La luz tenue de la farola apenas iluminaba el callejón empedrado de Montmartre. La silueta de Patricia yacía inmóvil sobre el suelo húmedo. Un charco de sangre dibujaba arabescos entre las grietas de las piedras, como si la ciudad intentara absorber aquel crimen en su historia.
El inspector Mathieu Morel, con su gabardina bien abotonada y un cigarro a medio consumir, miraba el cuerpo con expresión inescrutable. Sus ojos grises, fríos como el acero, escrutaban cada detalle con la precisión de un relojero.
.- Es curioso —murmuró, sacando un cuaderno de notas—. Su bolso sigue aquí, sin señales de robo. Esto no es un simple asalto.
Su mirada afilada recorrió el entorno, cada piedra, cada sombra, cada grieta en la pared cubierta de humedad. Entonces, sacó de su bolsillo un pequeño frasco y con una pinza tomó un imperceptible hilo rojo enredado en los dedos de la víctima.
.- Un hilo de lana… Demasiado fino para ser de su abrigo. ¿De dónde es?
Pero volvamos atrás en el tiempo, apenas unas semanas atrás.
Patricia Lambert era una mujer de una belleza serena, de esas que parecen habitar en un mundo ligeramente distinto al de los demás. De aspecto español, sus cabellos oscuros caían en ondas suaves sobre sus hombros, y sus ojos, de un negro imposible, ocultaban una inteligencia afilada tras una aparente dulzura.
Era habitual verla en el Café Le Consulat, un lugar de bohemios y soñadores, donde el aroma a café y tabaco flotaba en el aire. Siempre con un libro en la mano y su copa de vino tinto, sumida en pensamientos que nadie más compartía. Los parroquianos del café murmuraban sobre ella, sobre su acento extranjero, sobre su vida misteriosa, sobre el hombre que, de vez en cuando, se le acercaba con cautela.

Henri Delacroix, escritor mediocre y jugador desafortunado, solía compartir mesa con Patricia. Bajo su aspecto descuidado, con su traje raído y su corbata torcida, se escondía un hombre temeroso, siempre al borde del abismo. Se le veía inquieto cuando hablaba con ella, como si supiera que sus palabras podían costarle algo más que su orgullo. Y Patricia, con su media sonrisa y su mirada penetrante, parecía disfrutar de aquel poder.
.- Patricia, tienes que ayudarme —suplicó Henri en una de aquellas noches—. Me están buscando. No tengo a dónde ir.
Ella, con su habitual parsimonia, movió lentamente su copa y lo miró fijamente.
.- Henri, si uno juega con fuego, debe aceptar que tarde o temprano se quema.
El escritor tragó saliva. Ella sabía demasiado.
Mathieu Morel hojeaba los informes con meticulosidad. Patricia había sido vista con Delacroix pocas horas antes de su asesinato. Y, según el camarero del café, no era la primera vez que discutían. Pero él estaba seguro que aquel hilo rojo… Su fino grosor sólo podía corresponder a una prenda específica: un guante.
Salió del despacho a paso firme. Encontró a Delacroix en su diminuta buhardilla del Quartier Latin, donde el escritor llenaba apresuradamente una maleta. Libros y papeles estaban esparcidos por el suelo, como si hubiese intentado borrar su rastro en el último momento. Un olor a whisky barato impregnaba la habitación.
.- ¿Se va de viaje, monsieur Delacroix? —preguntó Morel, con una leve sonrisa irónica.

.- Yo… necesito aire, inspector. No entiendo por qué…—balbuceó el escritor, su frente perlada de sudor.
Morel sacó de su bolsillo el hilo rojo y lo sostuvo frente a los ojos de Delacroix.
.- Curioso que sea del mismo material que el forro de sus guantes, monsieur. ¿No diría usted lo mismo?
El escritor palideció. Sus manos temblaban mientras intentaba encontrar una excusa.
.- Fue un accidente… Ella… me amenazó con contar todo. Yo… yo no quería…
El inspector suspiró. Aquel asesinato no había sido un simple crimen pasional. Había sido una jugada desesperada de un hombre atrapado en su propia red de mentiras. Y Patricia, con su conocimiento peligroso, había sido la ficha sacrificada.
O eso parecía.
Mientras Henri era escoltado por los gendarmes, Morel volvió a la escena del crimen. Algo no encajaba. Observó el callejón con nuevos ojos y reparó en un pequeño detalle: un botón dorado de dos agujeros en el suelo, apenas visible bajo un montículo de hojas secas. Morel lo recogió con cuidado.
No era de Patricia. No era de Henri.
De pronto, recordó algo.
El camarero del café le había contado que dos noches antes del crimen, Patricia había tenido un misterioso visitante: un hombre alto, elegante, de cabello engominado. Un diplomático, según su parecer.
Ante la pregunta del inspector, confirmó que el personaje llevaba un abrigo con botones dorados.
Morel sonrió para sí mismo. Henri Delacroix era un pobre diablo, sí, pero no un asesino. Lo habían usado como chivo expiatorio. Y el verdadero culpable aún creía que había cometido el crimen perfecto.
Al final, la verdad siempre se encuentra en los detalles. Y Mathieu Morel, como buen observador de la naturaleza humana, sabía que hasta el más mínimo hilo podía deshilachar un crimen perfecto.
Encendió otro cigarro y exhaló el humo lentamente, contemplando la ciudad. París tenía muchos secretos, pero los secretos no permanecían enterrados por mucho tiempo. Él siempre encontraba la forma de desenterrarlos. Y esta vez, la caza apenas comenzaba.
Las imágenes que acompañan este relato son acuarelas de Paris, del artista Kal Gajoum.
¿Estás ideando sacar adelante una policiaca, Marlen?
¿Une court roman d’un inspecteur de police?
Pues eso espero, porque me has dejado con la intriga de saber si monsieur Morel se atreve con las altas instancias.
Una mujer fatal, un escritor perdido, un inspector sagaz y un asesino que se cree impune. Unos mimbres muy buenos para cocinarnos un plato apetitoso. ¡Dale caña! 😜😁🤟🏻
Ya me contarás.
Abrazo Grande.
Hola Jose
¡Ja Ja Ja! Vi un capítulo de la serie «Vera» en Filmin. Es una inspectora de policía muy diferente de lo que conocemos como gente que se dedica a eso, más en el estilo de «Colombo», que me encanta. Y me pregunté si sería capaz de generar intriga en un relato. Así que me puse a escribir y me resultó entretenido. Muy lejos de lo que suelo escribir, pero ya sabes que me gusta aprender y meterme en fregados extraños. No es lo mío, no creo que engancha, pero algo salió. Y tu comentario y el de Marcos, que acabo de leer, me confirman que todo se puede intentar.
Además, recuperar alguna acuarela que tengo guardadas, hablar en francés y pasear por Paris, escudriñando las piedras de las callecitas parisinas, ¡me encantó! En cuanto a Mr. Mathieu Morel, sería incapaz de no seguir una investigación. Es más fuerte que él, caiga quien caiga…
No tengo intención de seguirlo e inmiscuirme en sus asuntos. Pero ya sabes, «Nunca digas nunca». Voy a intentar inventarme antes una máquina de elastizar el tiempo. 🤣😂🤣
Muchísimas gracias por tus comentarios. Un abrazo grandote.
Hola, Marlen. Tu imperceptible hilo rojo nos sumerge en un Montmartre oscuro y misterioso con una historia que destila intriga y atmósfera parisina, y eso me apetece mucho. La muerte de Patricia en un callejón, el inspector Mathieu Morel con su gabardina y cigarro, y el hilo rojo como pista clave crean un ambiente de novela negra clásica que engancha desde la primera línea. La prosa es elegante, con imágenes como el charco de sangre formando arabescos o el café bohemio Le Consulat. El giro del botón dorado, que apunta a un culpable oculto más allá del atribulado Henri, añade una capa de suspense que deja con ganas de más. Tu historia brilla por su ritmo, su atención al detalle y la promesa de que Morel desentrañará el enigma.
¡Un abrazo!
Hola Marcos
Me alegra que te haya enganchado lo suficiente para disfrutar el paseo por las calles de Paris, siguiendo a Mr Mathieu Morel. Estoy segura que logrará resolver el enigma y encontrar al verdadero culpable. Aunque no creo que yo lo siga en sus aventuras. Esto era sólo una prueba. ¡Ya veremos!
Por lo pronto, quería darte las gracias por tu comentario. Me ha gustado y me ha divertido intentar un relato tan alejado de lo que suelo escribir.
Un abrazo grande.
Marlen