¿Cómo amarse, si el mañana no existe?

En Ménilmontant, una antigua aldea convertida en barrio popular parisino con un encanto pintoresco, conocido por su ambiente bohemio, sus calles empinadas, su arte callejero y su cultura de bistró, el invierno no cae, se posa. Se instala en los balcones estrechos, en los tejados grises, en las escaleras que crujen como si cada peldaño guardara un secreto.

El estudio que usa Kateryna está en lo alto de uno de esos edificios que parecen sostenerse por romanticismo más que por arquitectura. Un apartamento prestado, minimalista y cálido, que se parece a ella, con libros apilados como pequeñas trincheras domésticas y dibujos en cartones apoyados en las paredes, como si el arte también necesitara descansar.

Kateryna acoge en calcetines a quien llega. No es una pose parisina, simplemente detesta el frío del suelo y las convenciones innecesarias. Tiene cuarenta años y la expresión de quien ya ha discutido con la Historia y no ha perdido del todo. Si no fuera por la feroz determinación en la mirada, cualquiera le habría calculado quince menos.

Pero hay algo en sus ojos —una especie de claridad obstinada— que no se adquiere en academias de arte ni en cafés literarios.

A pocos días de Navidad, mientras la ciudad se entretiene con luces intermitentes y escaparates empalagosos, Kateryna, la escritora franco-ucraniana que se ofreció como voluntaria para unirse al frente, espera una notificación. Una llamada. Un mensaje breve que pudiera resumirse en una sola palabra: ahora. Ella está lista.

Había aprendido a pilotar drones con la misma disciplina con la que otros aprenden a hacer pan de masa madre. Sólo que lo suyo no es una moda ni un entretenimiento, es una forma de mirar el horror desde arriba.

.- Es curioso —dice, sirviendo té en tazas desparejadas—. Antes escribía sobre el amor. Ahora practico cómo no estrellar un dron contra un granero.

Sonríe al decirlo, pero no es una broma. O sí lo es, en el sentido más humano, ese que nos permite no rompernos.

La pregunta que la persigue no es estratégica ni militar. Es íntima, casi insolente: ¿qué lugar queda para los sentimientos cuando la muerte acecha, separa a las parejas, se adueña del futuro?

En el libro que aún no ha editado, ha recogido voces de hombres y mujeres atrapados en la invasión. Historias de bodas celebradas con generadores eléctricos, de declaraciones de amor enviadas por mensajes cifrados, de rupturas que no eran tal cosa sino pausas forzadas por la artillería.

Descubrió que el amor no desaparece en la guerra. Se vuelve más terco, más intransigente.

En el pequeño apartamento, sobre la mesa, descansa una fotografía doblada por las esquinas. No es un retrato romántico al uso, no hay atardeceres ni poses estudiadas. Sólo dos personas riendo en medio de una cocina desordenada. “El futuro”, había escrito alguien detrás, con un boli azul. El futuro, esa palabra que ahora parecía un lujo obsceno.

Kateryna no hablaba mucho de su vida privada. Pero a veces, cuando la conversación se desviaba hacia la cocina —tema siempre seguro en tiempos inciertos—, mencionaba a un hombre que odiaba el cilantro y amaba las novelas rusas clásicas con una pasión que rozaba la traición literaria.

.- Discutíamos por tonterías —admite—. Eso es buena señal. Significa que hay tiempo para tonterías.

El humor es su trinchera más eficaz. No un humor frívolo, sino uno que afila la realidad hasta volverla soportable.

.- La guerra te quita muchas cosas, —dice— pero no debería quitarte el derecho a reírte de lo absurdo. Y lo absurdo abunda: burocracias que exigen formularios imposibles, discursos solemnes pronunciados por hombres que jamás han sentido el zumbido de un dron sobre sus cabezas, expertos televisivos que analizan mapas como si fueran tableros de ajedrez y no territorios con madres, hijos y ancianos abuelos nerviosos.

Mientras tanto, en París, la vida sigue con una obstinación casi insultante. Las panaderías abren a las siete. Los niños corren hacia la escuela con mochilas más grandes que sus espaldas. Las parejas discuten en las terrazas por motivos tan trascendentales como quién ha olvidado comprar leche de avena.

Kateryna observa esa normalidad con una mezcla de ternura y distancia. No la desprecia, la defiende. Precisamente por eso está dispuesta a irse.

Una tarde, subimos al techo del edificio. Desde allí, la ciudad parece una maqueta resignada. El cielo tiene el color de las promesas aplazadas. Kateryna apoya los codos en la barandilla.

.- La gente cree que el amor necesita garantías —dice—. Un plan, una hipoteca, vacaciones en agosto. Pero lo único que necesita es decisión.

La palabra quedó suspendida en el aire frío.

Decisión de quedarse. Decisión de esperar. Decisión de escribir mensajes que tal vez no tengan respuesta inmediata. Decisión de amar incluso cuando el mañana se ha vuelto un concepto sospechosamente frágil.

En el frente —cuenta— hay parejas que se prometen nada más que “el día siguiente”: Nos vemos mañana. Y ese “mañana” es una victoria en sí misma. No el mañana grandilocuente de los discursos políticos, sino uno humilde, casi doméstico. Un mañana con ganas de seguir durmiendo, con café aguachento y botas embarradas.

.- Si el mañana no existe —concluye—, entonces habría que ensanchar el hoy.

Esa era su forma de resistencia. Ensanchar el hoy con gestos mínimos: una llamada más larga de lo previsto, una broma compartida antes de colgar, un “cuídate” que no suene a despedida sino a pacto.

La movilización podía llegar en cualquier momento. La maleta estaba preparada en un rincón del estudio. No era dramática, no había cartas lacradas ni objetos simbólicos cuidadosamente elegidos. Ropa térmica, un cuaderno, un cargador portátil, la fotografía doblada. Lo esencial.

La noche antes de Navidad, mientras en las ventanas vecinas parpadeaban luces y se oían villancicos ligeramente desafinados, Kateryna recibió un mensaje. No era la orden que esperaba. Era algo más sencillo: “Estoy haciendo sopa. Sin cilantro.”

Rió. Esa risa clara que desarma solemnidades.

A veces el optimismo no es una proclamación, sino un pequeño gesto. Una sopa sin cilantro. Un dron que vuelve a salvo. Un libro que insiste en preguntar por el amor, cuando todo invita al odio.

¿Cómo amarse, si el mañana no existe? Tal vez amándose como si el mañana fuera un rumor frágil que merece ser protegido. Amándose sin aplazar las palabras importantes. Amándose con la conciencia incómoda de que el tiempo no es una promesa, sino un préstamo, sólo un préstamo.

En el estudio de Ménilmontant, entre libros apilados y calcetines que rozan el suelo frío, una mujer de mirada feroz esperaba una llamada que podía cambiarlo todo. Y, sin embargo, esa espera no estaba vacía. Estaba llena de decisiones diminutas y obstinadas.

¿Qué lugar queda para los sentimientos cuando la muerte acecha, separa a las parejas, confisca el futuro?

Porque la guerra puede confiscar el futuro, pero no sabe qué hacer con dos personas que, a pesar de todo, deciden quererse hoy.

Y eso, aunque no salga en los mapas, también es una forma de victoria, de furibunda victoria.

Grupo: Abril formado por Gabriel Murane · Joaquín Barboza · Federico Rodriguez · Fernando Rodriguez · Teo Oliveri — Tema: Querida Luna

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

2 comentarios sobre “¿Cómo amarse, si el mañana no existe?

  1. Con una escritura deliciosa, las palabras conmueven y sacuden hasta lo profundo del corazón. Invitan a «barajar» otra vez y ordenar las prioridades. En un mundo convulsionado en el que parecen primar el odio – en todas sus formas -, la intolerancia y la violencia, el llamado a reflexionar acerca del verdadero sentido de la vida es una invitación imposible de rechazar. ¡Bravo!

  2. Hola Ceci, ¡me encanta tu comentario! Has captado perfectamente mi sentimiento. Pero que no hayas reconocido a tu hijo es ¡¡¡muy grave!!! 🤣😂🤣
    Gracias por acercarte y escribir. Un beso grandote y otro para Fede. Espero que tengan mucho éxito porque son muy buenos.

Responder a Cecilia Estela IncarnatoCancelar respuesta

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