La Sociedad de los Invisibles

Hay un barrio, no importa cuál, podría ser el tuyo, el mío o el de cualquier ciudad moderna, donde vive un grupo de ancianos que, sin saberlo, han obtenido un singular reconocimiento: el privilegio de ser perfectamente invisibles. Nadie se los anunció oficialmente. No hubo ceremonia, ni medalla, ni diploma. Un día simplemente despertaron y se dieron cuenta de que, para el resto del mundo, habían dejado de existir con la misma contundencia con la que un adolescente deja de escuchar cuando alguien menciona la palabra “responsabilidad” y habían pasado a formar parte de la “Sociedad de los Invisibles”.


Tomemos como ejemplo a Benito, que a sus ochenta y dos años domina la física básica, la lógica formal y la historia del país con mayor precisión que los noticieros. No obstante, cada vez que intenta participar en una conversación, siempre aparece alguien, generalmente menor de cuarenta y provisto de una sonrisa bondadosamente condescendiente, que lo toma del codo y le dice: “No se preocupe, Don Benito, usted descanse… yo le explico”. Y entonces proceden a explicarle cosas que él ya sabía incluso antes de que la mayoría de ellos hubiese aprendido a abrocharse los zapatos.


Aún más cómico es el caso de doña Micaela, quien fue profesora de literatura durante cuarenta años. Ahora, cada vez que cita a un autor clásico, sus nietos la miran como si estuviera invocando un espíritu. “Abuela, ¿y ese quién es? ¿Un influencer?” Ella suspira, recordando aquellos tiempos, ya casi mitológicos, en los que la gente escuchaba a los viejos porque sabían cosas, cosas verdaderas, cosas útiles… o por lo menos cosas interesantes. Ahora la escuchan con la misma atención que se le presta al manual de instrucciones de la air fryer. Es decir: ninguna, hasta que algo explota.


No es que la gente joven sea malvada, no. De hecho, muchos creen sinceramente estar haciendo un bien. Por eso inventaron la moda del cuidado total: una especie de sistema de contención donde los adultos mayores son acompañados, asistidos, supervisados y guiados como si cada uno fuera una mezcla de planta delicada y objeto frágil. Nadie les pregunta qué quieren: se asume. Nadie les da tiempo para decidir: se decide por ellos. Nadie les consulta si desean aprender algo nuevo, viajar o enamorarse: eso, por supuesto, “ya no les corresponde”, como si la vida viniera con una fecha de caducidad emocional escrita en la frente, como los yogures.
Sí, claro que hay cariño en medio de todo esto. Lo que falta es una cosa secundaria, menor, casi irrelevante: “Respeto”. Ese que antes se tenía por quienes habían visto lo suficiente como para tener derecho a opinar sin pedir permiso.


Hubo épocas, cuentan los propios viejos, porque ya nadie más se acuerda, en que la palabra de un anciano tenía peso, como si estuviera anclada por los años y amarrada a la sabiduría. Las generaciones más jóvenes los buscaban para pedir consejos, escuchar historias, entender el mundo y, de vez en cuando, recibir algún tirón de orejas filosófico.
Pero ahora, en esta era maravillosa en la que todo envejece rápido —los teléfonos, las modas, las relaciones, también envejece rápido la gente… y con la edad, según parece, pierden un misterioso estatus llamado “ciudadanía plena”. Lo siguen teniendo en documentos, claro, pero en la práctica social su valor pareciera disminuir año tras año, como si fueran acciones de una empresa a punto de quebrar.


En la Sociedad de los Invisibles, sin embargo, hubo un día en el que algo cambió.
Sucedió que el bisnieto de doña Micaela, un niño que aún no había aprendido las artes de la condescendencia, llegó llorando porque debía presentar un trabajo sobre mitos y leyendas, y no entendía nada. La abuela, con la naturalidad de quien está acostumbrada a que no la escuchen, empezó a contarle historias antiguas: de cuando los relatos se transmitían oralmente, de cuando el fuego reunía a las familias, de cuando los viejos eran los guardianes de la memoria y los jóvenes aprendían a leer el mundo escuchando la voz arrugada de alguien que había vivido lo suficiente como para haber visto de todo.
El niño abrió los ojos como si hubiera descubierto un tesoro enterrado. Y sin pedir permiso, porque la infancia todavía no aprende a pedir permiso para admirar, empezó a invitar a otros niños. En poco tiempo, el patio de doña Micaela se llenó de criaturas ansiosas por escuchar historias. Y ella, que había pasado años siendo considerada una reliquia doméstica, volvió a sentirse algo peligrosamente parecido a viva.


Don Benito, por su parte, fue descubierto accidentalmente cuando un grupo de adolescentes se quejaba de que las tareas de física eran imposibles. Él se acercó, con su discreción de fantasma social, y les explicó un problema complejo usando sólo una naranja, una silla y un par de metáforas brillantes. Los chicos lo miraron, sorprendidos, como quien descubre que un mueble viejo tenía un compartimento secreto lleno de diamantes. A partir de ese día, don Benito tuvo estudiantes todos los martes, jueves y domingos. Él se sentía nuevamente un ciudadano activo, ellos, afortunados de tener un sabio gratis.
Y así comenzó la revolución involuntaria de la Sociedad de los Invisibles. Ninguno de ellos buscaba ser líder, ni oráculo, ni influencer ancestral. Sólo querían ser vistos sin ser convertidos en porcelana. Querían opinar sin que los mandaran a descansar. Querían elegir sin que les eligieran. Querían equivocarse sin que alguien les dijera: “Ay, pobrecito, ¡cómo se nota la edad!”


Los vecinos, lentamente, empezaron a notar que aquella gente a la que habían estado protegiendo como quien protege a un jarrón de porcelana, tenía, en realidad, una energía inconvenientemente poderosa: la energía de la experiencia, esa que no se compra en cursos ni se descarga en aplicaciones. Descubrieron que, si se los escucha, los viejos no sólo cuentan historias, sino que también incomodan, cuestionan, incomprensiblemente siguen soñando y, peor aún, demuestran que la autonomía no se jubila.
Fue así como, en aquel barrio, se empezó a gestar un cambio silencioso. No una revolución escandalosa, sino un reajuste en la mirada. Un parpadeo de conciencia. Una leve, pero persistente, incomodidad moral.
Porque, para darse cuenta de que alguien no es invisible, basta con mirarlo dos segundos seguidos.


Hoy, quienes visitan el barrio dicen que allí pasa “algo raro”. Los ancianos salen solos a comprar el pan, opinan en las reuniones, discuten, ríen fuerte, deciden por sí mismos, y hasta se dan el lujo de rechazar ayuda cuando no la necesitan. Algunos jóvenes se sorprenden: “¿Y no es peligroso dejar que hagan tantas cosas?” Y los viejos se ríen, sabiendo que peligroso, peligroso de verdad, es dejar a un ser humano sin voz.
Por supuesto, no todo está resuelto. Todavía hay quien mira a los mayores como si fueran niños tardíos o muebles sentimentales. Pero ahora hay algo que antes no había: resistencia. Y una comunidad dispuesta a aprender de su memoria, no sólo a administrarla.
Tal vez algún día otras ciudades imiten a este pequeño barrio. Tal vez vuelva la época en que los viejos sean escuchados como seres con experiencia, no como cuerpos a custodiar. Tal vez se comprenda, al fin, que la autonomía no es una antigüedad, sino un derecho.
Mientras tanto, la Sociedad de los Invisibles sigue allí, a media luz, recuperando su propia visibilidad. Y, como quien no quiere la cosa, enseñando al mundo una verdad incómoda y luminosa:
La vejez no es un declive, es un punto de vista. Y uno muy alto, desde el cual se ve todo con extraña, irónica claridad.
Nunca se es demasiado viejo para comenzar una nueva aventura.

Escuchaba a Joan Manuel Serrat en una entrevista en la Feria internacional del libro de Guadalajara (México) del 2025.

Decía: “A mí no me molesta ser viejo, sino el trato que se les da a los viejos, tan desagradable y paternal. Me refiero a lo de: Quédese aquí sentadito.

Eso que dicen que: Si te sientes joven, lo eres. No sé yo… Diferentes partes de mi anatomía se niegan a responder positivamente.

Cuando eres joven, eres fuerte y eres bello, pero es un estado temporal de la vida, relativo y provisional. Tengo otras ventajas muy cercanas, íntimas y necesarias en las que vale la pena invertir lo que aún me queda en esta vida.”

Vivimos en sociedades edadistas en las que la juventud, la belleza y ser conocidos son las tres condiciones más valoradas. Y en las que imperan unos imaginarios en los que las personas, al sobrepasar el tiempo de ser productivos y trabajar por un sueldo, se vuelven invisibles o, en el mejor de los casos, son tratadas como si fueran, paradójicamente, menores de edad.

El lenguaje que usamos a diario está lleno de esa mirada devaluadora sobre los viejos y las viejas, a quienes tratamos como si con los años hubieran perdido su estatus de ciudadanía y no les quedara más horizonte que ser cuidados y tutelados por quienes asumimos con ellos y con ellas un rol paternalista y negador de su autonomía.

“Sin nosotros no” pieza musical generada con Inteligencia Artificial (Suno).
Las imágenes que ilustran este relato son acuarelas diseño NightingaleCraftery.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

5 comentarios sobre “La Sociedad de los Invisibles

  1. ¡Ay, Marlen! ¿Tengo que comentar algo? 😉🤷🏻‍♂️
    Bueno, sí… ¿¿¿¡¡¡DÓNDE ESTÁ ESE BARRIOOOO!!!??? 😅😂🤣
    Ojalá tu cuento se haga realidad, aunque mucho me pesa que será más difícil que la paz mundial.
    ¿Y la canción? Si Serrat me encanta, aquí entona un himno que me pondría todas las mañanas.
    La pregunta siempre es la misma: ¿por qué se desprecia la experiencia?
    En fin, mientras haya un niño como el de tu cuento, siempre quedará la esperanza.
    Muchas Gracias, como siempre, por esta dosis de optimismo en forma de precioso cuento.
    Abrazo Grande.

    1. ¡Ay Jose! Claro que tienes que comentar como lo haces, porque si no lo hacemos nosotros, ¿quién?
      La caída de la natalidad, el aumento de la esperanza de vida y el progresivo envejecimiento de la población activa obligarán a transformar la gestión del talento, el liderazgo y las carreras profesionales. Estaba leyendo que el experto canadiense en liderazgo y escritor Dan Pontefract ha explicado que «el reto ya no consiste únicamente en incorporar nuevas tecnologías, sino en aprender a aprovechar el conocimiento acumulado de una fuerza laboral cada vez más longeva». ¡Bravo, hay por el mundo expertos que se han dado cuenta de lo necesarios que somos los viejos! Puede ser que, por propio beneficio, comience a cambiar la actitud de quienes nos minusvaloran y se comience a aprovechar el conocimiento de la experiencia.
      Ojalá mi cuento se lea y se escuche en muchos lugares, ojalá otros seres inteligentes escriban otros cuentos invitando a la reflexión, ojalá se haga realidad. La paz mundial cada vez está más lejos, lamentablemente.
      La canción es un himno que podríamos salir a cantar por el mundo, invitando a no bajar los brazos, a no aceptar sumisamente la invisibilidad, a demostrar nuestra valía porque los primeros que nos tenemos que convencer de que no debemos aceptar que hablen de nosotros como si no estuviéramos, que firmen, que decidan por nosotros, que no nos pregunten o actúen por nuestro bien, somos nosotros mismos: «los viejos». ¡¡Sin nosotros, no!!
      Y esto no es simplemente «optimismo». Es la constatación de que el mundo nos necesita, necesita a cada uno de los seres que lo habitan. Su energía, su inteligencia, su sentido común, su experiencia es necesaria. Ni más ni menos que la de otro.
      Un abrazo grandote Amigo

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