El campo, hace no tanto tiempo, era uno de esos oficios que se heredaban. Pero el sector primario pierde peso en los países de la Unión Europea. Quienes aún siguen en activo inundan estas semanas de tractores las carreteras y ciudades de Francia, España, Alemania, Italia, Portugal, con un grito que suena a pésame: “Nuestra muerte será vuestra hambre”, que demuestra bien a las claras la desazón e impotencia del agro. Gracias a su labor, trabajando de sol a sol, la sociedad satisface la más elemental de las necesidades: el sustento. Debemos hacer nuestras las reivindicaciones de los agricultores.
Los políticos, los gobernantes deberían salir de sus lujosos y asépticos despachos, madrugar, soportar frío o calor, pisar la tierra ensuciándose los zapatos, oír el latido del campo, oler su sudor y no despreciar sus justas reivindicaciones repanchigados en sus poltronas. Sostenibilidad y rentabilidad pueden y deben ser compatibles.

El abandono de la agricultura familiar es, junto a la pobreza, la exclusión, la especulación con los alimentos, los conflictos armados, los desplazamientos y el cambio climático, una de las razones del hambre en el mundo. La ley del mercado internacional impera y ocurre, muchas veces, que las personas no pueden consumir lo que se produce allí donde viven. El precio de los alimentos marca la economía familiar.
Hace pocas semanas que nos hemos enterado que aquí, en Zarautz, el pueblo donde vivo, se ha recalificado el “polígono industrial” para convertirlo en “comercial”. ¿Pero, no hay bastantes comercios en el centro? ¿No hay industrias en el pueblo? Sí, claro que sí, pero se van a instalar dos grandes supermercados y conviene acogerlos adecuadamente. ¡Qué bien, otro lugar donde poder comprar de todo cómodamente! ¿Y los pequeños negocios del pueblo? ¿Aguantarán los caseros y caseras que producen en sus huertas de los campos de alrededor y venden los sábados en el mercado?

Una de las quejas del campo europeo es que sus productos no pueden competir en sus mercados nacionales con los de países extracomunitarios, donde es mucho más barato producir porque los estándares, también los de seguridad sanitaria y los laborales, son más bajos. En esos terceros países, muchas de las personas que padecen hambre son trabajadores del campo, precisamente quienes cultivan o recogen los alimentos.
El campo va quedando como el trabajo que nadie quiere hacer. Terreno fértil para el abuso. La mayoría de la población migrante que trabaja en la agricultura española lo hace en el campo del sur. La explotación de los jornaleros en situación irregular está bien documentada allí. También el hacinamiento en viviendas y transportes.
En el campo español es muy difícil que personas migrantes, o cualquiera que no descienda de una familia de agricultores locales con tierras y maquinaria, tomen el relevo. Las inversiones necesarias serían inasumibles en un sector donde ahora, incluso para el pequeño agricultor que ha heredado el oficio, ya no salen las cuentas.

Sólo el 4,5% de los agricultores y ganaderos españoles tiene menos de 35 años. ¿Quién cultivará las tierras de ese 66% de agricultores y ganaderos que está a punto de jubilarse? En muchos casos, nadie. La mayoría de ellos no tiene relevo.
Los fondos de inversión que arrasan con el mercado de la vivienda urbana, han puesto la mira también en el mundo rural. Agricultura industrial con pocos trabajadores, grandes plantas solares y fotovoltaicas e incluso chalés ante la demanda turística. Es el fin de los agricultores, como advierten en las pancartas de sus protestas, pero también el fin del campo como lo conocemos, del campo como tal.
La población urbana sigue creciendo exponencialmente en el mundo. Seguimos concentrándonos en ciudades donde la vida es cada vez más hostil. Los foros europeos hablan de la urgencia de favorecer un “proceso de ruralización”, pero la realidad se impone: el campo es un trabajo duro, alejado de las grandes comodidades y de los servicios mínimos, apenas rentable para el pequeño agricultor que, cuando deje sus tierras, tendrá que elegir entre la transferencia de un inversor o la renta modesta que le podría ir pagando otro agricultor, si lo hubiera. Es el mercado, y aquí también gana.
Las protestas de los agricultores con sus tractores reprochan al gobierno nacional y a los autonómicos que no tengan a la agricultura y la ganadería entre sus «prioridades» y se centran en las exigencias de las políticas europeas, contra los acuerdos comerciales que no exigen a los alimentos importados los mismos requisitos que a los locales.
¿Ahora entendéis lo de: “Nuestra muerte será vuestra hambre”?
Buenos días, Marlén.
Otra de las lógicas aplastantes que parece no serlo para nuestras «grandísimas» mentes pensantes del gobierno y otros colegas del poder. Y también las nuestras, porque debemos meternos en este saco de estupidez.
El abandono y la irresponsable dejadez del sector primario determina claramente cuáles son los intereses de los que nos gobiernan. Lo que no reporta suficientes dividendos en donde poder «mangar», no merece la pena su atención. Mejor hacerlo de las importaciones, que seguro que allí si tienen forma de meter mano.
Recuerdo aquellos días de mi infancia (allá por la prehistoria), cuando iba al pueblo de mi padre y visitaba a sus primos. ¡Cuántos primos tenía, maremía! Creo que más de medio pueblo. A cada «campo» que iba podía comprobar la amabilidad, el cariño, la sencillez y la entrega de la familia. Nos llenaban el maletero de sus productos de forma desinteresada y contraviniendo la opinión de mi padre, que no le gustaba que nos regalaran lo que tanto le costaban conseguir. Porque, in situ, comprendía que las papas, los tomates, los pimientos, los pollos… no crecían en las baldas de las tiendas del barrio (en aquella época todavía no habíamos sido invadidos por los supermercados). Los primos me «invitaban» a ayudarlos a coger los productos directamente de la tierra y ahí me daba cuenta, bueno, más bien se daba cuenta mi espalda, lo que cuesta poner algo en la mesa. Ante mis quejas, ellos me explicaban que este era solo un porcentaje muy pequeño de lo que había que trabajar para obtener aquellos resultados. De alguna forma, eso me hizo apreciar la importancia de la agricultura, la ganadería, y otros servicios primarios.
Tal vez, ese sea uno de los problemas. Nuestros niños crecen ajenos a esta realidad. ¿Y si…? Una de mis preguntas loquísimas… ¿Y si, dentro del plan escolar, se pusiera obligatoria una temporada ayudando a estos currantes tan ninguneados? Creo que se apreciaría mucho más, porque se conocería el origen real de todo lo que comemos. Más concretamente, el trabajo que cuesta obtenerlo.
El párrafo: «Los políticos, los gobernantes deberían salir de…» me ha hecho reír a carcajás. Esta gente no sale ni de sus limusinas para ver el mal adoquinado de las calles. Los hemos hecho una clase elitista y somos los culpables de que vuelvan la cara a la realidad que nos mantiene.
Nos estamos cargando el sustento de la misma forma que destruimos el planeta. Más centros comerciales, más instalaciones turísticas, más lugares de diversión, más emplazamientos de lujo… Totá, ya trabajarán en la india, en áfrica, en Sudamérica, para mantenernos al estúpido primer mundo.
Siempre termino en el mismo meollo: ¿Se darán cuenta nuestros niños de a qué nos lleva esto? ¿Podrán reaccionar a tiempo para no tener que mutar y mantenernos chupando ladrillo y hierro?
¡Ojalá!
Gracias por traer estos temas y hacernos reflexionar, amiga. Aunque ya sabes mi fastuoso optimismo.
Que Deméter, Esus, Kernunos, Agatodemon, Belenus, Consus, Inti, Liber, Illapa… (gracias Copilot) y demás deidades nos coja confesaos.
Abrazo grande.
Hola Jose.
Sabía que tendría un comentario jugoso tuyo a esta entrada. Lo sé, nos indignan las mismas cosas y reflexionamos de la misma manera. Y creo que pensamos lo mismo que mucha de la gente común, normal, de una «cierta edad» (no especifiquemos números) que habita en este rinconcito del planeta. Pero, a pesar de la mala sangre, no gritan fuerte porque saben, están convencidos de que no vale para nada ni reflexionar, ni quejarse. Total…
«Nos estamos cargando el sustento de la misma forma que destruimos el planeta.» Y la clave la das en este párrafo: «Nuestros niños crecen ajenos a esta realidad. ¿Y si…? Una de mis preguntas loquísimas… ¿Y si, dentro del plan escolar, se pusiera obligatoria una temporada ayudando a estos currantes tan ninguneados? Creo que se apreciaría mucho más, porque se conocería el origen real de todo lo que comemos. Más concretamente, el trabajo que cuesta obtenerlo.»
Tú recuerdas cuando ibas al pueblo de tu padre y cosechabas con tus primos y tus propias manos, el producto del campo. Yo recuerdo cuando íbamos a la estancia de mis tíos y con mi hermano y mis primos nos íbamos a ver a Bautista y su quinta (huerta) y allí le ayudábamos a plantar, regar, cosechar… Era un juego, pero la enseñanza del esfuerzo la masticábamos al comer los tomates de la planta, así, como una fruta, con gusto a «tomate de verdad». Pasadas las vacaciones, volvíamos a casa, a la gran ciudad y en la escuela a mi hermano no le creían las aventuras que contaba. Así que tu pregunta loquísima??? no me parece nada loca, sino «de necesidad».
Siendo adolescente, me iba con unos amigos a pasar fines de semana en pequeños pueblos perdidos donde ayudábamos a hacer los trabajos que ellos estaban haciendo, en el campo, haciendo zanjas, en la cosecha cuando se necesitan manos o en la construcción de la casa, en lo que fuera. Sin ideas, ideologías ni religiones de por medio. Por el simple placer de ser útil al que tienes cerca. Pero claro, estábamos en la época hippy, esa en la que se supone que lo único que hacía la juventud era llenarse a drogas y alcohol.
Dicho lo cual, apoyo firmemente la idea de un «stage» (para que suene más cool) obligatorio en el campo, trabajando en algún pequeño emprendimiento rural. ¡Cuidado! que ahí vienen los defensores de los derechos del niño para multarnos por incentivar el trabajo infantil. Y también los que protestan porque les estamos sacando el trabajo. Y los que advierten de los peligros de contagios de los niños, estando cerca de animales. Y además, los que, velando por la salud de los infantes, desaconsejan semejantes trabajos que pueden provocar accidentes. Por otro lado, siempre están los padres que consideran un despropósito hacer que los niños pierdan clases indispensables para la formación didáctica, por ir a trabajar. Y los que… la mare que los parió!!
Pues nada, mejor no inventamos nada nuevo. ¡¡Para, para!! Que esto no era nuevo. Es cierto, pero ya hemos evolucionado. ¿Adónde mandamos a parar todo lo viejo, incluso las costumbres? Al 🗑️🗑️🗑️🗑️ Así que el proyecto 🚮 🚮 🚮
Sigamos como hasta ahora, que total, los camiones ya se retiraron, se puede circular por las carreteras sin problemas y de las protestas ya nos olvidamos, ¡hay otros temas más importantes!
Me voy a comer, que he comprado unas patatas francesas buenísimas y unos aguacates que cuestan caros, pero es que son de afuera. 😤😡🤬
Abrazo grandote.
¡Hola, Marlen! Reconozco que en este tema tengo una opinión muy radical, la verdad es que últimamente la tengo en varios temas. Lo que me pregunto es ¿qué pretende el globalismo? Pienso que algo tan simple como asignar a cada región del mundo un papel específico dentro del sistema. Dentro de ese esquema, en Europa, por ejemplo, no interesa la agricultura. Se pretende que esa parte de la economía se centre en los llamados países del tercer mundo o en vías de desarrollo. Es como el cupo de emisiones de CO2, los mismos que cada día nos taladran con el cambio climático, son los que idearon el sistema de compensación de carbono, esto es, que se establezca un límite de emisiones por países, pero, además, un sistema que permita a las potencias industrializadas comprar sus cuotas a los países más pobres. De esta forma, el sistema evita el desarrollo de estos y, por ende, mantener el status quo.
Con el campo, creo que pasa algo por el estilo. El techo de las reservas petrolíferas ha obligado a las potencias ha buscar nuevas fuentes de energía, algo que no se hace de un día para otro, claro. Y hasta que no se logre una fuente de energía equiparable al costo beneficio del combustible fósil, pues eso, a sustituir campos cultivados por cementerios de placas solares. En fin, creo que el objetivo es que Europa se dedique a la tecnología digital y fuentes de energía renovable o la fusión nuclear o el hidrógeno líquido. Que África se dedique al campo, igual que una parte de Asia…
Lo que se llama ruralización, en el fondo es simplemente una deslocalización, trasladar el estilo de vida urbano al campo, no que el urbanita cambie a una vida rural. Y con ello, pues eso, que el mercado inmobiliario encuentre nuevos nichos de crecimiento. Como en el caso del Metaverso, si el mundo real ya no da para más, pues nos creamos un mundo virtual.
Por supuesto es una simple opinión y seguro que equivocada, pero me parece que es tanto lo que se nos oculta y tan poco lo que se nos cuenta que lo normal es que seamos un poco conspiranoicos. Quizá a partir del 2030, el objetivo de esa agenda, ya hayan conseguido lo que se propongan y empecemos a ver resultados que mejoren nuestro día a día. De momento, negro pinta el futuro. Un abrazo!
Hola David.
Ante todo, gracias por tu comentario, por tus opiniones que nos ratifican que no estamos solos en nuestro modo de pensar. Porque te diré que estoy totalmente de acuerdo contigo. De opinión equivocada ¡¡NADA!! Yo también pienso que no sabemos absolutamente nada de la realidad que estamos viviendo y de las decisiones que se toman en «nuestro nombre», sea cual sea la altura de los «inteligentísimos gobernantes». Y si se filtra cualquier plan, ya están ahí los medios para crear una mentira que haga ruido y nos desconcentre.
Como tú bien dices, que «se ha asignado a cada región del mundo un papel específico dentro del sistema» está absolutamente claro. Y que los trozos del pastel están repartidos: a Europa le ha tocado en la tómbola, las fuentes de energía renovable y suministrar la diversión, mantener la noción de «estado de bienestar», turismo mediante. Que para eso somos los que tenemos las mayores y mejores maravillas del mundo ¿¿¿o no era así??? Africa y Sudamérica son los proveedores de alimentos para la subsistencia y la reserva que hay que mantener para cuando acabemos con las reservas naturales de nuestra privilegiada Europa. A Estados Unidos y Oriente les dejamos creer que son importantes y animamos sus broncas internas sin que se propasen y nos inmiscuyan demasiado. Que se peguen entre ellos, y bajen un poco la cantidad de humanos del planeta, que siempre viene bien.
¿Que para conseguir esto hay que deslocalizar industrias y destruir modos de vida de grupos humanos? Bueno, para eso ellos tienen los mapas.
¿Conspiranoicos? Tal vez, pero es que a veces preferirías no pensar y decirles a tus niños: No te preocupes, esto es un juego, no va a pasar nada. ¿Te acuerdas de la película de Roberto Benigni «La vita è bella»?
A pesar de todo lo dicho, sigo siendo optimista. Creo en la capacidad de recuperación del planeta, creo en el futuro que no veré, creo en el poder de reacción de las futuras generaciones. ¿Cuántas generaciones serán víctimas de estas decisiones? No lo sé, pero seguiré intentando, en la medida de mis infinitesimales posibilidades, que reflexionemos. Sólo eso. Por lo menos, eso.
Un abrazo David.