No soy japonesa, pero desde que era niña he tenido mucho contacto con la naturaleza. Vivíamos en una gran ciudad, Buenos Aires y pasábamos gran parte de nuestras vacaciones en “San Ignacio”, la estancia de mis tíos Pepe y Trini, en la Patagonia argentina.
Desde que tengo recuerdos, aprovechaba nuestra estadía, no sólo para vivir de una forma totalmente diferente a nuestra vida habitual, para hacerle mimos a un ternero, ordeñar, montar a caballo, ir a buscar los huevos del gallinero, nadar en la laguna “La Salada” o comer platos deliciosos creados con la magia de las manos de mi tía y de Adela.
También, y sobre todo, para disfrutar de la inmersión en un medio que necesitaba. Siempre deambulaba hasta encontrar “mi lugar», mi lugar perfecto en alguna zona particular del enorme campo, para simplemente sentarme, mirar y escuchar.
Muchos eran los sitios en los que me escondía de la vista humana hasta que escuchaba la llamada de los mayores porque ¡dónde estará esa cría! La calle larga era uno de mis preferidos. Sentarme en alguna rama caída o en un trozo de tronco y escuchar los sonidos de la tierra y sus animales era un placer inigualable.
Hasta que logré aprender a trepar por los árboles, no sin caídas, desde luego, que cubría con mangas largas o pantalones, aunque me muriera de calor.

Elegí mi árbol especial y volvía cada vez a buscarlo, con el ansia que uno desarrolla por estar con su amigo preferido. Receptor de mis alegrías y angustias, a él le contaba todo lo que me pasaba y mis reflexiones de niña.
Los japoneses le han hecho un favor al resto del mundo al nombrar y describir un comportamiento que es realmente instintivo, sólo que olvidado y enterrado en la vida moderna.
Shinrin-Yoku (森林浴) es un término japonés que significa «baño de bosque». Es una práctica para restablecer la salud. La concentración y la claridad mental mejoran, conectando a las personas con la naturaleza.
Para lidiar con el estrés y las exigencias de las ciudades grandes, los japoneses practican “shinrin-yoku”, caminan por sus bosques en silencio. Aquejados por la hipertensión, el estrés y las exigencias de las grandes ciudades, miles de japoneses van al bosque. Incluso a pesar del tráfico y las jornadas laborales que parecen no terminar nunca, se toman un tiempo de su semana para guardar silencio en medio de las áreas verdes. A veces, se toman la tarde para visitar los parques naturales cercanos. Se arman grupos pequeños o se hace un viaje en solitario, para tener una inmersión forestal absoluta. Los cinco sentidos se tienen que conmover por la naturaleza, mientras la persona recorre los senderos.
Aunque pudiera parecerlo, el shinrin-yoku no es en sí misma una práctica ancestral. Nació en la década de los 80, con una herencia (esa sí ancestral) de vivir en armonía con la naturaleza, mirarla en silencio, como una forma de meditación activa. De hecho, estuvo pensada como una medida de salud pública.
Ante el estrés excesivo y la creciente soledad que el estado japonés identificó en sus trabajadores, propuso esta técnica como una alternativa para que las personas salieran del entorno hostil en el que pasaban horas cada semana.
De esta manera, en lugar de escuchar el sonido de los coches al pasar, la insistencia de las computadoras trabajando, o las conversaciones de otros oficinistas, las personas podrían centrarse en los sonidos de la naturaleza, involucrando todos los sentidos. Pájaros, arroyos apacibles, el crujido de las hojas al pasar sobre ellas, los aromas de árboles y arbustos, la brisa del viento, tomarse el tiempo para sentarse mientras la mente se calma. Los japoneses encontraron una constante de sanación en estos estímulos de las áreas verdes.
No habría que confundir el “Hanami”, la práctica milenaria de mirar los cerezos en flor durante la primavera, con el shinrin-yoku. Los árboles de Sakura sólo florecen en abril, la inmersión forestal, en cambio, acompaña a los japoneses a lo largo de todo el año. En cualquier caso, el Hanami podría entenderse como un antecedente directo al shinrin-yoku.
El plan para implementar esta práctica como una medida de prevención para la salud mental vino de la Agencia Forestal de Japón. Hacia finales del siglo XX, la “Terapia del Bosque” ya era ampliamente practicada en todo el país. Tanto es así, que cada vez más espacios verdes y parques nacionales se sumaban a certificarse como un centro oficial.
En la actualidad, la “Shinrin Therapy Society” considera que hay 65 espacios verdes en el país, que son aptos para que la gente los visite para su práctica de shinrin-yoku personal. Y se espera que serán al menos 100 al término de esta década. Actualmente, los bosques recubren el 67 % de la superficie del país.
Uno de los más visitados en todo el archipiélago es el bosque de bambú en Arashiyama, en las cercanías de Kyoto. A este espacio se le hicieron modificaciones mínimas, de manera que no se perdiera su grandeza natural, al tiempo que la gente pudiera caminar por los senderos de bambú.

Vista del bosque de bambú en Arashiyama, cerca de Kyoto 
Vista del bosque de bambú en Arashiyama, cerca de Kyoto 

Sin embargo, no todos los centros oficiales certificados para shinrin-yoku son turísticos. La gran mayoría, por el contrario, están integrados en las grandes ciudades japonesas. Bastan 2 horas en la naturaleza para recibir los beneficios emocionales del bosque.
Originalmente, la idea era diseñar una alternativa accesible para la mayor cantidad de gente posible. En la actualidad, el shinrin-yoku conserva esa premisa inamovible: es gratis, y no requiere de nada más que una “mente abierta. Hay quienes se llevan un libro. Los demás prefieren caminar en silencio.
¿Solamente en Japón? ¿Te quedas con ganas? La antropóloga Itziar Intxausti es la fundadora de “Yugen Green”, compañía especializada en terapia de baños de bosque o Shinrin-Yoku.
Itziar es una mujer nómada, que ahora reside en Arruazu, un pueblo de 100 habitantes del valle navarro de Araquil, a 34 km de la capital de Pamplona. Sigue las enseñanzas del inmunólogo chino Dr. Qing Li, que considera el estrés como la epidemia del siglo XXI (esto lo decía antes del Covid) y que pasar tiempo rodeados de árboles nos beneficia porque aspiramos los fitoncidas, que son los aceites naturales que los árboles segregan para protegerse de insectos, hongos y bacterias.
Entramos con Itziar en el bosque de Aralar por una pista forestal salpicada de piedras y raíces hasta llegar a un imponente hayedo donde también hay tilos, arces, fresnos, acebos, tejos, robles… Es tan frondoso, que apenas penetran la luz y el incesante txirimiri otoñal. Caminamos muy despacio, sin móviles ni cámaras, en silencio, parece que nos vamos a cruzar con un druida de un momento a otro. De pronto, llegamos a una cueva milenaria, con fósiles marinos en las paredes de roca. Itziar nos invita a cerrar los ojos y escuchar los sonidos del bosque, el agua que entra en la cueva, el crujido de los pasos sobre la profunda capa vegetal. Sugiere elegir un árbol y sentarnos cerca para olerlo, sentirlo. Los pies se enraizan y no se quieren mover de allí, se comunican con la tierra, como los árboles lo hacen entre sí. Los brazos se hacen ramas y las manos, líquenes y musgo que palpan las heridas del tronco centenario.
La lluvia bendice el bosque. Respiramos profundamente el aire puro. Venir al bosque a caminar. En silencio. Acercarse a estos lugares mágicos a disfrutar todo lo que nos brindan, saborearlos y experimentar un viaje regenerador. Una experiencia que nos brinda un gran beneficio para nuestra salud física y mental.




Hola, Marlen.
Precioso y reparador artículo.
Ya sabes que vivo en una zona de playa y que el campo me queda lejos, pero me has recordado aquellos años, en el Pleistoceno lo menos, cuando mis padres preparaban tortillas, filete empanao y otras delicatessen, nos metían en el coche y nos íbamos a desfogar por la provincia, visitando bosques, sierra y cualquier zona natural con acceso público o natural; en aquellos años, con un Seat 127 se podría explorar hasta el Amazonas. 😉
A la vuelta veníamos totalmente exhaustos, pero con una gran sonrisa en la cara. El contacto con la naturaleza, respirar ese aire bendito, correr como posesos tras la pelota, jugando al cogé o al escondite, reunirnos varias familias y disfrutar sin pantallas —en aquellos tiempos solo estaba la de la tele en blanco y negro, pero también enganchaba—.
También sabes de mi amor por toda la cultura japonesa y esas palabrejas tan maravillosas que lo resumen todo en pocas palabras, pero que encierran tantísima belleza. Me encanta lo que hace tu amiga Itziar, ojalá se pasara un diíta por aquí abajo o contagiara a un serranito para que hiciera lo mismo por mis tierras. ¡Qué suerte tienes!
Muchas gracias por esta entrada que inspira, casi huele, a naturaleza pura y bella.
Abrazo grande.
Hola Jose.
Recién llego de dar una vuelta por el pueblo y me encuentro con tu comentario. ¡Qué alegría! ¡Sabía que te gustaría! Ya tenemos días en los que apetece dar una vuelta y desempolvar neuronas.
Por lo visto estamos de recuerdos, yo recuerdo mi calle larga de San Ignacio y los árboles, el campo. Tú recuerdas los picnics que armabais en el Pleistoceno, digo hace algún tiempo (que me lías), el viaje, los juegos… ¡Qué maravillosa forma de disfrutar!
Y de paso, rescatamos alguna palabra preciosa en japonés que reenviaré a mi amiga Emilia, para que ella también recuerde su cultura y la de su familia.
En cuanto a Itziar, lamentablemente no es mi amiga, sólo hicimos con ella una experiencia que nos encantó. Y creo que nombrar estas iniciativas que regalan no sólo aire, sino paz y armonía, pone un poco de equilibrio en nuestra vida. ¡La necesitamos tanto! Y que conste, que no hago mención alguna a la realidad actual.
Y hablando de bosque, ya que hablas de oler a naturaleza pura y bella, os contaré uno de estos días mi experiencia con los perfumes. Pero acabo de encontrar una aceite esencial de la India que buscaba hace tiempo. Huele a tierra mojada y a monzón, a musgo y a vegetación. La buscaba hace bastante y por fin ¡Eureka! Me llegará en un mes o así y no veo la hora de cerrar los ojos y sentirla. ¿Te la imaginas?
Cierra los ojos que aquí te mando una esencia de eucalipto, en espera del aroma de la lluvia en el bosque. Un abrazo grandote.
Irradian una paz y sosiego increíble. Qué maravilla. Recordé los paseos con mi padre por los bosques que era la pasión de los dos. Un placer pasar por tu blog. Abrazos
Hola Nuria.
Muchas gracias por tus palabras.
Me alegro mucho que esta entrada te haya recordado los paseos con tu padre por los bosques, en un lugar tan maravilloso como los bosques, que despiertan sentimientos imborrables.
Un abrazo grandote.
Marlen