La niña de las mentiras de colores

A Ángela no le gustaba hablar del tema. Y si no fuera porque cada vez que le pasaba, se ponía muy nerviosa, empezaba a tartamudear, cerraba los ojos y se le notaba a la legua que algo muy extraño le estaba ocurriendo, nunca se lo hubiera confesado a nadie. Pero como ella sabía el motivo de su padecimiento, la vergüenza no le dejaba contárselo ni a sus mejores amigas.

Pero empecemos por el comienzo. Ángela era una niña de diez años, con el cabello castaño y muy liso que siempre llevaba suelto, porque odiaba las trenzas que su madre insistía en hacerle. Vivía en un chalet muy bonito, de ladrillos rojos y ventanas verdes, rodeada de un gran jardín donde su perra Bika pasaba las tardes correteando. Bika era su confidente, una Golden retriever tan blanca como la nieve blanca, amable, inteligente y divertida, de mirada tierna que parecía entenderla mejor que cualquier humano.

Ángela tenía una vida aparentemente tranquila. En la escuela era buena estudiante, aunque no la mejor. Le gustaba dibujar y escribir cuentos, pero sentía una constante presión por parte de su madre para ser «perfecta».

Su hermano mayor, Esteban, era un adolescente de catorce años que la adoraba, aunque últimamente pasaba más tiempo en su cuarto con los auriculares puestos que con ella. A Ángela no le molestaba demasiado, porque disfrutaba de su espacio, pero había algo en su vida que la hacía sentir diferente, como si llevara un secreto que no podía compartir.

Todo comenzó un día cuando Ángela llegó tarde a casa. Había estado jugando con unas amigas en el parque y perdió la noción del tiempo. Cuando su madre le preguntó dónde había estado, en lugar de decir la verdad, inventó una excusa.

.- Estaba en la biblioteca haciendo una tarea extra para la escuela, -dijo con voz segura.

En ese momento, algo extraño ocurrió. Una sensación de mucho calor recorrió su cuerpo y de repente, sus ojos se llenaron de un brillo extraño. El mundo frente a ella cambió: los colores se volvieron intensos, chillones, como si todos sus bolis y lápices de colores formaran un colorido ejército de formas temblequeantes que se hubiera interpuesto entre ella y la realidad. Las paredes de la casa parecían ondular, los rostros de su familia se deformaban, y el ladrido de Bika se escuchaba como un eco lejano y distorsionado.

.- ¿Ángela? ¿Estás bien? -preguntó su madre, alarmada al verla parpadear rápidamente y llevarse las manos a los ojos.

El cristal de colores ondulantes

.- Sí, sí… eeestoy bien, -tartamudeó rápidamente, aunque no lo estaba en absoluto.

Se retiró a su cuarto, asustada por lo que acababa de pasar.

Con el tiempo, Ángela notó que se repetía un patrón. Cada vez que decía una mentira importante, ocurría lo mismo. La segunda vez pensó que era casualidad. Pero cuando le dijo a su maestra que había hecho toda la tarea cuando en realidad se había olvidado, el fenómeno se repitió.

Y no sólo era el cambio visual. Los colores chillones y las formas deformadas, el ver el mundo a través de un cristal colorido y ondulante la hacían sentir mareada, confusa, como si estuviera atrapada en un mundo extraño que no podía controlar.

Pronto, mentir se convirtió en un acto que temía, pero también en algo inevitable. Cuando olvidaba alimentar a Bika y su madre le preguntaba si ya lo había hecho, mentía. Cuando no entendía un ejercicio de matemáticas y su padre le preguntaba si necesitaba ayuda, respondía: 

.- No, todo está bien».

Y cada vez, el cristal de colores volvía, haciéndola sentir atrapada en su propio engaño.

Ángela empezó a evitar a los demás. En la escuela, dejó de hablar tanto con sus amigas, temiendo que alguna pregunta casual la llevara a mentir. En casa, pasaba más tiempo en su habitación con Bika, quien parecía ser el único ser que no exigía explicaciones.

Esteban lo notó primero.

.- ¿Estás bien, enana? -le preguntó un día mientras ella acariciaba a Bika con una mirada perdida.

.- Sí, todo bien, -respondió ella, evitando mirarlo a los ojos.

Esteban no insistió, pero Ángela sabía que él podía intuir que algo andaba mal. Sus padres también empezaron a preocuparse por su aislamiento.

.- Está creciendo, es normal que quiera más privacidad, -dijo su padre, pero su madre no estaba tan convencida.

Pero había una persona en la que la niña confiaba lo suficiente para contarle su secreto: su mejor amigo y vecino Daniel, al que conocía desde siempre porque su familia se había mudado al chalet de al lado cuando los dos niños acababan de nacer, porque lo curioso es que habían nacido el mismo día del mismo mes del mismo año. Siempre se reían porque decían que eran “mellizos de calle”.

Daniel era un chico peculiar, con un sentido del humor algo extraño y una imaginación desbordante. Siempre estaba inventando cosas e historias y tenía una respuesta ingeniosa para todo.

Un día, Ángela lo llevó al rincón más apartado del jardín.

.- Tengo que contarte algo, pero no te puedes reír, -le dijo, con los ojos llenos de incertidumbre.

.- ¿Reírme? Nunca me reiría de ti, -prometió Daniel, poniéndose serio.

Ángela le explicó lo que ocurría cada vez que mentía: el cristal de colores ondulantes, las deformaciones, el sonido extraño. Al principio, Daniel pareció confundido, pero luego, su rostro se iluminó.

..-  ¿Y por qué no dejas de mentir? -preguntó, como si fuera la solución más obvia.

«Es más complicado de lo que parece, -respondió Ángela, bajando la cabeza.

.- A veces miento sin querer. Y otras veces… es más fácil que decir la verdad.

Daniel pensó por un momento y luego le dijo: 

.- Vamos a resolverlo. Yo siempre estoy inventando cosas, así que si mientes, podemos buscar la forma de que sea algo bueno. Además, tengo una idea.

Salió corriendo a su casa y volvió con una libreta con un gnomo en la portada.

.- No preguntes. ¡Mi abuela!

Daniel y Ángela comenzaron a trabajar en una solución ingeniosa: el «método anti-mentiras». Él le sugirió que escribiera en la libreta del gnomo cada mentira que había dicho desde que empezó a sufrir el castigo y cómo podría haber dicho la verdad en su lugar. Y que luego se juntarían nuevamente para analizarlo.

Las reuniones del «método anti-mentiras» se hicieron frecuentes. Esto la ayudó a reflexionar y a darse cuenta de que, aunque a veces la verdad era incómoda, era mucho menos aterradora que el cristal de colores.

Un día, Daniel apareció con una pequeña pulsera que había hecho él mismo, usando cuentas de colores.

.- Cada vez que sientas que quieres mentir, mira esto y recuerda que podemos solucionarlo juntos.

Ángela comenzó a llevar la pulsera todo el tiempo. Aunque al principio le costó, poco a poco empezó a enfrentar las situaciones con honestidad. Cuando olvidaba algo, lo admitía. Cuando necesitaba ayuda, la pedía. Y con cada verdad, sentía que el cristal de colores se alejaba un poco más.

Un día, durante la cena, su madre le preguntó si había terminado su tarea de ciencias. Ángela tragó saliva. No la había hecho, pero en lugar de mentir, tomó aire, miró su pulsera y respondió:

.- No, se me olvidó. ¿Puedo hacerla después de cenar?

Su madre se quedó sorprendida, pero simplemente asintió. Y para Ángela, algo mágico ocurrió: no hubo cristal, no hubo colores chillones, no hubo sonidos extraños. Y eso que a su lado estaba Bika pidiéndole mimos con sus gruñiditos, como siempre. El mundo se mantuvo tal y como era.

En la libreta del gnomo escribió: “El día en que todo cambió, el día en que renació la niña que siempre fui.”

Con el tiempo, Ángela aprendió a ser sincera no sólo con los demás, sino también consigo misma. Siguió escribiendo en su libreta del gnomo, siguió reuniéndose con Daniel para analizar lo conseguido en el «método anti-mentiras», siguió usando por años su pulsera preferida. Pero su relación con la familia mejoró, y volvió a ser la niña alegre que corría por el jardín con Bika. Aunque todavía llevaba la pulsera de Daniel, ya no la necesitaba tanto.

.- ¿Ves? -le dijo Daniel un día, sonriendo.- A veces, la verdad no es tan perfecta como las matemáticas, pero en la vida, es lo único que necesitas para que todo se vea claro, sin deformaciones ni colores chillones. ¡Vale la pena!

Ángela sonrió. Su “mellizo de calle” tenía razón.


VadeReto, El Acervo de los Cuenta Cuentos
En el blog “Acervo de letras” de Jose Ant. Sánchez, existe este reto literario que me encanta. Es una invitación a escribir, sólo un tema

cada mes, que puedes desarrollar como más te guste.
Para este VadeReto, Jose nos propone:
Los requisitos de este primer reto del año son sencillos. Tenéis que contarnos una historia que hable de abordar un proyecto que nos restaure las ilusiones o los sueños; ponerse un propósito que implique cambios; establecer un plan que obligue una transformación. Algo así como el Viaje del Héroe que tantas tramas ha impulsado, pero sin batallas, sin gestos épicos, sin conquistas, sin necesidad de sangre y sudor. O sí, vosotros decidís.
La idea es un cambio interior, más que de aspecto. Una transmutación espiritual, más que material. Un Renacimiento de nuestra personalidad.

No os los perdáis! Podéis leer el resto de aportes aquí:

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

7 comentarios sobre “La niña de las mentiras de colores

  1. Creo que Daniel y Ángela consiguieron una solución muy ingeniosa con el método anti-mentiras, escribiendo en la libreta del gnomo para evitarlas y obtuvo su recompensa. Todo cambió para bien, esto nos demuestra que todo puede mejorar si ponemos empeño en ello. Un abrazo

    1. Hola Nuria
      Cuando dos chicos inteligentes e inquietos se juntan, las cosas salen bien, sobre todo por el cariño que se tienen.
      Yo creo que el método anti-mentiras es un gran invento y podría ponerse de moda. Pero no lo digas muy fuerte, porque con todas las mentiras que pululan por las redes, sería un colapso su uso. ¡Seamos optimistas! Yo también creo que todo puede mejorar si ponemos empeño en ello.
      Un abrazo.

  2. Precioso relato, me ha encantado eso de mentiras de colores y esta frase:

    A veces, la verdad no es tan perfecta como las matemáticas, pero en la vida, es lo único que necesitas para que todo se vea claro, sin deformaciones ni colores chillones. ¡Vale la pena!

    Espero este método antimentiras se convierta en parte de la educación del hombre del futuro. Abrazos desde Venezuela

    1. Hola Raquel
      Me alegro que te haya gustado el relato de las mentiras de colores.
      La frase sobre la verdad que indicas, la tengo grabada muy dentro, porque estoy segura de que vale la pena instalarse en la verdad.
      A mí también me gustaría que hubiera un método antimentiras, este o cualquier otro, que pudiera regir la educación de las nuevas generaciones y los actos de nuestros gobernantes. ¡Nos ahorraríamos tantos llantos!
      Gracias por tus comentarios. Un abrazo fuerte desde Euskadi.
      Marlen

  3. Hola, Marlen.
    ¡Qué cuento más precioso y necesario!
    Esas experiencias de colores serían muy efectivas en nuestras vidas, pero algo me dice que hay quien, a pesar de ello, seguiría mintiendo, porque para que funcione hay que tener un corazón como el de Ángela: honesto, dulce, cariñoso y siempre dispuesto a mejorar.
    Me ha encantado eso de «Mellizos de Calle». Es algo parecido a lo que yo llamo «hermanos de vida» para diferenciarlo de los «hermanos de sangre» (también válido para cualquier tipo de familiaridad: tíos, sobrinos…). Yo soy muy afortunado de tener mucha «familia de vida».
    Muchas gracias por aportar esta historia de superación y renacimiento para el VadeReto. Como siempre, es un magnífico cuento para regalárselo a nuestros niños.
    Abrazo Grande.

    1. Hola Jose.
      Pues te cuento que la foto del cristal de colores ondulantes fue la que inspiró todo el cuento. Me puse a jugar con la vieja cámara fotográfica que no tocaba desde hace muuuucho tiempo y empecé a sacar fotos locas en casa, usando cosas comunes de la cocina, del escritorio, espejos… Y esta me gustó, es un grupo de lápices y bolis multicolores (me encantan las plumas, los lápices y bolis y tengo bastantes). Cuando vi el resultado, pensé que tenía que aparecer en algún cuento y, como muchas veces, fue surgiendo el cuento sin siquiera saber hacia dónde iba. ¡Muy divertido!
      El experimento funcionó porque fue hecho entre esos dos «mellizos de calle» (a mí también me gustó la ocurrencia). Y me encanta lo de «hermanos de vida», casualidad pero yo también lo uso (sólo con los hermanos, con los demás no se me había ocurrido).
      Gracias a ti por tus comentarios. Me alegra mucho volver a encontrar tus palabras por aquí. Te extrañábamos. Un abrazo grandote.

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