La incapacidad de aceptar al otro tal cual es

Me llamo Urtzi y tengo sesenta años. Cuando echo la vista atrás, me veo con dieciocho, plantado en la cocina de la casa de mis padres, con el corazón latiéndome en la garganta y las manos temblando, diciéndoles que me iba a casar con Ane.

Decían que era una locura. Que era muy joven. Que me estaba apartando de la vida que me estaba destinada.

Pero yo la quería. La quería desde cuarto de instituto, desde que me pidió un bolígrafo y nunca más me devolvió el corazón. Ane era mi casa antes de tener una casa propia. Y contra todo pronóstico, contra todos los consejos bienintencionados y las amenazas veladas, nos casamos.

Dejé los estudios. Encontré trabajo en un taller mecánico y trabajé como un animal. Siempre he trabajado mucho. No me pesaba. Cada tornillo apretado, cada jornada doble, era una forma de decirle al mundo: “¿Veis? No era un error”.

Tuvimos dos hijos. Primero Adur. Después Abene. Buenos chicos. Cariñosos. Estudiosos. La clase de hijos que hacen que el cansancio merezca la pena.

Durante muchos años fuimos felices. O eso creí. Cumplíamos con la imagen de la familia perfecta.

El día que Adur le dijo a su madre que le gustaban los chicos, el mundo se nos partió por la mitad. No porque él lo dijera. Sino por lo que eso despertó.

Eran otros tiempos. La palabra “homosexual” se pronunciaba en susurros o en insultos. En el taller oía barbaridades. En el barrio también. Y yo sentí miedo, claro que lo sentí. No por lo que él era. Sino por lo que sabía que le harían.

Pero Ane… Ane no sintió miedo. Sintió vergüenza.

Recuerdo la escena como si estuviera ocurriendo ahora mismo.

.- Eso se te pasará —le dijo ella—. Es una etapa, después todo vuelve a la normalidad.

.- No es una etapa, mamá —respondió él con una serenidad que me rompía el alma. Es una condición física y una aceptación que estoy haciendo.

Y empezó la cruzada.

Médicos. Psicólogos que prometían “reorientación”. Sacerdotes. Libros absurdos. Ane hablaba de “curarlo” como si mi hijo tuviera fiebre. Yo intentaba hacerle entender que no había nada que curar. Que sólo había que seguir amándolo, aceptándolo y respetándolo.

.- Es nuestro hijo —le decía—. El mismo de siempre.

.- No —contestaba ella—. Esto no lo puedo aceptar, no lo quiero aceptar. Es anti natural, inmoral, es un pecado.

Y un día, simplemente, se fue, hizo sus maletas y nos dejó.

No hubo portazo. No hubo gritos. No hubo explicaciones. Sólo maletas en el pasillo y un silencio que todavía me retumba por dentro.

Nos quedamos los tres solos: Adur, Abene y yo.

No fue fácil, nada fácil. Aprendí a hacer trenzas, a cocinar lentejas sin que se pegaran, a hacer carteles para asistir con mi hijo a las manifestaciones, a discutir con amigos que perdí y con personas a quienes no convencí y a escuchar sin dar soluciones. Aprendí que amar a un hijo no es moldearlo, sino acompañarlo.

Adur creció. Conoció a Aratz, el muchacho al que amaba luciendo una sonrisa que yo no le había visto nunca. Un día vinieron a casa y me dijeron que iban a adoptar.

Cuando sostuve por primera vez a esa bebé, tan pequeña que cabía en mis antebrazos cansados, entendí algo que debería haber sabido siempre: el amor no se multiplica, se expande.

Maite es mi ojito derecho. Cuando me llama “aitona” (abuelo en euskera) con esa voz cantarina, siento que todo lo vivido tenía un sentido.

Abene también se casó. Tuvo una niña preciosa, Alaia que ahora tiene trece años. Inteligente, sensible, imaginativa. Hace poco nos sentamos en la mesa del comedor y, muy seria, dijo que se considera therian. Que siente una conexión profunda con un animal. Que ha estado haciendo meditación y que ahora lo tiene muy claro.

Yo no entendí mucho, la verdad. A mi edad hay palabras nuevas cada semana. Pero sí entendí algo esencial: la miré y vi a mi nieta. La misma que me pide que le enseñe a plantar tomates, la misma que me abraza cuando me duele la espalda, la misma que me acerca el bastón antes de que se lo pida, o que me invita por Whatsapp a jugar al Adopt Me!

Abene, en cambio, cambió la expresión. La misma rigidez que vi años atrás en el rostro de su madre apareció en el suyo.

.- Son tonterías de internet —dijo—. Se te pasará.

La historia se repetía, con distintas palabras.

Esa noche no pude dormir. Me pregunté en qué momento aprendemos a juzgar con tanta facilidad. Nadie nos obliga. Nadie nos pone una pistola en el pecho para que señalemos al diferente. Lo hacemos porque creemos que nuestra manera de estar en el mundo es la correcta, la única sensata, la única digna.

Decimos que lo hacemos por su bien. Pero no siempre es verdad. A veces juzgamos porque nos incomoda lo que no entendemos. Porque nos obliga a cuestionar nuestras certezas. Porque aceptar al otro tal como es, implica renunciar a la fantasía de que tenemos razón.

Ane perdió un hijo por no soportar que el mundo no encajara en su molde. Y ahora temo que Abene pierda una hija por lo mismo.

Yo no sé si entenderé del todo lo que significa ser therian. No sé si lo compartiría si tuviera trece años. Pero sí sé lo que se siente cuando te miran como si estuvieras roto, como si fueras un bicho raro. Lo vi en los ojos de Adur.

Y también vi lo que ocurre cuando alguien, aunque no comprenda, decide quedarse, tratar de entender y aceptar los sentimientos y la decisión del ser querido.

Lo que sí sé es lo que he empezado a averiguar. 

Que además de la conexión profunda e involuntaria con su animal, a veces se identifican con él. Que los expertos en salud mental no suelen considerar esta identificación como una patología, sino un aspecto de la exploración de la identidad, sobre todo en adolescentes.

Que siendo una autopercepción recientemente reconocida, es habitual que se los confunda con un simple deseo de disfrazarse o con otras comunidades, lo cual genera rechazo tanto de sectores conservadores, como de las propias comunidades que no se sienten representadas por el therianismo.

Que en redes sociales y en espacios públicos, los therians suelen enfrentar comentarios de odio, memes y bullying.

Yo recordé mis épocas en las que con mi mejor amigo nos unimos a un grupo que reunía un profesor de yoga y meditación. Él nos enseñó a meditar y a encontrar nuestro animal de poder. ¡Cuántas veces habré recurrido a la meditación para aclarar mi mente! ¿Tendrá algo que ver?

Claro que el “animal de poder” o “guía espiritual” que proviene de las tradiciones chamánicas, se percibe como una entidad independiente que actúa como un protector, un maestro o mensajero. En cambio “la identidad Therian” es una identidad interna e intrínseca. Un therian no ve al animal como un guía externo, sino que se siente ese animal a nivel espiritual o psicológico. No es algo que «tienes», es algo que «eres» o que forma parte esencial de tu ser. 

Un therian puede identificarse internamente como un animal y, al mismo tiempo, tener un animal de poder diferente al que percibe como un guía espiritual externo que le ofrece sabiduría o protección. ¡Interesante! ¿Seguirá existiendo aquel instituto de autoconocimiento?

Ser therian no es bueno ni malo, que algo salga de la norma no es bueno ni malo, expresarte de forma diferente y ver la vida de forma diferente, no es malo. Cada uno tenemos derecho a ser felices y a expresarnos como nos apetece, siempre que no perjudiquemos a los demás. Me siento bastante idiota por decir esto, porque se supone que es algo básico que ya hemos entendido y vivimos de acuerdo a esa norma elemental. Y sin embargo… 

Quiero estar preparado para charlar con mi nieta, entendiendo lo que siente y lo que piensa.

Los profesionales y diversas organizaciones instan a no juzgar ni condenar el comportamiento, sino a entenderlo como un fenómeno colectivo que no necesariamente implica una enfermedad.

Y yo me pregunto: ¿es necesario que un profesional nos recuerde que no debemos juzgar ni condenar el comportamiento de la gente? Pues a la vista de lo que voy viendo en diferentes plataformas, parece que sí. 

Hoy, con sesenta años y las manos marcadas por el trabajo y por la vida, he aprendido algo sencillo: juzgar es fácil. Amar es lo difícil. Y precisamente por eso es lo único que merece la pena.

Porque al final, lo que destruye a una familia, a un grupo, no es lo que uno es, sino la incapacidad del otro para aceptarlo. Y eso, a esta altura de la civilización, es triste, muy triste.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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