Txarra izan ezik, gainerakoak ona da

Entre las abruptas laderas que se lanzan a besar el Mar Cantábrico, justo en el tramo que serpentea desde el monte Igueldo hasta Orio, se alzaba un caserío con tejado a dos aguas, balcones floridos de antigua madera oscura y paredes encaladas salpicadas por las huellas del salitre. El viento silbaba por sus rendijas con una familiaridad de viejo amigo, y las gaviotas parecían saber que aquel era un rincón especial, casi mágico.

El nombre en euskera: “Hiru arrebak enea” adelantaba qué casa era, pues su traducción es “Casa tres hermanas” ya que eran tres las hijas de aquella familia que vivía en un lugar tan espectacular. Dos de las hermanas se casaron con mozos de Igueldo y la tercera quedó neskazaharra (solterona). Los años fueron pasando, los padres murieron pronto, los hijos fueron emigrando, las hermanas mayores murieron también y Antxoni quedó sola cuidando habitaciones que ya no se usaban.

Antxoni Ortega, “emakume indartsua eta kementsua,” (mujer fuerte y enérgica, como decían todos en el pueblo), podía con todo en el caserío. Con sus setenta y muchos, caminaba como quien aún tiene veinte, con la espalda recta y los ojos vivos como brasas. Tenía el cabello blanco como la espuma del mar en temporal y una risa que se oía desde la curva del acantilado.

.- ¡Beltxa! —gritaba cada mañana desde la entrada— ¡Que hoy toca paseo largo, y no me vengas con que te duelen las patas!

Beltxa, un perro mestizo de pelaje negro como el carbón y mirada sabia, era su fiel compañero desde hacía más de una década. Le seguía a todos lados: al huerto, al acantilado, al mercado del pueblo. Si Antxoni hablaba, Beltxa escuchaba. Si ella reía, él movía la cola. Si se metía en líos, él la sacaba como podía.

Y es que, por más empeño que pusiera, a Antxoni las cosas rara vez le salían como planeaba.

Un día, decidió hacer marmitako para el nieto de su vecina, que venía de visita desde Madrid. Peló las patatas, cortó el bonito con maestría, encendió el fuego y justo cuando el caldo empezaba a perfumar la cocina… ¡Plof! Se apagó el fogón.

.- ¡Ay, el butano, otra vez! —bufó—. ¡Y el muchacho llega en media hora!

En lugar de lamentarse, sacó pan del día anterior, queso de Idiazabal y unos piperrak (pimientos) de Lodosa, y montó un pequeño festín improvisado bajo la parra. El muchacho se chupó los dedos y Antxoni, como siempre, dijo con una sonrisa:

.- “Txarra izan ezik, gainerakoak ona da”.

Antxoni usaba muchos dichos que había aprendido de su abuela. Pero este era su preferido. Significa: “Salvo lo malo, el resto es bueno.” Toda una declaración de principios, porque ella había aprendido desde pequeña a conformarse con lo que le tocaba vivir, aún con las cosas negativas y tratando de disfrutar de lo bueno. ¿Que en casa no había dinero para comprar ropas nuevas y siempre le tocaba arreglar y usar la ropa de sus hermanas? ¿Qué no podía ir a la romería de Donosti porque alguien tenía que quedarse a cocinar para toda la familia? ¿Qué no podía emigrar como sus sobrinos porque era la menor, sus hermanas tenían maridos y ella tenía que cuidar a su madre enferma? Txarra izan ezik, gainerakoak ona da.

Sus hermanas se desesperaban cada vez que ella soltaba el refrán, no soportaban la aparente frialdad con la que aceptaba las desdichas, ese optimismo en el que parecía estar obcecada.

.- Baina ez al zaizu ezer axola? (¿Pero a ti no te importa nada?)

.- Garrantzitsua dena bakarrik (Sólo lo importante)— contestó tranquila.

Siendo pequeñas un día de Reyes, sus padres inquietos por la actitud de su hija menor, decidieron que las dos niñas mayores recibirían muñecas de regalo, pero Antxoni recibiría sólo un atado de nabos, el pariente pobre de la huerta, el alimento que se les daba a los animales.

Llegó la mañana de Reyes y las hijas mayores abrieron sus regalos y empezaron a protestar:

.- ¡Otra vez una muñeca de regalo! Podrían haber traído otra cosa.

.- ¡Claro, yo había pedido un vestido! ¡Además, las dos muñecas son iguales hasta en el color del pelo!

Y la reacción de Antxoni no se hizo esperar. Al ver los nabos dijo entusiasmada:

.- ¡Qué bien, me han traído nabos, muchos nabos! Justo una casera me dijo el otro día que ella hace una tortilla de patatas con nabos en lugar de patatas. ¡Y dice que queda riquísima! ¡Vamos Ama (mamá), vamos rápido! Hagamos tortilla para todo el mundo.

Demás está decir que se rieron mucho, comieron la famosa tortilla de nabos que resultó muy rica y nunca más intentaron cambiar el carácter de sus hijas.

Otro día, estando ya las jóvenes en edad de merecer, después de pasar toda la tarde lavando sábanas y cortinas, Antxoni las colgó al sol que brillaba como si fuera agosto. Media hora más tarde, se desató una galerna repentina. Las sábanas salieron volando y fueron a parar, nada menos, que al bote de pesca de Josu, el viudo más codiciado de la zona.

Josu las devolvió en persona, con una sonrisa traviesa y un comentario:

.- Si siempre hueles así de bien, Antxoni, igual me paso más seguido.

Ella se rió, encogiéndose de hombros:

.- Txarra izan ezik, gainerakoak ona da.

Ahora el caserío estaba bastante más silencioso desde que se había quedado sola. Era una mezcla de caos encantador: macetas colgadas en los sitios menos esperados, cortinas hechas a mano, un reloj de pared que iba siempre cinco minutos adelantado y un armario que chirriaba cada vez que iba a llover. Como tenía vistas al mar y al cielo, al abrir las ventanas se escuchaba el rumor constante de las olas.

Antxoni creía en las cosas pequeñas: en el poder curativo del caldo bien hecho, en que los sueños no tienen edad y que los perros entienden más de lo que aparentan. Creía en los refranes y en que las galletas, si se caen al suelo, se soplan y se comen.

Una mañana, Beltxa no apareció para el paseo. Lo buscó por la casa, por el huerto, por el acantilado. Lo encontró echado, mirando al horizonte, con la lengua fuera. Se le había ido en silencio, como había vivido: cariñoso, fiel, discreto. Esa fue la única vez que Antxoni no sonrió. Pero incluso entonces, mientras le enterraba bajo un roble, murmuró con voz entrecortada por las lágrimas:

.- Txarra izan ezik, gainerakoak ona da.

El tiempo fue pasando con una rápida lentitud, el tejado necesitó arreglos, el huerto siguió dando tomates y las gaviotas, tercas como siempre, siguieron robando pan de la mesa.

Una noche de tormenta, los vecinos vieron una luz brillante sobre el acantilado. Corrieron, temiendo lo peor. Pero en lugar de una tragedia, encontraron a Antxoni montada en una viejísima bicicleta con un carrito acoplado atrás… y dentro del carrito, ¡tres cachorros negros como la noche más negra!

.- ¡Me los he encontrado en el costado del camino! —gritó sobre el viento que atronaba—. ¡Los han abandonado de algún coche!

Rieron todos, mojados, felices, sin entender del todo a Antxoni, pero encantados con el hallazgo. Desde entonces, el caserío “Hiru arrebak enea” tiene un nuevo cartel hecho a mano, un cartel que dice:

“Txarra izan ezik, gainerakoak ona da”

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

2 comentarios sobre “Txarra izan ezik, gainerakoak ona da

  1. ¡Precioso, Marlen!
    Un relato que contagia dulzura, emotividad, belleza, buen rollo y la esperanza de que personitas como esta se multipliquen como una buena Pandemia. El Mundo las necesita.
    Me quedo con el dicho: «Txarra izan ezik, gainerakoak ona da», aunque repetirlo y pronunciarlo bien sería una imprudencia para mi lengua. 😅😂🤣
    Muchas gracias, maravillosa ipuin kontalaria. Cuentos que generan esperanza y optimismo.
    Abrazo Grande.

    1. Hola Jose ¡llegó! ¡llegó! el comentario
      ¡Qué bonitas palabras y estuve a punto de perdérmelas! Pues sí, tratemos de desparramar un poco de dulzura y optimismo, porque si seguimos a este ritmo nos vamos a quedar con la mitad del dicho.
      Nooo, no intentes repetirlo, no quisiera que se te trabara la lengua, pero por lo menos dilo en castellano. ¡Vas a ver qué bien te sienta el lado positivo de las cosas! Yo últimamente me lo repito mucho para confirmar a mi yo interior que, en la mayoría de los casos, sólo hace falta reflexionar, o verlo desde otro punto de vista. Y aunque sólo sea en la mayoría de los casos, no en todos, tranquiliza bastante. Te mando una foto de esta mañana para festejar que hoy es hoy.
      Muchas gracias a ti. Un abrazo grandotote.

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