Llovía como si el cielo estuviera fregando el mundo con una manguera gigante.
Los mellizos Odei y June y su primo Unai, llevaban toda la mañana en casa de los abuelos, sin poder salir a jugar ni un minuto.
Ya habían hecho de todo: montar una tienda de indios con mantas, jugar al parchís, pelearse por los lápices de colores… y aburrirse como erizos. Sí, ya sabéis, como los erizos tienen muchas espinas, no se pueden acercar a nadie y así es muy difícil jugar a cualquier cosa.
.- ¡Estoy tan aburrido que hasta haría los deberes! —exageró Unai, tirado en el suelo, panza arriba.
.- ¡Blasfemia! —gritó Odei, poniéndose un trapo como si fuera la toga de un juez romano.
Entonces, June tuvo la idea.
.- ¿Y si vamos al trastero?
.- ¿Y si hay arañas? —dijo su hermano, que no soportaba a los bichos de muchas patas.
.- ¡Mejor! ¡Podemos domesticarlas! —replicó June.
Así que subieron corriendo al trastero del caserío. Estaba lleno de cajas, herramientas viejas, un arcón antiguo con cartas y papeles de todos los colores y una bicicleta a la que le faltaba una rueda. Pero en un rincón polvoriento, debajo de una alfombra enrollada, encontraron una caja llena de cómics de Astérix.
.- ¿Qué es esto? —preguntó Unai, hojeando uno titulado “Astérix y Obélix contra César”.
.- ¿Quién es este que tiene un gorro con alas? —dijo June.
En ese momento, apareció el aitona (abuelo) Venancio, con una taza de té y sus eternas zapatillas de cuadros.
.- ¿Veis? Hasta la lluvia tiene sus regalos. Acabáis de encontrar mis cómics de cuando era niño. ¡Ah, Astérix y Obélix! Sin duda, son el mejor profesor de historia que he tenido.
.- ¿Historia? ¡Pero si es de dibujos!
El aitona se sentó con ellos en un sillón muy viejo y muy muy cómodo y les abrió uno de los cómics al azar. En la primera viñeta salía un ejército romano marchando muy serio, mientras un romano flacucho con una coronita de flores, gritaba algo.
.- Mirar, ese que veis ahí con cara de enfadado es Julio César —explicó el aitona —. Fue uno de los más famosos generales de Roma. Pero no os confiéis en su aspecto ¡conquistó medio mundo!
.- ¿También España? —preguntó Odei, alarmado.
.- A Hispania también llegó, pero ahora os contaré cómo quiso conquistar la Galia, el país de Astérix, Obélix e Ideafix, por supuesto.
.- ¿Y quién era el tercero? —preguntó June.
.- El perrito de Obélix. Aquí lo veis.

.- ¡Qué mono!
.- ¡Que no es un mono, que es un perro, June! —rió Unai. Cuenta, aitona, cuenta qué pasó.
El aitona sonrió como un bardo a punto de cantar.
.- Julio César pensaba que todo el mundo debía hablar como él, vestirse como él y obedecer sus leyes. Pero se topó con los galos: un pueblo rebelde, valiente, y con muchísimo sentido del humor… y de la resistencia.
.- ¿Como Astérix y Obélix?
.- Exactamente. Claro que en la realidad no había pociones mágicas —dijo el aitona.
.- ¿Pociones mágicas, en serio? —se entusiasmó Unai.
.- Ellos sí tenían, pero en la realidad no, eso lo inventaron al contar el cuento. Pero sí había gente muy lista. Los galos conocían sus bosques, sus ríos, sus montañas. Se escondían, atacaban por sorpresa, y tenían líderes como Vercingétorix, que puso en aprietos al mismísimo César.
.- ¿Quién era Vercin… no sé qué? —gritó Odei.
.- Un momento, que ya os explico. Mirad este mapa del principio —dijo el aitona, señalando una viñeta en la que aparecía una Galia dividida en tribus—. Aunque parezca de chiste, Julio César comenzó su libro así: “La Galia está dividida en tres partes”. ¡Y tenía razón!
.- ¿Como si fuera una pizza? —dijo Unai.
.- ¡Más o menos! Sólo que las porciones se llamaban los belgas, los aquitanos y los galos propiamente dichos, que eran los que vivían donde ahora está Francia.
.- ¿Y los romanos querían comerse la pizza?
.- ¡Exactamente! —rió el aitona —. Roma ya controlaba parte del sur, pero César quería toda la Galia. Tenía un plan: conquistarla rápido, hacerse famoso, y volver a Roma como un héroe.
Los niños miraban fascinados las viñetas en las que César daba discursos, los soldados construían fortalezas y Astérix lanzaba puñetazos.
.- ¿Pero esto pasó de verdad? —preguntó June.
.- Algunas cosas sí —asintió el aitona —. Por ejemplo, César era un maestro de la estrategia. Construía puentes en pocos días, inventaba trampas, y escribía cartas como si fueran periódicos: contaba sus batallas para que la gente en Roma creyera que era invencible.
.- ¿Y lo era?
.- No del todo. Mirad esta escena de la Batalla de Gergovia —dijo, señalando una página donde los romanos huían en desorden.
.- ¡Están corriendo como patos mojados! —se burlaba Odei.
.- Pues fue una de las pocas veces que César perdió. Los galos, dirigidos por un joven llamado Vercingétorix, lograron defender la ciudad. Este líder galo consiguió unir a muchas tribus, algo muy difícil, porque los galos se peleaban entre ellos también.
.- ¿Y no ganaron al final?
.- Casi. Pero al año siguiente, en Alésia, César los rodeó, les cortó el agua y los dejó sin comida. Fue una batalla durísima. Los galos lucharon como leones… pero cayeron.
El aitona pasó las páginas hasta que apareció una escena donde los galos se rendían.
.- Dicen que Vercingétorix se entregó sin decir una palabra, con su armadura reluciente y el mentón alto, como un rey. Y eso, niños, también es valor.
Los mellizos se quedaron en silencio unos segundos. Hasta que Unai preguntó:
.- ¿Entonces ganaron los romanos?
.- César ganó la guerra, sí. Pero no lo tuvo nada fácil. En su libro, “La guerra de las Galias”, él cuenta la historia como si fuera un paseo. Pero hasta él sabía que los galos le habían enseñado a luchar de verdad.
Los niños miraban las viñetas con otros ojos ahora.
.- ¡Mira, aquí César se está tirando del pelo!
.- ¡Y aquí están los romanos huyendo con los pantalones caídos!
.- ¿Y qué pasó después?
.- Pues César regresó a Roma cargado de oro, fama… y enemigos. Al final, lo mataron en el Senado. Pero esa es otra historia.
.- ¡Quiero saber cómo lo mataron!
.- ¡Y yo quiero hacerme un escudo como el de Vercingétorix!
.- ¡Yo quiero inventar una poción mágica que te dé valor!
El aitona se desternilló de risa.
.- Astérix exagera, claro. Pero también nos recuerda que los más pequeños pueden enfrentarse a los más grandes. Que la inteligencia, la amistad y el valor pueden más que un ejército entero.
El aitona cerró el cómic con cuidado y lo volvió a meter en la caja.
.- ¿Veis? Con un poco de historia, hasta una tarde de lluvia se convierte en una aventura.
Y mientras los truenos retumbaban allí fuera y la lluvia seguía cayendo, los tres niños corrían por el trastero del caserío blandiendo espadas de cartón, defendiendo la libertad de la Galia, gritando que un buen golpe con humor vale más que cien lanzas.
Risas, y olor a papel viejo. Una tarde perfecta.
.- Aitona —dijo Odei—, cuando pare de llover… ¿nos haces un escudo como el de los galos?
.- ¿Y me cantáis vosotros la canción de los bardos?
.- ¡Nooo! ¡Eso sí que no!
Y las risas continuaron, como si Roma jamás hubiera conquistado la Galia.



¡Oyoyoyoyyyyy, Marlen!
El tema que acabas de tocar en tu entrada… ¡¡¡¡Astérix y Obélix!!!!
Ese aitona bien podría ser yo, dado que tengo todos los cómics de estos genios.
Fueron «mis cómics» junto a los Mortadelos y todavía les sigo añadiendo ejemplares, a pesar de que sus autores originales ya nos dejaran, y todavía los sigo releyendo de vez en cuando.
Sí, son una escuela de historia, de filosofía, de compañerismo, inteligencia y tradiciones. Muchísimo mejor que esos «tebeos» de superhéroes que solo enseñan a ponerse una capita y los calzoncillos por fuera. 😜😅😂
Estoy a la espera de que mi sobrino coja soltura con la lectura para poder volverlos a disfrutar con los ojos de la infancia, sus ojos. Los míos siguen siendo de niño, pero ya con demasiadas canas.
Muchísimas gracias por este regalo que me ha hecho recordar tantísimos momentos de disfrute con mis Astérix.
Nota.- Yo con mi oronda figura, siempre me vi representando a Obélix, aunque no me cayera en la marmita de poción mágica de pequeño. ¡Qué pena! ¡Qué locos estában los romanos!
Abrazo Grande.
¡Ayayayayayay Jose! Que ese aitona podría transformarse en amona, y ser yo. Porque mis Astérix y Obélix, deben andar por la casa de mis padres en Buenos Aires, junto a los Mafalda. ¡Qué suerte que tú los tienes un poquito más cerca! Te doy toda la razón, muchísimo mejor que esos «tebeos» de superhéroes que sólo enseñan a ponerse una capita y los calzoncillos por fuera. 🤣😂🤣 Alguno lo he vuelto a comprar aquí y los he leído con mis sobrinos cuando eran más pequeños. En realidad, mi entrada es una versión de algunos de esos descubrimientos.
¡Obélix, mi querido gordo amoroso, inocente, como todo niño sano.
¡Feliz lectura! porque sé que te habrán entrado las ganas de releerlo. ¡Que lo disfrutes!