Se nos rompió la compasión

Me despierto después de una noche bien dormida, dispuesta a recordar a mi abuela María Pilar y a disfrutar de este día en el que hubiera cumplido 139 años (sí, 139, ¿por qué vamos a festejar sólo las decenas o las centenas?).

Y después de ducha y desayuno, para tomar coraje, recorro la actualidad internacional. Continúa la tensión en Oriente Medio tras los ataques lanzados por Irán con misiles balísticos y drones contra distintos objetivos en Siria, el Kurdistán iraquí y Pakistán; en respuesta, Pakistán bombardeó varios objetivos supuestamente vinculados a la insurgencia baluchi en Irán; la ofensiva israelí en Gaza cumplió hace poco los 100 días y contabiliza más de 24.000 muertos, además de unos 61.000 heridos; el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, aseguró que seguirá combatiendo, pese a la creciente presión internacional por las consecuencias humanitarias de los ataques y la ONU ha advertido de que la situación en Gaza ha pasado de ser catastrófica a estar al borde del colapso; empeora la crisis humanitaria que está provocando la guerra en Sudán; más de 1.700 personas han sido detenidas en Ecuador en el “conflicto armado interno” que ha generado esta oleada de violencia; al menos cinco personas murieron cuando trataban de cruzar el canal de la Mancha desde Francia para llegar al Reino Unido. Se nos están acumulando los muertos, la pantalla chorrea sangre y los rostros desesperados, los muertos no nos provocan nada, o casi nada.

¡Qué mal anda todo! Cierro pestaña y a otra cosa. A mi abuela le hubiera encantado hablar de estas cosas, analizar causas, consecuencias. Y reflexionar.

¿Cuándo se nos rompió la capacidad de sentir pena por el otro, de compadecernos, de indignarnos con las vísceras y de actuar? ¿Cuándo se nos rompió la compasión?

Hace apenas 2 años, por estas fechas, Rusia invadía Ucrania y la empatía cultural, étnica, religiosa, desató una solidaridad mundial. Teníamos, o tenemos aún, la capacidad de compadecernos por el otro, de sentir “compasión”.

¿Qué nos la dañó tanto como para que hoy un genocidio transmitido en tiempo real, un número de cuatro dígitos de ahogados en un año en el Mediterráneo, una fosa llena de huesos en medio de un desierto, nos deje impasibles?

Hace unos días el MPI (Migration Policy Institute) publicó un estudio analizando la “Compassion Fatigue”, el cansancio que queda después de haber sentido compasión. El estudio analiza los sentimientos públicos hacia las personas refugiadas y concluye que la solidaridad tiende a manifestarse en torno a tres factores: proximidad cultural, valores sociales e interés personal.

Son nuestros propios intereses como individuos, los que inician la conexión con el otro y generan la solidaridad. Podemos ayudar o apoyar a algunas personas en tanto que la suya sea una situación temporal, que las llegadas a nuestros países se sitúen en una línea de tiempo específica y mientras los recursos utilizados para ello no destruyan nuestra percepción de distribución equitativa con respecto a nosotros mismos.

Nuestra capacidad de compadecernos, aunque extremadamente poderosa para ponernos en acción, es vulnerable al “cansancio” porque la tragedia le ocurre al otro, nuestra implicación es voluntaria, pero el problema no es nuestro.

EL PROBLEMA NO ES NUESTRO. Y nos indignamos con nuestro propio egoísmo, pero ni yo, ni tú, ni tu familia, ni siquiera un amigo o conocido forma parte del conflicto que fatiga nuestra compasión.

¿Y si no fuera así?

En el reporte del MPI se menciona que, a pesar del agotamiento de la compasión, siempre es posible encontrar pequeñas vetas de solidaridad y generosidad. Es posible reparar nuestra compasión rota.

Lo cierto es que, aparte de los discursos mediáticos electorales, (y me reubico en mi sendero de esperanza, de las pequeñas acciones) todo radica en cambiar la manera en la que entendemos la compasión: no sólo como la empatía que nos puede brotar tras la primera tanda de imágenes de muertos y dolor ajeno, sino como la capacidad de sentir como propias las pequeñas alegrías, los grandes dolores, los inesperados triunfos y las grandes derrotas de los demás, y hacer algo no por los demás, sino con los demás. O mejor aún, por el futuro de la humanidad, que suena muy pomposo, pero es sólo el recuerdo del regalo que nos hizo el Che Guevara:

“Sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera,en cualquier lugar del mundo”

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

4 comentarios sobre “Se nos rompió la compasión

    1. Hola lady_p
      Eso es. No parece, «es» que nos volvemos tan insensibles que vemos sin ver las horrorosas imágenes como una propaganda cualquiera. Ya nada nos inmuta.
      Gracias por tu comentario. Un abrazo.

  1. Hola, Marlen.
    ¿Compasión, empatía, solidaridad? Solo según el barrio y el momento de entretenimiento (atontamiento) en el que estemos.
    Comentas la diferencia entre otros casos y Ucrania. El caso es que escuché a una comentarista de televisión decir (abiertamente y sin excusas): «es que estos SÍ son nuestros hermanos», por el hecho de acontecer en Europa. El resto de genocidios, guerras, humillaciones y demás que pasa más lejos de «nuestra frontera» no nos afecta como humanos, quedan muy lejos en distancia, raza, color de piel o religión. ¡¡¡Manda cojones!!!
    Creo que el principal problema de la empatía actual es el aborregamiento y atontamiento con las pantallas. Se hacen protestas de butacón en las redes sociales y se llora en un tweet; pero a la hora de salir a protestar y exigir dignidad y respeto, no se puede porque hay que ver el último vídeo de gatitos o comentar la última pareja de cierto/a famoso/a, u otras pamplinas.
    Como dice Lady, estamos normalizando las grandes barbaridades que se comenten en el mundo. Y ese es el problema más grave e importante. De hecho, a los pocos días de la guerra Ucrania-Rusia ya no se hablaba de ella.
    Me quedo con la primera ilustración como emblema de todo lo comentado.
    Las demás fotografías son preciosas. Me encanta el dibujo a tinta, sin color. Es más emocional e intenso.
    Abrazos, amiga.

    1. Hola Jose.
      Me indigna que las guerras, genocidios, violaciones, violencias lejanas no sean un problema nuestro. Demuestra un egoísmo horroroso. Otra cosa es que no podamos luchar por todos los conflictos del mundo y tengamos que elegir nuestras batallas. Pero definir a unos como que estos SÍ son nuestros hermanos, es inhumano. Yo creo que el principal problema de la empatía actual no tiene que ver con las pantallas, sino con el egoísmo que nos aísla del resto. Cada vez estamos más cerca, gracias a las redes sociales y a los medios, de quienes poblamos este planeta. Y sin embargo, cada vez estamos más lejos de los seres humanos que lo pueblan. Y no hablo sólo del que vive en la otra punta del mundo. Las prisas, el individualismo, las fronteras que nos crean y nos creamos, están convirtiendo esta vida en muy difícil. A ver si no maleducamos a las nuevas generaciones y aprovechamos su frescura para cambiar, para volver a los viejos y sabios valores, a la dignidad y el respeto, a la compasión hacia el que sufre, esté donde esté.
      El pequeño Guille que inicia la entrada, el hermanito de Mafalda del genial artista «Quino», representa a los niños de ayer, hoy y siempre, los maravillosos niños que sienten y demuestran lo que sienten.
      Me alegro que te hayan gustado las imágenes. A mí también me gustan los dibujos a tinta china. Me transmiten, como tú bien dices, emociones, intensidad. Recuerdo de un tiempo en que hacía paisajes y retratos con esa técnica y me encantaba lo que contagiaban.
      Gracias por tu comentario, gracias por gritar conmigo nuestras rabias. Un abrazo muy cercano.

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