El imperceptible hilo rojo (2ªParte)

Esta es la continuación del relato “El imperceptible hilo rojo”, une “nouvelle policière”  que tiene a Mathieu Morel como protagonista. Y, desde luego, Monsieur Morel no será Sherlock Holmes, pero es una persona inteligente, observadora y perspicaz a quien nada se le pasa por alto. Las imágenes que acompañan este relato son acuarelas de Paris, del artista Kal Gajoum.


El sol despuntaba perezoso sobre las cúpulas de Montmartre cuando el inspector Mathieu Morel llegó al despacho del embajador Von Abstammung, en el 7º arrondissement.
.- Inspector Mathieu Morel. —se presentó, mostrando su carnet.

El diplomático, impecable en su traje azul medianoche, sonrió sin bajar el periódico.

.- ¿Puedo ayudarle?

.- Me temo que sí. —Morel le devolvió una sonrisa torpe mientras se sacaba un papel arrugado del bolsillo—. Estoy investigando un pequeño… malentendido. Se trata de un hilo rojo y un botón dorado.
.- ¿Perdón? —La sonrisa del diplomático se tensó.

.- El hilo, hallado en la mano de la señorita Patricia Lambert. Y el botón, en el callejón donde murió.
Morel alzó una ceja.
.- Resulta curioso, ¿no cree? Igual de curioso que el acuerdo comercial entre su embajada y cierto banco suizo… el mismo banco donde Patricia Lambert estuvo trabajando antes de llegar a París.
Von Abstammung dejó lentamente el pocillo de café sobre el platillo.
.- Inspector, espero que no esté insinuando…

.- ¿Insinuando? —Morel se encogió de hombros—. ¡En absoluto! Es sólo que… me inquieta pensar que un hilo tan fino pueda tirar abajo la respetable fachada de un diplomático.
Sonrió, como disculpándose.
.- Y no querría molestar a su excelencia con interrogatorios… salvo que, claro, se negara a colaborar.

El diplomático mantuvo la calma durante tres segundos exactos, antes de sonreír con fría educación.
.- Inspector, su ironía es tan… francesa.
.- Viniendo de usted, señor embajador, eso es casi un piropo. —Morel se levantó, haciendo un gesto despreocupado hacia la puerta—. Nos veremos pronto.

Le 7º arrondissement

Esa noche, Mathieu Morel repasaba sus notas en el Café Le Consulat, cuando el camarero se le acercó.
.- Inspector, creo que esto es suyo. —Dejó sobre la mesa un ticket de una lavandería cercana y una etiqueta.
.- ¿Y esto?
.- El diplomático. Lo olvidó en su última visita. Había hecho una pregunta en la lavandería, había hecho lavar un abrigo… hace tres días.

En la etiqueta, garabateado: “Rue Lepic, medianoche. P.L.”

Morel entrecerró los ojos. Patricia Lambert.

Pero en el reverso, una palabra le hizo fruncir el ceño:
“Delacroix.”

La trampa era evidente. Delacroix era el perfecto perdedor para cargar con el muerto (Nunca mejor dicho). Pero… había algo más.

En el rincón izquierdo del café, el periodista Armand Lefèvre bebía absenta.
.- ¡Curioso, inspector! —musitó el periodista—. Dicen que los diplomáticos son discretos. Este ni eso.
.- ¿Lo conoce? —preguntó Morel.
Lefèvre sonrió.
.- Digamos que conozco sus amantes.
.- ¿Y Patricia?
El periodista soltó una carcajada seca.
.- Patricia era la única que no se dejó comprar. Ni por él… ni por usted, inspector.
.- ¿Cómo dice? —Morel alzó una ceja.
.- No todo es lo que parece. —El periodista se levantó y dejó la copa medio llena—. En París, las piezas nunca están donde uno cree.

A las dos de la madrugada, Mathieu Morel recibió una llamada de la Préfecture de Police.
Delacroix… se había suicidado en su celda.
O eso parecía.

Sobre la mesa del escritor, un papel:
“Yo la maté. No podía vivir con la culpa.”

Demasiado limpio. Demasiado rápido.
Y Morel, mientras encendía un cigarro, sonrió con la calma de quien ya veía más allá del juego.

El verdadero asesino aún no había jugado su última carta.
Pero el inspector tampoco.

La partida apenas comenzaba.

El día amanecía plomizo cuando el inspector Morel decidió hacer algo que no estaba en el manual: visitar a la abuela de Henri Delacroix. La señora Berthe Delacroix vivía en un edificio antiguo del 7º arrondissement, rodeada de geranios y gatos de porcelana.

Morel tocó el timbre. La puerta se abrió tras un largo minuto.

.- ¿Usted es el policía? —preguntó Berthe sin rodeos—. Pase. Ya era hora.

El salón estaba cargado de tapices y el aroma persistente de laurel y alcanfor. Berthe, de cabellos blancos recogidos y mirada afilada, lo condujo hasta una pareja de sillones ajados.

.- Henri no era un asesino, inspector. —Su voz sonaba más a certeza que a esperanza.

.- ¿Y cómo puede estar tan segura, madame?

La anciana sonrió con un destello malicioso.

.- Porque la noche del crimen, Henri estaba conmigo. Jugábamos al ajedrez. —Sacó un tablero del cajón del bureau—. Este. La partida sigue sin terminar. Henri no sabía mentir, inspector. Siempre perdía. Perdía en todo.

Morel miró el tablero. La reina blanca tenía un diminuto hilo rojo enganchado en su base.

.- ¿Y esto? —preguntó.

Berthe asintió.

.- Cosía un foulard para él, a juego con los guantes. Ahí sobre la mesilla están las agujas con la lana. Henri se llevó los guantes que ya estaban terminados.

El inspector salió pensativo. ¿Entonces el hilo… no lo ataba al crimen, sino que lo liberaba?

Ambiance des rues

De vuelta en Montmartre, las piezas del puzzle se desplazaban en la mente de Morel como las del ajedrez inconcluso. Estaba claro que Henri había sido una pieza sacrificada.

Al día siguiente, un soplo confidencial le condujo al hallazgo: la embajada donde Von Abstammung trabajaba, servía como fachada para una red diplomática secreta. Informes filtrados confirmaban lo que se murmuraba en los bajos fondos: tráfico de secretos militares entre Francia e Israel, utilizando canales diplomáticos para evitar cualquier control.

Patricia Lambert había descubierto la red al gestionar unas transferencias. No se trataba de un crimen pasional. Era simple espionaje.

Pero el verdadero giro llegó cuando Mathieu Morel recibió una carta.

Firmada por Patricia Lambert.

“Inspector Morel,

Si está leyendo esto, significa que los ingenuos jugaron sus movimientos como estaba previsto. Henri, el pobre, cayó como debía. Von Abstammung cumplió su papel. Yo sólo necesitaba un cadáver… y un cebo.

No busque mi cuerpo. Tampoco al asesino. Ambos ya están lejos. Hay cosas que ni usted puede atrapar.

Pero le agradezco el esfuerzo. La partida ha sido… deliciosa.”

Morel sonrió, plegó la carta y encendió otro cigarro. El humo dibujaba en el aire un arabesco perfecto.

A veces, pensó el inspector, la reina no sólo sobrevive… también dirige el juego sin que nadie lo advierta.

Y Patricia… Patricia era la reina.

La partida había terminado.

Panthéon de Paris

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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