En un pequeño salón cálido y acogedor, en la mañana del 5 de enero, los Tres Reyes Magos, Melchor, Gaspar y Baltasar, están sentados alrededor de una mesa redonda de una preciosa madera oscura.
Están aún en pijama, Melchor lleva un conjunto de cuadros azul oscuro y rayas negras, con unas pantuflas mullidas azules, haciendo juego. Gaspar luce una bata de tonos verdes, sedosa y ligeramente arrugada, con zapatillas marrones. Baltasar, por su parte, opta por un pijama de rayas cálidas: naranjas, amarillas y distintos tonos de marrones y unas pantuflas en forma de camello, que le regaló un niño hace unos años.
Fuera, el invierno hace de las suyas, con el cielo gris y la promesa de una nevada inminente. Dentro, una chimenea crepita suavemente, llenando la sala de un calor confortable. La habitación está decorada con detalles tradicionales: alfombras orientales coloridas, cortinas de terciopelo bordeaux, algunas velas perfumadas que dejaron encendidas la noche anterior y, en un rincón, un árbol de Navidad con bolas brillantes y pequeñas luces que titilan.
Los tres disfrutan cómodamente de un desayuno relajado. Sobre la mesa, humea un chocolate espeso y perfumado que saborean con platos de pan recién horneado, untado con una generosa capa de mantequilla. Deliciosas frutas maduras los tientan desde dos fuentes y platos de quesos diferentes y pequeños tarros de mermelada casera, completan el festín. Entre sorbo y sorbo, charlan animadamente, aunque con cierta solemnidad, pues la noche que les espera será intensa.
.- ¿Tenéis listos los trajes? -pregunta Melchor, ajustándose distraídamente la chaqueta del pijama. No quiero que luego andéis buscando las botas a última hora.
Gaspar sonríe mientras moja un trozo de pan en su taza.
.- Todo listo, pero admito que he tenido que reforzar mi bolsa.
.- Pues yo -aclara Melchor- lo que he tenido que reforzar son mis pantalones, porque no sé por qué, pero no me entraban. Se habrán encogido.
Gaspar se ríe, recostándose en la silla.
.- ¡Sí, sí, encogido! Creo que, a partir de mañana tendremos que hacer un poco de dieta.
Ríen los tres divertidos y aprovechan para untar más mermelada de melocotón al pan.
Melchor .- ¿El melocotón es fruta, no? Bueno ¿hemos revisado las cartas una última vez? Los regalos son más grandes este año. Parece que los niños piden cosas enormes, ¡como si todos necesitaran un trineo de Papá Noel! Este año hay más pedidos de drones y consolas que de juguetes tradicionales. ¿Qué les pasa a los niños hoy en día? -pregunta, con una sonrisa burlona.
Baltasar da un sorbo a su chocolate, sacudiendo la cabeza.
.- ¡Ah, pero qué nos cuesta llevar un yo-yo de vez en cuando! El año pasado un niño nos pidió uno, y en su carta decía que lo quería porque su abuelo le había contado que era su juguete favorito. Me pareció tan bonito que le incluí uno extra para su abuelo.
Gaspar ríe, pero luego frunce el ceño con suavidad.
.- Eso me preocupa. ¿Qué pasó con los deseos sencillos? Una vez un niño me pidió simplemente una linterna porque quería explorar las cuevas de su pueblo. Esa noche me sentí como si el mundo aún tuviera algo de magia auténtica. Ahora, muchos piden cosas que ni siquiera comprenden.
Se hace un breve silencio, roto por el chisporroteo de la leña en la chimenea.
.- Yo recibí una carta este año que me hizo reír -interviene Melchor- Era de un hombre de 45 años que pedía “la paz mundial… y un pastel grande Red Velvet con mucho chocolate”. Dice que, si lo conseguimos, nos dejará galletas extra el próximo año. ¡Me sentí tan cerca suyo!
La risa resuena en la sala, pero pronto se torna más reflexiva. Gaspar, apoyando la barbilla en su mano, comenta:
.- A veces siento que los niños deberían pedir cosas más simples y corrientes. No todo es tener el juguete de moda. ¿Qué pasó con soñar con aventuras, con libros, con cosas que despierten la imaginación?
.- Algunos aún lo hacen -responde Baltasar, con un destello de nostalgia- ¿Recuerdan aquella niña que pidió “una luna que brille siempre” porque su papá trabajaba en el mar y quería que él nunca se perdiera? A veces siento que esos deseos nos recuerdan por qué hacemos esto.
.- Pero no todo es magia -interviene Gaspar, más serio.- Hay lugares a los que es tan difícil llegar… Las guerras, las fronteras, las injusticias. Este año, nuevamente, hay niños que no recibirán nada. Y no es porque no queramos, sino porque no podemos. Eso siempre me entristece.
.- No podemos olvidar a los niños que no recibirán nada. La pobreza, el hambre, la violencia… -acota Melchor suspirando- Hay lugares a los que ni siquiera podemos llegar sin ponernos en peligro a nosotros y a los camellos. Eso me parte el alma cada año.
Baltasar asiente, pensativo- Esos son los más difíciles. Pero incluso cuando no podemos llegar con regalos, siempre dejamos algo de nuestra luz. Algo invisible, quizás, pero poderoso. Nunca pasamos sin dejar esperanza.

Cambiando el tono de la conversación, Melchor empieza a contar una anécdota:
.- ¿Recuerdan el año que perdimos el saco de dulces en el desierto? ¡Pensamos que los camellos se lo habían comido! Y resultó que estaba bajo la silla de Gaspar todo el tiempo.
Gaspar.- ¿Y recuerdan el año en que Melchor olvidó sus botas y tuvo que usar unas sandalias prestadas? ¡Se le helaron los pies en Finlandia!
Gaspar se ríe a carcajadas.
Melchor .- Y tú, Gaspar, ¿olvidaste que perdiste tu lista en Paris? ¡Cómo aprendimos francés aquel año! Creo que no hubo un sitio en Pigalle donde no buscáramos.
Gaspar .- ¡Eh, que la lista estaba en un banco de Nôtre Dame, porque entramos un momento! Pues hablando de olvidos, no os olvidéis que una vez pasamos horas buscando en el Sáhara una caravana que pudiera prestarnos a tiempo un camello de repuesto, porque el de Melchor se negaba a seguir caminando.
Melchor .- ¡Y eso que no estaba tan gordo como ahora!
Las risas llenan la sala, aliviando la tensión. Hablan de otros años, de las cartas que les enternecen, como la de un niño que pidió una escalera para alcanzar las estrellas, y mirar desde arriba el mundo entero. O la de una pequeñaja que vivía en un pueblito de Euskal Herria: Getaria, que después de ver nuestra cabalgata en Donostia, fue a ver con sus tíos la de su pueblo y preguntó: ¿Cómo pueden estar en dos lugares a la vez? Y ella misma se contestó: ¡Porque estos son los de verdad, los otros no! O la del otro niño que vivía en el centro de Londres y nos pedía aventuras por montañas empinadas y pueblos remotos. O la de una niñita argentina que nos pedía que la lleváramos al medio del océano Atlántico porque no creía que existieran las ballenas.
Baltasar .- ¡Sí y cómo se divirtió con el viaje a Puerto Madryn que le dejamos! ¡No se le pasó la cara de fascinación hasta que se bajó del bote!
Cuando terminan su desayuno, se levantan con determinación. La charla se ha tornado más ligera, pero los tres comparten el mismo compromiso. Su misión es llevar alegría y esperanza, incluso en los lugares donde parece que falta todo.
Aún les falta revisar una vez más los mapas, los relojes y las listas. Luego saldrán a inspeccionar con sus ayudantes los animales, las bolsas de regalos, los detalles de último momento… todo debe estar listo a tiempo.
Las bromas y recuerdos se mezclan con el sentido de responsabilidad que los une. Aunque es una mañana relajada, en sus corazones sienten el peso y la alegría de su misión. Se preparan para enfrentar la mágica y larga noche que tienen por delante. El trabajo está por comenzar, y en unas horas, el mundo se llenará de ilusión.

«…una luna que brille siempre…»
Gracias 👌
Hola Antonio
Sí, la idea de pedir «una luna que brille siempre» para que su papá no se perdiera en el mar, me pareció un regalo mágico.
Gracias a ti, por tu comentario. Un saludo.
Marlen
💕
Hola Marlen, un relato precioso con esos reyes magos tan bonachones recordando deseos sencillos que resultan entrañables. Es verdad que la cultura del consumo anda desatada en estas fechas y muchos niños son influenciados ya por el deseo de poseer sin control. No soy muy optimista con este asunto. Pero bueno, tu relato me dibujó una sonrisa en el corazón. Te mando abrazos…
Hola Ana
Muchas gracias por tu comentario.
Deseos sencillos, cada vez es más difícil, cada vez somos más influenciables por las propagandas. Y a los 5 minutos de abrir el paquete, ya se ha perdido el interés. Siempre he pensado que suele gustar más la caja en la que todavía está toda la ilusión, que el contenido.
Un abrazo fuerte.