Crónicas de una paciencia infinita

Hospital de Pediatría Garrahan, Buenos Aires.
Séptimo piso, sala de trasplantes.

Día 187
“Hoy Carlitos preguntó si, cuando le pongan el corazón nuevo, le van a poner también los recuerdos de otra persona. Yo le dije que no, que los recuerdos son como los stickers: se pegan al alma, no al corazón. Entonces me miró serio y me dijo: ¡Ah, mejor, porque yo quiero seguir sabiendo quién es mi equipo favorito… aunque Boca me dé dolores de cabeza!”
Mirta cierra el cuaderno despacio y sonríe. No sabe si lo escribe para no olvidar o para no enloquecer. Escribir es su refugio. Entre paredes blancas, sonidos metálicos y olor a alcohol, cada palabra la mantiene cuerda. En esa sala, los días se confunden, las noches son eternas y el tiempo parece medirse en latidos.
Lleva seis meses viviendo en esa habitación blanca, con una ventana que da a una terraza llena de macetas marchitas. Un universo reducido a 6 metros cuadrados y medio, un perchero desnivelado, un televisor colgado del techo que sólo funciona en canales de cocina, y el ruido constante de las máquinas midiendo cada latido de su hijo: Carlitos, cinco años, paciente número 42 de la lista nacional de espera de trasplante cardíaco.

Día 192
El Garrahan no duerme. El hospital es un organismo vivo, que respira, late y gruñe. El Garrahan tiene un olor que no se olvida. No es sólo alcohol y desinfectante, es un cóctel extraño de sopas recalentadas, sueros abiertos, medicamentos dulzones y miedos viejos que se cuelan en cada respiración. Hay momentos en que la mezcla se hace tan densa que parece que se pudiera cortar con las manos.
El aire está lleno de sonidos superpuestos: el pitido intermitente de los monitores cardíacos, el zumbido constante de los respiradores, el chirrido de las ruedas de las camillas sobre el piso encerado. Cada tanto, un portazo rompe el ritmo. Y en el fondo, como un eco lejano, se escucha el llanto de algún bebé o la risa espontánea de un niño que, por un segundo, olvida dónde está.
Las enfermeras caminan rápido, con zapatillas blandas que no hacen ruido. Los médicos hablan en voz baja, pero siempre hay un murmullo de fondo, como si el hospital tuviera un lenguaje propio que los demás no entienden. A ratos, alguien abre la ventana de la sala y entra un soplo húmedo de Buenos Aires con olor a lluvia, mezclándose con el aroma áspero de las soluciones antisépticas.
Mirta cierra los ojos y respira hondo. Todo huele a espera, a espera…nza, se empeña en creer.
La sala de trasplantes es un pequeño universo. Allí, la familia de cada niño aprende a convivir con la incertidumbre.
En la sala hay otros niños: Sofi, de 7 años, que dibuja corazones siempre con crayones verdes, porque dice que los rojos “ya vienen con mucho uso”. Thiago, de 9, que siempre gana al “Tres en raya” aunque nadie entienda cómo. Y los mellizos Torres, de 6, que usan los barbijos como gomeras para armar batallas de caramelos. Carlitos los mira desde su cama, cansado pero atento, y cada tanto suelta una carcajada que le hace saltar los cables de los monitores.
Mirta pasa las noches sentada al lado de la cama de Carlitos, contándole cuentos que inventa sobre la marcha: gauchos que montan ñandúes gigantes, pingüinos filósofos en Ushuaia, dragones que duermen bajo las cataratas del Iguazú. Siempre terminan igual:
.- ¿Y nosotros vamos a ir ahí, má?
.- Cuando te pongas fuerte, Carlitos. Vamos a conocerlo todo.
.- ¿Hasta los dragones?
.- Hasta los dragones.
A veces canta bajito canciones que su abuela le enseñaba en Mendoza. Carlitos la escucha con los ojos cerrados y la respiración entrecortada. “Para que me olvides si quieres, te olvidaré yo primero.” Después se ríen, porque su abuela decía que esas letras eran puras mentiras: nadie olvida a nadie.

Día 193
Hoy fue distinto. Llegaron los payasos, tres jóvenes con pelucas fluorescentes, zapatones rojos y narices que brillaban en la oscuridad. Entraron en la sala cantando:
.- Señoras y señores… ¡con ustedes el corazón más valiente del hospital!
Y señalaron a Carlitos.
Él, que al principio se tapó con la sábana, terminó participando en un “Concurso de risas” que Sofi ganó de puro contagio. Thiago se enojó porque aseguraba que su risa era “más científica”, y los mellizos hicieron estallar un globo justo en el oído de una enfermera.
Mirta reía tanto que olvidó por un instante dónde estaban. Esa noche escribió en el diario:
“A veces, la espera se disfraza de carcajada. Y parece más corta.”

Día 197
Mirta recibió una sorpresa: dos amigas de la secundaria, Lucía y Paula, aparecieron con una caja enorme envuelta en papel brillante. Llevaban años sin verse, pero al enterarse de la situación, decidieron visitarlos. El regalo: una manta preciosísima con dibujos de dinosaurios.
.- Para que Carlitos se tape bien mientras espera su corazón nuevo, —dijo Lucía, tratando de contener las lágrimas.
Carlitos, sin perder la oportunidad, les preguntó:
.- ¿Y si mi corazón nuevo también quiere dinosaurios?
Se fueron riendo, prometiendo volver con medialunas de verdad, no esas que huelen a cartón del buffet del hospital. Mirta no pudo evitar sentir un abrazo silencioso en el alma. Recordó lo sola que se sentía desde que el padre de Carlitos se fue. Hoy, un poco menos.

Día 202
Carlitos está obsesionado con un cuento que Mirta le inventó: “El dragón que perdió su fuego”. Cada noche pide un capítulo nuevo. En el último, el dragón descubrió que su fuego no estaba dentro de él, sino en los amigos que lo ayudaban. Sofi, desde la cama de al lado, gritó:
.- ¡Eso es una metáfora!
Y Thiago replicó indignado:
.- No, es magia científica.
Mirta anotó: “Cuando un niño enfermo te corrige sobre metáforas, entendés que la vida es demasiado corta para pelear por conceptos.”

Día 203
El padre de Carlitos no llama. Hace meses que se fue “a respirar un poco”. Mirta aprendió a no esperar. Aprendió a pedir cafés aguados en el kiosco del hospital, a hacer camas diminutas con manos temblorosas, a distinguir el sonido de cada máquina. Aprendió también a reírse del absurdo.
.- Mamá, ¿qué pasa si mi corazón se queda dormido y no despierta?
.- Entonces le canto “Despacito” a todo volumen y se despierta del susto.
.- ¡No, por favor, cualquier cosa menos eso!
Ríen. Y en esa risa viven un ratito más.
De noche, el hospital respira distinto. El bullicio del día se disuelve, pero no llega el silencio. Hay otro sonido, más profundo, más constante, como si el edificio entero latiera con los niños.
En la sala, los monitores cardíacos marcan un compás irregular: bip… bip… bip…. Cada uno distinto, como pequeñas orquestas descoordinadas. A veces, un pitido largo atraviesa el aire, seco y cortante, seguido por pasos apresurados y murmullos. Después, todo vuelve a ese falso silencio lleno de electricidad.
En el pasillo, las ruedas de una camilla rechinan suavemente. Los carros de enfermería se deslizan como fantasmas, empujados por figuras en pijamas verdes que hablan con un hilo de voz. En la esquina del ala sur, alguien enciende una máquina de oxígeno, y el zumbido grave parece llenar toda la planta.
Desde la ventana, el sonido lejano de la ciudad se cuela como un recordatorio de otro mundo: autos, sirenas, lluvia golpeando techos de chapa. Buenos Aires sigue viva, ajena a las vigilias infinitas de este piso.
A esa hora, los padres que aún no duermen se convierten en sombras. Algunos rezan con los labios cerrados, otros miran el celular sin ver nada. Hay quienes escriben diarios, como Mirta. Cada página se llena de pensamientos que sólo existen en la madrugada: miedos que se inflan, recuerdos que duelen menos, promesas que uno se obliga a creer…
De pronto, un niño ríe dormido. Otro llora. Y el hospital sigue latiendo.
Siempre late, incluso cuando parece dormido.

Día 217
Llega la noticia. Hay un donante.
Los médicos lo dicen con voz neutra, casi ensayada. Mirta la recibe como quien sostiene un vaso de cristal muy fino, siente un peso extraño en el pecho. Alguien, en algún lugar, perdió un hijo. Y su hijo podría vivir gracias a eso. Llorar y sonreír a la vez es como tener dos corazones en guerra.
Los médicos no sonríen, porque saben que mientras alguien celebra, otra familia llora.
La operación está prevista para el amanecer. Le dicen que se prepare. Que hay riesgos. Que no hay garantías. Pero esas palabras se pierden. Sólo queda una frase rebotando en su cabeza: “Hay un donante.”
Esa noche, Mirta escribe su entrada más larga. Recuerda los viajes que hará con Carlitos: “Mañana podrías caminar por el glaciar Perito Moreno, mañana podrías comer tortas fritas bajo una tormenta en Salta, mañana podríamos subir juntos al tren de las nubes y sentir el vértigo del cielo. Mañana podrías ver dragones. Pero mañana no existe todavía. Sólo tenemos esta noche.”
Carlitos duerme. Ella le acaricia la frente. En la penumbra, el monitor sigue marcando cada latido. Tic. Tic. Tic.
.- Te prometo que vamos a ver dragones —susurra.

Día 218
Amanece gris sobre Buenos Aires. Afuera llueve. La camilla se aleja despacio por el pasillo blanco, con Carlitos envuelto en la manta de dinosaurios. Mirta camina detrás, sin lágrimas, sin voz, con los dedos apretando el cuaderno.
Cuando llegan a la puerta del quirófano, Carlitos la mira y aprieta su mano.
.- Mamá, ¿y si el nuevo corazón no me quiere?
.- Va a quererte tanto que no le va a alcanzar el pecho —responde ella, sonriendo como puede.
El quirófano se cierra tras una puerta pesada. Mirta se queda afuera, con el cuaderno entre las manos. Piensa en dragones, pingüinos filósofos, gauchos en ñandúes gigantes. Piensa en todos los “mañanas” que dibujó para él... Y entonces, el silencio.

Día…?
El quirófano sigue cerrado.
Los monitores suenan detrás de la puerta, un ritmo irregular que a veces sube, a veces baja.
No hay nueva entrada en el diario.
No todavía.
Mirta no escribe.
En el pasillo, espera sentada en un banco de metal frío. Afuera, la lluvia golpea las ventanas del Garrahan. Piensa en canciones de su abuela. Y espera. Sólo espera.
Esta historia termina aquí.
Porque a veces, la espera es también parte del relato.
“Toda mi vida cabe en este instante: tu pequeña mano, mi paciencia infinita.
Se detiene el mundo en mi pecho… dejo que la esperanza respire por mí.”

En el blog “VadeReto” de Jose Ant. Sánchez, existe este reto literario que me encanta. Es una invitación a escribir, sólo un tema
cada mes, que puedes desarrollar como más te guste.
El VadeReto de este mes, tratará sobre la BENDITA PACIENCIA.
El tema es que hagáis hincapié más en la falta de ella que en la cualidad de tenerla
o, también, en la necesidad de cultivarla y ponerla en práctica.
No hay más condiciones este mes. Podéis usar el cuento como moraleja, una historia en tono de humor o en el más intrigante terror. Cualquier tiempo y personajes son admitidos.
¡No os los perdáis! Podéis leer el resto de aportes aquí:

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

26 comentarios sobre “Crónicas de una paciencia infinita

  1. Ufff Marlen, ¡qué bueno! Destaco las descripciones tan bien armadas que hacen que uno viva el ambiente del Garrahan. Haces que sintamos el corazón oprimido por Carlitos y su madre. Y el final fue perfecto para el VadeReto del mes. Nos quedaremos esperando, sin saber, si Carlitos sobrevivió la operación. Yo imagino que sí lo hizo, pero como no tengo certeza, quizá deba esperar a que hagas la continuación. Haciendo uso de una paciencia que ya no tengo jajaja. Y bueno otra cosa que me gustó mucho son las alusiones a la vida en Argentina, sus lugares de interés, sus tradiciones. Un relato muy hermoso, te felicito.

    1. Hola Ana. ¡Cómo me alegro que te hayan gustado las descripciones del Hospital Garrahan! Tengo la grandísima suerte de no haber tenido nunca que vivir una estadía en este lugar. Y digo que tengo suerte, no porque atiendan mal a sus pacientes, todo lo contrario. Sino porque eso significa que tendría un niño o niña que, como Carlitos, estuviera internado.
      Pero me puse fácilmente en el lugar de Mirta. Desde hace un tiempo me desespera la situación del hospital (te envío un artículo de julio que cuenta lo que está pasando con la salud en mi querida Argentina: https://www.eldiario.es/internacional/hospital-garrahan-javier-milei-salud-publica-argentina_1_12473949.html).
      En cuanto al final, seréis vosotros quienes decidáis lo que pasa con el niño que pregunta y pregunta. No sé si en algún momento habrá una continuación por mi parte. Esas cosas se quedan entre las posibilidades por el momento. ¡Hay que tener paciencia! (No la pierdas, por favor).
      Muchas muchas gracias por tus comentarios. Te mando un abrazo grandote.

      1. Sí sabía lo del Garrahan, es una pena. Tengo muchas amigas de argentina y me platican como está la cosa y yo también estoy al pendiente. Ojalá puedan sacar pronto ese gobierno tan cruel. Abrazos Marlen.

        1. Es una vergüenza lo que están haciendo con la educación y la sanidad. Pero la gente está muy polarizada y eso nunca es bueno. Ya veremos. El problema es el desmantelamiento de una institución pionera en América, que será muy difícil recuperar. Estar lejos, ver estas cosas y tener amigos allí es muy triste. Abrazo fuerte, Ana.

  2. Hoy, la tita Marlen no se convirtió en una CuentaCuentos que arremolina a los niños alrededor de la fogata. No nos trajo una fábula de fantasía que contagia risas, sueños y un final feliz. Hoy la tita Marlen se ha convertido en una maravillosa rapsoda que promueve emociones, encoge corazones y provoca que los vellos se pongan a bailar de puro nervio.
    Es curioso, como me dijo una vez un médico, que la palabra que más debería empujar a la paciencia sea la que menos la contempla. Me refiero a «Paciente». No creo que haya un lugar más necesario de Paciencia que un Hospital. Unas veces se vive como invitado y otras como protagonista estelar, pero, en ambos, el enemigo más intolerante e imperecedero es el tiempo.
    Cuando tú eres el ingresado no te queda otra que esperar con estoicismo, pero cuando eres el acompañante, sobre todo uno de los más directos, se duplica la angustia ante la suerte o, tal vez, la fatalidad.
    Enorme relato, amiga. No solo lo has narrado con un derroche de genialidad poética y emocional, también lo has ido contando, a modo de diario, desde el sentimiento de una madre que no puede hacer nada más (y nada menos) que acompañar a su hijo e intentar contagiarle siempre optimismo, amor y esperanza.
    El final es otra bomba, porque todos hubiéramos querido leer cómo el pequeño sale con un corazón nuevo y listo para vivir. Pero tú nos lo dejas para que seamos nosotros los que continuemos la historia. Con esa frase tan preciosa que debería formar parte de las citas de cabecera de un escritor:
    «Porque, a veces, la espera es también parte del relato».
    Felicidades por esta maravilla y muchísimas gracias por ofrecerlo para el VadeReto.
    Abrazo Grande.

    1. Hola Jose
      Después de nuestra última conversación por WhatsApp me quedé con la decisión de elegir el tema para el VadeReto de este mes. Es que venía, desde hace un tiempo rumiando y furiosa por el tema de la sanidad pública en Argentina y las decisiones tomadas por el gobierno actual. Te mando un artículo que acabo de compartir también con Ana y que no quise incluir en el cuento: https://www.eldiario.es/internacional/hospital-garrahan-javier-milei-salud-publica-argentina_1_12473949.html
      Finalmente decidí escribir sobre la «paciencia» que era el tema a tratar, pero situando la escena en este hospital (coincido contigo: «No creo que haya un lugar más necesario de Paciencia que un Hospital»). Me senté en una silla al lado de Mirta y viví la angustia, la esperanza y los instantes de risa forzada o los cuentos imaginativos para Carlitos que iban surgiendo en ese día a día, hasta ese día que aún no tiene número porque es «EL DÍA».
      El final… demasiado fácil verlo salir del Garrahan con su corazón nuevo, demasiado cruel verlo morir en el quirófano. La «espera» parte esencial de la «esperanza» debía formar parte de este final, de este cuento que os llega a los lectores para ser concluido.
      Muchísimas gracias a ti por tus palabras, siempre nos animas a seguir intentándolo. Un abrazo grandote Amigo.

      1. Estas noticias nunca llego a leerlas, no paso del segundo o tercer párrafo. Es tal el cabreo y la impotencia ante tantas injusticias que me rindo y dejo de leer.
        Nunca aceptaré que los 🤬🤬🤬 que nos gobiernen maltraten a los ciudadanos atacando las instituciones que más necesitamos que estén atendidas: La Educación y la Sanidad. Aunque ya sabemos el por qué. Sacan mucha tajada de la privada.
        Pero todavía es peor escuchar los argumentos de quienes les votan para darles la razón. Se tiran piedras sobre sus cabezas y se creen ilustrados.
        Menos mal que parece que las aguas hermanas Argentinas quieren recuperar lo perdido y es posible que arrasen con tanto inepto (seré comedido para que no te cierren este rincón tan necesario). Ojalá
        Abrazo Grande.

        1. Hola Jose.
          Sí, entiendo que no quieras leer noticias de la ineptitud de los gobernantes. Ya tenemos bastante con lo que escuchamos sin querer. Tu último párrafo no lo veo tan claro. El mundo, últimamente, nos sigue sorprendiendo, y no precisamente para bien.
          Un abrazo grande. Gracias por compartir tu reflexión.

  3. ¡Qué hermoso y conmovedor microrrelato! La conexión entre la espera y la vida es tan poética. Las descripciones del Garrahan te transportan directamente allí. Espero ansioso por cualquier continuation, aunque sé que la paciencia es clave. ¡Qué bien contada!

  4. ¡Ay, Marlen! ,¡Qué relato! Tremendo y bellísimo. Con cuánta suavidad has contado el dolor tan impensable de la madre y su esfuerzo por mantener la alegría y el desenfado frente al niño. Y qué bien construido el escenario: nos metes de lleno en esa habitación de hospital para sentir el miedo, los olores, los sonidos, el desconcierto, pero también la esperanza y la ingenuidad de la voz infantil. Un relato precioso, escrito con una delicadeza enorme y una frase final que es el mejor colofón. Me ha gustado muchísimo. Enhorabuena.

    1. Hola Marta
      ¡No sabes cómo me alegra que te haya gustado mi relato sobre la paciencia!
      Los retos son siempre rebuscar por dentro y reflexionar, pero en este caso, venía siguiendo un tema sobre la sanidad pública en Argentina y las decisiones tomadas por el gobierno actual, que me tenía muy furiosa. Y, como era lógico, mi desquite, y presumo que el de muchos de nosotros, es escribir. Así que me metí en la piel de Mirta y sufrí con ella y Carlitos este cuento de amor, esperanza y paciencia.
      En cuanto al final, me gusta mucho que el lector sea partícipe. Tal vez porque desde chica ponía el final a mis cuentos (aunque muchas veces no coincidía con el que estaba escrito).
      Muchas gracias por tu comentario. Un abrazo fuerte, Marta.

  5. Uff se encoge el corazón. Estupendo relato Marlen y totalmente conseguida la atmósfera del hospital, de la habitación y de esos pequeños que luchan por su supervivencia. Al final los hospitales se convierten en una familia cuando los ingresos son muy largos y los acompañantes, protagonistas secundarios de estas historias, conforman un soporte emocional de gran ayuda. Esa al menos, es mi experiencia.
    El final es el que es. La espera y la paciencia forman parte del proceso y por eso es un final perfecto. Enhorabuena. Un abrazo!

    1. Hola lady_p
      Tienes razón, «Al final los hospitales se convierten en una familia cuando los ingresos son muy largos y los acompañantes, protagonistas secundarios de estas historias, conforman un soporte emocional de gran ayuda.» Con su amor, con su contención, sus detalles y charlas, su esperanza y paciencia. Sin ellos, sería mucho más difícil soportar el mal trago.
      En cuanto al final, cada lector tiene la posibilidad de terminar el relato como le parece o le gustaría.Y me alegra que te haya gustado, tanto la historia como el final. Gracias por tu comentario.
      Un abrazo.

  6. Una historia muy bonita, triste y llena de esperanza. A veces la paciencia es nuestra única opción. Y no hay más alternativa que esperar a la puerta de un quirófano llenos de preocupación y esperanza.
    Un saludo

    1. Sí, creo que si hablamos de «paciencia», uno de los lugares en los que inmediatamente pensamos es en un hospital. «Paciencia y esperanza» los dos sentimientos que nos acompañan en esos momentos tan difíciles. Y, a veces, como bien dices, sólo la paciencia acompañando, sufriendo, esperando. Muchas gracias por tu comentario.
      Un abrazo.
      Marlen

  7. Hola, Marlen, uuuffff, me has dejado la lágrima en el ojo. Qué relato más bonito. Lo has dejado sin final para que nosotros lo imaginemos y sí, por favor, final feliz para ese niño con un gran corazón. Enhorabuena, pedazo de relato.
    Un abrazo. 🤗

  8. Hola Marlen. Nos has regalado una historia cargada de detalles sensoriales –el olor a alcohol y sopas recalentadas, el pitido de los monitores, el rechinar de camillas–, creando una atmósfera densa y viva, donde el hospital late como un organismo propio, que consigues integrar con el bullicio lejano de la ciudad y el susurro de la lluvia. A través de los ojos de Mirta, tejes momentos de ternura –cuentos de dragones y gauchos en ñandúes, risas con payasos fluorescentes, la manta de dinosaurios de sus amigas– junto a la crudeza de la espera, marcada por la ausencia del padre de Carlitos, señalando lo frágil que es la esperanza.
    Los otros niños –Sofi con sus corazones verdes, Thiago y su “magia científica”, los mellizos con sus batallas de caramelos– añaden pinceladas de vida en un entorno de lucha, mientras las preguntas inocentes de Carlitos (“¿y si mi corazón nuevo no me quiere?”) y las respuestas de Mirta, llenas de amor, destilan una fortaleza frágil pero inquebrantable. El clímax, con la noticia de un donante y la operación al amanecer, mezcla alivio y dolor –la vida de Carlitos depende de la pérdida de otro–, dejando a Mirta en un silencio expectante frente al quirófano, con su cuaderno como único refugio.

    Dejas un final abierto, con la lluvia golpeando las ventanas y la esperanza respirando por ella.
    Me ha encantado tu historia, sobre todo por su capacidad de encontrar magia en medio del miedo.

    Te felicito, Marlen.
    Fuerte abrazo

    1. Hola Carlos
      Creo que los detalles sensoriales nos acercan a la vida narrada de una forma muy especial. Siempre intento meterme en la vida de mis protagonistas a través de ellos y me gusta hacerlo, aunque sea un caso como este donde todo te lleva a la angustia y el agobio.
      Recuperas muy bien todos los detalles del relato. ¡Gracias! Me alegra que te haya gustado el cuento y que hayas podido encontrar la magia en medio del terrible miedo.
      Un abrazo fuerte también para ti.
      Marlen

  9. Descorazonador y esperanzador a la vez. ¡Qué duro vivir ese momento de conseguir donante y comprender que en algún lugar alguien llora a uno de los suyos!

    Una historia/diario tan veraz que pone los pelos de punta y no puedo evitar preguntarme si, por desgracia, no te habrá tocada vivirla.

    Un abrazo enorme.

    1. Hola Rebeca
      Sí, vivir ese momento de conseguir un donante y comprender que en algún lugar alguien llora a un niño que acaba de morir, tiene que ser horrible, la alegría y la tristeza mezcladas con los sentimientos. A tu pregunta te diré que no, que por suerte, nunca me ha tocado vivir un momento tan terrible y esperanzador al mismo tiempo. Empecé a pensar en este relato porque venía siguiendo un tema sobre la sanidad pública en Argentina y las decisiones tomadas por el gobierno actual, que me tenía muy furiosa. Y, como era lógico, mi desquite, y presumo que el de muchos de nosotros, es escribir. Así que me metí en la piel de Mirta y sufrí con ella y Carlitos este cuento de amor, esperanza y paciencia.
      Siento que te haya puesto los pelos de punta, pero me alegro porque eso significa que te han llegado las emociones que intentaba traspasar.
      Gracias por tus palabras. Un abrazo grandote para ti también.
      Marlen

Deja un comentario

error: Content is protected !!

Descubre más desde El blog del Trujamán

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo