Hegoak ebaki banizkio Si le hubiera cortado las alas
Neria izango zen Habría sido mío,
Ez zuen alde egingo No habría escapado.
Bainan, honela Pero de ese modo
Ez zen gehiago txoria izango Habría dejado de ser pájaro.
Eta nik Y yo...
Txoria nuen maite Lo que amaba era un pájaro.
Alasdair Fraser en violín y el grupo Skyedance, Pamplona 25/09/2000
Cuando escucho esta canción, se me hace un nudo en la garganta y no puedo cantarla. ¿Cómo puede una canción tan pequeña convertirse en el alma de un pueblo, en un himno que une a millones de personas en un mismo latido? ¿Cómo es posible que una melodía en una lengua que muchos no comprenden, logre estremecernos hasta lo más hondo? ¿Cómo puede ser que la poesía, porque esta canción es pura poesía, nos emocione de esta manera? Es algo muy extraño. Algo que sucede cuando la música toca lo esencial, lo que somos, lo que amamos y lo que hemos perdido. “Txoria Txori”, la obra inmortal de “Mikel Laboa”, es uno de esos raros prodigios que trascienden el tiempo y las fronteras.
Su letra es muy simple, pero encierra una verdad inmensa: la libertad es el mayor acto de amor. Escrita en el año 1957 por el poeta Joxean Artze, la letra tiene una bonita historia. En una ocasión, un restaurante donostiarra imprimió el poema en sus servilletas. Y fue allí donde lo leyó Mikel Laboa y le gustó, se enamoró de aquellas palabras y le adaptó una melodía en el año 1968, sin sospechar que letra y melodía serían décadas después la canción más pegadiza y popular del euskera. Laboa la incluyó por primera vez en su álbum “Bat – Hiru”, publicado en 1974, y desde ese momento se fue extendiendo como un reguero de pólvora por todas las fiestas, tascas y tabernas.
Desde entonces hasta hoy, han sido muchas las adaptaciones e interpretaciones que ha conocido esta canción, desde Kepa Junkera hasta Joan Báez, Pablo Milanés o Paco Ibáñez, desde Ester Formosa hasta Anne Etxegoien… En 1988, Joan Báez interpretó “Txoria Txori” en la Plaza de toros de Bilbao. El público le hizo la segunda voz. Fue un momento sublime. Una de las últimas adaptaciones, en 2016, la hizo el grupo gitano donostiarra Sonakay quienes, en su afán por fusionar la cultura vasca con la gitana, adaptaron el “Txoria txori” al flamenco. Cuando se pone el alma, las fusiones son maravillosas.
En esas pocas palabras cabe toda una vida. Los sueños que se quedaron atrás, los amores que disfrutamos y los que dejamos ir, las oportunidades que aprovechamos y las que dejamos escapar. Habla de la valentía de ser libres y de permitir a otros serlo. Todo un mundo que guardamos en nuestro yo interior y que pocas veces sale a la luz.
Quizás por eso, al escucharla, sentimos un abrazo invisible, ese que nos da nuestro propio yo cuando nos recuerda que hemos vivido, amado, soñado, disfrutado, ese que pocas veces se manifiesta, pero cuando lo hace nos reconforta, nos susurra que todo tiene sentido, nos impulsa a perseguir nuevos sueños, a que creamos que no todo está perdido, que todavía estamos vivos. Y pocas cosas, como una canción, logran despertar esa voz dormida en nuestro interior.
¿Qué siente un músico cuando su canción es cantada por miles, por millones, en cualquier rincón del mundo? ¿Qué siente cuando una creación suya se convierte en un himno universal del que se apropian millones de personas? Tal vez, una emoción tan inmensa como la que sintió al componerla, al escucharla por primera vez en su interior, al darle forma y traerla a la vida. Mikel Laboa, fue siempre meticuloso, repasando sus canciones hasta que realmente le gustaran, siempre trabajándolas hasta la extenuación. Aunque esta, “Txoria Txori”, nació en un suspiro, con la urgencia de lo que ya estaba escrito en el alma del universo y sólo necesitaba un canal para nacer.
Tal vez esa es la verdadera esencia del arte, que está ahí flotando no sé dónde, hasta que el artista la descubre y le ayuda a nacer.
Psiquiatra de profesión, músico por necesidad del alma, Mikel Laboa era un hombre de silencios. Tímido y celoso de su intimidad, en una de sus escasas entrevistas, le preguntaron qué prefería, si cantar en estadios antes miles de personas o en recintos pequeños. Él no dudó en contestar que en ambos disfrutaba mucho aunque eran muy diferentes porque si bien unos le daban el calor de miles de personas, los otros le daban momentos deliciosos y tremendamente humanos.
Siempre mantuvo su humildad y su sentido del humor. Recordó cómo una vez en Zizulkil, estaban probando los equipos con música de Bach antes de su actuación y las vacas se acercaron fascinadas. Pero cuando él empezó a tocar, salieron corriendo. “Es que eran unas vacas muy clásicas”, bromeó. En otra ocasión, le preguntaron qué deberíamos hacer en este mundo caótico. Su respuesta fue simple y rotunda: “Hacer bien lo que hacemos. Cada uno tenemos la capacidad para hacer algo. No importa si eres barrendero, abogado, médico o músico. El asunto es hacer bien lo que haces. Los seres humanos somos muy problemáticos y no suele ser nada fácil hacer correctamente lo que uno desea”.
Su legado es inmenso, pero “Txoria Txori” es más que una canción: es un símbolo, un himno. Se canta en reuniones, en despedidas, en momentos de lucha y en estadios de fútbol, donde incluso hinchadas rivales se abrazan para entonarla. Ver a los seguidores del Athletic cantándola en honor a Iñigo Cabacas, muerto por una pelota de goma disparada por la policía, es un eco de dolor y resistencia. Porque cuando la música es verdadera, nos hermana. Nos recuerda quiénes somos. Nos hace sentir vivos. Y eso, en el fondo, es el milagro más grande.