Lo que el tiempo no pudo romper

El último día en la Tierra olía a lejía, lluvia reciente y metal frío. El centro de preservación estaba bajo tierra. Bajaron en un ascensor silencioso. Pasillos pulidos. Luces blancas. Vidrios gruesos. Técnicos con rostros tan tranquilos que daban miedo. La gente que trabaja cerca de la muerte termina desarrollando una elegancia extraña, una especie de calma quirúrgica que a veces se parece demasiado a la indiferencia.

Iñaki iba en una camilla. Ya casi no sentía las piernas.

Su madre caminaba a un lado, sin llorar. Había llorado tanto en los días anteriores que parecía haberse quedado seca por dentro. A veces el dolor deja de salir y se queda sedimentado, como sal.

Beltxa avanzaba junto a la camilla con un arnés especial ridículamente sofisticado. Le habían puesto una pequeña máscara de sedación y un monitor que le daba aspecto de astronauta asmático.

.- Parece un embutido espacial —dijo Iñaki con la voz quebrada.

.- No es el momento —susurró su madre.

.- Precisamente por eso.

Cuando llegaron a la sala final, la doctora Salvatierra pidió unos minutos a solas.

La habitación era circular. En el centro, dos cápsulas de cristal se alzaban una junto a la otra. La grande y la pequeña. La humana y la canina. Parecían ataúdes diseñados por una civilización incapaz de aceptar la palabra “ataúd”.

Su madre se inclinó sobre él. Le acarició el pelo, la frente, las cejas, la mejilla, como si quisiera memorizar con las manos lo que el tiempo estaba a punto de robarle.

.- No sé si estoy haciendo lo correcto —susurró.

.- Mamá.

.- No sé si te estoy salvando o si te estoy entregando a otra forma de perderte.

Iñaki tragó saliva.

.- Si despierto, habré ganado tiempo.

.- Y si no…

Él la miró.

.- Entonces no me dolerá.

Ella apoyó la frente en la suya y, por un segundo, fue otra vez una madre con un niño con fiebre, y no una mujer despidiéndose de un hijo vivo.

Beltxa gimió. Iñaki estiró los dedos. Apenas obedecían. El perro se acercó y apoyó la cabeza en su mano.

.- Escúchame, monstruo —murmuró—. Si despiertas antes que yo, no muerdas a nadie importante.

Beltxa parpadeó.

.- Bueno… a nadie imprescindible.

Su madre soltó una risa rota. De esas que nacen exactamente en el lugar donde duele más.

El sedante entró por la vía como una marea lenta. Iñaki sintió que el mundo empezaba a alejarse.

La última imagen que tuvo fue grotesca y perfecta: Beltxa resistiéndose al sueño con una dignidad ridícula, intentando mover la cola incluso cuando las patas se le doblaban, como si quisiera dejar claro que ni la química ni la muerte tenían derecho a interrumpir el amor.

Luego vino el frío. No un frío de invierno. Un frío absoluto, un frío sin paisaje, un frío que no pertenece a ningún lugar habitable.

Despertar no fue volver. Fue ser arrancado. Una violencia. Una invasión. Un espasmo brutal de luz y náusea.

Iñaki abrió la boca y no respiró: se atragantó. Un líquido espeso le subió por la garganta. Tosió, se arqueó, sintió cuchillas en el pecho, y expulsó un chorro de criogel transparente con vetas rosadas que salpicó el suelo como una criatura marina.

Había voces. Sombras. Luces circulares. Un zumbido agudo que parecía venir de dentro de sus propios dientes.

.- ¡Respira! ¡Iñaki, respira! —gritó alguien.

Una mano en su mandíbula. Otra en su pecho. Un olor desconocido: ozono, desinfectante, algo vegetal.

Volvió a toser. Aire. Dolor. Mundo. Entonces lo oyó.

Un ladrido. Ronco. Indignado. Familiar.

.- Brr… Beltxa…

La palabra le salió raspando.

Giró la cabeza. A su derecha, sobre una mesa médica baja, Beltxa forcejeaba envuelto en mantas térmicas. Tenía el pelo a mechones, una especie de casco neurológico mal ajustado y un hilo de baba colgándole del hocico. Parecía una albóndiga traumatizada devuelta de entre los muertos.

Iñaki soltó una risa y un sollozo al mismo tiempo.

.- Está… horrible.

.- Eso es buena señal —dijo una voz joven.

Una chica se inclinó sobre él. Tendría 16 o 17 años. Piel cobriza, pecas casi invisibles, media cabeza rapada y el resto del cabello recogido en una trenza fina con pequeñas piezas metálicas. Tenía ojos enormes, atentos, de esa clase de ojos que parecen haber visto más de lo que corresponde a su edad.

.- No te muevas —dijo—. Tu sistema nervioso se está reintegrando.

Iñaki parpadeó. Intentó enfocar.

Detrás de ella, un gran domo transparente se curvaba sobre el laboratorio.

Más allá del vidrio había un paisaje imposible. Tierra roja. Columnas de vapor. Musgo verde oscuro extendiéndose en parches. Estructuras translúcidas elevándose como catedrales de cristal. Y un cielo color salmón.

.- ¿Dónde…?

La chica dudó un instante, como si pronunciarlo en voz alta fuera una crueldad.

.- Marte.

Iñaki cerró los ojos. Volvió a abrirlos. El paisaje seguía allí.

.- ¿Me he muerto?

.- No.

.- ¿Seguro?

.- Bastante.

.- Entonces esto es peor.

La chica dejó escapar una risa breve, involuntaria.

.- Me llamo Aina.

.- Yo me llamo… —tragó saliva—. Creo que ya lo sabes.

.- Sí.

Había ternura en su voz. Y algo más. Algo parecido a la culpa.

La puerta se abrió. Entraron dos personas con batas flexibles y un pequeño enjambre de drones médicos. Una pantalla se iluminó en la pared.

FUNDACIÓN MEMORIA VIVA

REENCUENTRO HISTÓRICO

Iñaki lo entendió antes de que hablaran. Lo entendió en el logo. En la postura de los adultos. En el modo en que Aina bajó la mirada.

.- No me habéis despertado por mí —dijo.

Nadie respondió.

Un hombre alto, impecable, dio un paso al frente.

.- Iñaki, es un privilegio informarte de que tu patología es hoy completamente tratable. Tras un periodo de rehabilitación, se espera una recuperación funcional notable.

.- ¿Cuánto tiempo hace que existe la cura?

Silencio.

Aina se quedó inmóvil.

.- ¿Cuánto? —repitió él, más fuerte.

El hombre inspiró.

.- Ciento cincuenta y ocho años.

El mundo no explotó. No se rompió el cristal. No se apagaron las luces. No pasó nada espectacular.

Y, sin embargo, algo se derrumbó de un modo total y silencioso dentro de Iñaki.

.- No.

.- Hubo complejidades legales…

.- No.

.- Disputas de custodia, transferencias de jurisdicción, costes de conservación, cambios entre sedes terrestres y marcianas…

.- Habla como una persona.

El hombre tragó saliva.

.- No era conveniente despertarte antes.

.- ¿Conveniente para quién?

Nadie contestó.

Beltxa, desde la mesa, soltó un gruñido sorprendentemente profundo.

Iñaki miró al perro y soltó una risa hueca.

.- Perfecto. Hasta él entiende el capitalismo y la burocracia.

La rehabilitación fue lenta. Cruel. Humillante. Hermosa.

Volver a mover un pie después de tres siglos era como recordar un idioma olvidado en otra vida. Volver a doblar una rodilla, sostener una cuchara, cerrar la mano, incorporarse sin ayuda: cada gesto era una conquista microscópica y obscena. El cuerpo, pensó, es una fe ciega en la repetición.

Aina iba a verlo todos los días. Le llevaba frutas cultivadas en bioimpresoras con formas absurdas, grabaciones antiguas de bosques terrestres, sonidos de lluvia, archivos de música del siglo XXI, y a veces sólo silencio. Se sentaba con él frente al domo y no decía nada. Esa era la mejor compañía: la que no obliga a rellenar la herida con palabras.

Beltxa mejoró más deprisa. Siempre había sido indecentemente terco.

A los pocos días ya corría —o algo parecido— detrás de los drones de limpieza, se orinó en una consola de diagnóstico de altísimo valor y consiguió vomitar una tira de polímero quirúrgico en medio de una visita institucional.

.- Está destruyendo una tecnología que tardó cuarenta años en desarrollarse —dijo escandalizado un técnico.

.- Pues dile que no —respondió Iñaki.

Aina se reía con la cabeza echada atrás, y esa risa tenía algo que a Iñaki le dolía mirar.

Una tarde, mientras observaban la nieve artificial caer sobre una explanada roja al otro lado del domo, Iñaki preguntó:

.- ¿Sabes qué es lo peor?

Aina no respondió. Esperó.

.- No que mi madre esté muerta. No que mi casa ya no exista. No que el barrio sea polvo o museo o lo que sea. Lo peor es que el mundo siguió. Sin pausa. Sin hueco. Sin necesitarme. Como si yo hubiera sido una frase borrada de un libro, que aun así se entendía perfectamente.

Aina se quedó mirando el vidrio.

.- Yo nací aquí —dijo al cabo—. Marte ya estaba hecho. Los domos, los jardines, los mares pequeños, las escuelas, las reglas. A veces siento lo contrario. Que llegué tarde a algo que otros construyeron. Que estoy viviendo en una herencia que no me pertenece.

Iñaki la miró.

.- Entonces los dos somos huérfanos de un lugar.

Ella sonrió sin alegría.

.- Supongo.

La verdad completa llegó una noche. Aina lo llevó al archivo biológico, una cámara circular donde las columnas de datos flotaban suspendidas en el aire como medusas de luz. El lugar zumbaba con una calma casi religiosa.

Activó un expediente restringido:

SUJETO E-17

6 REANIMACIONES PARCIALES FALLIDAS

RECONSTRUCCIONES TISULARES: MÚLTIPLES

CONTINUIDAD NEURAL: 83,2% ESTABLE

Iñaki sintió que algo helado le atravesaba las costillas.

.- ¿Qué es esto?

Aina no le miró, pero le contestó.

.- Hubo intentos. Antes. Despertares breves. Minutos. Horas. Una vez… casi dos días. Tu cuerpo colapsaba. O tu integración cognitiva se fragmentaba. Volvían a preservarte. Reparaban. Reintentaban.

.- Yo… ya desperté.

.- Fragmentos de ti, sí.

.- Entonces yo no soy el original.

La frase cayó entre ambos como un cristal roto.

Aina tragó saliva.

.- No sé qué significa “original”. Tus células no eran las mismas ni siquiera antes de enfermar. Cada persona cambia de materia. Lo que se conserva nunca es perfecto. Pero sigues recordando. Sigues eligiendo. Sigues amando.

Iñaki se volvió hacia otra columna.

SUJETO B-1

11 REACTIVACIONES NEURALES CANINAS

RESTAURACIÓN SOMÁTICA ITERATIVA

MAPA MNÉSICO: CONTINUIDAD PARCIAL

No entendió algunas palabras. Entendió todas.

.- No.

Aina cerró los ojos.

.- Lo siento. Las redes de memoria canina eran más difíciles de estabilizar. Hubo… muchas pérdidas. Mucha reconstrucción. Mucho parche.

.- No me digas eso.

.- Iñaki…

.- No me digas que me habéis devuelto una cosa que se parece a él.

Su voz salió rota. Casi infantil.

.- No me quites también eso.

Como si hubiera escuchado su nombre en un idioma secreto, Beltxa apareció en la puerta.

Avanzaba con esa solemnidad ridícula de los perros viejos que se creen inmensos. En la boca llevaba algo. Una pelota. Pequeña. Roja. Descolorida. Mordida en un lado. “La pelota”.

La última tarde, antes de entrar en la cápsula, Iñaki la había metido en el bolsillo de su sudadera. Nadie la había tocado. Había viajado con él siglos enteros entre sus objetos personales.

Beltxa se acercó. Dejó la pelota a sus pies. Levantó la cabeza. Y entonces, con la precisión cruel de los milagros verdaderos, hizo algo que ningún protocolo, ninguna restauración, ningún mapa neural parcial debería haber podido garantizar.

Respondió al viejo silbido. No al que Iñaki acababa de hacer —porque no había silbado—. Respondió al recuerdo. Dio una vuelta torpe. Dos pasos hacia atrás. Alzó la pata derecha. Y golpeó el aire con la cola exactamente tres veces.

Su truco más idiota. Su favorito. El primero que aprendió de cachorro.

Iñaki cayó de rodillas. No lloró con belleza. No lloró como en las películas. Lloró con ruido, con mocos, con una respiración rota y animal. Lloró como se llora cuando el amor encuentra un agujero por donde regresar.

Beltxa le lamió la cara con desesperación, metiéndole el hocico en la nariz, en la boca, en los ojos. Olfateándolo con una urgencia feroz, como si necesitara certificar, molécula a molécula, que aquel chico suyo seguía ahí debajo de los siglos.

.- Eres tú —sollozó Iñaki—. Aunque no seas tú del todo. Aunque yo tampoco lo sea. Eres tú. Eres tú.

Aina se arrodilló a su lado y también empezó a llorar.

Afuera, detrás del domo, comenzó a nevar. Nieve sobre Marte. Copos blancos sobre tierra roja.

Una contradicción sostenida por máquinas y por nostalgia. Una mentira hermosa. Una herejía climática. El intento humano de obligar al universo a parecerse un poco más a lo perdido.

Iñaki abrazó a Beltxa con ambas manos. Por primera vez desde el despertar, sintió el peso entero de otro ser apoyado contra su pecho. Y entonces lo notó. El latido.

Demasiado rápido. Demasiado frágil.

Levantó la cabeza.

.- Aina…

Ella lo entendió al instante.

.- No.

El veterinario entró corriendo cuando ya era tarde.

Beltxa se tensó apenas entre sus brazos. Un espasmo pequeño. Un gemido mínimo, casi avergonzado. Como si pidiera perdón por algo que no podía evitar. Luego exhaló. Una sola vez. Y el cuerpo cambió. Es difícil explicar ese cambio. El peso sigue ahí. El calor tarda unos segundos en irse. El pelo sigue oliendo igual. La lengua asoma igual de ridícula.

Y, sin embargo, algo inmenso e invisible deja de estar.

El silencio fue tan grande que parecía un océano.

.- No —susurró Aina.

Iñaki no gritó.

Le apartó con ternura la lengua boba. Le cerró el ojo bueno. Le alisó la oreja doblada. Y sonrió.

No porque estuviera bien. No porque aceptara nada.

Sino porque, en medio del dolor, comprendió algo insoportable y hermoso.

 .- Beltxa… acaba de morirse.

Él levantó la vista hacia la nieve que caía tras el cristal, hacia el cielo salmón, hacia el planeta imposible, hacia el universo entero que había seguido sin pedir permiso.

Y acotó:

.- No, en realidad, acaba de venir conmigo hasta aquí.

Las lágrimas le temblaban en la barbilla.

.- Podían haberme despertado cien veces. Podían haberme reconstruido en pedazos. Podían haber cambiado mis células, mis órganos, mi edad, mi mundo, mi cielo. Podían haber borrado calles, casas, idiomas, continentes. Pero él… él me ha reconocido. Otra vez.

.- ¿Entiendes eso, Aina? En un planeta que no existía para nosotros, después de siglos, entre copias, fallos, remiendos y hielo… él me ha encontrado.

Aina se cubrió la boca con la mano.

Iñaki apoyó su frente en la de Beltxa por última vez.

.- La identidad no es una línea recta —susurró—. Es una fidelidad. No es permanecer intacto. Es seguir, sabiendo a quién vuelves.

Luego metió la mano en el bolsillo de la bata y encontró algo que no recordaba haber guardado allí. Un sobre. Amarillento. Real. Papel de verdad. Su nombre, escrito a mano. Para cuando despiertes. Si despiertas. Si llegas.

La letra de su madre. Las piernas dejaron de sostenerlo.

Aina lo sujetó por los hombros mientras él abría el sobre con dedos temblorosos.

Dentro había una sola hoja. La tinta estaba un poco corrida, como si hubiera llorado mientras escribía.

Hijo mío:

Si estás leyendo esto, entonces el mundo ha sido capaz de algo maravilloso, aunque haya llegado tarde. Perdóname por no estar. No he sabido salvarte aquí, así que he tenido que confiar en un tiempo que no veré. Eso también es una forma de fe.

Si despiertas y yo no estoy, no pienses que te dejé. He ido contigo hasta donde he podido. Y si Beltxa llega contigo, entonces no tendrás miedo al abrir los ojos. Lo sé porque nunca lo has tenido cuando él estaba cerca.

No importa en qué planeta estés, ni en qué siglo, ni si eres exactamente el mismo. Si aún puedes querer, sigues siendo mi hijo.

Vive. Aunque duela. Vive incluso si el mundo te resulta ajeno. Vive aunque tengas que aprender otra vez qué significa estar aquí.

Y cuando nieve donde no debería nevar, acuérdate de mí. Mamá.

Iñaki no pudo seguir leyendo. El papel se le dobló entre las manos. Afuera, la nieve seguía cayendo sobre Marte con una suavidad obscena, casi ofensiva, como si el universo supiera ser hermoso precisamente en los momentos más crueles.

Él abrazó el cuerpo todavía tibio de Beltxa. Apretó la carta contra su pecho. Y lloró por su perro, por su madre, por la Tierra perdida, por el chico que había sido, por el cuerpo rehecho que ahora habitaba, por todas las versiones de sí mismo que quizás habían despertado antes y habían vuelto a morir sin alcanzar ese instante.

Lloró por haber llegado tarde a todo. Y también, de algún modo imposible, por haber llegado.

Bajo el domo marciano, mientras la nieve artificial cubría la tierra roja como una memoria ajena, un muchacho resucitado comprendió al fin que vivir no es conservarse intacto. Vivir es atravesar la destrucción y seguir siendo reconocible para aquel o aquella que amas.

Esa noche, cuando el laboratorio quedó en silencio, Aina lo encontró todavía sentado junto al cristal, con Beltxa en el regazo y la carta abierta entre los dedos.

No dijo nada. Se sentó a su lado. Pasó mucho rato antes de que Iñaki hablara.

.- Aina.

.- ¿Sí?

.- ¿Aquí enterráis a los perros?

Ella lo miró con los ojos anegados en lágrimas.

.- Sí.

.- Quiero hacerlo donde caiga la nieve.

Aina asintió.

.- Hay un jardín bajo el domo norte.

Iñaki acarició una última vez el lomo de Beltxa.

.- Bien.

Se quedó quieto.

Luego añadió, con una voz tan baja que casi se confundía con el zumbido del vidrio:

.- Porque si alguna vez me pierdo otra vez… quiero saber dónde volver a buscarlo.

Y entonces Aina lloró también, sin esconderse, mientras afuera seguía nevando sobre un mundo imposible, y en aquel planeta rojo, por primera vez desde que abrió los ojos, Iñaki dejó de sentirse una reliquia. Se sintió, con toda la belleza insoportable de la pérdida, profundamente vivo.


logo-vadereto-abril-2026
En el blog “VadeReto” de JascNet existe este reto literario que me encanta.
Es una invitación a escribir, sólo un tema cada mes, que puedes desarrollar como más te guste.
El VadeReto de este mes se llamará El Despertar.

¿Y en qué va a consistir?
Sencillo: El personaje principal del relato es el durmiente criogenizado.
El tiempo pasa hasta que, de alguna forma, despierta.
¿Cuánto? Un año, un lustro, un siglo, un milenio…
¡No os los perdáis! Podéis leer el resto de aportes aquí:

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

15 comentarios sobre “Lo que el tiempo no pudo romper”

  1. Uffff Marlen, con lo que me encanta a mí la ciencia ficción y escribes esta JOYA. Me encantó, me conmovió, la sufrí, todo al mismo tiempo. Es tan, pero tan buena… en serio. Un lujo leerla, gracias por escribirla y compartirla. Te felicito.

    1. Hola Ana. La verdad es que no soy de escribir mucha ciencia ficción, pero me gustó hacerlo. Los sentimientos, al fin de cuentas están presentes y me gusta transmitirlos. ¡Muchísimas gracias por tus palabras! Valoro mucho tu opinión.
      Gracias a ti por tu comentario. Un abrazo fuerte.

  2. ¡¿Y ahora qué digo yo?!
    🤗😭😂🥲😌😫🫠(Potaje de Sentimientos)
    Como los grandes CuentaCuentos has cogido una idea muy simple y le has pegao un curro impresionante para convertirlo en Sentimiento puro. Risas y llantos se mezclan en un manojito de amores, cada uno más hermoso y más sincero que ninguno.
    De verdad te digo que me cuesta comentar nada, porque es un relato que se sufre, claro, pero también se disfruta, porque cuentas cosas preciosas que llegan al corazón y dejan la cabeza dando tarumbos.
    No te has limitado a experimentar con un avance científico, que puede estar más o menos cerca y ser más o menos loco, lo has llevado al límite para probar la resistencia del amor ante el paso del tiempo, la lealtad de nuestras mascotas, el amor de una madre, la compañía de otro corazón solitario…
    En fin. Solo puedo añadir que Muchísimas Gracias, Marlen, por este regalazo para el VadeReto. No puedo estar más orgulloso de mi familia acervolense.
    Abrazo Grande empapaito de lágrimas, sonrisas y la satisfacción de haber vivido otra preciosísima historia de nuestra Ipuin Kontalariak. 🤗🥰💝

    1. Hola Jose. ¡Me gustó eso de potaje de sentimientos! Pero te diré que el culpable eres tú, y los del Tintero, y Adella Brac y Lídia Castro y todos los amigos y compañeros que buscan la forma, los temas para incentivar las neuronas y provocar reflexiones, sentimientos, que de otra forma quedarían en el limbo de las ideas que no encuentran el momento justo para manifestarse. No voy al gimnasio, nunca me ha gustado, pero esta rutina a la que me empujáis es verdaderamente genial. Nunca pensé, por ejemplo, escribir un cuento de sci-fi. Nunca me gustó y no suelo leerlo. Y ahora no me parece disparatado, sólo me hace falta preguntarme: ¿Qué pasaría si…? Claro, como en cualquier cuento. Documentarme: nombres de barrios, de calles, recordar fechas o personajes históricos, mitológicos… Luego meterme dentro y sentir. Risas, llantos, amor, dolor, sentimientos al desnudo. Como en cualquier cuento. Y digo que vosotros sois los culpables porque probablemente no se me ocurrirían temas como este. Pero el ejercicio funciona.
      Muchísimas gracias a ti porque el regalo de tu esfuerzo, de tu trabajo, de tus comentarios, lo haces tú y eso es de agradecer. Sí, puedes estar orgulloso de tu/nuestra familia acervolense. Espero, y estoy segura que no soy la única, cada primer día de cada mes con la ilusión de una cría antes de su cumpleaños. Me alegro mucho que hayas disfrutado del mundo de Iñaki y Beltxa (mi amado perro argentino). Me comprometo a intentar seguir ejerciendo de «Ipuin Kontalaria», un título que me enorgullece profundamente.
      Un abrazo fuertote, Amigo.

      1. Pues me uno a la petición de Ana, ¡Queremos más cuentos de la Ipuin Kontalaria de Ciencia Ficción! 😉
        Voy a recoger tu gran pregunta y la propondré en algún futuro VadeReto:
        ¿Qué pasaría si…?
        Puede tener muy buenos resultados.
        Y sí, también habrá más futuros retos de CiFi, es uno de mis géneros favoritos. A pesar de muchas distopías, los autores de este género proponen muchas reflexiones sobre el futuro y también se puede dejar volar la fantasía que, en muchos casos, está a la vuelta de la esquina.
        Ese título te lo has ganado a pulso. Así que, Marlen, disfrútalo y sigue regalándonos preciosidades como esta.
        Abraaaazooo Graaandeee

        1. Hola Jose.
          Creo firmemente en eso de «Nunca digas nunca, nunca digas siempre.» Y aunque no creo que escriba mucho de ciencia ficción, algo más caerá porque sabes que me gustan los retos. Ademas, el VadeReto es un compromiso ineludible. Así que, ¿qué pasaría si en otro VadeReto el tema es de Ciencia Ficción? Seguramente que me esforzaría en imaginar un escenario adecuado.
          Te reconozco que tienes razón en que «los autores de este género proponen muchas reflexiones sobre el futuro y también se puede dejar volar la fantasía». Reflexiones, imaginación y sentimientos, los ingredientes de una buena receta.
          Una vez más, gracias a vosotros por los ánimos y comentarios. Besarkada haundi bat, laguna.

  3. Hola Marlen,
    Una historia preciosa. No diría que es sólo de ciencia fición, desde luego el planteamiento del despertar de un crigeneizado lo es. Pero también hay una cascade de sentimientos y relaciones. La fidelidad del perro (esa no se congeló), el cariño que la madre (que se las arregla para comunicarse con su hijo siglos más tarde) y el afecto de Aina. También entras en la filosofía de la vida que nos dices que es cambio, estropearse y arreglarse. En fin, que me ha encantado.
    Un saludo.

    1. Hola Luferura. Tienes razón, los sentimientos afloran en cualquier relato y cuando se tratan temas como las relaciones entre seres que se aman, sean humanos o animales, aunque pasen muchos años, nos siguen marcando de una forma muy especial.
      Me alegro mucho que te haya gustado.
      Gracias por tu comentario. Un abrazo fuerte.

  4. Hola, Marlen.

    Has escrito un relato muy emotivo, con una idea preciosa de fondo: el amor no muere, solo cambia de tiempo y hasta de “embalaje”. Me ha gustado mucho cómo mezclas la épica del despertar con la ternura de la madre y también de Beltxa; al final, lo que permanece es el vínculo. Has utilizado la ciencia ficción para explorar la filosofía, algo que a mi me encanta especialmente.

    Un abrazo.

    1. Hola Eitán.
      En esta época tan endiabladamente loca en la que estamos viviendo, en la que el odio y la violencia física y/o verbal se desparrama por todos los ámbitos, me apetecía seguir gritando que el amor, pase lo que pase, sigue estando ahí, que no muere, que tal vez cambia de aspecto, de tiempo y hasta de interlocutores, pero sigue vivo, luchando por permanecer a nuestro lado. La filosofía es un tema que me apasiona, pero no suelo escribir ciencia-ficción, algo que he confesado en otros comentarios. Aunque visto el tono de los comentarios recibidos, tal vez me animo a volver a probar. ¿Cómo era eso de: «Nunca digas nunca»?
      Gracias por tu comentario. Un abrazo fuerte.

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