Asesinato en el bar de los Ashkenazi

En el corazón de Budapest, cuando el siglo XX ya agonizaba, el barrio judío despertaba de su letargo. Durante décadas había sido un lugar silencioso, cargado de ausencias, tragedias olvidadas y paredes agrietadas que parecían sostenerse sólo por las memorias que albergaban.

Pero en 1998, como si la ciudad no soportara más el peso de su historia, surgió algo inesperado: las ruinas volvieron a la vida.

Nacieron los “Romokban bárok”. Bares, pero no como cualquier otro, tabernas improvisadas en edificios desmoronados que se resistían a morir. Viejas casas medio derribadas se convirtieron en templos para quienes buscaban cerveza artesanal, música underground y un escape de la monotonía. Improvisados, caóticos, llenos de carácter, ninguno igual al otro. Lo que otros llamaban ruinas, ellos lo veían como lienzos en blanco.

El Szimpla Kert, el más grande y célebre de estos bares, se convirtió en un símbolo del barrio: techos caídos, muros cubiertos de grafitis y plantas trepadoras que invadían las paredes. Viejas bicicletas oxidadas pendían del techo, luces de colores colgaban en guirnaldas desordenadas y sillones recuperados formaban pequeños oasis donde los clientes bebían, conversaban y se perdían en el caos cuidadosamente diseñado.

Entre estos templos de la improvisación estaba el Kertész 21, una joya más pequeña, pero igualmente encantadora. Ezra Szalai, el dueño, había comprado aquella ruina con sus ahorros y sus últimas esperanzas. Un hombre de manos grandes y piel curtida, que trabajaba el bar como si cultivara un huerto: con paciencia, cuidado y respeto.

Ezra era de familia ashkenazi, una de las tres ramas descendientes de las comunidades judías medievales. Así como un sefaradí proviene de la península ibérica y su idioma es el ladino, un ashkenazi proviene de Europa Central y Oriental y su idioma es el ídish y un mizrají proviene de Oriente Próximo y norte de África y su idioma es, en muchas ocasiones, el árabe.

Ezra conservaba costumbres transmitidas de sus ancestros campesinos con pocos medios y poco sustento. Por eso en su casa se solían comer platos como “Guefilte fish”, una mezcla de pescado kósher barato molido, que lo convertía en algo ideal para convertir su pobreza en algo sabroso. «Sacar algo de la nada» era su lema preferido, una respuesta que aplicaba en la comida, en el bar y para muchas ocasiones. 

Su hija, Batya, era su mano derecha. Tenía el cabello rojo como el crepúsculo y los ojos llenos de rebelión. Si Budapest era un mosaico, ella era una pieza que no encajaba del todo: demasiado inquieta, demasiado vivaracha. Los clientes la adoraban. Turistas franceses, músicos locales y escritores en busca de inspiración se acercaban al Kertész 21 más por ella que por la cerveza artesanal.

Pero lo que Batya desconocía era que el renacimiento del barrio no era del todo limpio. El resurgir de los “Romokban bárok” había llamado la atención de las mafias locales, que encontraban en las ruinas un escondite perfecto para negocios más oscuros.

Cada noche, en el rincón más apartado del Szimpla Kert, un hombre llamado Miklós ocupaba el mismo sillón. Llevaba siempre un sombrero gastado y un abrigo que parecía demasiado pesado para la estación. Nadie sabía a qué se dedicaba, pero todos le temían en silencio. Los camareros decían que en los años 80 había sido saxofonista en los clubes de la ciudad, aunque algunos aseguraban que era un espía venido a menos. Miklós era un enigma.

Una noche fría de noviembre, Miklós entró en el Kertész 21 por primera vez. La música quedó ahogada por su presencia. Ezra lo observó desde la barra, su rostro endurecido. Batya notó la tensión en el aire.

.- ¿Quién es ese hombre? —le preguntó a su padre.

.- Nadie de quien quieras saber, Batya. Atiende tus mesas.

Pero Batya no pudo evitar observarlo. Miklós no bebió. Se limitó a observar las paredes, los detalles del lugar, y, finalmente, fijó sus ojos en Ezra. Sin decir palabra, dejó una nota doblada sobre la barra y se fue. Ezra la tomó con manos temblorosas y la guardó en el bolsillo de su delantal. Esa noche apenas durmió.

Pasaron dos semanas. El invierno se asentaba en Budapest con su niebla densa y sus calles silenciosas. La clientela del Kertész 21 era escasa aquella noche, una mezcla de turistas despistados y borrachos locales. El humo de los cigarrillos se mezclaba con el aliento de las conversaciones. Las luces de neón iluminaban los muros desconchados. Batya fregaba vasos detrás de la barra cuando un grito heló el aire.

.- ¡Hay un hombre herido en el patio!

Corrió hacia el fondo, donde las plantas trepadoras y las luces apenas iluminaban el suelo. Allí estaba Miklós, desplomado contra una pared, con una mancha oscura extendiéndose desde su pecho hasta las baldosas frías. Sus ojos, abiertos y vacíos, miraban hacia ninguna parte.

La policía llegó rápido, pero las respuestas no. Nadie había visto nada. Ezra no apartaba la vista del cadáver, su rostro pálido como el mármol.

.- ¿Sabes quién hizo esto? —le susurró Batya a su padre.

.- No. Y no vamos a preguntar. Aquí no pasó nada.

La policía hizo preguntas, pero nadie vio nada. Nadie nunca veía nada en los Romokban bárok. Las mafias protegían a los suyos, y el silencio era ley.

Pero Batya no pudo quedarse quieta. Necesitaba saber la verdad. Empezó a indagar. Habló con otros dueños de bares, con los vendedores ambulantes, con los músicos callejeros. Todo apuntaba a lo mismo: Miklós había estado investigando a alguien, hurgando donde no debía.

.- ¿Y si fue un ajuste de cuentas? —le preguntó Batya a su padre una noche, al cerrar el bar.

Ezra negó con la cabeza, pero su mirada evitó la de su hija.

.- Deja esto, Batya. No es asunto tuyo.

Fue entonces cuando lo entendió: su padre sabía algo. Más aún, su padre estaba implicado.

Días después, mientras limpiaba el despacho de su padre, Batya encontró una libreta oculta bajo una pila de viejas facturas. Era de Miklós. En sus páginas amarillentas había nombres, fechas y lugares. Entre ellos, reconoció el nombre Ezra Szalai.

Y una anotación: «Ezra vendió la información. El bar está marcado. Lo vigilan.»

Batya sintió un escalofrío en la columna. 

Aquella noche lo enfrentó.

.- ¿Qué significa esto, papá? ¿Qué hiciste?

Ezra, que siempre había sido un gigante para ella, se desmoronó.

.- No tuve elección, Batya. Ellos me pidieron información sobre los Romokban bárok, sobre los dueños. Miklós me descubrió y me amenazó con ir a la policía. No lo maté, lo juro… pero los otros no iban a perdonarlo.

La voz de Ezra se quebró. Batya entendió entonces que su padre había sido una pieza más en un tablero demasiado grande. Días después, la policía cerró el caso como un simple «ajuste de cuentas».

Pero Batya recibió una carta anónima, entregada por un músico callejero. Dentro había una fotografía de Miklós junto a un hombre joven que reconoció al instante: su propio padre, en los años 80.

La nota decía: «La traición empieza mucho antes de lo que imaginamos.»

Batya comprendió que Miklós y su padre no eran desconocidos. Eran viejos amigos, y quizás algo más. Miklós no había vuelto al barrio para chantajear a Ezra: había vuelto para protegerlo, intentando desmantelar las mafias que se habían infiltrado en los Romokban bárok. Pero su padre, cegado por el miedo, lo había entregado.

Alguien dijo que las causas por las que la gente mata a otra gente son cuatro: deseo, ira, envidia y el miedo. El comportamiento humano se reduce a esas emociones para algo tan extremo.

Años después, el Kertész 21 seguía abierto, aunque los Romokban bárok ya no escondían sombras. Batya había renovado el bar, pero dejó una pared intacta, donde escribió con letras grandes:

«Para los que cuidan la verdad, incluso en las ruinas.»

Los turistas no entendían su significado, pero los ancianos del barrio sí. A veces, en las noches de invierno, decían que podían oír el eco de un saxofón entre los callejones, una melodía que viajaba con el viento, recordando que no todo lo viejo debía ser olvidado.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

2 comentarios sobre “Asesinato en el bar de los Ashkenazi

    1. Hola lady_d
      La verdad es que es una ciudad sorprendente, con un carácter muy particular. A mí también me gustó mucho y la forma como han sabido actualizar el barrio, conservando su espíritu es genial.
      Gracias por pasarte y comentar. Un abrazo para ti también.
      Marlen

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