero del 2007, a las 7:51, un hombre entró en el metro en la estación Plaza L’Enfant de Washington DC, se colocó contra una pared al lado de una papelera y se puso a tocar el violín.

Tocó seis piezas de Bach durante aproximadamente 45 minutos. Entre ellas, una de las piezas más elaboradas jamás escritas: “La Chacona” de Johann Sebastian Bach, con un violín de 3,5 millones de dólares, un Stradivarius Gibson ex Huberman (de los hechos a mano por Antonio Stradivari en 1713).

Durante ese tiempo, al ser hora punta, se calcula que cruzaron la estación unas 1.100 personas, la mayoría de ellas de camino al trabajo.

Pasaron tres minutos cuando un hombre de mediana edad se fijó en el músico, aminoró la marcha y se detuvo unos segundos, pero luego siguió su camino.

Un minuto después, el violinista recibió su primer dólar, una señora lanzó el dinero al estuche del violín sin siquiera detenerse y continuó su camino.

Unos minutos más tarde, alguien se apoyó en la pared para escuchar, pero mirando su reloj, reanudó la marcha. Estaba claro que llegaba tarde al trabajo.

El que más atención prestó fue un niño de unos tres años. La madre lo llevaba apresuradamente de la mano, pero el niño se detenía a mirar al violinista.

Finalmente, la madre tiró de él con más fuerza y el niño siguió caminando, girando la cabeza varias veces para ver al músico.

Esta acción la repitieron varios niños más. Todos los padres, sin excepción, obligaron a los niños a continuar.

Cuando dejó de tocar y el silencio se apoderó del lugar, nadie se dio cuenta. Nadie aplaudió, ni hubo ningún tipo de reconocimiento.

Nadie sabía que aquel músico era Joshua Bell, uno de los más grandes violinistas del mundo.

“En una sala de música, comentó el violinista, me enfadaría si alguien tose o si se oye el sonido de un teléfono móvil. Pero aquí, mis expectativas disminuyeron rápidamente. Empecé a apreciar que no existía ningún tipo de reconocimiento, ni siquiera una leve mirada hacia arriba. Estaba extrañamente agradecido cuando alguien lanzó un dólar en vez del cambio”. Lo más curioso es que tan sólo 3 días antes, Joshua Bell en un concierto llenó el Hall de Boston Symphony, donde los asientos cuestan de 100U$S en adelante.

En 2007 se sumó a un experimento psico-social organizado por el diario The Washington Post y tocó de incógnito, (con pantalones vaqueros, camiseta y una gorra de béisbol) a la hora pico en una estación de metro de Washington DC durante poco menos de una hora y ante casi más de mil personas que pasaron cerca de él ignorándolo por completo, sólo seis se detuvieron y permanecieron escuchando unos minutos, veinte dejaron alguna moneda o billete, pero continuaron su marcha. En total recaudó treinta y dos dólares que cayeron en el estuche de su violín. 

¡Su forma de tocar es inconfundible! Su versión de La Chacona no es comparable a ninguna, es una interpretación en sí misma. Cuando escuchas a Joshua Bell, sabes por qué amas la vida. Sientes un verdadero amor por la música cuando toca, es hermoso.

Esta anécdota es un recordatorio para mí, de apreciar los placeres más simples que me rodean. No hay nadie más ciego que aquellos que eligen no ver.

El objetivo de la experiencia fue explorar si en un momento inoportuno la gente sería capaz de detenerse para apreciar la belleza de la música. 

El experimento demostró que lo extraordinario en un entorno ordinario no brilla y muchas veces se pasa por alto y se subestima. Hay personas con talento brillante en todas partes que no reciben el reconocimiento y la recompensa que merecen.

La cuestión es ¿cómo valoramos el arte? ¿Por la belleza, por los sentimientos que nos inspira? ¿O es el estatus social, la posición que ocupa el sujeto en la sociedad, el que influye en la percepción del arte o la música?

En un lugar común, en un momento inadecuado, ¿somos capaces de percibir la belleza?

¿Nos detenemos a disfrutarla?

¿Reconocemos el talento en un contexto inesperado?

¿Cuántas otras cosas nos estamos perdiendo?

En el video, Joshua Bell toca “La Chacona” de Johann Sebastian Bach, en su violín Huberman Stradivarius de 1713, en el Simposio Nexus 2014
“El Holocausto y el poder de la música”.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

2 comentarios sobre “¿Cuántas otras cosas nos estamos perdiendo?

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