El hospital Al-Shifa parecía contener el último aliento de Gaza.
El aire estaba impregnado de una mezcla extraña: cloro, sudor, sangre seca… y polvo, siempre el polvo. Nour caminaba por el pasillo principal con pasos cortos, evitando mirar demasiado a los lados. Sabía que, si se detenía un segundo a observar cada camilla, cada cuerpo pequeño cubierto con sábanas grises, su fuerza se quebraría.
Afuera, la ciudad ardía. Adentro, el silencio sólo era roto por los quejidos, el llanto de madres, el zumbido intermitente de máquinas al borde del agotamiento. Y sobre todo, por ese sonido constante: un dron.
Un insecto mecánico sobrevolando el hospital día y noche, como si vigilara cada respiración, como si decidiera quién podría tomar el siguiente aire.
.- No nos permiten evacuar —susurró Amir, el enfermero más joven—. Dicen que es zona “segura”, pero…
Nour no respondió. Había aprendido que, en Gaza, las palabras “segura” y “esperanza” podían convertirse en trampas.
Entró a la sala de pediatría. Veintitrés camas ocupadas. En la número siete, un bebé conectado a un respirador improvisado: un tubo plástico atado con cinta y un generador prestado que se apagaba cada dos horas.
Debe seguir funcionando.
Por él. Por los demás.
Nour no tenía tiempo para pensar en su propio miedo. Cada minuto era un combate. Mientras intentaba estabilizar a un niño con quemaduras, escuchó a otro empezar a toser con fuerza. El olor a plástico derretido se colaba por las ventanas, traído por el viento. A lo lejos, un estallido hizo temblar los cristales.
.- ¡Conseguimos otra bombona de oxígeno! —gritó Hala, una voluntaria, al entrar corriendo. Sonrió, y por un segundo, el hospital pareció respirar con ellos. Era un triunfo minúsculo, pero un triunfo al fin.
Esa noche, Nour subió a la azotea. Necesitaba ver el cielo, aunque fuera para confirmarse que todavía existía. Desde allí podía distinguir la línea difusa del mar, apenas iluminada por las bengalas. El dron seguía allí, un punto invisible que emitía su zumbido incesante. Cerró los ojos y se permitió imaginar, por un instante, que era el mar quien rugía y no la guerra.
Sacó su pequeño cuaderno y escribió, con letra temblorosa:
«Hoy conseguimos que dos bebés respiren sin oxígeno… por ahora.»
No sabía si sobrevivirían al amanecer. Tampoco si el hospital resistiría la próxima noche.
Pero sabía que, mientras siguieran respirando, debía quedarse.
Debía resistir.
Debía seguir contando cada latido que aún se aferraba a la vida.
El dron seguía allí, como un dios metálico.
Nour, desde abajo, decidió no mirarlo más.
Os acerco un texto de Ramiro García, coordinador de Médicos Sin Fronteras (MSF) en el hospital Nasser al sur de la Franja de Gaza.
Y la rabia bulle dentro de mí.
He participado en el reto de escritura de septiembre 2025 a iniciativa de “Reto 5 Líneas” de Adella Brac. La idea es escribir cada mes, un microrrelato de 5 líneas y no más de 500 caracteres, que incluya las tres palabras propuestas. Este mes: debe, conseguimos y permiten. Pero como me he quedado con las ganas de contaros algo más sobre Gaza, aquí os traigo otro relato un poco más largo.

Si quieres ver el resto de aportes al reto: https://adellabrac.es/reto-de-escritura-5-lineas-septiembre-2025/

O sea que un médico en busca de notoriedad, que trabaja para una organización mafiosa subvencionada por George Soros nos va a contar la verdad, maravilloso.
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