Vivía con mi novio de aquel entonces en el sexto piso de un edificio de los años 60, en el centro de la ciudad de Buenos Aires. Una verdadera ganga que encontramos después de recorrer media ciudad en busca de nuestro alojamiento soñado.
Desde la calle, parecía uno de esos edificios rusos mastodónticos, un cubo sin adornos superfluos. En el hall de entrada, tres ascensores presagiaban pocos encuentros con los vecinos.
Era el último piso, que tenía seis departamentos, todos deshabitados excepto el nuestro.
Grande, de techos muy altos y ventanas que inundaban todo de la luz de cada estación del año, de cada hora, de cada instante, haciéndonos disfrutar con los amaneceres como con los crepúsculos.
Cuando lo vimos por primera vez, lo primero que dije fue: “¡Nada de cortinas!” Esos cielos se merecían ser admirados. Y ¡no digamos nada de cuando había tormenta! Más de una vez llamé al trabajo excusándome por estar enferma, únicamente por el placer de quedarme tirada en la cama, panza abajo, como si un barco fantasma me permitiera navegar por un mar de nubes, rayos y centellas, que me abrían paso sobre los techos y cúpulas de la ciudad.
¡Todo era perfecto!…
¿O no?
Esta mañana al salir con mi novio, tal vez fue el sueño de anoche, tal vez la película que no terminamos de ver, tal vez la oscuridad de la tormenta que avanzaba voraz hacia nuestro refugio, tal vez por simple curiosidad, me pregunté qué había detrás de cada una de esas puertas siempre cerradas y silenciosas.
Fue entonces cuando decidí mirar a través de la cerradura de una de ellas.
El sobresalto me hizo gritar de terror. A través de la cerradura: un ojo. Mirándome.
Alguien, en ese departamento, nos estaba espiando. ¡Quién sabe desde cuándo! ¡Quién sabe qué más hacía cuando todas las mañanas a la misma hora, partíamos los dos y dejábamos nuestra maravillosa morada desamparada! A lo mejor hasta tenía llaves. Nunca cambiamos las llaves originales. A pesar de que mi chico me lo propuso, no lo consideré necesario.
Pero tampoco averiguamos demasiado sobre los anteriores propietarios…
Empecé a sudar frío.
¿Y si ellos se habían quedado con la vivienda de al lado?
¿Y si ellos tenían aún las llaves y entraban cuando nosotros no estábamos?
¿Y si nos habían robado algo y no nos habíamos dado cuenta?
¿Y si tocaban nuestras cosas y hurgaban en nuestros cajones?
¿Y si podían entrar cuando estábamos adentro?
¿Y si…
Mi chico, a su vez, se hizo sus propias reflexiones y miró él también por el ojo de la cerradura.
Y lo que encontró fue un ojo mirándolo. No gritó. El grito se le quedó atragantado en la garganta. No habló, sólo me miró. Y en su mirada leí mi mismo terror, mis mismas preguntas.
Unos instantes después, con mi cuerpo intentando bloquear su reacción, miró de nuevo, el miedo desapareció y su grito (esa vez sí) espantó a todas las palomas que revoloteaban sobre el tragaluz del techo: “¡Hijo de puta!”
.- En realidad, cuando viste, te viste -me dijo-.
Fue mi ojo lo que percibí. Un espejo bloqueaba la cerradura por dentro.
Gran lección sobre la curiosidad fuera de lugar.
Tenemos un vecino invisible, pero inteligente.
Seguimos viviendo en el mismo domicilio: Estados Unidos,6 Piso 6, Departamento 6º.
Pero cambiamos las llaves.

Muy bueno, Marlen. Y muy agudo, también. Esa dirección que nos revelas al final no es un dato superfluo ni mucho menos. Me ha encantado. Saludos.
Hola Enrique.
Me alegro que te haya gustado. Dice el refrán que la curiosidad mató al gato. ¿A un animalito tan cauteloso? Pues sí, a él también.
Un abrazo.
Marlen
JAJAJAJA! Marlen, lo que es la mente eh? Y si…? Esos «y si» que nos meten en un túnel de empecinamiento y nos arrebatan la percepción de «otras» posibilidades puesto que ya damos por supuesto aquello que creemos que es… Me ha encantado.
Hola Montserrat.
La trampa de los ¿Y si…? nos envuelve, cuando menos lo pensamos, en una vorágine de la que nos resulta difícil desprendernos.
Me alegra que te haya gustado. Un abrazo.
Jajajaja, muy bueno Marlem, hace honor al dicho. Un abrazo
Hola Nuria.
Sí, la curiosidad tiene su lado positivo. Un mundo sin sed de conocimiento, sería un mundo sin progresos. ¡¡Pero hay veces que nos juega malas pasadas!!
666 y con eso está todo dicho. ¡Qué miedo! Me saltó antes de acabar el comentario ☺️
Ja Ja, era el detalle final.
Un abrazo.