El Inti Raymi del tiempo

No sé muy bien por dónde empezar. Supongo que al hablar de algo tan increíble como lo que vivimos en los Andes, lo más lógico sería arrancar por el principio, ¿no?

¿Cómo fue que se nos ocurrió semejante locura? La verdad es que todo empezó en un asado, entre copas de vino y esa charla que mezcla humor y planes que nadie cree que vaya a cumplir. Esa noche, uno de los amigos mencionó el Inti Raymi, el festival del Sol de los Incas, y contó cómo había escuchado en uno de esos programas divulgativos de la tele, de las tantas de la madrugada, que en lo más alto de los Andes, entre dos montañas, existía un reloj sagrado. Según decían, era una maravilla de la ingeniería y espiritualidad inca que regulaba no sólo los ciclos del tiempo, sino también los de la naturaleza.

Yo, Martina, que siempre fui un poco soñadora, me entusiasmé de inmediato. Siempre había querido viajar a la Cordillera de los Andes, no sólo para ver paisajes, sino para conectar con algo más profundo, algo que escapara a la monotonía de Buenos Aires, ceremonias ancestrales, conexión con la naturaleza. 

Rumi, en cambio, es todo lo contrario. Es mi mejor amigo desde la adolescencia, pero tan agnóstico como escéptico. Él no cree en nada, ni en dioses ni en energías ni en rituales. Para él, el reloj, el Inti Raymi y todo lo que oliera a ritual era “un cuento para turistas crédulos”. Sin embargo, aceptó venir. Lo sedujo la idea de un viaje de aventura, los paisajes y también la gastronomía peruana que tanta fama estaba despertando en el resto del continente, tan acostumbrada a menospreciar a peruanos y bolivianos.

Nos subimos al avión con la típica mezcla de entusiasmo y nervios. Arequipa nos recibió con su aire fresco, su cielo límpido y esa energía que parece brotar de la tierra misma, pero desde allí el trayecto fue completamente distinto. El colectivo que tomamos hacia Cusco era tan pintoresco como incómodo, pero formaba parte del encanto.

Las primeras horas fueron puro asombro. El paisaje de los majestuosos Andes es algo que las fotos no pueden capturar. Subimos por carreteras zigzagueantes, entre picos nevados y abismos cubiertos de nubes. A veces, parecía que el camino mismo era un desafío al vacío. Rumi, que suele hacerse el valiente, estaba pálido cada vez que el colectivo tomaba una curva cerrada. Yo no podía dejar de mirar por la ventanilla: el verde de los valles, las terrazas agrícolas construidas por los incas, las llamas que pastaban con una serenidad casi sagrada.

Las paradas también tenían su magia. En cada pueblo pequeño, mujeres con sombreros coloridos subían al colectivo ofreciendo choclo con queso o mate caliente para el mal de altura. Uno de esos mates fue la salvación de Rumi, que no podía parar de quejarse de un leve mareo.

Llegamos a Cusco, la ciudad sagrada, al atardecer. La ciudad nos recibió con un cielo teñido de dorado y naranja, mientras el aire fresco tenía un perfume a historia y misticismo.

Cusco era un hervidero de colores y música, no es sólo una ciudad, es una obra de arte viva. Los balcones de madera tallada, las iglesias coloniales construidas sobre los cimientos de templos incas. Las calles empedradas estaban llenas de gente: turistas como nosotros, claro, pero también familias indígenas que habían viajado varios días para participar. Todo era un despliegue de trajes bordados con hilos dorados, máscaras talladas y olores a hierbas quemándose en braseros. Rumi, con su cara de porteño escéptico, no pudo evitar quedarse impresionado.

Nos hospedamos en una pequeña posada cerca de la Plaza de Armas. Esa noche salimos a recorrer la ciudad. La plaza estaba llena de vida: músicos tocando zampoñas, niños corriendo entre turistas, mujeres vendiendo artesanías. Pero lo que más me impactó fue el cielo. Nunca había visto tantas estrellas. Parecía que el universo nos observaba.

Y allí, en un bar de la Plaza de Armas, tuvimos nuestra primera sorpresa. El camarero, al escuchar que yo le llamaba Rumi a mi amigo, le preguntó si era descendiente de incas. Él, totalmente sorprendido, ni siquiera atinó a contestar. Por lo que fui yo quien le dije que no, que su familia era francesa. Entonces Amaru nos explicó que “Rumi” es un nombre quechua que significa “piedra”, como el suyo “Amaru” significa “serpiente”.

Mi querida piedra quedó mudo durante un rato, preguntándose por qué sus padres habrían elegido ese nombre que él siempre había pensado que era francés y que ahora resultaba ser de esta zona del mundo.

La ceremonia principal del “Inti Raymi” se realizaba al día siguiente en Sacsayhuamán, la antigua fortaleza inca. Es una antigua celebración religiosa Inca. Los Incas le rendían culto a su Dios: «El Inti o Sol» en la capital: el Cusco. Antiguamente, el Inti Raymi duraba unos 15 días, en los cuales se hacían sacrificios y se presentaban bailes o danzas para adorar al «Dios Sol», su mayor adoración, su esencia y su fuente de vida. Es el dios supremo y uno de los astros más importantes dentro del mundo andino y el que en esta festividad da inicio a un nuevo ciclo anual.

Actualmente, el Inti Raymi es una representación teatral que se celebra en el solsticio de invierno en el hemisferio sur, el 24 de junio, donde miles de cusqueños y personas de todas partes del mundo se dan cita en este acontecimiento que es una de las manifestaciones culturales y tradicionales más importantes del Cusco.

Pero lo que realmente nos intrigaba era el rumor de un reloj sagrado, el “Inti Raymi del Tiempo”, oculto entre dos montañas cercanas. Supuestamente, sólo los chamanes más sabios sabían su ubicación exacta y cómo funcionaba. Decían que ese reloj era el corazón de la Pachamama, el mecanismo invisible que mantenía el equilibrio entre los ciclos de la tierra y el cosmos.

El día del festival nos levantamos antes del amanecer. Una guía local que habíamos contratado, Sumac, nos llevó a las montañas donde, según ella, se encontraba el reloj del tiempo. Era una mujer joven, pero con una mirada tan intensa que parecía cargar siglos de sabiduría. Nos advirtió que el camino era bastante difícil, casi imposible para algunos turistas, pero eso ya nos lo habían dicho en la agencia y Rumi y yo estábamos decididos.

Según nos explicó Sumac, el reloj sagrado estaba escondido entre dos montañas, en un sitio al que sólo unos pocos podían llegar.

Cruzamos bosques de queñua y riachuelos helados. Después de una caminata de varias horas por senderos angostos, llegamos a un claro. Allí, incrustado entre las dos moles rocosas, estaba el Reloj del Tiempo Inca.

No era un reloj en el sentido convencional, sino un monumento inmenso, una mezcla de astronomía y simbolismo. La estructura principal era circular, tallada en un metal dorado, con un diámetro de más de veinte metros. Estaba rodeado de anillos concéntricos, cada uno grabado con símbolos que representaban los ciclos de la naturaleza: las estaciones, las fases de la luna, los movimientos del sol y las constelaciones. 

Había algo en su presencia, algo en cómo el sol naciente hacía brillar su superficie, que te hacía sentir insignificante y asombrado al mismo tiempo.

Sumac nos explicó que no era un reloj cualquiera, no sólo marcaba el tiempo, sino que también regulaba los ciclos de la tierra. 

.- Cada engranaje representa un aspecto de la vida: el crecimiento de las cosechas, la migración de los animales, el equilibrio entre los elementos-, nos dijo. 

Lo más impresionante era que cuando los rayos del sol tocaban el reloj durante el solsticio, este emitía un zumbido suave y vibraba, como si estuviera vivo.

Los engranajes de la parte inferior, que parecían meramente decorativos, comenzaron a moverse con precisión milimétrica, alimentados por un mecanismo que parecía mágico.

Cada uno de sus movimientos estaba sincronizado con los latidos del planeta. 

.- Es la danza de la vida-, dijo, y algo en su tono me hizo creer cada palabra.

La ceremonia ritual fue algo muy impactante que nunca vamos a olvidar. Los chamanes encendieron fogatas alrededor del reloj y comenzaron a cantar en quechua, invocando a Inti, el dios Sol y a la Pachamama. 

Los engranajes del reloj se activaron moviéndose lentamente, mientras un haz de luz atravesaba el centro y proyectaba figuras geométricas en las montañas cercanas.

Era imposible no sentir que estabas siendo parte de algo mucho más grande, algo que conectaba el pasado con el presente y que trascendía cualquier creencia. Incluso Rumi estaba mudo, absorto, sin sus típicos comentarios sarcásticos.

Cuando regresamos a Buenos Aires, éramos otros. Algo en nosotros había cambiado. Yo, que siempre viví en un constante apuro, aprendí a valorar los ciclos, los momentos, los instantes, los silencios. Rumi, por su parte, dejó de burlarse de lo que no entendía. No es que ahora crea en los dioses incas, pero algo en él ha cambiado.

Esa noche, mientras contábamos la experiencia a nuestros amigos, alguien tocó el timbre. Era Sumac. Estaba allí, en Buenos Aires, como si hubiera viajado siglos y distancias en un instante. Nos entregó un pequeñísimo engranaje dorado, idéntico a los del reloj y dijo con una sonrisa enigmática:

.- El reloj los eligió a ustedes dos. Ahora el tiempo está en sus manos.

El silencio en la sala fue absoluto. Nadie entendía qué estaba pasando. Ni siquiera nosotros. Pero una cosa es segura: esta historia no terminó en Cusco. Apenas comenzaba.


Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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