Ef zin no sólo era un bar II

Cecilia.- Bueno, empecemos con el nombre de este bar nuevamente, Ef zin. Si he entendido a Sócrates y Platón, ellos parecen creer firmemente que vivir verdaderamente bien es vivir de acuerdo con la virtud y la razón y que una vida así constituye la forma más alta de felicidad. Para Platón, esto implicaba buscar la verdad y el conocimiento.

Juan Carlos.- Mientras que para Sócrates, la eudaimonía se encontraba en el ejercicio de las virtudes morales y en la realización de nuestras capacidades más elevadas. ¡Increíble cómo te acordás!

Cecilia.- Puesta así, su posición tiene cierta dignidad para mí. Puedo ver cómo uno puede obtener la felicidad personal ayudando a los desposeídos. Y a propósito, estos autores griegos son todos hombres, y hablan todo el tiempo de “hombres”. ¿Está bien que de ahora en adelante digamos “personas”? No creo que eso afecte la discusión y ambos nos sentiríamos mucho mejor. Para Platón, la buena vida estaba vinculada a la búsqueda de la sabiduría, a la construcción de una sociedad justa, y a la participación en la política para lograrla.

Juan Carlos.- Exactamente. Por otro lado, Sócrates propuso que la buena vida se encontraba en vivir de acuerdo con las virtudes morales y en desarrollar plenamente nuestro potencial humano. Según él, la eudaimonía se alcanzaba a través de la prudencia, la justicia, la generosidad y otras virtudes. Y sí, por cierto, puedes hablar de “personas”.

Cecilia.- Pero es que la felicidad personal…

Juan Carlos.- Debes detenerte ahí por un momento. Gran parte de tu problema es la traducción. 

Cecilia.- Sigue, por favor. Si me decepcionas, sé que el Malbec no lo hará.

Juan Carlos.- A lo que Sócrates se refiere como “felicidad” es al bienestar con respecto a lo que considera nuestro yo real: el alma. La buena persona, cualesquiera sean sus sufrimientos, “está bien” con respecto a la única cosa que cuenta: su alma. De hecho, es de entre los seres humanos el que está mejor, si es que es completamente virtuoso.

Cecilia.- O sea que ambos filósofos coincidían en que la eudaimonía no se alcanzaba a través de placeres momentáneos o riquezas materiales, sino a través de la contemplación de lo más elevado.

Juan Carlos.- O, para ponerlo de manera ligeramente distinta, su vida es una “dicha” eterna y estable, al igual que la vida de los dioses. Como Sócrates lo entiende, él está “bendecido” de la manera en la que los dioses están “bendecidos” y esto trasciende cualquier sufrimiento que pueda experimentar. Ser eudaimōn es poseer una característica esencial de los dioses: una felicidad eterna y completa. 

Cecilia.- ¿Y se refería a los dioses?

Juan Carlos.- Sí, de acuerdo a una interpretación más concreta, ser eudaimōn es “estar bien” con respecto a la divinidad protectora propia “daimōn”, de la cual se creía que tenía como tarea la protección del bienestar de uno. Pero, si no queremos hablar de divinidades protectoras, podemos hablar de “conciencia”. La buena persona “está bien” en el sentido en que tiene una conciencia completamente limpia, gracias a la posesión de una perfecta armonía interior, que se manifiesta a sí misma en sus principios, sus palabras y sus acciones. Y es lo único que realmente cuenta.

Cecilia.- Eso suena muy persuasivo. Y ciertamente quiero pensar acerca de ello. Entonces, Sócrates veía el bienestar como un estado de conciencia de algún tipo, en lugar de, como la mayoría de personas asume, algún tipo de sentimiento. Todos decimos: “me siento bien”, “me siento feliz”. Así que podía hablar alegremente del hombre virtuoso como alguien que está en un estado de conciencia balanceado y armonioso y el saberse así le da a él esa conciencia limpia que lo hace verdaderamente “estar bien” con respecto a su yo real, su alma, más allá de los sentimientos de dolor y sufrimiento. ¡Mi cabeza empieza a dar vueltas! ¿Es el vino o tus argumentaciones o ambos?

Juan Carlos.- ¡Un aplauso para la señorita! Revisé la Ética de Aristóteles hace algún tiempo y noté que para él, la eudaimōnia suponía bastante más que solamente la virtud y el sentimiento de satisfacción por haberla obtenido. Pero ¿qué hora es? Si empezamos con Aristóteles, estaremos aquí hasta mañana por la mañana. Dejemos a Aristóteles para la próxima vez.

Cecilia.- O sea que ¿va a haber una próxima vez?

Juan Carlos.- ¿Lo dudabas? Por el momento, sospecho que todo nuestro tiempo debe ser invertido en tratar de clarificar un poco más aquello acerca de la eudaimōnia.

Cecilia.- Bien. Pero se ha derramado tanta tinta sobre este asunto que no puedo imaginar que digamos algo nuevo.

Juan Carlos.- Tal vez. Pero a los ingenieros les gustan los retos, y más aún a las ingenieras mujeres, que han tenido éxito en un mundo de ingenieros hombres.

Cecilia.- Buen punto. ¡Sigamos! Volvamos por un momento a esa palabra “virtud”, para que puedas ver la vastedad de mis dudas antes de que intentemos encontrar el sentido definitivo de estas cosas, si podemos.

Juan Carlos.- ¡Oh, no más dudas!

Cecilia.- Tranquilo, pienso que hay tiempo para todo.

Juan Carlos.- ¿Tiempo para todo, todo? ¿No te estás refiriendo a…?

Cecilia.- En realidad no, ¡pero puedo ver lo que estás pensando! Antes, trata de explicarme esta palabra: virtud.

Juan Carlos.- A partir de mis propias investigaciones, parece bastante claro que “aretē” en la Grecia clásica era la palabra principal para “eficiencia”. O, en el caso de los humanos, “competencia”. Y Sócrates usa la palabra justamente en este sentido cuando habla de virtud. Una buena tijera de podar es “virtuosa” si tiene un filo cortante adecuado, de tal manera que es eficiente al podar; un buen carpintero es “virtuoso” si tiene y ejercita las habilidades implicadas en la buena carpintería; etc. Y, por analogía, la persona buena o “virtuosa” es aquella que logra un conocimiento de lo que las diferentes virtudes son y un conocimiento de “el bien” que sobrepasa toda virtud. Él sabe cómo traducir este conocimiento en acciones prácticas, lo ejercita y de esta manera, obtiene la “excelencia humana”.

Cecilia.- Entiendo lo que dices. Y entiendo el énfasis socrático en la virtud como análoga a los oficios. Parece ser que la virtud implica habilidades morales, de la misma manera en que los oficios involucran habilidades artísticas.

Juan Carlos.- ¿Qué más queda por aclarar?

Cecilia.- ¡Toma más vino! ¡Estamos al comienzo y no al final de esta charla!

Juan Carlos.- ¡Vamos! ¡Dilo! Ahora has tenido éxito en intrigarme y lo único que haces es dar vueltas alrededor del tema. ¿No vamos a hablar de lo que nos pasó?

Cecilia.- Lo que nos pasó es pasado, ya fue. Éramos unos críos, no estábamos preparados y no supimos actuar. Teníamos las virtudes pero nos faltaba la experiencia para saber ejercitar esas habilidades morales. El tiempo puso las cosas en su sitio. Mi conciencia está balanceada y supongo que la tuya también.

Juan Carlos.- Estamos bien. Ha llegado el momento de ser eudaimōn, de conquistar esa característica esencial de los dioses, una felicidad eterna y completa. Ahora, “revenons à nos moutons”.

Cecilia.- Si me hablas en francés, paga y vámonos.

Juan Carlos.- ¿A tu casa o a la mía?

Cecilia.- Tonto, yo estoy en casa de mis padres y tú en la de tu hermano.

Juan Carlos.- Al venir para aquí, he visto un pequeño hotel boutique en la Plaza Dorrego.

Cecilia.- Me gusta la Plaza Dorrego. ¡Salud por una vida eudaimōn!

Juan Carlos.- Como diría Aristóteles, “Es importante vivir bien (Ef Zin, “Ευ Ζην”), no simplemente existir”.

Publicado por BlogTrujaman

Desconfío de aquellos autores, músicos, escritores que, escribiendo ficción, dicen no escribir sobre su propia vida. Al escribir, uno se va enredando en sus propios recuerdos y aparecen entremezclados en la obra. Es muy difícil que todo lo que cuentas le pase sólo a tus personajes. Detalles, pequeños gestos, lugares, contaminan lo que sale de tus manos y no puedes separarte de tus propias experiencias. A mí también me suele pasar. Por eso, en un momento dado, decidí escribir directamente sobre lo pensado y vivido en este planeta, en este viaje. O tal vez, el miedo a desaparecer sin dejar rastro, hizo que me decidiera a abrir la caja de mis recuerdos para contar sin filtro, instantes de un tiempo que no volverá.

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