Te propongo que pensemos en algo: ¿cuántas veces al día crees que alguien intenta engañarnos? Quizás pienses en políticos mintiendo en la televisión, en anuncios de productos milagrosos o en esos mensajes raros de que has ganado un premio por la cara. Pero aquí viene lo interesante: no sólo nos engañan los demás, sino que, a veces, ¡nosotros mismos somos nuestros mejores embaucadores! Y ahí es donde este libro del que te quiero comentar: “El Derecho a no ser engañado. Y cómo nos engañan y nos autoengañamos” de Antonio Garrigues Walker y Luis Miguel González de la Garza, dice algo interesante.
Vivimos en un mundo saturado de información. Noticias, redes sociales, publicidad… todo parece diseñado para atraparnos. Pero la mayoría no busca informarnos ni ayudarnos: busca manipularnos. Es decir, nos enfrentamos al engaño todos los días, a veces de formas muy sutiles. Este libro dice algo que me parece revolucionario: deberíamos tener un derecho humano a no ser engañados. Porque, al final, el engaño destruye algo esencial: la confianza. Y sin confianza, las relaciones, las comunidades y hasta las sociedades colapsan.
¿Y te has dado cuenta cómo nos engañan? Piensa ¿cuántas veces has visto un anuncio que promete lo imposible? Productos que te hacen perder 10 kilos en una semana o volverte rico desde casa en 3 días, promocionado por famosos a los que usan su imagen. Es obvio que es falso, pero ahí están, ganando millones porque mucha gente cae.
Y no sólo es la publicidad engañosa. En la política pasa lo mismo. Los discursos están llenos de promesas vacías. ¿Por qué lo hacen? Porque saben cómo manipular nuestras emociones: miedo, esperanza, indignación. La mentira no es siempre algo gigantesco, a veces es una “media verdad” que termina siendo igual de peligrosa.
Pero ahora viene lo difícil de aceptar: muchas veces elegimos creer cosas que no son ciertas. Nos autoengañamos. Por ejemplo, ¿no te ha pasado que tienes un trabajo que debes acabar en una fecha fija y te dices “Lo haré mañana, todavía hay tiempo.” O quieres dejar de fumar y piensas: “No es tan grave, el lunes lo dejo”. El autoengaño es cómodo, nos evita enfrentarnos a verdades que duelen. Pero ¿a qué precio? Cuando dejamos que el autoengaño nos domine, nos volvemos nuestros peores enemigos.
Ahora, si constantemente nos engañan y nos autoengañamos, ¿qué pasa con la confianza? Que se rompe. Perdemos confianza en los políticos, en las instituciones, incluso en las personas más cercanas. Y, a nivel social, se generan divisiones: unos creen en ciertas teorías, otros en otras, y nadie escucha al otro. Se forman bandos. ¿Te suena de algo?
Y ¿qué podemos hacer? Porque hasta aquí todo suena muy pesimista. ¿Y si te digo que hay formas de protegernos. Según los autores, la clave está en tres cosas:
Pensamiento crítico: Cuestionar siempre lo que vemos y leemos. Preguntarnos: ¿De dónde viene esta información? ¿Qué pruebas hay? ¿Quién se beneficia si yo lo creo?
Educarnos: El conocimiento es nuestra mejor defensa. Si entendemos cómo funciona el engaño, podemos detectarlo.
Valorar la verdad: Este es el punto clave. Si queremos que nos traten con respeto, tenemos que exigir la verdad, incluso cuando es incómoda.
No sé si sabes que los algoritmos de las redes sociales están diseñados para mostrarte cosas que refuercen lo que ya crees. Si piensas que cierta teoría conspirativa es cierta, las redes te van a mostrar más contenido que lo confirme, aunque sea falso. ¿Por qué? Porque mantenerte enganchado les genera dinero. Así que, al final, no sólo estamos siendo engañados, sino que también nos estamos aislando en nuestras propias burbujas de información.
Entonces, te pregunto: ¿cuándo fue la última vez que te cuestionaste si algo que crees podría no ser cierto? Deberíamos ser más conscientes, enfrentar tanto los engaños externos como nuestros propios autoengaños. Y eso no sólo nos haría mejores personas, sino también mejores ciudadanos. Porque una sociedad basada en la verdad es una sociedad más fuerte.
¡Piénsalo! la próxima vez que veas un anuncio increíble, un discurso político muy emocionante o incluso una excusa que tú mismo te estás poniendo, reflexiona: ¿esto es real? ¿O me están engañando… o me estoy engañando yo mismo?