El bar “Ef Zin”, es uno de los viejos bares del barrio San Telmo, de Buenos Aires. Situado frente al Parque Lezama, sus habitués son algo más que clientes. Forman parte del decorado, forman parte de la familia. Muchos aparecen desde el desayuno, un cafecito antes de ir a laburar. Otros a comer la comida casera que la Juana prepara con las verduras del viejo mercado y una carne sabrosa, cocinada más con mimo que con aceite.
Don José y Don Alberto, los jubilados que son como la pareja que dice: “No puedo estar con él y no puedo vivir sin él”, todas las tardes juegan y pelean, pelean y juegan al dominó. Las broncas suelen ser por política. Ya se sabe, un radical y un peronista no pueden estar juntos sin sacar chispas.
Y la Barra de los chicos, donde el menor ya pasó los 70 y todavía se ríen contando los mismos chistes y las mismas anécdotas de hace 50 años, cuando venían a estudiar y a preparar los exámenes. La vida los distanció, pero “El Pelado” los volvió a juntar en la mesa de siempre, la que da a Defensa.
El Pelado era el mozo que los atendía en aquellos años, les daba lápices que siempre tenía en la caja, papel, una opinión, una reflexión. Un día, había pasado mucho tiempo y él, convertido en dueño gracias al esfuerzo y al trabajo de su Juana y suyo, vio entrar al Ernestito con la misma cara de siempre, sus anteojitos y el infaltable libro bajo el brazo. Se reconocieron al instante. Ernestito buscaba a alguien de los conocidos, El Pelado no había cambiado nada, bueno, casi nada. Se fundieron en un abrazo y se empeñaron en volver a juntar la Barra. Desde ese día, miércoles y viernes, la mesa está reservada. Y no falta nadie.
Pero ese viernes, hay dos viejos amigos que son los protagonistas de un feliz rencuentro. Juan Carlos y Cecilia vivieron días y años de un alocado noviazgo en ese bar tan querido y añorado. Tardes de hacerse la rata y escapar a su bar en lugar de asistir a las clases de la aburrida de matemáticas o la vieja de francés. Soñaron una vida juntos, hicieron los preparativos de casamiento cuando se recibieran, boda, fiesta, casa, luna de miel… Y todo se fue al garete dos días antes del evento. Una falda se metió por medio, la de Gracielita, la chica que volvía locos a todos los adolescentes del curso. 18 años demasiado tiernos. Ninguno dio su brazo a torcer y la vida les pasó por encima.
Hace un tiempo, Juan Carlos repasaba unas notas de matemáticas para un libro de filosofía que estaba escribiendo y al ver el nombre de Cecilia, su corazón dio un vuelco y enseguida la contactó. Él se había especializado en Estudios Clásicos y Filosofía y ejercía en la Sorbonne de Paris. Había logrado, pese a las dificultades materiales, disfrutar de una vida acorde con sus deseos, bastante ascética, pero rica en estudio y aprendizaje. Cecilia a su vez, había hecho carrera en la Universidad de Harvard. Se dedicaba a la investigación en áreas de las matemáticas puras y aplicadas. Ninguno de los dos se había casado ni había tenido hijos. Durante este último año las videoconferencias se hicieron eternas y finalmente quedaron en encontrarse en Buenos Aires, en su refugio de Ef Zin, tal día como hoy, en la primavera porteña.
Juan Carlos.- ¿Lo de siempre?
Cecilia.- Lo de siempre.
Juan Carlos.- Por favor. Pelado, traenos…
Pelado.- El mejor Malbec que tengas y un platito de queso.
Juan Carlos.- ¿Todavía te acordás? ¡Pero si pasaron más de 20 años!
Pelado.- De los mejores clientes uno no se olvida nunca. ¡Marchando!
Cecilia.- ¡Es increíble! ¡Amo este lugar! ¡Amo el nombre de este lugar!
Juan Carlos.- ¿Te acordás de los momentos que vivimos acá, de nuestras charlas?
Cecilia.- Palabra por palabra. «Ef zin» es una expresión griega que significa «vida buena» o «vivir bien». Está relacionada con la filosofía griega y el concepto de ser “eudaimōn”, que fue desarrollado por filósofos como Aristóteles y Platón.
Juan Carlos.- ¿Y ser eudaimōn?
Cecilia.- Ser eudaimōn implica buscar y alcanzar la felicidad y el bienestar en su sentido más profundo. Para los antiguos griegos, esto no se refería a la felicidad superficial basada en placeres momentáneos, sino a una vida plena y virtuosa. Aunque, en cierto modo, no pienso que mucha gente del bar o los alrededores reaccionarían ante el nombre de la misma manera que yo.
Juan Carlos.- Uy, ya empezamos. ¿Y cuál es esa manera?
Se sirven el vino que acaba de traer el Pelado.
Cecilia.- Con una cierta perplejidad irónica, supongo. Solo sé unas cuantas palabras en griego, pero recuerdo perfectamente del libro de Platón que me hiciste leer, que “ef zin” (vivir bien) era una gran preocupación para Sócrates y Platón. Y parecían tener mucho más en mente al decir la frase, que solamente la vida sibarítica. De hecho, los dos parecen haber estado completamente repugnados con la vida sibarítica.
Juan Carlos.- Bueno, Platón sin duda lo estaba. Sócrates parece haber disfrutado las cosas un poco más, de vez en cuando. Del ocasional banquete embriagante, por ejemplo. Aunque probablemente tuvo cuidado de no beber en exceso. Y estás en lo cierto acerca del énfasis que le dan a “vivir bien” y de cuán diferente era la forma en que comprendían la frase, de la forma en la que posiblemente la comprende la gente que juega al fútbol o toma el sol aquí enfrente, en el parque.
Cecilia.- Es gracioso cómo una simple frase puede llevarte de regreso a lo que parece ser otro universo. No creo habértelo dicho, pero esa República de Platón me intrigó tanto que desde entonces he estado leyendo mucho sus otras obras, sólo como hobby. Ya he leído el Fedón, el Banquete, el Fedro, el Teeteto y el Timeo, y estoy empezando Las Leyes. De hecho, hace unos años atrás me di un gusto costoso y me compré una copia de los Diálogos completos. Y la locura no terminó allí, llevo el texto conmigo, para sumergirme en él cuando me den ganas. ¡Mira!
Saca una copia de los Diálogos completos de su mochila.
Juan Carlos.- Para usar una buena palabra griega: ¡Eso es entusiasmo! Platón debe gustarte mucho.
Cecilia.- ¡No tan rápido! Dije que me intrigaba un escritor tan grande. Pero al mismo tiempo dice tantas cosas, que lo encuentro difícil de captar. La mayor parte del tiempo siento que está discutiendo algo realmente importante, pero en raras ocasiones estoy segura de lo que es. Por eso es divertido encontrarme con vos nuevamente, espero que seas capaz de ponerme en claro algunos asuntos.
Juan Carlos.- Refrena tus esperanzas, mi amiga. Si hay alguna cosa que he aprendido de Platón es la centralidad del diálogo. Así que lo que obtendrás de mí será simplemente una respuesta, que producirá a su turno, espero, una respuesta de tu parte y así sucesivamente. Dónde terminaremos, no lo sé. Pero si es en un punto muerto, no importa. Dado el final de muchas de las conversaciones del propio Sócrates, estaremos bien acompañados a ese respecto. Sólo debemos concentrarnos en nuestro intercambio dialéctico, para usar la manera socrática de expresarse. Esa será recompensa suficiente, pienso.
Cecilia.- Suena bien para mí. ¿Más vino? Este Malbec está exquisito.
Vuelven a llenar sus copas.
