Cuando, en el medio de la discusión, su padre le dijo que no sería capaz de hacer los exámenes y terminar la carrera, que toda su vida iba a ser una “empleadita”, tomó su mochila y se fue de casa. No estaba dispuesta a soportar más ese ambiente. Habló con Julián, su amigo del alma, y esa misma tarde fueron a ver un departamento que se alquilaba en el barrio de San Telmo.
El chico de la inmobiliaria les explicó que toda la casa pertenecía a diferentes miembros de una misma familia inglesa. Y que, a causa de una sucesión, la discusión había acabado con la paz familiar. Fueron dejando los pisos libres y, actualmente, sólo quedaba un tío abuelo viviendo en el segundo piso. Los demás departamentos se alquilaban a muy buen precio. Era una oportunidad para aprovechar.
El Buenos Aires de 1950 respiraba un aire húmedo y espeso, el tipo de atmósfera que sólo podía encontrarse en ese barrio, tan cerca del río, con sus calles adoquinadas y sus faroles de hierro que parpadeaban en la niebla nocturna. En la esquina de las calles Defensa y Carlos Calvo, un antiguo edificio de departamentos se erguía como una mole imponente, tan gótico y recargado que parecía, en la penumbra, un mausoleo.
Sus paredes daban la impresión de guardar secretos de tiempos inmemoriales. La entrada era impresionante, con cariátides, atlantes y en su cornisa, como vigía oscuro, una gárgola de piedra. Tenía la apariencia de un demonio alado, con los ojos fijos y la boca abierta en una mueca que congelaba un grito eterno.

El departamento no era muy grande, un sólo dormitorio, salón, cocina y baño. Pero, a cambio, el estilo gótico de la casa había enamorado a la joven. Julián le prestó el dinero para el primer mes de alquiler. Con el trabajo en la tienda de ropa de la otra cuadra, ella lo podría pagar cómodamente y podría seguir estudiando.
Los primeros días fueron un poco locura. El trabajo y las clases durante el día, estudiar durante las noches. Su amigo le trajo todo lo que necesitaba, desde alguna cazuela hasta una lámpara cómoda para leer y estudiar. Era un departamento perfecto para lo que Araceli necesitaba. Mucho silencio, tal vez demasiado.
El sábado, cuando salió a comprar una botella de vino y una tarta de zapallitos, estuvo mirando las tiendas de viejo del mercado y se permitió el lujo de comprarse un viejo gramófono. El vendedor le regaló un álbum de discos de pasta para que pudiera usarlo ya mismo. Ahora ya tenía música para acompañar sus estudios.
Algunos vecinos decían que, en noches de tormenta, la gárgola parecía cobrar vida y moverse, observando a los transeúntes con una atención fría y siniestra. Araceli se había enterado de estas historias, pero las había desestimado, creyéndolas meros cuentos de barrio. Sin embargo, los acontecimientos recientes habían comenzado a perturbarla. Los otros inquilinos habían desaparecido uno por uno, dejando sus departamentos vacíos.
Ella sentía el peso de una presencia invisible que la observaba desde algún rincón oscuro, y el constante, aunque casi imperceptible murmullo de la ciudad, parecía conjurar susurros en el silencio. Araceli había invitado a Julián a cenar y festejar el cambio de vida. Pero aquel día, el aire enrarecido pesaba sobre el edificio como una mortaja. Estudió toda la tarde. Y en el anochecer…
Julián llegó pasadas las diez y media, envuelto en su abrigo, con su boina ladeada, un cigarrillo a medio consumir entre los labios. Los escalones resonaron bajo sus pies mientras ascendía hasta el departamento de Araceli, y cuando llegó, ella ya lo estaba esperando con una expresión tensa y abatida. Había algo que necesitaba contarle, algo oscuro que había comenzado a revelarse en las últimas horas.
.- Hay algo que debo mostrarte –le dijo, sin más preámbulo, con un tono sombrío.
Lo condujo hasta el baño, en donde una terrible revelación aguardaba. El habitualmente coqueto espacio olía a humedad y tenía un aire viciado, como si los muros mismos se estuvieran pudriendo. En el suelo de baldosas antiguas, junto a la bañera, yacía un cuerpo.
Era el tío abuelo de los dueños, el último vecino que quedaba viviendo en el edificio. Su rostro estaba congelado en una expresión de horror, los ojos abiertos y fijos en la ventana que daba al patio interno, desde donde se podía ver la cornisa y la siniestra gárgola.
Julián sintió un escalofrío recorrerle la espalda al ver aquella figura pétrea, oscuro centinela cuyas alas parecían desplegarse hacia ellos como las de un ave de presa.
Araceli, con la voz quebrada, explicó que había encontrado al anciano esa misma tarde, y que desde entonces sentía una presencia extraña en el departamento.
.- Es como si él hubiera visto algo… algo tan terrible que su corazón no pudo soportarlo –murmuró, casi para sí misma.
De pronto, un sonido familiar comenzó a llenar el aire. La “Danza Macabra” de Saint-Saëns, ejecutada en piano y violín, resonaba desde el antiguo gramófono que había comprado esa misma mañana y que estaba en la sala de estar. Ella no lo había encendido.
Araceli y Julián intercambiaron una mirada de miedo. La música se intensificaba, y parecía llenar cada rincón, como si los propios muros respiraran con vida al compás de la melodía.
Mientras la música sonaba, algo llamó la atención de Julián. Sobre el espejo del baño, enmarcado en vahos de humedad, había un mensaje escrito en lo que parecía ser sangre seca. Las palabras eran breves pero estremecedoras: “Do not look into de gargoyle´s eyes” (No mires a los ojos de la gárgola).

El corazón de Julián comenzó a latir con violencia. De alguna forma, aquellos ojos de piedra, vacíos y fríos, parecían ejercer una especie de fascinación mortal sobre quienes osaban enfrentarlos. Atemorizados, Araceli y Julián se acercaron a la puerta, como si eso fuera suficiente para contener la presencia. Pero la música seguía sonando, y cada nota parecía profundizar el pavor latente en el ambiente.
.- ¡Esto es una locura, Araceli! Tenemos que irnos de aquí… –susurró Julián, asfixiado por el terror.
.- No puedo… –replicó ella, con los ojos muy abiertos y las manos temblorosas–. Algo me retiene aquí, algo… algo que siento desde que vi esa gárgola por primera vez.
De repente, se escuchó un crujido cercano. La gárgola, que había permanecido inmóvil, parecía haberse desplazado ligeramente, como si estuviera más cerca del borde, observando a través de la ventana, inclinándose con intención.

La “Danza Macabra” aumentó en intensidad, y fue entonces cuando Julián, impulsado por una mezcla de desesperación y terror, se acercó a la ventana para mirar de nuevo aquella infernal criatura de piedra.
Fue sólo un instante, pero bastó para que Julián sintiera algo indescriptible, un peso frío y letal sobre su pecho, como si las entrañas de la gárgola se hubieran entrelazado con las suyas, y la piel se le erizó al comprender que esos ojos, aunque ciegos y tallados en piedra, le devolvían la mirada.

Retrocedió tambaleándose, con el rostro descompuesto, y de pronto, sus palabras callaron en su garganta. Había visto algo… algo tan terrible que la razón no podía abarcarlo. Sus labios se movieron sin emitir sonido, y su expresión se congeló en un rictus de horror eterno.
Araceli lo observó aterrada, sintiendo que la misma fuerza que lo había atrapado a él, ahora la invadía a ella. Sintió una sombra que se alzaba tras de sí y, en un acto reflejo, giró para mirar. Allí, en el umbral de la ventana abierta, la gárgola la observaba, sus ojos como pozos oscuros que brillaban con una malevolencia siniestra. Sintió que algo la atraía hacia ese abismo de piedra, que su alma misma era arrancada de su cuerpo.

La última nota de la “Danza Macabra” sonó, resonando en el vacío del edificio.
A la mañana siguiente, el portero subió al departamento haciendo la ronda diaria. Al tocar el timbre y no recibir respuesta, abrió la puerta y se encontró con un panorama escalofriante: el cuerpo de Araceli yacía inmóvil en el suelo, su rostro congelado en una expresión de espanto. A su lado, Julián, también rígido, con los ojos abiertos y la mirada perdida en la dirección de la ventana. Ambos parecían haber visto algo que sus mentes no habían soportado.

En la cornisa, la gárgola permanecía en su lugar, observando, con una sonrisa apenas perceptible esculpida en su rostro de piedra, mientras la neblina del amanecer la envolvía como un sudario. Desde aquel día, nadie más se atrevió a ocupar ese edificio, pues se decía que los ojos de la gárgola guardaban un secreto mortal, y que, cada noche, en la hora más oscura, el eco de la “Danza Macabra” podía escucharse, como una llamada desde las profundidades de otro mundo, una advertencia para los curiosos que aún vagaban en busca de respuestas.
Hola, Marlen! Me gustó mucho tu relato que recupera detalles de algunos edificios de la ciudad, como esa gárgola. Hay muchas historias entrelazadas con la arquitectura de nuestra Buenos Aires querida. El clima, el suspenso, el terror muy bien logrados. Me encantó la frase «conjurando susurros».
Un abrazo
Mirna
Hola Mirna
Sí, me gusta la arquitectura y Buenos Aires tiene exponentes que me encantan, como la cantidad de edificios con atlantes, cariátides, gárgolas y mascarones. En algún momento pensé hacer una colección de fotos con estas decoraciones. ¡No pierdo la esperanza!
El terror no es un tema sobre el cual he escrito, pero me gustó hacerlo.
Muchas gracias por tu comentario. Un abrazo.
Marlen
Hola, Marlen.
Me aterrorizaste la tarde. Menos mal que mi casa no tiene esos inquilinos de piedra, si no… 😱
La manera en que has engarzado la Danza Macabra dentro del relato es genial. Ahora no me atrevo a escucharla. 😅😜
Por si quedaba algo para ponerme los pelos de punta, la protagonista se llama como mi ahijada. ¡Joder!
Para ser uno de tus primeros escarceos por el terror, conseguiste una narración intensa, agobiante y terrorífica. Enhorabuena.
Abrazo Grande.
Hola Jose.
Te vas a reír, pero cuando empecé a escribir este cuento, escuchaba más ruidos de los habituales en casa, sobre todo de noche. 🤣😂🤣
Aclaro que, por supuesto, mi casa no tiene nada que ver con esta «casita». Además, nunca me gustó demasiado Saint-Saëns, pero a raíz del tema y de escuchar tantas veces «La Danza Macabra», me he ido aficionando a este músico. ¡No está nada mal!
Me tenías que haber avisado que tu ahijada se llama Araceli. Porque ahora cada vez que la veas… Tchan Tchan Tchan!!!
Gracias por tu comentario. Un abrazo grandote.