La Casa Ezeiza de San Telmo

Aquí donde me ven, yo soy una representante de la historia en este barrio. Hace más de dos siglos que respiro en el corazón de San Telmo, donde los adoquines todavía guardan el eco de los carros y de los tangos que se improvisaban en los patios de las casonas.
He visto pasar los tiempos como quien observa desde una ventana que nunca se cierra. Fui casa señorial, conventillo y, más tarde, galería de antigüedades. Pero incluso cuando mis paredes se resquebrajaban, seguí oyendo la música de la vida.

Nací a fines del siglo XVIII, cuando Buenos Aires olía a cal, cuero y tabaco. La familia Ezeiza, de abolengo vasco y aristocrática, hizo que me construyeran poniendo en ello todos sus sueños. Recuerdo los pasos del patriarca, don Francisco Ezeiza, recorriendo mis corredores con un sombrero de ala ancha y un bastón de plata. Su esposa, doña Clara, organizaba tertulias con damas vestidas de seda, que conversaban sobre literatura, política y los chismes del virreinato.

Fachada de Casa Ezeiza

Mi fachada de estilo academicista italiano, mis dos plantas, la de abajo con galerías de teselas de gres cerámico, y tres patios de pisos de mármol en damero negro y blanco, conectados por pasillos y por dos escaleras, y la de la planta alta con baldosas, tienen todo lo que representaba a la aristocracia de la época colonial y mi pórtico de acceso, con la puerta ancha de madera, es un pasaje directo a la historia. Basta con echar un vistazo para “viajar”.

Soy la Casa Ezeiza, emblema de un pasado que se va diluyendo y menospreciando.

Mi familia reservaba los salones de la entrada para recibir a las visitas, estas habitaciones daban al primer patio, el que llamaron “Patio del tiempo”. En el “Patio del árbol”, el segundo, estaban los dormitorios y el salón comedor. Era el sector donde vivían. ¡Si habré visto a los niños jugando a las bolitas (sí, esas, las canicas como dicen ustedes) bajo los arcos coloniales, mientras los sirvientes encendían lámparas de aceite que perfumaban el aire con humo y cera!

En la parte de atrás, vivía el personal que trabajaba en la casa, y sus habitaciones daban al último patio, llamado “Patio Los Ezeiza”, donde estaba el aljibe de hierro y los jazmines trepando por las galerías.

Pero llegó 1871 y con ella la fiebre amarilla y el silencio. Aquella peste me llenó de fantasmas. La familia Ezeiza huyó hacia el norte, dejando tras de sí muebles cubiertos con sábanas blancas, un piano mudo y el eco de sus despedidas.

La tristeza se apoderó de mí. Durante algunos años funcionó aquí una escuela, después fui sede del Instituto Nacional de Sordomudos y luego… luego llegó el tiempo en que me convertí en refugio de nadie y de todos. Llegaron inmigrantes genoveses, gallegos, criollos sin suerte. Mis salones se transformaron en conventillo: veinte almas por patio, paredes desconchadas, olor a guiso, niños corriendo, guitarras y discusiones. Y aunque mi pasado de casa aristocrática parecía enterrado, no me quejé. En esas voces encontré nueva vida.

Pero yo siempre pienso que todo renace, si se tiene la paciencia suficiente. A mí también me pasó.

Décadas más tarde, cuando la ciudad comenzó a mirar hacia el sur con curiosidad, unos soñadores decidieron convertirme en galería comercial. Me limpiaron las heridas, conservaron mis arcos y devolvieron el brillo a mis mosaicos.

Actualmente los bazares han ido naciendo en cada habitación, como mis propios hijos. Ahora ya no se les dice “bazar”, ya no se usa esa palabra tan bonita, pero siguen teniendo de todo, como siempre. Ahora son “locales” como si hubiera alguno que no fuera de la ciudad o del barrio.

Soy un laberinto encantado de locales: tiendas de antigüedades, indumentaria, cuadros, recuerdos, cafés pequeños, talleres de arte. Los domingos, cuando el barrio se llena de turistas y músicos callejeros, mis patios y corredores vibran con pasos, risas y el acordeón del tango que nunca me abandonó.

En mis bazares se venden tesoros de otros tiempos: relojes que marcaron amores y duelos, cámaras fotográficas que atraparon miradas ya borradas, peluches y muñecas de porcelana que aún parecen esperar un abrazo.

Escucho las conversaciones de quienes entran buscando “algo especial”. No saben que lo que buscan no es un objeto: buscan una historia.

Porque las antigüedades no son cosas viejas. Son fragmentos de memoria. Cuando alguien acaricia una espigada lámpara de pie de bronce, un tablero de ajedrez, una guitarra, un candelabro tallado o una lámpara de Aladino, me estremezco. Siento que mis propios recuerdos respiran a través de esos objetos.

El otro día, sin ir más lejos, llegó un muchacho que traía una caja grande de libros y un gramófono bellísimo como el que tenían los Ezeiza en el salón. Le dijo a Cristina, la de la tienda “Ayer nomás”, que quería venderlo urgente porque su abuela había muerto y él se quería deshacer de todo. A él no le servía todo eso. 

.- ¿Y los discos? —le preguntó Cristina.

.- Los tiré a la basura —contestó el joven— ¡No servían para nada!

Yo propondría decirle a la gente que el cerebro es una APP, pagarían por usarlo.

Así que ahora mi amigo está a la espera de que Cristina encuentre algunos discos de pasta, para volver a hacer sonar su voz grave y maravillosa. ¡Ojalá los encuentre pronto! ¡Extraño esas melodías!

Claro que no todos los visitantes son iguales. Ayer llegó una pareja extraña: un hombre con su hijo de unos 10 años. ¡Sí, ya sé, eso no es extraño! Lo extraño es que los papeles estaban intercambiados. El niño parecía el padre y el padre parecía el hijo. José, el padre, vio de lejos el avioncito de madera que cuelga del techo y se emocionó tanto que balbuceaba nervioso.

José (el padre) .- Es mi avión, te juro que es el avión que me regaló mi tío Paco y armamos entre los dos. ¡No me lo puedo creer! ¡Es el mío! ¿Cómo pudo haber llegado hasta aquí?

Rodrigo (el hijo) .- Habrá llegado volando. Aunque no sé cómo, porque está medio roto. Mejor compremos algo más útil, el sombrero ese de explorador. Lo podés usar cuando salimos a pasear.

José (el padre) .- ¡Claro, porque lo querés usar vos y sentirte Indiana Jones!

Rodrigo (el hijo) .- ¡No, qué va! Bueno, si querés me lo podés prestar de vez en cuando… pero no.

José (el padre) .- ¡Yo quiero mi avión! Si te parece, compramos las dos cosas, pero el avión es mío.

Rodrigo (el hijo) .- Bueeeno, está bien, compramos las dos cosas.

Y así se fueron los dos, con unas sonrisas que iluminaban el patio al pasar.

A veces, al caer la noche, muy de vez en cuando, creo oír pasos invisibles sobre mis baldosas. El taconeo de doña Clara, el bastón de don Francisco, el murmullo de los inmigrantes, las risas de los chicos del conventillo. Son los fantasmas que me habitan. Nadie más los oye. Pero yo sí. Ellos nunca se fueron. Viven en mis muros, en el aire, en las grietas donde la humedad dibuja mapas de otros tiempos.

Hace unos meses, durante una restauración, los obreros hallaron una pequeña caja de metal empotrada en una de mis paredes. Dentro había un sobre con un papel amarillento con la letra elegante de don Francisco Ezeiza: “Dejo aquí el alma de la casa. Si alguna vez nos olvidan, que esta casa recuerde por nosotros.”

Cuando leí esas palabras —sí, las casas leemos con el alma— comprendí mi destino.

Yo recuerdo. Eso es lo que hago. Esa es mi misión.

Recuerdo a quienes me habitaron, a los que se amaron bajo mis arcos, a los que se marcharon, a los que rieron y también lloraron. Y mientras alguien camine por mis patios, por mis galerías, mire una antigüedad con ternura o se detenga a escuchar el rumor del tiempo, seguiré viva.

Ayer, mientras el sol se filtraba entre los ventanales, creí ver un reflejo: una mujer de vestido beige, un hombre de bastón de plata. Sonreían, se detenían ante el gramófono.

Tal vez era el vidrio, o tal vez, simplemente, yo los soñé.

Porque en San Telmo, donde el pasado y el presente se rozan en cada esquina, los recuerdos no mueren: sólo cambian de dueño.




En el blog “VadeReto” de Jose Ant. Sánchez, existe este reto literario que me encanta. Es una invitación a escribir, sólo un temacada mes, que puedes desarrollar como más te guste.
El VadeReto de este mes, tratará sobre el BAZAR.
La trama del relato tiene que estar referida a este tipo de establecimiento,
pero no tiene por qué ocurrir dentro.
El Bazar puede ser un lugar de referencia, un recuerdo, la procedencia de algo mencionado…
Tenéis que buscar en la imagen, que os he puesto arriba,
al menos tres cosas para incluirlas en el relato.
Aunque podéis incluir muchas cosas más que encontréis en el desván de vuestra imaginación.
¡No os los perdáis! Podéis leer el resto de aportes aquí:

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

17 comentarios sobre “La Casa Ezeiza de San Telmo

  1. Hola Marlen, ¡qué bonita participación! Me gusta mucho la idea de que la casa «hable» de su pasado, de su presente. Que «recuerde» a quienes vivieron en ella y que diga que su misión es recordar. Tu relato está cargado de un montón de frases interesantes y reflexiones. En suma, un trabajo muy bello, como la casa en sí. Mi familia vive en Mérida, Yucatán, para que te sitúe,s como a 2 hrs. de Cancún y hay un paseo con este tipo de casonas tan bellas. Claro, todas han sido reformadas porque es carísimo su mantenimiento, algunas se han vuelto bancos, compañías de seguros, hoteles o restaurantes, muy pocas han quedado como casas-habitación. Tus fotos me las han recordado. Claro que esta casa que nos muestras en el corazón de San Telmo tiene sus particularidades y me encanta. Si alguna vez regreso a Buenos Aires trataré de visitarla y me acordaré de tu relato. Abrazo fuerte.

    1. Hola Ana
      ¡Cómo me alegra que te haya gustado! Valoro mucho tu opinión, así que gracias por tus palabras.
      Me encantan esas casonas antiguas, sobre todo si se recuperan los materiales: maderas, piedras, cerámicas, mármoles… Es un placer sentir su tacto de objeto vivido y disfrutado. La pena es que hacerlo cuesta mucho dinero y al final, muchas se quedan en manos de grandes empresas, bancos, hoteles. En la Casa de los Ezeiza, por lo menos, puedes ir a visitarla y recorrer sus salones y habitaciones, que hoy en día dan cobijo a bazares y casas de arte. Espero que cuando regreses a Buenos Aires (porque ¡volverás!) puedas visitarla y visitar el barrio, que es el barrio antiguo de la ciudad, en el que nací y pasé muchos años de mi vida.
      Un abrazo fuertote y gracias por el comentario.

  2. Hola Malen, un relato muy bonito. Me han gustado esas entonaciones de «seguir oyendo la música de la vida» y la de «que alma de la casa recurde por nosotros». Me parece original que una casa sea la narradora y nos haga confidencias de sus inquietudes y recuerdos… pero así se hace la historia, juntando pequeñas anécdotas, recurrdos y deseos que acaban componiendo la música de la vida. Me ha gustado muchísimo.

    Un saludo

    1. Hola luferura
      Me alegro que te haya gustado el relato. Cuando se me ocurrió poner una cajita empotrada en las paredes para que dejara un mensaje de la casa, pensé en que sería bonito poder escuchar el alma de la casa. Sí, pienso como tú que el alma de una casa está compuesta por recuerdos, anécdotas, vivencias y deseos de quienes en ella han vivido. O sea: «la música de la vida».
      Gracias por tus palabras. Un abrazo
      Marlen

  3. Hola, Marlen.
    Como no podía ser de otra forma, la maravillosa casa se convierte en CuentaCuentos y nos deleita con un magnífico viaje, por sus entrañas, por su historia, por sus emociones.
    Al principio pensé que te habías olvidado del tema, pero, no. La casa es paciente y te va metiendo en sus habitaciones, haciéndote de su familia, paseando por tantos años y tanta gente para que la comprendas y la aprecies, hasta que desemboca en la actualidad, dónde el Bazar se transforma en Local, perdiendo el nombre, pero nunca su esencia.
    Una forma muy original, emotiva e histórica de regalarnos esta participación en el VadeReto. ¡Felicidades! Ni que decir tiene que, si viajara, esa casa recibiría mi agradecimiento, in situ.
    Muchas Gracias, amiga.
    Abrazo Grande.

    1. Hola Jose
      ¿Ahora entiendes lo que te decía que ella tiene tanta personalidad, que no he tenido más remedio que dejarle la palabra? En realidad son muchos los años y tiene mucho por contar.
      ¿Olvidarme del tema? ¡Ni hablar! Cuando cada mes lo desvelas, aparece de día y de noche en cada cosa que pienso, sueño o hago hasta que me obliga a sentarme y empezar a esbozar el primer borrador que va cambiando a medida que pasan los días.
      De los 3 objetos que había que seleccionar, el gramófono fue el primero que quiso tomar protagonismo y tuve que encontrar una música especial para que sonara en su nombre. «La Marseillaise» siempre fue, en mi casa, la canción de la libertad, la revolución, la justicia… Así que tenía que estar en esta casa. La pareja de padre e hijo, uno que se queda con su avioncito y el otro que elige el salacot de explorador, también tienen su historia alrededor.
      Como verás, ella empieza y termina el cuento, mostrando su alma compuesta por recuerdos, anécdotas, vivencias y deseos de quienes en ella han vivido. O sea: «la música de la vida».
      Como siempre, gracias por tus palabras. Un abrazo fuertote, Amigo.

    1. Me alegra que te haya gustado la entrada. Y me alegro más que te sirva para conocer una parte de la historia de Buenos Aires. Un pequeño consejo, los domingos de 10:00 a 17:00 se hace una Feria en la Plaza Dorrego, a 80 metros de la «Casa de los Ezeiza» (hoy en día se llama «Pasaje de la Defensa» y suele llenarse de turistas y de gente que visita el barrio. Es interesante y entretenida, pero si prefieres descubrir la zona con menos gente, elige otro día. Además, San Telmo es el barrio viejo de la ciudad y tiene mucho para disfrutar: el Mercado, las casas de antigüedades, los cafés y restaurantes, el Parque Lezama, las callecitas… ¡Te va a encantar! Que tengas un muy buen viaje. Saludos
      Marlen

  4. Hola Marlen:
    Me encanta que «reciclen» edificios porque es lo único que frena su deterioro. SI la gente vive o los usa, se hará el mantenimiento correspondiente y el edificio perdurará en el tiempo. Pero si no es así, acabará cayéndose y con ellos se caen el arte, las vidas vividas allí y los recuerdos.
    Un abrazo.

    1. Hola Mercedes
      Tienes razón, reciclando un edificio se frena su deterioro y la pérdida definitiva del mismo. Lo único que yo pediría, es que se respete el carácter de la construcción original, porque hay veces que una mala reutilización te da hace lamentar que se haya realizado. En el caso de esta magnífica edificación, es un placer conocerla e imaginar la vida que ha tenido lugar en ella a lo largo de los años.
      Gracias por tu comentario. Un abrazo.

  5. Hola, Marlen
    Este relato tuyo me parece una joya, Nos hace recordar que lo «viejo» tiene una historia y que a veces merece la pena conservarlo. Me ha parecido entrañable el tono que le has dado al texto. A momentos me he imaginado la casona como una viejecita que añoraba tiempos pasados. Me ha recordado a mi viaje a Toledo este verano, donde la guía nos contó que muchas casa antiguas, por su valor histórico, no podían derrumbarse y se reutilizaban. Algunas con usos muy variopintos.
    Un placer leerte

    1. Hola Mª José
      Muchísimas gracias por tus palabras. ¡Qué importante recordar que lo viejo tiene su historia y que no sólo merece ser conservado, sino que también merece ser recordado, contado, reflexionado y tenido en cuenta! Y no me refiero sólo a las piedras, las maderas, los mármoles y baldosas! ¡Que también, por supuesto! Me refiero además a los muebles, los objetos que compartieron vida con sus dueños, las fotos, los acontecimientos… las personas. Quien lo olvida, quien menosprecia el valor de «lo viejo», no tiene idea de todo lo que se pierde.
      Me alegra mucho que hayas visto a la casona como una viejecita contando sus historias. Esa era exactamente mi intención. Que fuera ella la que nos hablara y recordara tiempos vividos.
      No sólo en Toledo, ayer justamente vimos un caserío vasco muy estropeado, pero con signos de hidalguía en la fachada y los materiales. Y resulta que está protegido por la «Convención sobre la Protección del Patrimonio Cultural y Natural», con lo cual debe ser «preservado debidamente para las generaciones futuras y que puedan ser objeto de estudio y fuente de experiencias emocionales para todos aquellos que los usen, disfruten o visiten.» Me pareció hermoso y digno de que se difundiera más en las escuelas y los medios.
      Un abrazo fuerte.

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