Esta mañana comenzó como todas en el instituto de Irurtzun: pasillos llenos, mochilas arrastradas, olor a bollería del recreo filtrándose desde la cafetería. Os voy a contar lo que pasó en mi clase.
Yo me llamo Jon, tengo 16 años y soy más aficionado al móvil que a los libros de Historia. Entré al aula de Sociales esperando otra clase sobre mapas, fronteras o algún rey aburrido. Pero ese día el profe, el señor Lertxundi, llegó con una pelota de cuero gastada en la mano. Mala señal, pensé. Cuando aparece con objetos, suele haber tormenta de ideas.
.- Hoy hablaremos del rebote —dijo, golpeando suavemente la pelota contra su palma.
Yo miré a mis colegas: ¿deporte? ¿Historia? ¿Metáfora rara? Con él podía ser cualquier cosa.
.- ¿Sabéis qué es el rebote? —preguntó.
Oihane, que juega a pelota desde los cuatro años, levantó la mano.
.- El juego de pelota vasca más antiguo, profe. Sin pared lateral. Con cestas cortas. Hay que mandar la pelota al campo contrario para que rebote allí.
.- Exactamente —respondió él—. Pero hoy vamos a hablar de otro tipo de rebote. Un rebote político. Y de cómo la Historia —igual que esta pelota— siempre vuelve. A veces más dura que antes.
La clase entera quedó en silencio. Eso no pasaba nunca.



El profe escribió en la pizarra: 1975.
.- Hace medio siglo —continuó—, cuando murió Franco, España era la última dictadura de Europa Occidental.
Íbamos tomando notas, algunos más interesados que otros. Yo, la verdad, hasta ese momento pensaba en Franco más como un nombre de examen que como alguien que había condicionado la vida de nuestros abuelos. En casa nunca se hablaba de esas cosas. Alguna vez, mi tío Patxi… pero nada interesante.
.- Portugal ya había hecho la Revolución de los Claveles —explicó—. Grecia había tumbado a la Junta de los Coroneles. El mundo empezaba lo que el politólogo norteamericano Samuel Huntington había pronosticado como la tercera ola democratizadora en el mundo.
Lo dijo así, con solemnidad, como si pronunciara el título de una película épica.
Esa ola cruzó el océano —siguió—. Llegó a América Latina, donde muchos países sufrían golpes militares, desapariciones, torturas, asesinatos…


Y un poco después, tras la caída del muro de Berlín y la autodestrucción de la Unión Soviética, la ola tuvo su rebote en los países de Europa del Este, en lo que Churchill había denominado el telón de acero.
En la pantalla proyectó imágenes: soldados portugueses con claveles en los fusiles, multitudes derribando el muro, familias argentinas llorando a desaparecidos, pueblos recuperando libertades.
.- Y, sin embargo —añadió, dejando caer la pelota sobre su mesa—, Huntington ya dijo que las olas democráticas siempre generan reacciones. Que la democracia no se conquista: se sostiene. Todos los días.
Me quedé pensando. Nosotros damos por hecho que eso de votar, hablar, protestar, criticar políticos… es lo normal. Pero igual no es tan estable como creemos.
.- ¿Quién nos iba a decir —dijo el profe mientras nos miraba uno a uno— que cincuenta años después, tras aquellos días históricos para los españoles, en los que empezaban a saborear nuevamente las libertades, estamos en un juego de rebote, que el pasado volvería por la puerta principal, que veríamos a los sucesores de Pinochet intentando entrar por la puerta principal de La Moneda, el mismo palacio que los de aquel régimen bombardearon?
Varias manos se alzaron.
.- Pero, profe… —preguntó Asier—. ¿Cómo puede volver algo tan oscuro? ¿Cómo puede haber gente que quiera repetirlo?
.- El rebote —respondió él, levantando la pelota—. Siempre vuelve. Si bajamos la guardia, si no entendemos la Historia, si no nos implicamos, si no valoramos lo ganado… la pelota regresa. Y más fuerte.
Oihane intervino:
.- O sea que igual estamos… ¿retrocediendo?
.- No exactamente —respondió él—. Estamos entrando en un nuevo partido. El péndulo político oscila. Las sociedades se cansan, se dividen, se polarizan. Gente que antes defendía la democracia ahora cree que “da igual”, que “todo es un teatro”, que “mejor un poco de mano dura”, que “todos los políticos son lo mismo”. Y ahí está el peligro.
Miró por la ventana, como si pudiera ver medio siglo resumido en las montañas.
.- No nos lo merecemos como generación —susurró, citando el texto que había traído. Y luego añadió—: Pero como toda generación, tenemos que decidir si jugamos… o miramos desde la grada.
Entonces hizo algo inesperado:
.- Quiero que opinéis. Sinceramente. Sin miedo.
Ekhiñe, la más aplicada, habló primero:
.- Yo creo que lo que dice Huntington es verdad. Hay avances, retrocesos… Como si la sociedad se moviese en dimensiones diferentes según la época.
.- Bravo —respondió el profe—. La democracia es tridimensional: requiere memoria, responsabilidad y participación.
Markel levantó la mano:
.- A mí me cuesta verlo. Todo hoy es memes, TikTok, peleas en redes… La democracia está pero… como de fondo. ¿No?
.- Precisamente por eso es frágil —dijo el profe.
Iker, siempre el bromista, intervino:
.- O sea, profe… que si pasan cosas raras en política… ¿la culpa es nuestra por no estudiar Sociales?
Nos reímos, pero él contestó muy serio:
.- La culpa es de quien se desentiende cuando debería implicarse.
A mí me tocó hablar. No me gusta mucho, pero algo se movió dentro mío.
.- ¿Y si el rebote también sirve para aprender? Quiero decir… Igual el susto hace que la gente reaccione.
El profe asintió.
.- ¡Exacto, Jon! El rebote no es sólo una amenaza: es un recordatorio. Un “¡Eh, espabila!”. Igual que en la cancha: si te duermes, la pelota te pasa por encima.
Antes de terminar la clase, Lertxundi dejó la pelota sobre la mesa como si fuera un objeto sagrado.
.- Lo que vivís hoy —dijo— no es muy diferente de lo que vivieron nuestros padres y abuelos. Ellos tuvieron su ola. Nosotros tuvimos la nuestra. Ahora os toca a vosotros. Tenéis que decidir si queréis un país donde cada voz importe… o si preferís que os gobiernen los que gritan más fuerte, los que consiguen más seguidores en las redes.
Se acercó a la ventana y miró el frontón del pueblo, donde unos críos jugaban sin preocuparse por la Historia ni el futuro.
.- Aprended del rebote —concluyó—. De la pelota y de la Historia. Ambos vuelven. Siempre. Y haceros preguntas interesantes: ¿Se puede aprender del pasado sin vivirlo directamente? ¿Hasta qué punto la desinformación en redes alimenta estos rebotes? Pensad, pensad, ¡pensad! Seguiremos hablando la semana que viene.
La campana sonó. Recogimos las mochilas. Y mientras salíamos al pasillo, yo no podía quitarme de la cabeza aquella pelota cayendo y volviendo a las manos de quien la esperaba.
Pensé que quizás el profe tenía razón.Que el futuro —igual que el rebote— no depende sólo de la fuerza del golpe. Depende también de quién está preparado… para devolverlo.
Muy buena clase de Historia y de responsabilidad ciudadana!
Hola Mirna
¡Qué importante me parece hablar de historia con los jóvenes! Eso significa no quedarse con el «¡son todos iguales!».
Me alegro que te haya gustado. Gracias por tu comentario. Un abrazo.