Alexandre espera a su hermana, sentado casi sin moverse, luchando contra la oscuridad del parque.
Es raro, aunque no imposible, encontrar de madrugada a un niño solitario en un parque casi desierto.
Pero debía quedarse allí, sin moverse. Así se lo había dicho ella y había que respetar las reglas.
Alexandre, a veces, cierra los ojos para esquivar la inquietante mirada de la luna. Ella sabe todo de él, conoce sus pensamientos más profundos y sería muy triste que le adivinara lo que él estaba pensando en esos momentos.
Así que prueba a pensar en cosas difíciles, que requieran toda su atención, para despistarla. 2, 3, 5, 7, 11, 13, 17, 19, 23, 29, 31, 37, 41, 43, 47, 53, 59, 61, 67, 71. Esto siempre le ayuda, siempre menos hoy.
“Esto seguro que me distrae”, se dice 17, 34, 51, 68, 85, 102, 119, 136, 153, 170, 187, 204, 221, 238, 255, 272, 289, 306, 323, 340 ¡Tampoco! ¡Si hubiera elegido una de tres cifras! Pero es lo mismo, esta noche sus amigos los números se niegan a atrapar sus pensamientos y hacer avioncitos de papel para mandarlos bien lejos.
Detrás de aquel árbol parece que se mueve alguien. Las ramas se agitan con el viento. Pero es el viento, sólo es el viento.
¡Cómo puede ser que los toboganes y las hamacas que de día le encantan y son su lugar favorito, ahora sean unos monstruos horripilantes!
“Los monstruos no existen. ¡¡Los monstruos no existen!!” Lo sabe de sobra. No hace falta que se lo repita veinte veces.
Las luces de las farolas crean sombras alargadas en el suelo, pero también iluminan los senderos del parque y eso debería tranquilizarlo. “¡No hay que tener miedo!”.
Se explica a sí mismo que está seguro, que es una plaza conocida y que ha estado allí muchas veces durante el día. ¡Es su plaza! ¡La de todos los días! Aunque todo se ve diferente de noche.
Levanta la vista y ve las estrellas brillando y la luna que ahora parece sonreír. La luna le cuida y le habla sin gritos, como la señorita María, su adorada maestra. ¡Si estuviera aquí!
Y un pensamiento reconfortante le asalta. ¡Tiene que ser valiente! ¡Puede ser valiente! Como los héroes de sus cuentos favoritos que enfrentan la oscuridad y la superan. Spiderman estaría viviendo una emocionante aventura nocturna, como un explorador valiente en busca de un villano que ha raptado a su hermana y no la deja volver.
Lo percibe a su lado, como un amigo invisible que lo acompaña y lo protege, haciendo que se sienta menos solo.
“Voy a cantar una canción, eso me ayudará a estar más tranquilo”, piensa.
Frère Jacques, Frère Jacques,
¿Dormez-vous? ¿Dormez-vous?
¡Sonnez les matines! ¡Sonnez les matines!
Ding, dang, dong. Ding, dang, dong
Es una canción de cuna muy dulce, se la cantaba su mamá para hacerlo dormir. Todas las noches la recuerda, sentada en el borde de su cama, arropándolo, dándole un beso y cantando bajito esa canción. Pero ahora no quiere dormir, no debe dormir.
Es su responsabilidad.
No es imposible encontrar de madrugada a un niño solitario en un parque casi desierto, asustado, aguardando a su hermana mayor.
Aunque no esperará mucho más.
La sombra que se dibuja al fin de ese sendero es su hermana, la que le dijo que esperara tranquilo sentado en ese banco, la que vuelve ya desde el coche aparcado al que subió, la que se acerca despacio y lo toma de la mano para volver a casa.
Lo raro y descorazonador es que ella, al regresar, en lugar de abrazarlo, sólo le diga con voz seca, que mañana podrá pagar la cuota de la cooperativa de la escuela.