En abril de 1916, a bordo del vapor Tomaso di Savoia, entre el vaivén constante del océano y el eco cercano de la guerra, el ilustre compositor francés Camille Saint-Saëns, el elenco de su obra “Sansón y Dalila” (la mezzosoprano Jacqueline Royer, el tenor Lafitte y el bajo Marcel Journet) y otras luminarias de la lírica que intervendrían en la temporada del Teatro Colón en Buenos Aires y el compositor argentino Arturo Luzzatti, viajan desde Génova a Buenos Aires.
Saint-Saëns mantiene a bordo su reconocida reserva, se levanta al alba, practica el piano, dirige ensayos y disfruta de las conversaciones con Luzzatti.
Se hallan en un rincón apartado del salón. La luz de la lámpara colgante ilumina la mesa en la que descansa una botella de champán y dos copas, mientras el murmullo de las olas acompaña sus palabras como un oboe en un movimiento lento.
Saint-Saëns, de rostro severo y ojos vivaces, mira con una cierta nostalgia por el ojo de buey. La conversación se ha ido deslizando, como si fueran amigos de toda la vida, hacia el terreno de los recuerdos.
.- No tienes idea, Arturo —dice Saint-Saëns, alzando la copa—, cuánto les debo a mi madre y a mi tía abuela. Ellas fueron… ¿cómo decirlo? La raíz de todo. Fueron quienes, desde muy niño, insistieron en que yo no sólo aprendiera a tocar el piano, sino que comprendiera la música en toda su profundidad. Nací en el Quartier Latin de París y mi padre, Víctor, murió de tuberculosis tres meses después, así que me crié con mi madre Clémence Collin y con mi tía abuela Charlotte Masson, una criatura de otro mundo, que vivía en los salones de París, entre chales de encaje y cartas de amor que nunca respondía.
Ellas ni siquiera contemplaron que asistiese a un establecimiento escolar, por mi delicada salud heredada de mi padre. Así que fue en casa, lejos de todo contacto con otros niños de mi misma edad, donde aprendí latín, griego, francés, matemáticas e historia natural. Gracias a este sistema educativo, nunca conocí los lazos de buena camaradería y de amistad que se suelen crear en la escuela y ese aislamiento no me indujo a las relaciones fáciles.
Como no me gustaban las partituras de canciones infantiles, mi tía Charlotte me traía piezas de Haydn y de Mozart. Con cuatro años y medio escribí mi primera pieza para piano y con siete empecé a aprender latín, porque ya leía y escribía.

Saint-Saens joven 
Françoise Clémence Collin, madre de Camille Saint-Saëns 
Teatro de la Opera de París, donde estrenó Samson et Dalila en 1892
Luzzatti, absorto, asiente en silencio, inclinándose ligeramente hacia adelante para no perderse ni una palabra. Había escuchado muchas veces comentarios sobre esa fuerza indomable que había sido Madame Saint-Saëns, quien, tras quedar viuda, había dedicado su vida a la formación de su hijo único. Camille era el reflejo de su devoción y su determinación.
El compositor hizo una pausa, y su mirada se tornó distante. Parecía ver algo mucho más allá de las olas, algo que no pertenecía a la realidad inmediata.
Saint-Saëns .- De ellas aprendí que la vida, como la música, debe contener sus sombras y disonancias.
Luzzatti sonrió ante la imagen de aquella tía abuela excéntrica, que le parecía un personaje salido de una novela. Para él, cada palabra de Saint-Saëns era un fragmento de historia viva, un eco de París, de su vida bohemia y sofisticada, de las tertulias en las que él mismo no se podía imaginar estar presente.
Luzzatti .- Siempre me ha parecido fascinante, Camille, cómo has logrado, con ese carácter tan… racional y cartesiano, volcar en la música una pasión tan arrolladora. No es habitual. ¿Cuándo diste tu primer concierto?
Camille se rió suavemente, y el brillo en sus ojos pareció intensificarse.
Saint-Saëns .- Unos meses antes de cumplir 11 años el pianista Camille Stamaty me consiguió un recital en la Sala Pleyel. Interpreté el “Concierto en do menor” de Beethoven, el “Concierto de piano nº 15, KV 450” de Mozart, varias piezas de Georg Friedrich Händel y Johann Sebastian Bach. Como bis, se me ocurrió que podía tocar, de memoria, cualquiera de las treinta y dos Sonatas para piano de Beethoven que se les ocurriera. Y así lo hice. Al día siguiente, en los periódicos de toda Europa aparecieron reseñas de este concierto y hablaron de mí como de un nuevo Mozart. Alguien le preguntó a mi madre: «Si a los diez años toca la música de Bach y de Mozart, ¿a los veinte años que tocará?» «La suya» respondió ella sin titubear.
Luzzatti .- ¡Increíble! ¿Siempre te dedicaste a la música?

A la izquierda el eminente astrónomo Flammarion y a la derecha su amigo Saint Saens 
Caricatura de Camille Saint Saëns en la programación det Teatro Pérez Galdós en el centenario 
Saint-Saëns en triciclo, publicado en la revista Música, 1907
Saint-Saëns .- Fui compositor, director de orquesta, un buen improvisador al órgano, pianista y militar francés en la guerra franco-prusiana. Pero también estudié geología, arqueología, matemáticas, botánica y entomología, específicamente los lepidópteros, ya sabes, las bellísimas mariposas. En algún momento de mi vida, siendo miembro de la “Sociedad Astronómica de Francia”, organizaba conciertos para que coincidieran con acontecimientos astronómicos, como eclipses solares o lluvias de estrellas. Desplegaba mi telescopio para que el público pudiera participar de esos eventos astrales, atisbando el universo a través de la música.
La música es la única pasión a la que me he permitido entregarme. Mis relaciones con las personas han sido siempre… menos apasionadas, digamos. Quizás se deba a mi madre y su insistencia en la disciplina. O quizás a mi tía Charlotte y su creencia en que toda emoción debería controlarse.
Entonces, sus ojos parecieron oscurecerse, y Luzzatti notó algo que hasta ahora no había percibido en él: un dejo de tristeza, o tal vez de arrepentimiento.
Saint-Saëns .- ¿Sabes, Arturo? —continuó Saint-Saëns en voz baja, como si hablara para sí mismo—. A veces me pregunto si sacrificamos demasiado. He observado la vida como a través de un vidrio, sin atreverme a cruzarlo. Es como si mi música fuera mi único vínculo real con el mundo, mi única manera de expresar lo que siento y lo que soy.
Luzzatti, conmovido, extendió su mano y la puso sobre la de su amigo en un gesto silencioso de apoyo. Sabía que Saint-Saëns, pese a su reserva, era un hombre de profundas pasiones y melancolías, un hombre cuya música resonaba no sólo con la disciplina de una mente brillante, sino con la intensidad de un alma contenida.
Saint-Saëns .- Brindemos, Arturo. Por lo que somos y por lo que, quizás, nunca seremos.
Chocaron las copas en un brindis silencioso y cómplice. Y mientras la noche avanzaba y el océano continuaba su movimiento eterno, Luzzatti comprendió que había compartido un momento íntimo con un hombre que, bajo su apariencia rígida y serena, guardaba un alma atrapada entre la devoción a la música y el anhelo de algo más, algo que quizás jamás encontraría.
En la mañana, Saint-Saëns volvería a sus ensayos, a su reserva, a su papel como el gran maestro. Pero Luzzatti siempre recordaría esa noche en la que Camille Saint-Saëns, el genio, el enigma, se mostró vulnerable y humano, como sólo lo hacen los grandes espíritus cuando la soledad les pesa.

Saint Saëns en sus viajes 
Representación de la ópera Dejanire, en las Arenas de Beziers 
Camille Saint-Saens, 1921 Bibliothèque nationale de France
Esta ficción hecha cuento describe un episodio fascinante que mezcla música, historia y el encanto de una época en la que los grandes artistas europeos cruzaban el Atlántico en vapor para presentarse en América Latina.
No sólo resalta el prestigio de Buenos Aires como un centro cultural en el contexto de la ópera y la música clásica, sino que también muestra la tenacidad y profesionalismo de los artistas, quienes, a pesar del contexto bélico, estaban dispuestos a realizar largos viajes para presentarse ante el público latinoamericano. El Teatro Colón ya era entonces uno de los escenarios más importantes del mundo, capaz de atraer a figuras de la talla de Camille Saint-Saëns.
Camille vivió sus últimos años inmerso en su música, recibiendo honores y distinciones, acompañado únicamente de sus perros, en especial de su caniche Dalila. Murió víctima de sus afecciones pulmonares el 16 de diciembre de 1921, a los 86 años, en el Hôtel de l’Oasis, de Argel, en un día tranquilo en el que trabajó un poco e incluso cantó algunas arias de Verdi.
Sus restos fueron trasladados a París y el 24 de diciembre se celebró un solemne funeral de estado en la iglesia de la Madeleine. Sus restos se inhumaron en el Cementerio de Montparnasse, al lado de los de su madre. Léon Bérard, Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, leyó un discurso que finalizaba con las siguientes palabras:
“Les chefs-d’œuvre de Saint-Saëns sont un des plus glorieux rayonnements du génie français.” (Las obras maestras de Saint-Saëns son uno de los más gloriosos resplandores del genio francés.)
Os dejo con la obra de Camille Saint-Saëns “Mélodies sans paroles” para oboe y piano, con la participación de la orquesta principal de Roma, adscrita a la “Accademia nazionale di Santa Cecilia”, Akanè Makita al piano y Francesco Di Rosa al oboe.