Tengo 75 años. Vivo sola. Y no porque no tenga a nadie, sino porque la vida me puso en este camino y me gusta vivir sola, independiente, con la capacidad de decidir intacta. Porque sé valerme por mí misma. Porque he hecho eso toda la vida.
Pero últimamente, noto que los demás no están tan seguros. Siento que me tratan como si no pudiera ocuparme de nada sola.
Me miran raro en la cola del banco cuando pregunto por qué me cobraron el uso de la VISA, si nunca me lo cobran.
Me contestan con condescendencia en la administración pública, como si pedir una clave digital fuera tan exótico como pedir una nave espacial.
Y en el supermercado, cuando pago con el móvil, me sonríen con sorpresa, como si hubiese hecho un truco de magia.
Me pregunto si pienso en la vejez más o menos que otras personas de mi edad. A veces creo que menos, porque no tengo nada de hipocondríaca. No me obsesiona la idea de enfermarme y morirme, sólo me preocupa el marrón que les voy a dejar a quienes queden. Y a veces creo que más, porque sí me obsesiona lo poco que cree en mí esta sociedad en la que es imprescindible ser guapo, joven y flaco (características que me son ajenas).
Esa sensación de dejar de ser parte de la sociedad, de que me traten como una persona que no entiende nada del mundo, no sabe hacer ningún trámite ni resolver ningún problema. O peor, sentir que no sólo me tratan así, sino que efectivamente logran que me sienta así, percatarse que una no entiende nada, no puede ocuparse sola de nada y necesita ayuda para todo.
Trabajé 50 años en informática. Desde las primeras computadoras en las que entraba dentro para programarla porque los mainframe eran salones con paneles para ir metiendo las líneas de programación una a una. Vi nacer las máquinas grandes y morir las cintas magnéticas, los discos duros, las tarjetas perforadas, los disquetes de 5 ¼, los de 3 ½, los de 3 1/2″ HD. Tuve en mis manos más líneas de código que la mayoría de las personas que hoy me explican cómo hacer clic.
Y sin embargo, cada vez que me acerco a una ventanilla o a una app, hay una sospecha implícita: que yo no puedo, que yo no entiendo, que yo no debo intentarlo sola.
Y no es que no tenga problemas, claro. Hay sillones en los que ya no me siento porque no me podría levantar, estantes que se han vuelto inaccesibles, escaleras de mano que ya no me atrevo a intentar subir.
Hay mañanas en las que el cuerpo se niega a arrancar. Días en los que la estupidez del empleado que me atiende telefónicamente y me contesta a lo que no le estoy preguntando, como si no hubiera escuchado nada de todo lo que le he comentado, me pone nerviosa, me agota y me da rabia ser tan educada que no me permito mandarlo a la mierda.
A veces siento que me escuchan con paciencia, soportando olvidos y repeticiones. Y sí, a veces olvido una palabra, un número, y no olvido una cita porque mi iPad me las recuerda.
Pero también hay otras cosas que no olvido. No olvido lo que es tener que pelear por un lugar, siendo mujer en un mundo de hombres con corbata y soberbia. No olvido lo que es ayudar, sostener, cuidar, educar. Y no olvido que seguir viva no es sólo respirar, es decidir, elegir, enojarse, amar, divertirse, crear, imaginar, participar.
Me duele más que las rodillas, y eso ya es bastante decir, que la sociedad haya decidido que la vejez es una forma de desaparecer de a poco. Que se nos empuje hacia la orilla, como si fuéramos ruido de fondo.
Como si ya no tuviéramos nada que decir, ni que aportar, ni que aprender. Amo aprender y me meto en aplicaciones que tardo siglos en manejar. Pero cuando lo logro… festejo a lo grande.
Tengo familia, sí. Una maravillosa familia a quien amo con todo mi ser. Algunos están cerca, otros lejos. Tengo amigos también, cada vez menos. La parca no perdona. Y no siempre entienden lo que quiero decir. Con ellos también hay que tener paciencia, explicar que la ayuda no es imponer, que si la necesito, la pido.
No necesito que me digan cómo vivir. Necesito que me escuchen cuando lo cuento yo. Porque sigo siendo yo. Con años encima, sí, pero también con años dentro.
Con pasado, pero también con presente y futuro. ¡Sí, con futuro!
A veces me pregunto si tendré tiempo y fuerzas para todo lo que me gustaría seguir haciendo. No lo sé.
Pero lo que sé es que hoy estoy. Y hoy quiero ser tratada como alguien que sigue contando.
No como una carga.
No como un estorbo.
No como una reliquia simpática de otra era tecnológica, que cuenta sus batallitas.
Sigo aprendiendo.
Sigo equivocándome.
Sigo necesitando cariño, respeto y la posibilidad de decir “yo sola puedo”, aunque a veces también quiera que me tomen de la mano.
No tengo un pie afuera del mundo.
Estoy entera adentro.
Sólo quiero que lo vean.
Sigo estando aquí.
Desgraciadamente con la edad nos volvemos invisibles y nos tratan con condescendencia, como a niños o como si fuéramos unas ignorantes. El edadismo es uno de los grandes problemas de nuestro tiempo y eso que cada vez los mayores están más preparados y son más autónomos y capaces (siempre que no les falle la salud) porque vienen siendo independientes desde lejos. Buen relato. Un abrazo!
Hola lady_p
Sí, tienes razón, nos volvemos invisibles. No somos los únicos, compartimos ese estigma con muchos seres humanos como los inmigrantes y los menos privilegiados por la fortuna. De ellos suelo acordarme en mis entradas del blog. Pero hoy me apetecía volver a protestar por «el edadismo», una vez más y van… ¡Quién sabe! Dicen que una gota de agua que cae regularmente sobre una piedra, logra horadarla. Tal vez, algún día, logramos que la gente se cambie de gafas.
Gracias por tu comentario. Un abrazo fuerte para ti también.
Siempre, siempre, me has parecido un encanto.
🥰🥰🥰
Gracias primo. Te extraño y espero verte en el festejo de Magda.
Te buscaré las fotos, no te preocupes.
Me alegro mucho que estés MUY BIEN!
Un beso grandote.
Hola Marlem, desgraciadamente el edadismo parece instalarse en esta sociedad que ha perdido todos sus valores. Un abrazo
Hola Nuria
Sí, deberíamos replantear muchas cosas en esta sociedad que estamos creando. ¡Pero estamos demasiado ocupados gritando furiosos contra los demás. ¿Cuándo nos daremos cuenta?
Gracias por tu comentario. Un abrazo.
En esta crisis de valores que tenemos, cada vez se respeta menos a los mayores e incluso se les infravalora cuando deberían ser un referente en cuanto a sabiduría y experiencia de vida. Las redes sociales han influido mucho en esto, sólo se valora la apariencia y se desecha lo que no concuerda con los estúpidos cánones de belleza actuales. Pero todas las personas que caen en el terrible error de invisibilizar a los mayores no se dan cuenta que el tiempo pasa para todos y algún día también serán mayores. Un abrazo muy grande Marlem, este post es para enmarcar.
Hola Lola
Sí, es cierto, es uno de los grandes valores que vamos perdiendo con esta sociedad apurada en desandar camino: el respeto, la empatía, las ganas de hablar y escuchar a quien quieres… Hubo un tiempo en el que se reunía a a todo el poblado o a toda la familia para escuchar la voz de la experiencia. Ahora muchas familias se apuran en sacar al viejo o vieja de su casa, para que lo cuiden en un geriátrico. No sé si se debe tanto a las tan criticadas redes sociales, o a un aumento de la velocidad, del egoísmo, o de la falta de amor. Pero tienes razón en que sólo se valora la apariencia y se desecha lo que no concuerda con los estúpidos cánones de belleza actuales: hay que ser joven, guapo y delgado.
¡Si tuvieran la capacidad de reflexión suficiente para entender que, con un poco de suerte, ellos también serán viejos!
Muchas gracias por tu comentario. Un abrazo grande
Marlen