A la misma hora exacta —o casi exacta, porque Dios sabrá mucho, pero los husos horarios siguen siendo un infierno— en Washington un grupo de norteamericanos bien peinados, de sonrisa presidencial y dentadura que reluce como una doctrina bien financiada, cerraba los ojos en torno a una mesa de madera noble y alfombra histórica. Manos sobre hombros. Cejas fruncidas. Voz grave. Peticiones al cielo. Protección para el líder. Protección para las tropas. Protección para la bandera. Protección, si era posible, para la cuenta de resultados del país elegido.
A unos miles de kilómetros, quizás en Teherán, quizás en Qom, quizás en una sala más austera, con menos moqueta y más gravedad, unos iraníes hacían algo sospechosamente parecido: alzaban el alma hacia lo alto, o hacia dentro, o hacia esa región imprecisa donde los hombres colocan a Dios cuando necesitan que intervenga con urgencia.
Pedían amparo. Pedían justicia. Pedían resistencia. Pedían que el misil del otro tuviera mala puntería o, al menos, una crisis de conciencia en pleno vuelo.
Entre unos y otros, como siempre, el cielo soportaba una agenda imposible.
Porque si algo tiene la plegaria es que convierte al ser humano en un estratega metafísico. No exige esfuerzo físico, no requiere botas, no consume gasolina y rara vez provoca agujetas. No hace sudar, no mancha las manos, no obliga a cavar trincheras ni a cargar heridos. En el mejor de los casos, sólo pide silencio, una voz contenida y cierta expresión de solemnidad que, si uno es norteamericano, puede combinar con una corbata patriótica, y si es iraní, con un gesto de dignidad antigua. El resultado es el mismo: una súplica vertical en medio de un desastre horizontal.
Y, sin embargo, nadie se atreve a despreciarla del todo.
Porque la oración, en tiempos de guerra, funciona como funcionan las supersticiones elegantes: por si acaso.
¿Qué te lleva a rezar cuando los mapas arden, los informativos escupen cifras y el mundo entero parece un tablero de ajedrez manejado por personas que no deberían ni organizar una fiesta de cumpleaños? Una lógica invencible, casi infantil en su pureza: ¿y si perdemos por no haber rezado? ¿Y si el rival, más prevenido, más piadoso o simplemente más supersticioso, ha mandado primero la solicitud al Altísimo? ¿Y si el cielo, por una cuestión burocrática, atiende antes al que llegó con el formulario mejor redactado?
Así, un pastor evangélico en Washington puede pedir que el Señor fortalezca al presidente, bendiga a sus soldados y le dé sabiduría para administrar la pólvora con criterio. Y a la misma hora, un clérigo iraní puede implorar que Dios sostenga a su pueblo, proteja sus ciudades y convierta el acero enemigo en fracaso técnico. Ambos lo hacen con convicción. Ambos lo hacen con lágrimas quizás sinceras. Ambos creen, al menos durante ese minuto litúrgico, que el Creador del universo tiene tiempo para revisar el caso particular de su bando antes del próximo bombardeo.
Es una escena conmovedora, si uno la mira desde lejos. Es una escena inquietante, si uno la mira de cerca.
Porque rezar por la paz es una cosa. Rezar por la victoria ya es otra. Y rezar para que el proyectil del propio lado encuentre con exactitud casi milagrosa el objetivo del enemigo, mientras se espera que el proyectil enemigo sufra una intervención divina de última hora, es una de esas acrobacias morales que la humanidad ejecuta con una soltura admirable.
No hay que burlarse demasiado. Todos lo hacemos a pequeña escala.
Uno reza para aprobar un examen que no ha estudiado. Otro reza para que no llueva el día de su boda, aunque al agricultor de la comarca de al lado le venga de maravilla una tormenta. La señora del tercero pide que su hijo consiga el trabajo; la del cuarto, que se lo den al suyo. El comerciante ruega por ventas, el competidor por una leve caída del vecino. Los rezos, en el fondo, son como los deseos de cumpleaños, sólo que con una teología detrás y, a veces, con consecuencias geopolíticas.
Los judíos lo saben bien, porque han pasado siglos rezando entre ruinas, exilios, persecuciones, retornos, muros, memorias y promesas. Han rezado mirando piedras que son más que piedras, palabras que son más que palabras, historias que a fuerza de repetirse ya no pertenecen a una sola generación. Saben que la oración puede ser consuelo, resistencia, identidad, herencia. Pero incluso ahí, donde el rezo es a veces una forma de sobrevivir al calendario, aparece la pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando dos memorias sagradas piden cosas incompatibles? ¿Qué hace Dios cuando recibe, el mismo día, dos plegarias perfectamente justificadas y mutuamente excluyentes?
La humanidad ha resuelto ese dilema con una fórmula magistral: no pensarlo demasiado.
Y ahí reside la gran elegancia de la oración. No exige auditorías. No obliga a revisar estadísticas. Nadie sale de una rogativa con una hoja de cálculo bajo el brazo. Nadie dice: “Llevamos setenta y tres rezos, cuatro novenas, dos ayunos, una vela aromática y los resultados siguen siendo decepcionantes; quizá debamos reconsiderar la estrategia”. No. Se reza, se suspira, se confía… y luego se deja el asunto en manos superiores. Lo cual, bien pensado, es una forma refinada de externalizar responsabilidades.
La oración tiene algo de servicio premium sin coste inicial.
No cuesta dinero —salvo que medien donaciones, merchandising o un tele-evangelista particularmente inspirado—. No produce gastroenteritis. No requiere entrenamiento. No obliga a leer la letra pequeña. No deja moratones. Y, además, tiene una virtud estética indiscutible: incluso en medio de la brutalidad, conserva una calma casi escandalosa. Es difícil imaginar a alguien recitando un salmo mientras da patadas a una silla con rabia, aunque la historia demuestra que el ser humano puede sorprendernos.
Por eso, en medio del ruido de las bombas, el rezo sigue pareciendo una actividad respetable, casi civilizada. Mientras unos gritan, otros imploran. Mientras unos disparan, otros bajan la voz. Mientras un dron despega, alguien junta las manos. El contraste es tan perfecto que casi parece diseñado por un novelista con mala leche.
Lo verdaderamente fascinante, sin embargo, no es que se rece.
Lo fascinante es la confianza implícita.
Para rezar en serio hace falta algo más que fe: hace falta una pizca de soberbia. La justa, la que te permite pensar que, entre millones de peticiones simultáneas, la tuya no sólo será escuchada, sino que seguramente tenga preferencia. Que tu causa es más justa. Tu dolor más puro. Tu bando más digno. Tu misil, en el peor de los casos, más moral que el del contrario.
Un norteamericano lo llamará defensa de la libertad.
Un iraní lo llamará dignidad nacional.
Un judío quizás lo envolverá en la memoria de una herida histórica que nunca termina de cerrarse.
Y todos, absolutamente todos, encontrarán un modo de explicarle a Dios por qué esta vez, sólo esta vez, convendría ponerse discretamente de su parte.
Lo asombroso es que Dios, si existe y conserva sentido del humor, debe de asistir a estas escenas con una paciencia verdaderamente sobrenatural.
Imaginemos por un momento el despacho celestial.
A la izquierda, una solicitud urgente: “Protege a nuestras tropas, Señor.”
A la derecha, otra: “Haz que sus tropas no lleguen.”
En el centro, una nota complementaria: “Concede precisión a nuestro ataque.”
Segunda nota, minutos después: “Desvía su ataque con tu mano poderosa.”
Tercera: “Danos la victoria.”
Cuarta: “Concede justicia divina.”
Quinta, escrita con solemnidad impecable: “Que se haga tu voluntad.”
Y ahí está la maravilla: todos pronuncian esa última frase con una serenidad admirable, aunque la voluntad divina, si difiere de la propia, suele decepcionar bastante.
Pero no conviene ponerse cínico del todo. Porque, a pesar de su contradicción, la plegaria revela algo profundamente humano. Algo incluso tierno, si se mira con generosidad. Cuando el hombre se descubre impotente, reza. Cuando no controla el resultado, reza. Cuando ya no sabe qué más hacer, reza. Cuando ha hecho demasiado y empieza a sospechar que quizás ha hecho precisamente eso —demasiado—, también reza. Rezar no siempre es un gesto de fe pura, a veces es una confesión elegante de incapacidad.
Y eso merece respeto.
Lo que quizás no merece tanto respeto es el uso político del rezo como decoración moral del poder. El presidente rodeado de manos bendiciendo una ofensiva. El líder religioso revestido de solemnidad mientras el mapa se llena de humo. El hombre fuerte del momento recibiendo protección divina con la misma naturalidad con la que otros reciben informes de inteligencia. Hay algo casi teatral en esa escena, como si la historia insistiera en representarse a sí misma con símbolos cada vez más grandes para que hasta los distraídos entiendan el mensaje.
Primero se decide la guerra. Luego se consulta al cielo. Es un orden de prioridades muy nuestro. Y, sin embargo, no todo está perdido.
Porque en algún rincón —siempre hay un rincón— habrá alguien rezando sin pedir victoria. Una madre en Tel Aviv. Un anciano en Isfahán. Una mujer judía tocando una pared antigua y pidiendo que no llamen a su puerta. Un muchacho iraní mirando el techo mientras la ciudad tiembla. Un soldado norteamericano que no pide gloria, sólo volver entero. Alguien, siempre alguien, rezará no para ganar, sino para que termine. No para imponerse, sino para sobrevivir. No para que Dios tome partido, sino para que los hombres dejen, por una vez, de obligarlo a hacerlo.
Esos rezos no salen en televisión. No aparecen en el Despacho Oval. No tienen atril. No llevan subtítulos. No vienen acompañados de portavoces ni de declaraciones grandilocuentes.
Pero tal vez sean los únicos que no suenan como una negociación. Tal vez por eso la plegaria conserva su prestigio incluso cuando la política la manosea, porque debajo del espectáculo sigue habiendo una verdad humilde. La del ser humano que, al borde del abismo, levanta la vista. Aunque no sepa muy bien a quién. Aunque sospeche que nadie responderá de inmediato. Aunque la lógica le diga que el rival está haciendo exactamente lo mismo, con idéntica devoción y argumentos casi simétricos.
Se reza, en definitiva, porque siempre queda esa posibilidad absurda y maravillosa de que el universo escuche. Y porque nadie quiere cargar con la sospecha de haber perdido una guerra, una vida, un hijo, una patria o un último hilo de esperanza… por no haber rezado.
Así que rezan los norteamericanos con su confianza imperial y sus manos bien colocadas. Rezan los judíos con su memoria larguísima y sus heridas antiguas. Rezan los iraníes con su orgullo herido y su resistencia solemne.
Y mientras unos y otros elevan sus palabras, el cielo —si es sensato— debe de guardar un silencio diplomático. No por indiferencia. Sino porque, entre tanto pedido incompatible, quizás la única respuesta decente sea esperar a que los hombres dejen de usar la oración como si fuera una prolongación espiritual del armamento.
Y entonces sí. Entonces, tal vez, Dios pueda por fin escuchar algo que no suene a parte de guerra.
Hola, Marlen. Excelente y exhaustivo análisis. Solo puedo agregar que hay dos rezos, como vos lo mostraste, el del humilde que se reconoce falto de capacidad para controlar la realidad y la del poderoso que, cuando no hay justificación lógica a lo que hace, necesita la fuerza del cielo para respaldarlo. Mis respetos a quienes se ven envueltos en las locas ideas de quienes detentan el poder y suplican por la vida.
Un abrazo
Hola Mirna, siempre me ha llamado la atención que algo tan simbólico e íntimo pueda generar dos cosas tan alejadas en intencionalidad. Y siempre, por supuesto, me detengo con aquellos que, sin participar en las violencias y odios de los poderosos, se ven envueltos en la espiral que todo lo arrasa y lo destruye.
Es atroz que el ser humano sea capaz de tanta bajeza y maldad ¿por soberbia, por egoísmo, arrogancia, narcisismo, necesidad de ejercer el poder sobre los demás, resentimiento, venganza, necesidad de admiración, victimización, sentimiento de superioridad, desprecio por la debilidad…? ¿Hay algo de todo este espectro de sentimientos que justifique la muerte de otras personas, sean grandes o pequeñas? Creo que somos muchos, y me incluyo, quienes no lo entenderemos nunca. Aunque la fuerza del cielo y de sus dioses los perdone.
Gracias por tu comentario. Un abrazo.
No, Marlen. No hay nada de eso que lo justifique, por eso están las mentiras justificatorias: agresión anterior, peligro inminente, maltrato, falta de democracia, etc. que usan para intentar justificar y si eso no alcanza, tratan de ganar la simpatía de aquellos mismos a quienes mandarán al frente mostrándose como criaturas de Dios, incitando al rezo. Pero esas son solo astucias que despliegan para que los pueblos los apoyen. Un abrazo
¡Exacto! Estamos de acuerdo.