Vade Reto (mayo)

VadeReto, ¿Jugamos a Inventar Historias? En el blog “Acervo de letras” de Jose Ant. Sánchez, existe este juego que me encanta. Es una invitación a escribir, sólo un tema cada mes que puedes desarrollar como más te guste. Así que, aceptando el desafío de Jose, aquí os presento mi relato que este mes va de ¡¡¡LEER!!!

Regalo para mi padre

Cuando pienso en mi padre, lo recuerdo siempre anciano, sentado en su hermosa mecedora, leyendo. Y no es que lo haya conocido sólo cuando era anciano, pero nos tuvo a nosotros, a mi hermano y a mí, cuando ya tenía edad de ser abuelo. La guerra, las vueltas de la vida, su exilio y finalmente su casamiento tardío con su novia adorada.

Nosotros llegamos al mundo en un entorno feliz, fuimos amados, cuidados y completamos la familia perfecta. Como no teníamos abuelos, tíos ni parientes en Uruguay, nuestra vida se desarrollaba entre el grupo de amigos de mis padres. Un grupo de gente dura y trabajadora que había compartido penurias y disfrutaba los buenos momentos que entonces les tocaba vivir, tiempos de trabajo, de placer, de juntarse con los amigos en grandes asados a la orilla del río color de león, jugando con los niños, cantando los temas de la tierra añorada, compartiendo noticias de la familia lejana, soñando con volver, siempre volver.

Las pocas cartas que se recibían eran compartidas entre todos. En esos momentos, mi padre se ponía serio, se apartaba del grupo y nunca leía ninguna, ni siquiera cuando era de nuestra familia.

Nosotros amábamos esas reuniones en las que, de vez en cuando, aparecía alguien que recién llegaba y traía noticias del pueblo, de la vida de los de allí, tan presentes en su ausencia.

Pero un día pasó algo muy extraño que marcó mi relación con mi padre para siempre.

En la escuela se había organizado un concurso de deletreo. Mis amigos habían insistido mucho en que me apuntara, porque ellos ya lo habían hecho. Pero siendo la única chica en el grupo, me daba un poco de vergüenza. Finalmente me convencieron, estuvimos practicando en casa y en la casa de Ramiro, donde su mamá nos hacía unos bollitos Mmmm, riquísimos.

El día del concurso, me presenté con un vestido precioso de color azul, que me había hecho mi madre y una vincha para el pelo, que tenía strass que brillaban. Al entrar en el salón, mis amigos se pusieron a chillar y aplaudir como energúmenos y yo me puse más colorada que un tomate de la huerta de Don Raúl.

Todos los grupos subimos al escenario y fuimos participando en tandas, donde iban descartando los que se equivocaban en el deletreo. Finalmente quedamos los tres grupos que habían conservado más integrantes y la final se disputó entre los tres.

Para hacerla corta, os cuento que quedamos campeones y eso fue como una final entre el Nacional y el Peñarol, con papel picado, globos, gritos, cantos y el momento serio de las medallas que el director nos puso a los cuatro integrantes del equipo ganador. Después, nuestros compañeros nos llevaron en andas hasta la calle gritando hurras, aplaudiendo y haciendo que los coches que pasaban, tocaran la bocina.

Creo que en mi vida olvidaré semejante festejo. Además, conservo la copa que atestigua la proeza con nuestros nombres: Karl, Marina, Ramiro y Fernando. El cuarteto infernal, inseparable desde aquel día.

Pero aquel día ocurrió otro acontecimiento, que fue aún más importante para mí.

Mi padre, después de comer, me invitó a dar una vuelta por la costa del río. No era la primera vez que lo hacía. Muchas veces, los fines de semana después de comer los cuatro, mi hermano se iba a jugar con sus amigos, mamá se quedaba arreglando alguna ropa y mi padre y yo nos íbamos a pasear para tener, como él le llamaba “el momento especial con su princesa”.

Imaginé que querría felicitarme por lo de la mañana. Sabía que estaba orgulloso de lo que había hecho y, aunque era hombre de pocas palabras, siempre me demostraba su cariño de una forma particular: una pulserita, una cinta para el pelo, un broche para la blusa, un jazmín para la mesa de luz…

Caminamos en silencio hasta el Puerto del Buceo y nos sentamos a mirar el río. Nos encantaba estar sentados juntos, escuchando el agua contra el muelle.

-. Tengo que contarte un secreto, me dijo.

Su semblante, más que sus palabras, me hicieron mirar esa cara preocupada, sus ojos negros como el carbón, sus arrugas, su sonrisa desaparecida.

-. La única que lo conoce es tu madre. Y no quiero que se lo cuentes a nadie.

Fui incapaz de pronunciar una sola palabra.

-. Tengo que confesarte que no sé leer.

Los nervios, la tensión, lo ridículo de las palabras, me hizo reír estrepitosamente.

-. No te rías, es verdad.

-. Pero papá, ¿qué me estás contando? Si yo te he visto leer el periódico. Por las mañanas, en la cocina…

-. Es una mentira, un truco que me he inventado. Escucho las noticias por la radio antes de levantarme, y luego las comento como si las estuviera leyendo.

-. ¡No puede ser! ¡Todo el mundo sabe leer! ¡Pero si es lo primero que aprendemos en la escuela!

-. Nunca fui a una escuela. De pequeño me pusieron a trabajar en Navarra, en el caserío de unos tíos. Cuando les pedía que me dejaran ir a estudiar, me decían que tenía muchas tareas que hacer durante el día, que ellos me habían acogido para trabajar, no para perder el tiempo. Y cuando les pedía que me dejaran ir de noche, con los mozos, se reían de mí y decían que apenas era un mocoso.

-. Pero luego, ¿cuando fuiste mayor?

-. Entonces empezó la guerra, no eran tiempos de aprender sino de luchar. Recuerdo una vez, estando deportado en Hamburgo, me paré frente a una librería donde los soldados hacían una pila con los libros que iban sacando y les prendían fuego. Un hombre que estaba a mi lado dijo muy bajito: “Allí donde se queman los libros, se acaba por quemar a los hombres.” ¿Qué ha dicho?, le pregunté. No lo dije yo, sino Heinrich Heine. No lo olvide.

Con lo que estábamos viviendo y lo que nos enteramos luego, sobre los campos de exterminio, nunca lo he olvidado, ni la frase, ni los libros ardiendo, ni el poder de la lectura. Ese episodio forma parte de esa vergüenza que siempre llevo dentro.

-. ¿Y en toda tu vida, nunca pudiste aprender?

-. Siempre había algo más importante, sobrevivir, trabajar, sacar a la familia adelante. La culpa no es de nadie. La vida, que se presenta así. Aprendí a sumar, restar y a firmar. Eso es importante, saber firmar. Para el resto, siempre me las he apañado para hacer la farsa.

Pero hoy, cuando te he visto arriba de ese escenario, he entendido que quiero aprender a leer, necesito aprenderlo. Y quiero que seas tú quien me enseñe.

-. Podríamos decirle a mi maestra. Ella sabe enseñar, enseña muy bien y tiene mucha paciencia.

-. ¡No!

-. O la Srta. Andrea que enseña a los más chiquitos.

-. ¡No! No quiero que nadie sepa que he pasado media vida sin saber leer, engañando a todo el mundo.

-. Pero tú no tienes la culpa.

-. De no haber aprendido, no. Del engaño, si. Y ya sabes que yo, los engaños los llevo muy mal. Si te atreves, considéralo un regalo especial para tu viejo padre. Lo haremos juntos. Si no, olvida lo que te he dicho.

-. Pero papá, yo no sé enseñar, dije sintiendo que un sollozo me ahogaba por dentro.

-. Pues olvida todo, me dijo levantándose y empezando el silencioso camino de vuelta a casa.

Fueron días extraños, mi padre parecía no querer mirarme y yo rehuía su mirada con la angustia de no ayudarle en lo único que me había pedido en toda su vida. Una semana después, le tomé de la mano y juntos, sin hablar, volvimos a nuestro rincón mágico.

-. No sé cómo lo voy a hacer, pero quiero ayudarte. Quiero que aprendas a leer.

Su enorme sonrisa fue más explícita que cualquier palabra. Eso y nuestro abrazo que tardó en deshacerse.

Como no podía contar nuestro secreto, me inventé un supuesto niño del barrio que no sabía leer, y a quien yo quería ayudar. Pero era difícil de mantener la mentira. Cuando la Seño empezó a hacerme preguntas y a decir que había que avisar a las autoridades, porque la obligatoriedad de la enseñanza y patatín y patatán, le dije que la familia del niño se había mudado a Paraguay.

En la librería de al lado de la escuela, estuve hojeando los libros que se usan para enseñar a los niños a leer. Pero eso de enseñarle a mi papá que “m con a: ma” “m con e: me” “m con i: mi” “Mi mamá me mima” y todas esas chorradas para niños muy pequeños, no me parecía interesante para él.

Así que sin ayuda y haciendo uso de mi intuición, empecé a usar algo que luego descubrí que es el “Método global” para lograr una lectura comprensiva. Se asocia la palabra completa a su significado y luego, con el tiempo, se empiezan a ver las semejanzas entre palabras y a separar las palabras en sílabas. ¿Os suena a chino? Pues no es tan difícil, yo creo que es más difícil explicarlo que aplicarlo.

Así que, ni corta ni perezosa, llevé a mi padre a la librería y estuvimos viendo montones de libros hasta que encontré exactamente lo que buscaba: un diccionario. Si, uno de esos que tienen, además del significado de la palabra, un dibujito que define la palabra.

Llevando nuestra reliquia y tomados de la mano, caminamos muy rápido hasta el Puerto del Buceo y allí, sintiendo que la brisa fresca del río se llevaba una careta que papá arrastraba desde hacía tanto tiempo, comenzamos nuestra primera clase de lectura.

Las clases se sucedían, nuestras visitas al Buceo se convertían en expediciones al universo “conocimiento” y papá aprendía rápido. A veces volvíamos a casa repitiendo una palabra o cantando una canción con las sílabas que descubríamos, o creando nuevas palabras que era un juego muy divertido.

Creo que fue la época más feliz de mi vida, por lo menos la época en que los dos compartimos más cosas. Las risas en las comidas o en cualquier momento, los gritos al descubrir una palabra curiosa, hacían que mi hermano nos mirara como a locos. Mi madre, que sabía lo que estaba pasando, nunca nos dijo nada, se limitaba a mirarnos con su infinito amor.

Hasta el día de su muerte, mi padre mimó y estudió su diccionario, dedicándole horas a descubrir sus enigmas y sus palabras hermosas. Al cabo de poco tiempo leía el periódico en la mesa de la cocina y hubo un día en que se atrevió a leer por primera vez la carta de su hermano menor, en un asado frente al río y a todos sus amigos.

Lo leído no era tan interesante como para que unas emocionadas lágrimas le nublaran el saludo final.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

16 comentarios sobre “Vade Reto (mayo)

  1. ¡Ay, Marlen!
    En un día como el de hoy me sale del corazón decirte: ¡Vivalamarequeteparió!
    He terminao con los vellos de punta y los ojos empañaos. ¡Qué historia más preciosa! 🥰🥰🥰🥰
    La historia de ese padre es tan cierta y tan cercana en el tiempo que los niños de ahora tampoco se la creerían. Parece tan difícil que alguien se desenvuelva en la vida sin saber leer. Sin embargo, pasaba y, en muchos lugares, sigue pasando.
    Mis padres podían leer, aunque no textos complicados y, como el protagonista, los números les eran más necesarios para sobrevivir. Cuando mayor conseguí contagiarlos con la lectura y también tengo entre los recuerdos felices verlos con un libro entre las manos.
    Eran, fueron, tiempos muy difíciles y el simple hecho de querer aprender, evitando la vergüenza, dice mucho de la fortaleza, la inquietud, el pundonor, la honradez y la vitalidad de tu protagonista. Y el de todos los que se atrevieron a las escuelas de adultos. Yo tuve el placer de enseñar mates a muchos que decidieron, a sus muchos años, meterse en la Universidad. Eso está entre mis grandes satisfacciones, porque además, lo consiguieron.
    Y esa princesa de los libros, en la que veo a la Trujamán pipiola, se merece muchas historias. 😍😍😍
    Otro relato para releer de vez en cuando, compartir y contar cual Istorioak Kontatu en voz alta junto a una chimenea o la fogata. (terminaré por aprenderme esta preciosa expresión euskera).
    Gracias por hacerme disfrutar de esta historia, amiga. Es un inmenso placer leerte.
    Un abrashazo. 🤗😊👍🏼

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  2. ¡Me encantan tus dichos, Jose! ¡Vivalamarequeteparió! Creo que mi madre se sentiría muy orgullosa del piropo.
    Te diré que, sin ser totalmente ciertos, algunos detalles del relato pertenecen a lo vivido en mi familia. Mi padre, alojado en el caserío de sus tíos, tuvo esas respuestas cuando pequeño y no tuvo la oportunidad nunca de ir a una escuela. Aprendió solo, de puro cabezota. Y no sólo castellano, también aprendió a hablar francés y alemán. No en vano pasó tantos años exiliado.
    Fortaleza, inquietud, pundonor, honradez, vitalidad y resiliencia, son palabras que lo definen.
    No enseñé a mi padre a leer, pero cuando me tocó preparar los exámenes de entrada a la escuela secundaria (magisterio), estudié con él. Era una forma de incentivarnos mutuamente, de compartir conocimientos y momentos juntos y de explicarle maravillas que desconocía como las reglas de acentuación o la gramática. Así que fui maestra de mi padre y el orgullo que siento al pensarlo, es indefinible.
    La experiencia de enseñar, sobre todo a adultos, es una de las cosas que más valoro en la vida. Por eso en principio elegí el magisterio como carrera, por eso entusiasmo a cuantos niños he tenido o tengo cerca con mis juegos para aprender. No me extraña que eso esté entre tus grandes satisfacciones. Sólo al ver la cara de asombro por haberlo conseguido, es uno de los mayores regalos que te pueden hacer.
    Como siempre, muchas gracias por tus palabras. Zure laguna, «ipuin kontalaria» (ya me he apropiado del título y ¡¡¡me encanta!!!)

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    1. Algo me decía que un poquito de verdad había entre la ficción. Porque, como dijo alguien mucho más sabio e inteligente que yo, se escribe con las pasiones vividas y con las experiencias sufridas (o al revés). 😊
      Yo caí en la docencia por la diversión del destino y por la necesidad. Acabada la carrera y sin encontrar nada «de lo mío» recalé en un academia para sustituir a un amigo durante unos meses. ¡Y me quedé durante 12 años! Nunca pensé que podría ponerme a hablar delante de niños, adultos y otros seres interplanetarios. 😝 Pero descubrí esta pasión por enseñar que ha sido mi profesión hasta hoy. Ahora no la ejerzo de forma «oficial», pero sigo con las clases particulares, poco dinero y muchísimas satisfacciones. Para la administración, empresas y otros engendros laborales ya no soy útil, pero sí para muchos chavales que necesitan apoyo, los hijos de mis amigos entre ellos. (casi siempre gratis).
      Creo que la docencia es como la buena comida, una vez que se paladea ya no se puede prescindir de ella. (Sí, siempre comparaciones alimentarias. 😅😂🤣)
      Aunque, como me confesó una enfermera que me atendió durante un ingreso, tal vez lo que de verdad me gusta es simplemente ayudar. Defectos que uno tiene. 😝😂
      No sé como lo haces, pero siempre me sacas confesiones personales. 😜👌🏼
      ¡Ay, amiga! Lo bueno de cumplir años son las historias por contar. 🥰🥰🥰
      Besote gordo. 😘😘😘

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  3. Si, Jose, nuestras vivencias, nuestras pasiones se cuelan en nuestro presente. Y no me extraña que seas un buen maestro. Para eso se necesita haber aprendido a escuchar, escuchar la voz del otro, sin estar, mientras tanto, mirándose el ombligo. Y tú, mi amigo escuchas entre líneas, por eso me descubres.
    De alguna forma intuitiva, yo también hace mucho aprendí a escuchar. Por eso mis amigos me dicen que les saco confesiones personales (juro que sin proponérmelo, sólo prestando la atención que merecen).
    En cuanto a lo de cumplir años, me gusta tener presente la letra de una canción argentina llamada «Chiquillada» de «El Sabalero», que cantaba Jorge Cafrune y que dice: «Fiesta en los charcos cuando para la lluvia, caracoles y ranas y niños a jugar. El viento empuja botecitos de estraza. ¡Lindo haberlo vivido pa’ poderlo contar!»
    ¿No te parece genial? ¡Lindo haberlo vivido pa’ poderlo contar!
    Que disfrutes el lunes, amigo. Besos.

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  4. Un relato precioso de verdad. Conmueve porque a mucha gente que la pilla la guerra, deja de experimentar, aprender y vivir las cosas que usualmente tocan vivir en la infancia, juventud. ¡Maravillosa oportunidad la de «ponerse al corriente» al lado de un ser querido. Disfruté tu relato, saludos.

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  5. Gracias, Ana, por tus palabras. Me alegro que lo hayas disfrutado. Pocas veces pensamos en el futuro de esos niños y jóvenes que pierden la posibilidad de vivir su niñez o su juventud por culpa de una guerra, o simplemente por la pobreza y la falta de medios.
    En estos días convulsos, no estaría de más pensar un poco en ellos.
    Un abrazo.

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  6. En estos años he notado que todos dejamos nuestra impronta en lo que escribimos. Es inevitable. Pero hay muchos modos. Uno de ellos es dejarse trozos de uno mismo en las historias que escribe, al menos en algunas de ellas. Y eso no es lo mismo que tirar de recuerdos, para nada. Porque lo segundo decora, y lo primero se trasmite. Y asi, he podido sentir partes de tu historia. No conocer, sentir. Eso es grande. Muy grande. Porque escribir así, dejándose la piel, es inexplicablemente balsámico, para quien lo escribe, y también para quien lo lee.
    Y si todo este oficio en realidad consintiera en esa conexión tan intima y especial entre quien lee y quien escribe, entonces tiene mucho más que ver con el sentimiento que con la idea. Y cuando la emoción se transmite, la conexión funciona, por encima de los cánones y las formas.
    Funciona, amiga.
    Un abrazo.

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  7. ¡¡Jo, Isra, entre Jose y tú me hacéis poner colorada!! Ante todo, gracias por tu comentario.
    «Dejar trozos de uno mismo en las historias que escribe» es exactamente lo que me gusta y no me gusta de escribir. Por un lado, cuando se logra eso y el lector «siente» lo leído como vivido y además, de alguna forma, te enteras que el milagro se ha producido, es como acariciar la luna con las manos, una de las sensaciones más profundas y gratificantes que puedo imaginar. En situaciones absolutamente diferentes, era lo que me pasaba cuando hacía teatro y en una obra como «La casa de los siete balcones» de Alejandro Casona, sentía las lágrimas entrecortadas de los espectadores y sentía que era yo quien había conseguido transmitir mis emociones.
    Pero, por otro lado, la sensación para mí es la de desnudarse ante el otro, rasgar vestiduras y pieles y mostrarme en carne viva. Y decidir hacerlo, me cuesta muchísimo. En teatro es un poco diferente, al fin y al cabo, quien está ahí arriba expuesta no soy yo, es el personaje.
    Por eso pocas veces abro la puerta. En general, uso detalles, escenografías, algún personaje. Y muy muy pocas veces admito que quien está retratada es aquella niña, joven o mujer que fui/soy. Es todo un camino que comencé a recorrer unos años atrás. Y que, de vez en cuando, irrumpe en los relatos. Aunque aún necesite excusarme de haberlo hecho. ¡Qué rara es la mente!
    Sé que funciona, amigo. Lo experimento algunas veces y me seduce como lectora. Pero como escritora, es un esfuerzo que aún me cuesta mucho manejar. Con vuestra ayuda y vuestra paciencia… tal vez.
    Un beso grande, Isra.

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  8. Hola Marlen,
    Te diré que mi madre no pudo ir a la escuela. Fue una niña abandonada y después cuidada por una persona que solo quiso tenerla de chica para todo. Cuando quiso ir a la escuela estalló la guerra y tuvo que dejarlo.
    Aprendió solo las letras y ella con su empeño aprendió a leer.
    Ha muerto hace poquito, tenía noventa y seis años y hasta casi el último día de su vida lo ocupaba leyendo libros, haciendo crucigramas y sopas de letras.
    Mis hijas le ponían tareas y ella solo quería aprender y aprender.
    Un besazo.

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  9. Una generación muy particular la de estos padres y abuelos, que lucharon contra la sociedad y la adversidad, se hicieron fuertes y lograron vencer al destino. Tenemos que estar agradecidas de haberlos tenido como modelos, de haber podido aprender de ellos, de su actitud, su tesón y su orgullo. Y debemos hablar de ellos a quienes nos siguen, ya que hoy son pocos los modelos dignos de ser honrados.
    Lamento que hayas perdido hace poco a tu madre, pero estoy segura que ella quedará en el corazón de tus hijas como una persona muy especial.
    Gracias por comentar, Virtu. Un beso grandote.

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  10. Hola, Marlen. Te ha venido al pelo este VadeReto y lo digo con más halago que ironía. Tu historia tan próxima y llena de nostalgia para mí está en un punto medio y difuso donde la realidad y la ficción coinciden, sin saber que es cierto o cual imaginado, pero careciendo de importancia porque lo que transmite es lo que de verdad importa.
    Saludos.

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