El colonialismo es un sistema de dominación en el que una potencia extranjera impone su control sobre un territorio y su población, explotando sus recursos económicos y subordinando su cultura, su política y su sociedad a los intereses del colonizador. A menudo, el colonialismo se justifica bajo la premisa de una supuesta superioridad civilizatoria, religiosa o tecnológica de la nación dominante, que afirma llevar el «progreso» a los pueblos conquistados.
Napoleón Bonaparte expresó esta idea con crudeza cuando dijo: «Llevamos la luz a los bárbaros, aunque sea con fuego y pólvora.» Esta frase resume la mentalidad imperialista de su época: la creencia de que los pueblos sometidos necesitaban ser iluminados por la civilización europea, aunque el precio de esa luz fuera la guerra, la violencia y la destrucción de sus formas de vida.
Este principio ha estado presente en múltiples episodios históricos, desde la colonización de América hasta el reparto de África en el siglo XIX, cuando las potencias europeas se justificaban afirmando que su dominio traía desarrollo y modernidad, mientras explotaban recursos y poblaciones en su beneficio. Así, el colonialismo no sólo fue una forma de expansión territorial, sino un mecanismo de opresión sistemática disfrazado de misión civilizadora.

El imperialismo de los siglos XV y XVI 
El Imperialismo de los siglos XV y XVI
La conversación entre Donald Trump y la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, sobre la posibilidad de que Estados Unidos comprara Groenlandia estuvo lejos de ser cordial. En su momento, Trump se justificó afirmando que este paso es «absolutamente necesario para el interés de la seguridad nacional y la libertad en el mundo». Pero Groenlandia es sólo una de las aspiraciones expansionistas de Trump. Entre sus planes también figuran la idea de anexar Canadá como el 51º estado de la Unión y recuperar el control del Canal de Panamá.
“¿No es agradable ver que, durante años, décadas, hemos tenido el mismo tamaño, pero podríamos ser un país más grande muy pronto?”, declaró en un mitin reciente, entusiasmado con la posibilidad de ampliar el territorio estadounidense.
Uno de los argumentos más repetidos por sus seguidores es que Trump es un líder pacifista, basado en el hecho de que durante su primer mandato no inició nuevas guerras. Sin embargo, esta idea elude la realidad de que Estados Unidos aún lidiaba con las secuelas de los conflictos en Irak y Afganistán, que sus fuerzas armadas estaban agotadas y que el último año de su gobierno estuvo marcado por la pandemia, obligándolo a centrarse en asuntos internos.
No hay motivos para pensar que alguien con una actitud agresiva en política interna actuaría de forma distinta en el ámbito internacional. Trump ha adoptado con entusiasmo una nueva ola de expansionismo, similar a un colonialismo que erosiona cualquier principio de respeto hacia los países más débiles.
Vladimir Putin mantiene ocupada una parte considerable del territorio ucraniano, Israel continúa su expansión en la región, los nuevos líderes con ambiciones imperialistas ya no sienten la necesidad de disimular sus intenciones. No sólo buscan ampliar sus fronteras mediante la fuerza, sino que además responsabilizan a sus víctimas de haberlos llevado a tomar esas medidas.
La visión de líderes como Trump, Putin y Netanyahu recuerda al colonialismo del pasado, basado en la idea de que ciertas naciones son “excepcionales” y, por lo tanto, tienen derecho a expandirse bajo la premisa de que están llevando progreso y civilización. Si los pueblos conquistados se resisten, la reacción es de asombro: ¿cómo pueden estas naciones inferiores rechazar la oportunidad de ser dominadas?

Imperialismo del siglo XIX África 
Imperialismo del siglo XIX Asia
Trump observa con aprobación las ambiciones expansionistas de otros porque, en última instancia, sirven para legitimar las suyas propias. Por ello, no duda en presionar a Ucrania para que acepte un acuerdo de paz a cambio de ceder territorio, ni en respaldar las operaciones militares israelíes en Gaza, que favorecen la anexión de más tierras palestinas.
En este renovado imperialismo, la seguridad vuelve a ser utilizada como excusa para justificar la expansión territorial, del mismo modo en que las potencias europeas lo hicieron en el pasado con África. Joseph Conrad en “El corazón de las tinieblas” criticaba esta lógica con crudeza en el siglo XIX: “Arrancar tesoros a las entrañas de la tierra era su deseo, pero aquel deseo no tenía otro propósito moral que el de la acción de unos bandidos que fuerzan una caja fuerte”.
Aunque el mundo ha cambiado, la ambición de ciertos líderes sigue el mismo patrón de siempre. Hoy, el imperialismo regresa con fuerza, impulsado por figuras dispuestas a construir sus aspiraciones sobre las ruinas de los sueños ajenos.