Hoy quiero contaros algo de la vida de un argentino cuyo bandoneón fue su pasaporte por el mundo, el bandoneonista que fue capaz de inventar un estilo y un género para su instrumento. En el departamento donde hoy vive Dino Saluzzi, el piano impone su presencia. Pero todos saben que ahí manda otro instrumento: el bandoneón. A los 90 años recién cumplidos (nació el 20 de mayo de 1935), Dino lo acaricia como a un viejo cómplice de viajes, proyectos y recuerdos. Y es que, si el nombre de un músico se define por su sonido, en el suyo el sello es inconfundible: basta que pulse los botones para que el aire se convierta en memoria viva.
Saluzzi nació en Campo Santo, en la provincia de Salta (noroeste argentino), tierra de ingenios azucareros, en una casa con piso de tierra, allí donde se fundó, en 1760, el primer ingenio azucarero del Virreinato del Perú. Allí aprendió a mirar distinto. Cuando su madre lo mandaba a hacer las compras al pueblo, se cruzaba con figuras que marcaron su sensibilidad: como aquel linyera anciano, con un palo y una olla colgada, que parecía arrastrar su vida entera sobre los hombros. Esa imagen, confiesa, fue el germen de su pieza “El viejo caminante”, título que también bautiza su nuevo álbum.
Su infancia estuvo marcada por el amor y la severidad de su padre, Cayetano, músico también, que le dio su primera formación y que además, trabajaba en el ingenio. “Nunca nos levantó la voz, pero nos enseñó a ser constantes”, recuerda Dino. En las fiestas populares, Cayetano y su hermano José Eustaquio animaban largas jornadas de carnaval en la “Carpa de la Vieja Tula” a cambio de una paga mínima y un plato caliente. Entre tanto, el pequeño Dino absorbía ese mundo sonoro como una herencia inevitable.
El tren que cargaba azúcar fue también el que lo llevó, años después, a la gran capital: Buenos Aires. El viaje no fue fácil, soledad, pensiones baratas, el rigor de los maestros y la nostalgia constante de la familia. Pero era el precio que estaba dispuesto a pagar por crecer como músico.
“La música hay que estudiarla bien o no estudiarla. Es duro el aprendizaje de la música. Se aprende de maestros que enseñan la severidad y el respeto por el trabajo. Me fui a Buenos Aires para seguir estudiando, pero no voy a dejar de arrepentirme por tanto que me gustaba estar con mi familia. Tuve que vivir solito, de pensión en pensión, hasta que me hice de amigos y de gente del ambiente”, dice recordando.

Pronto, la capital le abrió puertas: tocó en orquestas de tango como la de Radio El Mundo y la de Alfredo Gobbi, participaba en ensambles de jazz, como el grupo del reconocido saxofonista Gato Barbieri, grabó clásicos del folklore junto a Los Chalchaleros, acompañó a León Gieco en el tema “Sólo le pido a Dios”, a Piero en varios temas y se ganó un nombre en escenarios exigentes. Recibió influencias definitorias de grandes como los hermanos De Caro, Pedro Láurenz o el Cuchi Leguizamón, entre tantos.
Progresivamente, su sonido fue incorporando más elementos de jazz. Acabó por unirse a la banda de George Gruntz, con la que salió de gira por Europa y plenamente inmerso en la fusión de folklore, rock y jazz, se convirtió en uno de los artistas cabecera del sello alemán ECM Records.
Alternó sus álbumes en solitario como “Kultrum” y “Andina” con colaboraciones con músicos de jazz, grabó un álbum con sus hermanos: Félix “Cuchara” Saluzzi en saxo y clarinete, Celso Saluzzi, y su hijo José María Saluzzi en guitarra. Este proyecto familiar adoptó el nombre de “Dino Saluzzi Group” realizando en 1991 un tour por muchos países y grabando juntos.

Ha grabado unos 20 discos como acompañante y más de 30 como líder. El último este mismo año 2025: “El Viejo Caminante”, con José María Saluzzi y Jacob Young. El nombre surgió como homenaje a aquella figura de la infancia y al propio paso del tiempo.
Creativo, intuitivo, capaz de absorber enseñanzas de lo más variadas, aprendió los códigos más sofisticados de la lectoescritura de la música clásica y a improvisar según las leyes del jazz, sin pasar por los conservatorios, a partir de las lecciones de maestros particulares o sencillamente escuchando a sus colegas de todas partes.

Su música nunca quedó encerrada en etiquetas. Pasó por cuantas músicas existen: del tango a la zamba carpera, de composiciones académicas a sus propias composiciones de raíz popular, Saluzzi entendió siempre la música como un lenguaje eterno. Quizá por eso compartió escenario con figuras de mundos muy distintos. También escribió para el cine: su tema “Gorrión” fue parte de la película “Todo sobre mi madre” de Pedro Almodóvar.
La familia Saluzzi es, en sí misma, una orquesta. Hermanos, sobrinos, hijos: todos forman parte de una red que ha mantenido viva la tradición musical. Entre ellos, destaca la sociedad con su hijo José María, guitarrista, con quien comparte proyectos desde hace décadas. Juntos han grabado varios discos para el sello ECM, donde la música fluye sin adornos ni artificios, “orgánica”, como dice Dino.
En cada relato, Dino vuelve a Campo Santo. A la plaza donde jugaba, a la iglesia de la Virgen de la Candelaria, a los amigos de la primaria. “La patria de uno es la infancia”, dice convencido. Y añade: “El libro te enseña, el espíritu te forma. La música no nació ni murió, es un lenguaje eterno”.
Su mirada también abarca la vida social y política. Con su voz calma pero firme, sostiene que el gran déficit de nuestro tiempo es la falta de amor y de sentimiento en la convivencia. Y que, al igual que en la música, la clave está en escuchar y acompañar, no en vencer al otro.


A los 90 años, Dino Saluzzi no se define por su edad, sino por su vitalidad. “Añoso, no viejo”, dice. Y lo demuestra cada vez que hace sonar su bandoneón. Su obra, atravesada por nostalgia, raíces y espiritualidad, ha logrado tender puentes entre géneros, generaciones y geografías.
Su historia es la de un chico de pueblo que subió a un tren, cargó con un bandoneón y se animó a recorrer el mundo. Pero también es la de un hombre que nunca perdió de vista aquello que lo formó: la infancia humilde, el amor familiar, la constancia y la certeza de que la música, al final, es una forma de devolver al mundo algo de lo que uno ha recibido.