Estando a sólo 10 cuadras (10 manzanas) del departamento donde nací en pleno barrio San Telmo, el Parque Lezama fue el escenario de mis primeros pasos con mi madre y mi abuela materna y de mis juegos infantiles con otros niños del barrio y luego con mi hermano.
Sus terrenos son la parte más alta de la antigua costa y es en la actualidad uno de los pocos espacios de la ciudad en los que se reconoce, en sus pendientes hacia la Av. Paseo Colón, la antigua barranca natural al Río de La Plata.
Pero empecemos por el comienzo de la historia.
Localizado en el barrio de San Telmo, en el límite con La Boca, específicamente entre las avenidas Brasil, Paseo Colón, Martín García y la calle Defensa, el solar que por aquellos años era sólo tierra y río, recorrió un largo camino hasta llegar a convertirse en uno de los espacios verdes más emblemáticos de Buenos Aires.
De traza irregular, descansa sobre una de las barrancas naturales que aún conserva la ciudad y fue, según algunos historiadores, el sitio donde el Adelantado Don Pedro de Mendoza fundó el primer asentamiento, en febrero de 1536. Conocido como “El Bajo de la Residencia” y “La punta de Doña Catalina”, designaba el extremo sur de la ciudad, el norte era “El Retiro”.

Este sector fue escenario de duelos, albergó el primer horno de ladrillos, el primer molino de viento, depósitos para almacenar mercaderías y, también, la barraca de la “Real Compañía de Filipinas”, dedicada al comercio de esclavos.
A principios del siglo XIX, la zona comenzó a popularizarse como lugar de vacaciones, por lo que muchas familias aristocráticas adquirieron terrenos y edificaron las primeras “quintas” para pasar el verano. Con esta idea, luego de sucesivas ventas, el predio que incluía el terreno del parque fue adquirido en 1812, en remate público por el comerciante inglés Daniel Mackinlay, quién construyó una de las casas más lujosas de la ciudad, creó una huerta, plantó árboles frutales en el que sería su sitio de descanso en las afueras de la ciudad e izó la bandera de su país.
La “Quinta de los Ingleses”, como la denominaron los porteños, siguió siendo así conocida aun cuando ya era propiedad del norteamericano Charles Ridgley Horne, quien compró algunos terrenos vecinos, amplió el parque y edificó una mansión mucho más distinguida. Desde las antiguas balaustradas se vislumbraba el río. Se caracterizaba por los jardines repletos de rosales, camelias y árboles exóticos. Fueron estas flores las que acercaron a Horne a Juan Manuel de Rosas, y fue la amistad con Rosas la que finalmente lo obligó a exiliarse tras la caída de éste.
Horne vendió desde Montevideo, por poder en 1857, su propiedad a José Gregorio Lezama, un acaudalado comerciante salteño, quién terminó de transformar la quinta en uno de los lugares más bellos de la ciudad.

El apellido “Lezama” proviene de un municipio de la provincia vasca de Álava (Araba en euskera). Don José Gregorio de Lezama y Quiñones, más conocido como Goyo Lezama, era un comerciante agropecuario, hacendado, empresario, político, mecenas y filántropo, casado con Doña Ángela de Álzaga, que adquirió nuevos lotes con los que extendió el límite hasta la actual Avenida Brasil. Gran aficionado a los jardines y a la vegetación, contrató a un paisajista belga para que realizara el parque. Se trazaron caminos y senderos, se colocaron esculturas, monumentos, copones y bancos de mármol y se trajeron ejemplares de árboles, flores y plantas exóticas de todo el mundo.
Plantó más de sesenta variedades como arrayanes, magnolias, camelias, plátanos, fresnos americanos, olmos, acacias entre tantos otros, combinados con estatuas y maceteros de estilo renacentista, glorietas, caminos y escalinatas y lo cercó con pilares y rejas. Como hecho curioso, Goyo Lezama intercambiaba ejemplares y semillas con Justo José de Urquiza (Presidente de la Confederación Argentina) desde el Palacio de San José, lo que hizo más original la colección.
El viejo y enorme caserón fue restaurado y ampliado. De estilo italiano y con galería exterior, la suntuosa residencia se completó con una torre mirador, desde donde se podía apreciar el río, el parque, las quintas aledañas y la ciudad.
Don Goyo Lezama consiguió ser dueño del jardín privado más hermoso de Buenos Aires. Fueron famosos sus canteros con diversas especies de camelias y sus caminos bordeados de arrayanes, todo el ambiente invitaba a la calma y la meditación, la verja de hierro que rodeaba el perímetro, garantizaba la seguridad.

En 1858 el “cólera morbos” llegó al barrio de San Telmo y la municipalidad de la ciudad instaló en la casa Lezama un lazareto. Años después durante la epidemia de fiebre amarilla de 1871, la misma casa sirvió de albergue a muchos que creían encontrar en ese aislamiento del núcleo urbano y bajo sus árboles, una protección contra el contagio.
Fallecido en 1889, su viuda Doña Ángela de Álzaga decidió vender la quinta a la Municipalidad por una suma simbólica muy por debajo del valor real del mercado, con la expresa condición que fuera destinada a un espacio público y que llevara el nombre de su esposo, y así en 1894, nace el “Parque Lezama”. En 1897, la elegante casona se destinó a sede del “Museo Histórico Nacional”.


Rápidamente la zona se transformó en paseo obligado para la elite de la época; se accedía a él por la esquina de Defensa y Brasil, ya que una reja perimetral lo circundaba. Era un lugar ideal para caminar y disfrutar, en especial durante las noches de verano. En 1896 el entonces Director General de Parques y Paseos Charles Thays (famoso arquitecto, urbanista y paisajista francés) proyectó diversas intervenciones: caminos, plantaciones arbóreas, una rosaleda.
En 1914, se construyó un gran “Auditórium” para música sobre la calle Brasil, aprovechando el desnivel del terreno. Las escalinatas distribuidas en toda la extensión del anfiteatro permitían el acceso al mismo. De esta manera, 6000 personas podían participar de los encuentros artísticos. A ambos lados del kiosco destinado a los ejecutantes, se formaron parterres con decoraciones y artísticos jarrones en su centro, completando al conjunto.



Contaba con numerosas atracciones: calesita, circo, un pequeño tren, un lago artificial con góndolas, un tambo, un pabellón para banquetes, un restaurante con forma de molino, un “cinematógrafo” (el primero del barrio), un kiosco, una pérgola y un rosedal sobre la Av. Martín García.
En 1931 se sacó la verja que rodeaba al parque. Las crónicas de la época dicen que algunos asaltantes, cuando eran perseguidos por la policía, lo escalaban hábilmente encontrando refugio. A partir de entonces el paseo fue completamente libre, ya que antes era abierto al público solamente los jueves y domingos.

En el plano escultórico el Parque también tiene valor Patrimonial. Hay tres esculturas relacionadas con los orígenes de tres ciudades: la de Palas Atenea con el surgimiento de Atenas, la de la Loba Romana con Roma y la escultura fuente dedicada a Don Pedro de Mendoza.
La Loba Romana es uno de los monumentos más antiguos ya que fue un regalo de la ciudad de Roma con motivo de los festejos del Centenario. La escultura fue inaugurada el 21 de abril de 1921. Fue encargada al artista argentino Gonzalo Leguizamon Pondal. En el año 2007 le fueron robadas las figuras de bronce de Romulo y Remo y quedó solo la loba. Una réplica de ella se encuentra en el Jardín Botánico Carlos Thays.

El “Monumento al Adelantado Don Pedro de Mendoza” fue inaugurado en 1937 por el 400 Aniversario de la Primera Fundación de la Ciudad. Está situado en la esquina de Av. Brasil con la calle Defensa, es obra del escultor Juan Carlos Oliva Navarro. Inaugurado el 23 de junio de 1936, está conformado por una fuente, una estatua y varios relieves. La imagen de Don Pedro de Mendoza, en bronce, contrasta con la del indígena a su espalda que simboliza “La Raza”. El bajorrelieve está ejecutado sobre un bloque revestido en mármol travertino. A los laterales otros relieves narran escenas relacionadas, mientras que las dos vertientes de la fuente, simbolizan los dos ríos: el Guadalquivir, punto de partida, y el Río de la Plata, punto de llegada. Desde hace unos años, los fines de semana se realiza “Artezama”, nutrida feria de artesanos que se acercan a exponer y vender sus obras. Suele haber espectáculos gratuitos.

A mediados del siglo XIX nuestra naciente economía no podía permitirse el lujo de comprar mármoles o bronces originales por lo elevado de sus precios. Por lo tanto, se recurrió a los servicios de una importante fundición francesa, Du Val D’Osne, que ofrecía a buenos precios fuentes realizadas en hierro fundido patinado, compuestas por figuras alegóricas y variados elementos decorativos. La Fuente “La Cascada” en Brasil y Av. Paseo Colón, fue una de ellas. Dos esculturas la adornan: Neptuno joven y una Náyade, delicadamente realizadas con sus torsos desnudos y sus rostros inexpresivos, que responden a los cánones de Belleza Ideal de la cultura clásica. Esta fuente se instaló en 1931, cuando se quitaron las verjas artísticas que rodeaban los jardines privados de la residencia. Recordemos que el Río de la Plata llegaba hasta lo que hoy es la Av. Paseo Colón. Es como si la escultura de Poseidón estuviese custodiando sus antiguos dominios.

En 1962 se instaló en el Parque Lezama el Monumento a la Cordialidad Internacional, tributo con el que Montevideo rindió homenaje a la Reina del Plata en conmemoración del IV Centenario de la Primera Fundación de Buenos Aires. Donado en 1936, fue instalado primeramente en el Parque Colón, entre las calles Paseo Colón y Ing. Luis A. Huego. Trasladado al Parque Lezama, fue ubicado sobre Av. Martín García. Es obra del escultor Antonio Pena y del arquitecto Julio Villamayor y representa la unidad entre Uruguay y Argentina. Está construido en bronce obtenido del desguace de un viejo crucero y del fundido de monedas de 10 centavos donadas por las escuelas de Montevideo. Realizado en bronce, representa un navío que simboliza la unión de ambos pueblos: Argentina y Uruguay. Cuenta en su centro con una llamativa columna de 15m de altura y 4m de diámetro. En su superficie se observan dibujadas la ubicación de las constelaciones el día de la primera fundación de Buenos Aires, así como conquistadores, aborígenes y los ríos Paraná y Uruguay. En la parte delantera sobre la proa de la nave, una figura femenina representa La ofrenda que en su mano izquierda sostiene el Escudo de la Ciudad de Montevideo. Detrás de la columna hay un alero que techa un espejo de agua, ornamentado inferiormente con objetos cónicos que representan gotas de agua y por gárgolas, hipocampos, pulpos, ballenas y demás iconografía acuática.

¡Bueno, bueno, con tanta historia y detalles, no voy a dejar de contarte lo que hacíamos en el parque! Además de correr y jugar descubriendo cada rincón de mi amado parque, una de las cosas que no nos perdíamos era la calesita. Ricardo Borrajo era el dueño, él la instaló en el parque y estaba todos los días en la boletería. Los fines de semana era un desfile incesante de chicos, pero nosotros, los del barrio a quienes ya nos conocía, éramos privilegiados y ligábamos alguna vuelta gratis con la sortija que misteriosamente se dejaba ser agarrada al pasar. 9 caballos, 3 llamas, 3 tigres y 3 perros de colorida madera, que subían y bajaban. También se podía subir a uno de los cochecitos, andar en lancha o volar en avión, o quedarse de pie aferrada a una de las barras doradas porque desde ahí era más fácil atrapar la esquiva sortija. Desde la cenefa nos miraban sonrientes Donald, Mickey, el Rey León, Garfield, Tweety… Un mundo de sueños que giraban con nosotros haciéndonos soñar.
“No se hacen más calesitas. Mire el cortinado ¿Quién le hace ese trabajo ahora? Nadie. Ahora hacen hormas de caballitos con fibras de vidrio”, se pregunta y responde Ricardo Borrajo. “Los anticuarios quisieron comprarme los caballos de madera, pero no acepté. Desde que tengo la calesita, la única refacción que le hice fue cambiar los caños de bronce y el piso. Hasta hace unos años atrás, las calesitas eran utilizadas por todos. Pero ahora, con el sedentarismo y las nuevas tecnologías, pasaron a ser un entretenimiento exclusivo de la primera infancia y un recuerdo imborrable de todos los argentinos.»


Por último, no puedo cerrar este baúl de recuerdos sin hablar de la locura genial de mi hermano: los Carritos con rulemanes. Eran como las carreras del Autódromo, pero en plan “pibe”. Mi hermano se preparaba el carrito, le buscaba la aerodinámica y cada semana se lo arreglaba porque había caídas cada 2×3. ¡Rodillas y codos pelados por el pavimento! Y el árbol de la curva aguantaba que se estrellaran contra él, tratando de girar. ¡¡Esa bajada era temeraria!! Yo solía bajar la cuesta infernal en bicicleta y, con el envión, llegaba hasta la calesita y los columpios.
¡¡Lindo haberlo vivido para poderlo contar!!
“He vuelto a aquel banco del Parque Lezama, lo mismo que entonces se oye la noche, la sorda sirena de un barco lejano. Mis ojos nublados te buscan en vano. Después de diez años he vuelto aquí solo, soñando aquel tiempo, oyendo aquel barco. Mis penas vencieron. El tiempo y la lluvia, el viento y la muerte, ya todo llevaron”, escribió Ernesto Sábato en Sobre héroes y tumbas, novela ambientada en el famoso paseo de san Telmo y sus inmediaciones. Sábato no fue el único enamorado del parque más lindo de la ciudad, cuya historia se remonta hasta la mismísima fundación de Buenos Aires.

Muy buena descripción del Parque, así como revivir aquellos momentos guardados en el íntimo rincón de los recuerdos. De muy niño, aún no muy habilidoso (tampoco es que haya mejorado demasiado con el tiempo), vi a unos cuantos pibes que se arrojaban revolcándose por la parte más pendiente de la barranca y frenaban justo a tiempo allí abajo. Y allí fui a hacer lo mismo, pero me faltó el capítulo de la frenada y fui con mis huesos a adornar las baldosas del Paseo Colón, para desesperación de mi abuela que bajaba en mi ayuda lo más presta posible. Mucho después trabajé varios años en el vecino edificio de Crónica.
Muchísimos años después, en uno de los pocos regresos, recorrimos el parque (mi esposa y yo), enseñándole los mismos monumentos y disfrutando una tarde en una mesa junto a la ventana del Café Británico. Muchas gracias. Ha sido una bonita forma de comenzar esta mañana. Un abrazo.
Hola Daniel
¡Menuda experiencia te he recordado! No eras el único que quedaba espachurrado en las baldosas de Paseo Colón. Y algunos, hasta acababan llorando, aunque esto no era bien visto por los demás corredores, porque «Calavera no chilla». Para quien no conoce el dicho argentino: se usa para recriminar a alguien que se lamenta por las consecuencias de sus propias acciones.
¡Qué bien que pudiste volver a pasear por allí con tu esposa! Son recuerdos imborrables que da placer compartir con quien quieres. Más si lo haces comiendo un tostado mixto en el «Británico». ¡¡Mmmm!!
Gracias a ti por tu comentario. Me alegro de haberte puesto una sonrisa en la mañana. Un abrazo fuerte.
Marlen
¿Se llamaba Británico el café de Defensa y Brasil, no?
Sí, el «Británico» está en la esquina de Defensa y Brasil. Y se llama así por los ex combatientes ingleses de la Primera Guerra Mundial, que se reunían alli. De adolescente, era uno de mis bares preferidos donde me reunía con los amigos. Enfrente, cruzando Defensa, está «Hipopótamo», otro café notable de Buenos Aires.
Qué ganas de pasear por este parque. Y de pasear en el tiempo también y verlo en tu niñez, me ha gustado mucho la mezcla de la historia y de tus recuerdos.
Un abrazo
Hola Luna
Sí, me encantó volver a pasear por el Parque Lezama, aunque sea virtualmente. Porque en esos paseos, uno selecciona lo que quiere recordar y lo disfruta mucho. Me alegro que te haya gustado la historia del lugar y sus personajes y haberlo unido a mi niñez, a mis recuerdos. A mí me ha gustado tu comentario. Así que gracias por acercarte y comentar. Un abrazo fuerte.
Marlen
Logras hacer historia, memoria y nostalgia en una sola bocanada de aire del Río de la Plata.
Pasas de Pedro de Mendoza a esclavos, de quintas inglesas a lazaretos, de camelias a fiebre amarilla, de Thays a calesitas.
Y nada sobra.
Cada dato es un ladrillo en tu infancia.
Lo llamas Goyo.
Como si lo conocieras.
Como si te hubiera dado una vuelta gratis en la calesita.
Y de repente, el parque tiene padre.
Y tú, hermano.
«He vuelto a aquel banco del Parque Lezama…»
No cierras con tu voz.
Cierras con la voz del parque.
Y de repente, el parque te habla a ti.
Y a todos nosotros.
Y duele.
Y es hermoso.
Abrazo
Hola Marcos
No sabes cómo te agradezco tus palabras. Es una hermosa recopilación de todo lo que quise contar de mi bello Parque Lezama y compartir con vosotros, los que ya lo habéis caminado alguna vez y los que lo descubren a través de las palabras y los recuerdos. ¡Precioso tu comentario en el que logras reflejar esos ladrillos de mi infancia que aparecen de vez en cuando, con un poco de nostalgia por el tiempo ido y un mucho de alegría por todo lo disfrutado. Sabes desmenuzar un relato rescatando detalles que ni yo misma soy consciente de haber escrito. Muchísimas gracias por tu regalo.
Un abrazo muy fuerte.
Marlen
Hermoso relato histórico y sentimental. Gracias. Saludos.
Hola Marta
Me alegra que te haya gustado el relato del hermoso Parque Lezama.
Gracias a ti por tu comentario. Un abrazo
Marlen
Hola, Marlen.
Otro maravilloso paseo histórico, cultural y lleno de bellísimas imágenes, no solo las que se ven, que nos regalas con tus artículos. Porque yo he paseado por allí en tu compañía (virtual).
Qué suerte tener imaginación, porque con mis problemas para viajar no visitaba ni La Trastienda del Dragón que está a la esquinita de mi casa. 😂😝
Muchas gracias por ser mi guía en estos paseos.
Abrazo Grande.
Hola Jose
Es lo más bonito que me puedes decir, que has recorrido los senderos, nos hemos sentado en el anfiteatro, en uno de los bancos de los senderos del parque y me has escuchado la historia de Don Goyo y su precioso Parque Lezama. ¡Qué privilegiados que somos por poder disfrutar de nuestra imaginación!
Muchas gracias a ti, por ser un buen acompañante de nuestros paseos. Me gusta mucho recorrer el mundo y sus aledaños, con un amigo. Y gracias por tus comentarios. Un abrazo grandote.
Hola Trujamán, soy Marcela Imerito y hace mucho que no nos comunicamos a pesar de que te leo a menudo. Siempre muy interesantes tus relatos y conclusiones.
En este caso, me has tocado mis fibras internas de los recuerdos de mi niñez, en algo compartida con vos y Vicky, mi querido amigo de mi infancia a través de mi hermano tan amado.
Te felicito porque hiciste un gran trabajo de investigación histórica que yo desconocía del Parque, me has nutrido de información pero también de emociones compartidas de quienes hemos estado en ese lugar tan mágico.
Gracias por los recuerdos. Un cariño grande para vos y Viktor.
Hola Marcela
¡Qué sorpresa! Es cierto, uno se va enredando en la vida diaria y cuando te quieres dar cuenta… ¡ha pasado muchísimo tiempo!
También es una sorpresa saber que lees el blog. Me alegra que te parezca interesante, me gusta explayarme de lo que se me ocurre, sea que me guste o no. Y, de vez en cuando, al leer los comentarios, como esta vez, recibo un regalo particular.
Sí, el Parque Lezama fue un sitio muy especial en nuestras vidas. ¡Qué bien que para tu recordado hermano y para ti también lo fue!
Fuimos privilegiados por haber podido disfrutar de este hermoso lugar en medio de una ciudad como Buenos Aires.
Al pensar en escribir sobre el amado parque, tuve la intención de rescatar los recuerdos y momentos vividos, pero también la historia de ese lugar histórico, porque muchos la desconocen. ¡Cosas que nos pasan! No damos valor a lo conocido hasta que lo perdemos!
Le reenviaré a mi hermano tu comentario. Espero que estéis bien y que no pase tanto tiempo hasta que volvamos a conectarnos.
Gracias por tus palabras. Un abrazo fuerte
Marlen