Cuando murió la tía Léonie, nadie de la familia quiso quedarse con la panadería de la Rue des Lilas. Algunos decían que estaba maldita, otros que el horno sólo funcionaba de noche. A Coraline, de dieciocho años recién cumplidos, todo eso le pareció un cuento. No tenía nada más. Así que decidió crear su propio emprendimiento y se mudó allí con una maleta, un cuaderno de recetas viejas y un gato cojo que respondía al nombre de Proust.
La primera noche, encendió el horno de leña y decidió hornear las “Madeleines de Commercy” que su tía siempre mencionaba en sus cartas. Mientras medía la harina, sintió un escalofrío. Era enero, sí, pero no era sólo frío. El reloj de péndulo marcó la medianoche.

En cuanto las madalenas salieron del horno, el timbre de la puerta sonó. Coraline, sorprendida, abrió. No había nadie. Pero sintió una corriente de aire perfumada con lavanda… y aparecieron tres monedas viejas sobre el mostrador.
.- ¿Bonsoir…? —dijo al vacío. Nadie respondió.
Durante las siguientes noches, el patrón se repitió: a medianoche horneaba, a las doce y veinte, el timbre. Jamás veía a los clientes. Pero siempre encontraba monedas —de épocas distintas— y a veces una nota manuscrita:
“Merci pour les éclairs. Comme toujours.”

Coraline, al principio asustada, pronto se sintió intrigada. Empezó a preparar diferentes recetas del libro de su tía Léonie. Algunas nunca las había oído nombrar: “pain d’ombres”, “tarte de minuit”, “croissants de brume”.
Estaban escritas en los márgenes del cuaderno de su tía, con letra temblorosa. Y cada vez que las horneaba, los olores invadían la panadería con recuerdos que no eran suyos.
Mientras amasaba, a menudo sentía presencias. Murmullos suaves, roces extraños. Al encender la radio antigua de su padre, por momentos sonaba música que no estaba en ninguna emisora. Pero ella recordaba haberlas escuchado en su casa, cuando era pequeña.
Una noche, vio a través del vapor del horno la silueta de una señora con vestido elegante y sombrero de plumas, sentada a una mesa, sonriendo con nostalgia, como los figurines de las revistas que leían su madre y su abuela.
Fue entonces cuando entendió: los clientes de la panadería no eran de este mundo.
Eran fantasmas.
Algunos habían vivido en ese barrio, otros venían de lejos. Todos traían consigo un recuerdo ligado al sabor de la infancia, a un amor perdido o a una última comida antes de partir.
Y Coraline, sin saber cómo, podía darles eso. Tenía el don de aprender lo que necesitaban.

Un viernes por la noche, mientras preparaba unos “macarons de ganache de chocolate belga y frambuesas”, encontró junto a la harina una carta dirigida a ella, escrita por su tía Léonie y que ella aseguraría que no estaba allí hacía unos minutos. La carta decía:
«Ma chère Coraline,
si estás leyendo esto, significa que el horno te ha aceptado. No te asustes. La panadería es un portal. A través de tus manos, las almas saborean lo que dejaron atrás. Algunas sólo vienen por la añoranza, por un último bocado de alegría. Dales eso. Y si alguna vez, ves a alguien de tu sangre entre ellos… escúchala.»
Esa noche, Coraline horneó la “Tarte Tatin”, la receta preferida de su madre, que había muerto cuando ella era pequeña.

Al sonar la campanilla, no abrió la puerta.
Se limitó a cerrar los ojos.
Y sonrió al sentir el perfume conocido.
He participado en el reto de escritura de agosto 2025 a iniciativa de “Reto 5 Líneas” de Adella Brac. La idea es escribir cada mes, un microrrelato de 5 líneas y no más de 500 caracteres, que incluya las tres palabras propuestas. Este mes: aprender, algunas y mientras. Pero como me he quedado con las ganas de contaros el cuento completo, aquí os traigo el relato largo.


Otra preciosidad de cuento, Marlen.
El placer de convidar a los muertos. ¡Ahí es ná!
Tengo que decirte que esta entrada debería estar totalmente prohibida para mí (soy diabético), pero la he leído «virtualmente», por si acaso. 😂🤣
Como siempre, el cuento tiene ese regusto a los viejos relatos que nos contaban de niño, en voz alta y con esa emoción que solo saben darle los CuentaCuentos, como tú.
¡Felicidades!
A propósito, hasta que he llegado al final, no he entendido lo de «reto 5 líneas». Pensaba que Adela se había equivocado este mes y había puesto «reto 5 páginas». 😝😂
Debería volver a participar, pero mis neuronas deben andar de huelga por la «caló».
Gracias por llevarme de nuevo a la niñez.
Abrazo Grande.
Hola Jose
Sí, pensé en ti y en quienes comen dulces con la imaginación. ¡Lo siento! Pero a Coraline le gusta mucho probar las recetas de su tía Léonie y confieso que he buscado las recetas porque algunas más o menos me acuerdo (y eso que no las hago porque no suelo comer dulces y me da pereza), pero otras… perdidas en la nebulosa.
Me encanta que digas que el cuento tiene ese regusto a los viejos relatos que nos contaban de niño, en voz alta y con emoción. Es el mejor piropo que me pueden echar. ¡Muchas Gracias!
Y sí, escribí mi reto con ganas de contar, pensando que lo podaría después, como siempre. Lo hice, lo mandé a Adella y luego me quedé releyendo el original. Y sucumbí a la tentación. Pero que conste que cumplí con el reto: 5 líneas y 418 caracteres con espacios. Deberías volver a participar. Es un verdadero reto, aunque a veces, me quede con las dos versiones.
Gracias por acompañarme en mis viajes a la niñez y al mundo de los que ya no vemos. Un abrazo grandote.