El horizonte me preparaba un nuevo plan de vida

La soledad me acompañaba y no lograba expulsarla de mi ser. No se presentaba con dramatismo, ni se sentaba en la mesa como en las películas. Era más bien sigilosa, como el zumbido de una mosca que no ves pero sabes que está cerca. Me acompañaba desde el día siguiente a mi jubilación, como si alguien la hubiera liberado al mismo tiempo que firmé los papeles de salida.

Yo tenía planes, muchos planes. Los imaginaba de día y de noche, le ponían sal a mi futuro cercano.

Iba a viajar por Oriente, sola o con alguna amiga. Iba a ir al cine los miércoles, que era el día del espectador y descubrir los ciclos de música en vivo a los que nunca había asistido por los horarios, cenar afuera los viernes, retomar el francés los lunes. Hasta me anoté a una suscripción de películas clásicas. Pero… nada de eso pasó.

No porque no pudiera. Sino porque, sinceramente, no me daba la gana.

Viajar sola me daba vértigo.

Cenar sola me daba pena.

Y las películas sin nadie con quien comentar, me dormían.

Tenía una casa grande, hermosa, pero el eco del teléfono que no sonaba, la hacía más inmensa. De mi grupo de siempre, algunos habían muerto, otros se habían mudado a vivir cerca de sus nietos y otros simplemente desaparecieron de la vida sin despedirse.

Así que pasaba los días entre el sillón, el supermercado y el intento frustrado de aprender a usar la robot procesadora de alimentos que acumulaba polvo desde… desde hacía años.

(Tengo una teoría: esas máquinas odian a las mujeres mayores. Te hacen sentir culpable por no haber aprendido a cocinar a tiempo.)

Fue mi vecina Sephora quien me lanzó la cuerda salvadora sin saberlo.

Todo comenzó en el ascensor, con una charla sobre su precioso nombre.

.- Van a dar un taller de jardinería en el centro cívico. Los martes a la tarde. Gratis. Justo me voy a apuntar. Si no tienes otra cosa…

“Gratis” fue la palabra mágica. “Martes a la tarde” la segunda. Y desde luego, no tenía otra cosa que hacer. Me anoté sin convicción. Al menos, saldría de casa sin tener que inventarme excusas a mí misma.

El primer día llegué cinco minutos antes. Me senté en una silla plástica junto a una señora que olía a jazmín y tenía una visera color fucsia. Nadie hablaba mucho, salvo el profe, un tipo joven con barba, manos manchadas de tierra y mirada de persona cálida y buena. Se llamaba Fabrizio y parecía sacado de un comercial de yogur ecológico.

.- Hoy vamos a hablar de compost —dijo sonriendo.

Pensé que me había equivocado de taller.

Luego explicó lo que era. Luego nos pasó una palangana con algo que juraba que era tierra enriquecida.

Yo me tapé la nariz.

La señora del jazmín se rió tanto que se le cayó la visera.

.- No te preocupes —me dijo entre carcajadas—. A mí también me dio asco la primera vez. Pero después es como un perfume… raro, muy raro.

Me reí también. Era la primera vez que me reía en voz alta frente a un desconocido en meses.

Los martes empezaron a tener olor a menta, a romero, a albahaca.

Y mis manos, acostumbradas al teclado, empezaron a ensuciarse sin culpa.

Al cuarto encuentro ya sabía los nombres de todos:

Don Andrés, que hablaba con las plantas y juraba que le respondían.

Teresa, que había perdido a su esposo y sembraba flores como quien entierra penas.

Elenita, que no había tocado la tierra desde que vivía en la ciudad y ahora acariciaba las hojas como si fueran de cristal.

Y Fabrizio, que nos hacía reír con historias de tomates rebeldes y cactus narcisistas.

Mi casa también empezó a cambiar.

La terraza, antes llena de macetas vacías y un conjunto de sillones y una mesita de ratán sin usar, se volvió un rincón verde, con geranios, iris, hortensias y camelias.

La cocina, antes silenciosa, ahora olía a limoncillo.

Entrar en casa era como entrar a un jardín secreto.

Y en mi cuaderno de notas, entre listas de compras, empecé a anotar frases sueltas que me brotaban mientras regaba.

Una tarde Fabrizio nos trajo semillas de plantas nativas.

.- Plantar lo que estaba antes que nosotros —dijo—. Eso también es cuidar el presente.

Esa frase se me quedó. Como si él hablara de otra cosa, como si resonara extrañamente en mi interior.

Un día, volviendo a casa con tierra en las uñas y barro en los zapatos, me crucé con una pareja joven que me miró raro. Yo me sonreí sola.

Otra vez, en el supermercado, una señora me preguntó muy amablemente, cuál era el nombre de mi perfume.

.- No, señora —le dije—. Es albahaca.

Y por primera vez, no me importó oler diferente.

También hubo anécdotas absurdas.

Como la vez que confundí un plantón de cebolla con una rama caída y casi lo tiro a la basura.

O cuando le hablé tan fuerte a un jazmín que me di cuenta de que estaba sola en la terraza… y no me importó.

Los martes ya no eran sólo días de taller de jardinería.

Eran los días en que mi cuerpo se reencontraba con el mundo.

Eran la pausa amable entre una semana sin fechas.

Una tarde Fabrizio nos propuso hacer un jardín comunitario en un terreno baldío del barrio, cerca del centro cívico.

Ninguno lo puso en duda.

Nos organizamos.

Plantamos.

Regamos.

Y en ese terreno donde antes había basura, creció un rincón donde la gente se paraba a mirar.

Algunos niños comenzaron a venir a ayudarnos.

Sephora, mi vecina, trajo té y bizcochitos para compartir.

Y otra vecina de la casa de enfrente nos pidió ayuda para armar su terraza.

Volví a hablar con una amiga que hacía años no veía.

Y un día, me animé a ir al cine. Sola. Y no me sentí sola.

Mi vida se llenó de verdes, de manos ajadas, de tierra bajo las uñas y risas sin plan.

Yo aún no lo sabía, pero el universo me estaba preparando un nuevo plan de vida.

La culpa de la idea de un viaje en grupo la tuvo Fabrizio. Nos habló de la lavanda, de sus violetas y sus aromas, de sus campos en flor en Olite, muy cerca, en Navarra. Nos habló con tanto entusiasmo que empezamos a preparar nuestro viaje de fin de curso para los primeros días de julio.

En mi cuaderno de notas escribí: Te deseo que nada te impida ensanchar tu mapamundi personal, ya sea en otro continente o en el pueblo de al lado, ni disfrutar de los viajes. Porque no hay viajero más inteligente que el que está dispuesto a conocer el destino, a sumergirse por completo y volver a casa con el souvenir más preciado: el haberse sentido uno mismo en una coordenada ajena, pero poco hostil.

Olite, campos de lavanda

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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